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UNA HISTORIA DE AMOR Y DE IDENTIDADES


CINE: SE ESTRENÓ EN BUENOS AIRES  “MIA”, CON GUION Y DIRECCION DE JAVIER VAN DE COUTER. AQUÍ, LA CRÍTICA DE DIEGO BRAUDE PARA “PÁGINA/12”.

Luces desenfocadas que se van enfocando. Es un restaurante lleno y por entre las mesas aparece una nena cargando con mucho cuidado una torta con una velita prendida; su madre la espera al final de la caminata para sonreírle mientras todos cantan el “Feliz cumpleaños”. La visión se aleja de nuevo, se muestra mirando desde fuera, donde ella observa la escena, la ñata contra el vidrio diría el tango. Se acomoda delicadamente con uñas despintadas, el pelo seco, mientras el reflejo furtivo del ventanal del local le devuelve su sonrisa. Un chistido la despierta del trance; su carro ya está lleno del cartón que el restaurante puede ofrecerle y es hora de que se las tome. Ale –ni Alejandro ni Alejandra– se pone su gorro y se aleja. Mía, la nueva película de Javier Van de Couter, está condensada en ese primer minuto.

Ale (Camila Sosa Villada) es una travesti cartonera que vive en Aldea Rosa, un asentamiento poblado principalmente por gays y travestis ubicado atrás de Ciudad Universitaria (que rememora al real, desalojado violentamente en 1998 y nuevamente en 2006). La noche en que inicia la narración, Ale termina regresando a casa con una caja llena de los objetos de una joven mujer que ha muerto, cuyo nombre es Mía, entre los que se encuentra un diario íntimo donde ésta le escribía a su hija.

El intento de Ale por devolver el diario la pone en contacto con Julia (Maite Lanata) y su padre Manuel (Rodrigo de la Serna), quienes oscilan entre la sensación de abandono y el desconcierto frente a la situación en la que la muerte de la autora del texto encontrado los dejó. Ale se filtra por ese resquicio, un poco sin quererlo, un poco estimulada por la fantasía de dejar de mirar desde la ventana; la idea de poder “completarse”, al margen de las instancias materiales. Es que a su vez ella aparece para ofrecer aquello que tanto Julia como Manuel necesitan, que es algo tan básico como poder volver a querer y sentirse queridos.

La caricia, la risa y el juego de Julia con Ale son como la torta del inicio, así como el de reojo que a Manuel le cuesta modificar marca la pared para el sueño de la aldeana. Por otra parte, en uno de los debates entre los miembros de Aldea Rosa, Ale denuncia la necesidad de tener “una vida normal, como los demás”, de dejar de vivir entre los yuyos, a lo que Antigua (Naty Menstrual), una de las habitantes fundacionales, le responde: “Donde vos ves yuyos, yo veo un bosque”.

Mía, además de una historia de amor, es una historia de identidades; quién se es, quién se quiere ser. Van de Couter, después de una larga investigación, hace convivir el relato de afectos con el construir seres que no sólo se ven expuestos a una situación de marginalidad, sino que luchan políticamente por su derecho legal –en lugar de la pasividad habitual que abunda en el imaginario, y no sólo en el cinematográfico– así como por el de ser felices.

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TELEVISION: ENTREVISTA A LA ACTRIZ CECILIA ROTH

“Siempre me expresé como ciudadana desde lo artístico”

Es una de las protagonistas de “El pacto”, la tira que sale los jueves por América TV y que aborda ficcionalmente el caso Papel Prensa. La actriz dice que “este tema nos atraviesa como sociedad” y subraya: “Estamos en un momento ideal para reflexionar sobre lo que nos pasó”.

Tras la polémica que se generó en torno de la abrupta salida de Mike Amigorena de su elenco, la denuncia de la producción por “presiones” y la postergación de la fecha de estreno, finalmente  “El pacto” vió la luz en la pantalla de América TV. La ficción que aborda el traspaso en plena dictadura de las acciones que la familia Graiver tenía de Papel Prensa a favor de Clarín y La Nación (aunque sin dar nombres reales), tiene entre sus protagonistas a Cecilia Roth. El estreno de una nueva ficción que –como Montecristo hace unos años– vuelve a poner el foco en la complicidad civil con la dictadura militar es el disparador para que la actriz argentina, que durante muchos años vivió en España, analice –más allá de los motivos que la llevaron a participar de la historia escrita por Marcelo Camaño– los cambios que vislumbra en la sociedad argentina. “Voy a ser honesta”, se confiesa Roth en la entrevista con Página/12. “Durante muchos años –subraya– tuve mucha bronca con Argentina, básicamente porque sentía que nosotros mismos no nos mirábamos como país, que estábamos muy atomizados. Hoy tengo la suerte de formar parte de un proyecto de país que nos involucra a todos.”

Desde el mismo momento en que su trama tomó estado público, El pacto generó mucho más ruido mediático que las otras nueve ficciones que el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) seleccionó del concurso Plan de Promoción y Fomento de Contenidos Audiovisuales, y que desde hace varias semanas se emiten en América y Canal 9. La inspiración en los acontecimientos que rodearon al traspaso de las acciones de Papel Prensa encendió una mecha de tensión mediática que estalló cuando Amigorena, que interpretaba a un CEO de un importante grupo multimediático, pidió dejar la ficción de la que era protagonista por no sentirse “cómodo”. Desde ese momento, las versiones sobre las causas que llevaron al actor a abandonar El pacto fueron muchas y nunca se aclararon del todo. Lo único concreto es que el programa puso de manifiesto que la complicidad de ciertos sectores con la dictadura genera mucha incomodidad al día de hoy.

En la ficción, Roth interpreta a Lucía Córdova, una abogada especializada en delitos económicos a la que acude José Gancedo (Federico Luppi), un empresario que compró periódicos y por diversas cuestiones los fue perdiendo. En la investigación del caso, la abogada se topa con que Gancedo no le había contado una parte de la historia sobre sus adquisiciones, que lo involucra en un delito aberrante cometido durante la dictadura. Es en ese momento cuando, en medio de un thriller, El pacto hace foco en la adquisición de Papel Prensa por parte de ciertas empresas periodísticas. Además de Roth y Luppi, la ficción dirigida por Pablo Fischerman (Socias) cuenta en su elenco con Cristina Banegas, Luis Ziembrowski, Moro Angheleri, Violeta Urtizberea y Rafael Ferro, entre otros. A raíz del abandono a mitad de camino de Amigorena, el último en incorporarse al equipo fue el español Eusebio Poncela (ver aparte).

“Cuando me ofrecieron el proyecto y supe que Javier Nir y Sebastián Rollandi eran los productores, Pablo Fischerman el director y Marcelo Camaño el autor, acepté estudiarlo porque antes de trabajar con ellos merecían el mayor de mis respetos y mi admiración, cada uno en su área”, cuenta Roth. “Los actores convocados también me entusiasmaban. Estaba en España y leí los guiones con mucho interés, sabiendo de qué se trataba la historia. Y artísticamente me interesó muchísimo el proyecto, por la manera que la ficción iba a entretejerse con un tema que nos atraviesa como sociedad, con una problemática tan descriptiva de la connivencia cívico-militar. Poder entramar en una ficción la complicidad de cierto sector de la sociedad con la dictadura, en esos años tan oscuros, es un recurso tan rico como necesario”, puntualiza la actriz.

–¿La combinación de ficción y realidad fue un condimento extra que la motivó a aceptar el proyecto?

–Me interesó el cruce entre realidad y ficción, porque creo que desde un programa de TV se pueden generar disparadores que trascienden lo artístico. Obviamente, soy actriz y lo que hago es componer un personaje que tiene determinadas características. Pero éste es un momento ideal para reflexionar sobre lo que nos pasó. En ese contexto, me parece que El pacto encaja para aportar una mirada.

–¿Su participación en El pacto obedece a una decisión de tomar un mayor compromiso con lo social, trascendiendo –incluso– los límites artísticos?

–No digo en forma partidaria, pero siempre tomé un compromiso político, por acción u omisión, con la realidad que me rodea. Nunca fui ajena a nada de lo que sucede a mi alrededor ni a mí, en tanto ciudadana. Creo que todos hacemos política todo el tiempo, sea por acción u omisión. El ser humano es inherentemente político. Siempre ejercí ese compromiso; no es que me surge ahora. Un lugar en el mundo fue una película con un compromiso político muy claro; Martín (Hache) lo mismo; Kamchatka también. Muchas de las cosas que se trataban en Nueve lunas mostraban una toma de posición con la realidad.

–La diferencia es que El pacto aborda la problemática de Papel Prensa, que hoy es parte de la agenda mediática y judicial.

–Pensé mucho mi participación en el proyecto, justamente por ser parte de la agenda cotidiana. De la misma manera que lo pensé lo hablé con el autor y con el director. Y varias cosas que están en los guiones se han ido puliendo y adecuándose de manera tal que no perturbara lo ficcional y que, además, no fuera tendencioso. Hubo mucho cuidado. La única manera de plantear seriamente una situación tan cercana a la actualidad y que produce tanta crispación en muchos ámbitos es evitando caer en un relato tendencioso. Por eso es interesante que la vea el espectador, para que en todo caso sean los televidentes quienes asuman una postura.

–¿Cree que El pacto logrará despertar esa inquietud cívica en el espectador?

–A mí me la provoca, vamos a ver qué le sucede al espectador. El pacto es un gran programa de entretenimiento. Lo que sucedió es que lo político corrió de eje la solidez artística de El pacto.

–La repercusión mediática que surgió alrededor de El pacto, inclusive antes de la salida polémica de Amigorena del elenco, ¿favorece el despertar de esa conciencia?

–Los argentinos estamos con mucha necesidad de mirarnos y de revisar nuestra propia historia. Es un muy buen momento para plantear cosas que nos atañen. El pacto contará abiertamente una problemática histórico-social-mediática que nos involucra a todos.

–¿En los años ’90, por ejemplo, se hubiera generado la misma expectativa por este tipo de relatos?

–En los ’90, una ficción como El pacto ni siquiera se planteaba como realización. No existía esa posibilidad. Está bueno hablar de esto. Los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina de Kirchner han novilizado mucho a los argentinos por su compromiso con los derechos humanos. Pero es insoslayable que los derechos humanos eran piantavotos; no hubo una estrategia electoralista en este punto. Hubo que hacer un cambio muy grande como sociedad para atreverse a mirar y analizar problemáticas a las que determinados sectores de poder le habían dado un punto final. Como pueblo estamos mucho más maduros respecto de los ’90. Estamos atravesando un tiempo en el que la ciudadanía tiene la necesidad de reverse como parte de una historia y de un país, más allá de cualquier partidismo político. Eso no quiere decir que todos pensemos lo mismo. Una sociedad es la convivencia de muchas miradas que se cruzan y discuten entre sí.

–¿El pacto es un proyecto más o tiene un significado especial?

–Ningún proyecto es uno más para mí. Siempre me expresé como ciudadana desde lo artístico. Ese es mi compromiso con mi oficio y con mi ser ciudadano. Elijo mi oficio para expresarme como ciudadana. Después, cualquiera, haga lo que haga, puede militar por fuera de su ámbito profesional. Esa es una elección personal. Nuestro oficio de ciudadanos es comprometernos con nuestro tiempo. Durante mucho tiempo eso se desconsideró. Está bueno sentirse parte de lo que nos ocurre como país.

–¿Hubo un tiempo en el que no se sintió parte de un proyecto de país?

–Durante mucho tiempo envidié a amigos, argentinos o no, que se sentían parte de su patria aun estando muy lejos de su tierra. Me cuestionaba qué era lo que me pasaba a mí que no tenía ese sentimiento de pertenencia. Solía adjudicar ese desarraigo a todo el tiempo que viví afuera, a esa cosa de sentirme cosmopolita…, pero me angustiaba porque siempre hay una raíz en algún lugar. Está bueno poder sentirme ahora arraigada, ser parte de una sociedad, de un colectivo.

–¿Y qué rol considera que cumplió y cumple el kirchnerismo en ese cambio socio-cultural?

–No sé si es el kirchnerismo. Siempre los gobiernos son el producto de un proceso de todo un pueblo. No creo que sea al revés. Y eso es necesario decirlo porque, como dijo Cristina el otro día, esto es una continuidad. Y este proceso es el comienzo de una continuidad, de un proyecto de Nación, no de un gobierno. Ojalá podamos entender que el proyecto de país es responsabilidad de todos y no de un gobierno.

–¿Hoy cree que su hijo va a vivir en un mundo mejor que el que le tocó a usted?

–¿Sabés qué es lo que me pasa ahora? Pienso que yo voy a vivir en un mundo mejor. Esa sociedad mejor la soñaba para mis nietos. Creer que tal vez uno pudiera disfrutar de un país más justo y alegre es movilizante, esperanzador. El otro día lo hablaba con mi papá y le decía que en una de ésas voy a tener la suerte de que mi generación vea una sociedad más justa y unida. Eso no es poco para las expectativas que tenía hasta no hace mucho.

Entrevista realizada por Emanuel  Respighi para “Página/12”. Buenos Aires, noviembre de 2011.

ALGORITMOS MÁGICOS


Por Rodrigo Fresán

Desde BarcelonaUNO El algoritmo como nueva versión de la fórmula mágica, de pócima secreta, de solución o problema para todos los males de este mundo. Se persigue el algoritmo del todo y la nada como alguna vez Ahab persiguió a la ballena blanca de su locura y como Viktor Frankenstein persiguió el rompecabezas de la vida artificial. Y –como en todos estos contratos con letra pequeña y donde sólo unos pocos iniciados son parte de la empresa y de la gesta– siempre está el riesgo de que tu obsesión y tu creación se vuelvan en tu contra.

Como en Moby-Dick, como en Frankenstein.

DOS Steve “Big Mac” Jobs. Que estás en los cielos y descansas en Pad. Su rostro en todas partes. Primero y hasta hace unos días su foto de despedida mirándote a los ojos en el site de tu Mac cada vez que la encendías. Ahora, esa misma foto es la que se repite en la portada de su flamante biografía firmada por Walter Isaacson y recién aparecida, en simultáneo con la edición norteamericana, bajo el sello Debate. Número 1 en ventas non-fiction aquí y allá y en todas partes. El libro de Jobs, sí. Dicen que se trata de una biografía autorizada, pero dicen también que Jobs no se metió y dejó hacer. Lo único que le preocupaba –y para lo que se reservó la aprobación última– fue la portada del libro, que tiene mucho de la elegancia de todo producto/pack/mac. Muy blanca y muy negra. Adentro, claro, zonas oscuras, desperfectos, imperfecciones en el programa donde lo zen hace cortocircuito con el materialismo. Así, en la investigación de Isaacson a la caza del algoritmo vital de Jobs –con quien estuvo conversando casi hasta el final–, el magnate del diseño informático suele aparecer como un tipo más bien complicado, torturado y torturador, exprimidor de colegas y aplastador de competidores, obsesionado con Bob Dylan (una de las pocas personas frente a las que, al conocerlas, se quedó sin palabras) al punto de salir durante un tiempo con Joan Baez, experto en el tormento psicológico y la agresión en público y, en ocasiones, más preocupado por la apariencia y el envase que por el contenido y la realidad. Alguien abandonado por sus padres biológicos lanzado desde un garaje a la conquista del infinito y más allá con modales de Conde de Montecristo y Citizen Kane sin jamás perder de vista a su Némesis y gemelo techno-espiritual Bill Gates. Y, en sus últimas páginas el Steve Jobs de Walter Isaacson no resuelve el enigma de alguien apostando fuerte a la compulsión adictiva y coleccionista de nuestra raza. Y ganando. Pero, también, perdiendo al jugarse –inicial y un tanto ingenuamente– su salud a la automedicación alternativa y a jugos espiritualistas new age hasta que ya fue demasiado tarde (cuenta el biógrafo que despreciaba las máscaras de oxígeno por estar mal diseñadas) y el cáncer había saltado a otras piezas de su modelo. “No quería que su cuerpo fuera abierto”, reporta Isaacson, como si Jobs pensara que la exploración de su carcasa revelaría algo que no debía ser revelado. Lo que –hasta sus últimas horas de este lado de la pantalla– no le impidió a Jobs aullar a los cielos que no descansaría en paz hasta destruir a algo llamado Android ahora responsabilidad de la gente de Google o algo así. ¿Sus casi últimas palabras de casi científico loco?: “Emplearé hasta mi último suspiro si es necesario y gastaré cada centavo de los 40.000 millones de dólares que Apple tiene en el banco para corregir esto. Voy a destruir Android porque es un producto robado. Estoy dispuesto a ir a una guerra termonuclear” y alt y esc.

TRES Así, Google y sus derivados eran la bestia negra de Jobs y meses atrás, en The New York Review of Books, leí un largo artículo de James Gleick. Leer sobre estas cosas –en mi caso– no significa necesariamente comprender. Pero yo sigo hasta el final con disciplina y optimismo y es por ahí donde me encuentro con algo más bien inquietante que no sabía pero que sí entiendo. O al menos eso creo. Parece que el codiciado algoritmo que alienta divinamente a Google tiene voluntad propia y que, en palabras de Gleick, mientras nosotros buscamos cositas, su inteligencia artificial lee nuestra mente y nos cataloga y codifica. Y no demora mucho en analizarnos y ofrecernos los resultados que –según el fantasma de la máquina– más nos conviene sacar. Es decir: Google –eso que acabó con toda duda y discusión de sobremesa acerca de quién actuaba en tal o cual película– no es democrático ni mosqueteril, no es todo para uno y uno para todos. Y, según los creadores de Google, el próximo paso será un implante neuronal: pensar y encontrar sin necesidad de apéndice exterior a nuestro cuerpo y –expandiéndose, absorbiendo los algoritmos de otras empresas– I’m feeling lucky. En uno de los libros analizados por Gleick en su ensayo –The Googlization of Everything (And Why We Should Worry), de Siva Vaidhanathan– se lee y se advierte: “No somos clientes de Google: somos su producto”. Y así, sin prisa ni pausa (pero cada vez más rápido, con más que algo de ritmo), Google acaba trazando el algoritmo de cada uno de sus usuarios. Hasta darnos en la tecla.

CUATRO Voy y vuelvo de Holanda a dar una conferencia sobre ese google/relato que es “El Aleph” de Jorge Luis Borges. Y en el aeropuerto de ida –junto a decenas de Steve Jobs– está lo nuevo de Robert Harris: The Fear Index. Lo compro, lo leo, lo entiendo y lo tiemblo. Y si en su anterior thriller contemporáneo –tan bien filmado por Roman Polanski– Harris se “vengaba” de su gran desilusión con Tony Blair, aquí Harris se mete con el caótico mundo de las finanzas de ahora mismo. The Fear Index –que filmará Paul Greengrass– trata del destilado de un algoritmo milagroso llamado Vixal-4 con capacidad para medir y provocar aullidos en los mercados y actuar según le convenga llegando a provocar, cuando lo considera pertinente, rampantes apocalipsis en picada en las Bolsas del mundo. En la novela de Harris, el siempre impreciso miedo de los seres humanos es el factor a precisar, a destilar, a bajar a una serie de letras y números como, por ejemplo, “casi 5.000.000 de desocupados en España”. Y enseguida Vixal-4 –cuya inteligencia y libre voluntad crece exponencialmente, como kudzu arrastrándose por los cables del planeta– decide que ya no necesita de órdenes para poner orden en nuestro desorden. Así, el terror como algoritmo calibrable y Vixal-4 creciendo a versión bursátil de HAL 9000. Y en un gran momento de The Fear Index, Harris apunta que alguna vez soñamos con máquinas que se ocuparían de hacer todo aquello que nos disgusta, como limpiar la casa y dejarnos tiempo libre para ocuparnos de los grandes asuntos. Pero resulta que está ocurriendo todo lo contrario: somos cada vez más parecidos a robots de carne y hueso ocupándose de trabajitos sin importancia a cambio de pagas cada vez menores mientras las computadoras suplantan –en el acto y día tras día– a profesionales capacitados luego de años de estudios.

Por las dudas, por si les interesa, no creo estar arruinándole nada a nadie: The Fear Index termina mal, muy mal.

Contratapa de “Página/12” del martes 01 de noviembre de 2011.


Cayetana de Alba puede tenerlo todo, pero la osteoporosis no reconoce título nobiliarios. Pisó la oreja de una alfombra en su palacio de Dueña –¿pero por qué no habrá leído los sabios consejos para la quinta edad que sugieren plegar y guardar todo tapete o alfombra por más persa que sea?– y se quebró la pelvis. Adiós a la luna de miel en Tailandia. Así empañó su boda con Alfonso Diez, el último gran suceso de la café society y también el más “democrático”: los paparazzi, las cámaras de televisión y los sitios de Internet hicieron que todos los don Nadie de este mundo que no conocen el Gran Mundo tuvieran la sensación de haber estado ahí. Según José Luis de Vilallonga, cronista mayor del quién es quién internacional, y a quien gloso en gran parte de esta nota, la café society fue bautizada así por la reina María para definir a los miembros de la aristocracia inglesa que, a principio del siglo XX, decidieron combatir el rictus victoriano con el culto a la extravagancia, el gasto imaginativo y los viajes que permitieran no vivir el invierno en ninguna parte. La café society cultivaba el leve tartamudeo y el culto del aburrimiento de la clase alta inglesa como si la oratoria fuera un arte propio del que quiere ser admitido en donde sólo se admite a los bien nacidos –cosa de vendedores y abogados– y la diversión, una experiencia del que ha conseguido algo que antes no tenía –cosa de trabajadores–. La revolución entre los que odian la revolución sucedió cuando el duque de Portland se casó por plata con una ricachona norteamericana. Desde entonces, la café society admitió títulos comprados, joyas falsas y miembros de la farándula.

Cuando la café society pasó de la crème de la crème al ketchup, cambió su nombre por el de jet-set. Y Cayetana de Alba tuvo allí asistencia perfecta.

La otra

Su contracara de toda la vida ha sido Luisa Isabel Alvarez de Toledo y Maura, duquesa de Medina Sidonia, que se casó con su secretaria, Liliana Dahlmann, once días antes de morir, y que nunca quiso saber nada con su apodo de “duquesa roja”. Contra el rey, Comité Central o palacio, ella fue siempre de oposición.

El turno de la duquesa fue el 17 de enero de 1966, cuando un avión de la armada norteamericana con base en el aeródromo militar de Morón, en Sevilla, que llevaba cuatro bombas de hidrógeno a bordo, chocó con otro avión que lo proveía de combustible. En nombre de la reparación, desde el Departamento de Estado norteamericano se gestionaron excavaciones que levantaron capas de tierra de diez centímetros en seis mil hectáreas a la redonda, de un metro más cerca del lugar de la coalición. Fue el primer perjuicio visible para el pueblo de Palomares: las cosechas se perdieron o lo poco que quedaba mal vendido debido al fantasma de la radiación. Entonces los campesinos llamaron a la duquesa, famosa por gritar “¡Viva el rey!” cada vez que se encontraba con Franco. Ella les puso abogados asesores, llamó a la prensa y, como el millón de dólares reclamado por las pérdidas no llegaba, amenazó con que todo Palomares marcharía sobre Madrid. Propuso a Cayetana de Alba que la acompañara a la cabeza, pero ella no quiso y fue una pena porque debido a su amistad con Biddle Duke, embajador de los EE.UU. en España, seguramente habría influido y Franco trinado si esas dos cuyos títulos alcanzaban para llenar la carretera de Palomares a Madrid, encabezaban la marcha.

La movilización fue reprimida, la duquesa puesta en cana, aunque la largaron a los quince días, pero su prisión más larga fue de ocho meses luego de que publicara fuera de España su novela La huelga. Entonces fue acusada de ultraje a todas las instituciones de España, pero más al Generalísimo, acostumbrado a que la revolución no venga de los árboles genealógicos.

Cayetana, en cambio, de justicia nada. Cuando miembros del Sindicato de Obreros del Campo se plantaron frente a alguno de sus palacios para hacerle reclamos, ella dijo que le importaba un bledo, que no iba a molestarse ante unos pocos locos a quienes luego llamó directamente “delincuentes”. Tuvo que comerse sus palabras, desembolsar 6000 euros y un débil argumento: haber tenido “un episodio esporádico de desorientación temporo-espacial con pérdida de memoria”. Es cierto que su impunidad nunca alcanzó la de Sir Tomas S…, otro miembro de la café society, que cuando le hablaron de Jesucristo exclamó: “¿Pero qué puedo tener yo en común con el hijo de un carpintero judío?”.

Cuando Cayetana pagó para ser filmada para la televisión en su palacio de Liria (Esta es su vida), la duquesa roja comentó: “Para las pobres familias amontonadas de diez a veinte personas en las conejeras de los alrededores de Madrid, eso quería decir: ‘Miren cómo vivo yo, puesto que ustedes son lo bastante boludos como para no venir a destriparme’”. También se rió cuando Cayetana de Alba, quien una vez por año se presentaba en un hospital rodeada por sus paparazzi para donar sangre, fue palmeada en el culo por un obrero enfermo, que había recibido su donación y le gritaba desde su lecho “¡Primita!”.

La maja quirúrgica

Cayetana siempre hizo lo que quiso: un par de tetas, un viaje, una conversación con Onassis. Es injusto decir que su rostro muestra los estragos de la cirugía estética. Que su cara se parece a la de todas las ex bellezas que se la hacen una y otra vez: labios de pescado o de pato, frente extendida hasta el borde de la calvicie, cabello lo suficientemente largo como para tapar los nudos y zurcidos de antiguos refreshing, lisura de porcelana en frío, sonrisa difícil. Propongo que al ser ella una pionera, los cirujanos, que son cholulos, vienen copiando desde hace décadas su modelo de rostro, rostro ya inhumano, como de otra galaxia, de acuerdo con los parámetros cinematográficos de la ciencia ficción. No creo que Cayetana ignore su aspecto, sólo que prefiere ser un monstruo antes que una vieja. Ella, para quien el origen es todo, se niega a que en su rostro quede algo del original. Para originales los retratos de su tatarabuela, firmados por Goya (La maja desnuda y La maja vestida).

No tiene importancia que Alfonso Diez haya sido hasta ahora un hombre de mil y pico de euros mensuales. Si Cayetana se hubiera casado con un hombre más rico, al ser su propia fortuna tan inmensa, sólo se trataría de asumir grados de desigualdad.

Y como Cayetana hace lo que quiere, y a pesar de que para algunos es dudoso que el modelo de las dos majas de Goya haya sido una duquesa de Alba, ha decidido que no sólo desciende de todo lo que desciende, sino también de un par de cuadros.

Por María Moreno, diario “Página/12”, 02 de noviembre de 2011.


“Todos tenemos un pequeño monstruito adentro”

Al frente de una selección comandada por Jim Keltner,  León impacta con un paquete de canciones que lo muestra  en excelente forma. Gieco recorre presente, pasado y futuro.

 

Hay personas que poco tienen para decir y hay personas que nunca tienen nada para decir. Pero León Gieco siempre tiene todo para decir. Intenso, eufórico, vehemente; listo para sorprender(se), para alarmar(se), para tomar aire (a veces) y hasta para abrumar a sus ocasionales interlocutores, el santafesino existe atento a y comprometido con –y agitado de– la vida suya y la de todos los demás. Su nuevo disco, El desembarco, el primero con canciones nuevas después de seis años, lo encuentra a sus casi 60 (los cumple en tres semanas) muy despierto y muy feroz. De hecho, el primer corte de El desembarco se llama “El argentinito” (ver aparte) y, después de semejante filípica, no quedará argentinito en pie.

–¿A qué “desembarco” refiere el título?

–Hebe (de Bonafini) y las Madres llamaron el desembarco a su entrada en la ex ESMA, y así se titula una de las doce canciones de este disco. Los cantantes y autores solemos elegir un tema y ponerle ese mismo título al álbum; para mí siempre funcionó así, con la excepción de Por favor, perdón y gracias (2005), que iba a llamarse Santa Tejerina pero, justo cuando iba a editarlo –con una tapa muy linda, con una especie de Virgen– llegó el juicio a Romina Tejerina y se armó el quilombo y la compañía me dijo: “Loco, empezamos mal, ¿viste? Va a parecer que tu título es una especulación. Hagamos otra cosa”. Hasta Mercedes Sosa me llamó preocupada: “Nene, tenemos que hablar”. Una vez que le expliqué la historia, comprendió…

–Por favor, perdón y gracias tuvo también un conflicto con los padres de las víctimas de Cromañón.

–Sí, cuando estalló lo de Callejeros me hicieron sacar el tema donde cantaba el Pato Fontanet. ¡Y ahora que grabo El de-sembarco, se arma el quilombo con Sergio Schoklender! (se agarra la cabeza).

–¿Habló con Hebe al respecto?

–Justo había viajado a Los Angeles para grabar, así que no sé nada en concreto, sólo que respaldo a Hebe. Y que una de las críticas que pueden hacérsele a este Gobierno es que esa plata salía sin una comisión que la controlara; armaron una pelota tan grande que se les escapó. Hebe creyó que todo funcionaba bien y pecó por no enterarse de lo que estaba pasando; nunca entendí que le diera una oportunidad a este tipo pero, bueno, viniendo de Hebe… podía ser; fue uno de sus tantos actos de amor. Igual, en cuanto a si “hablé con Hebe”… Hebe no es de hablar. Hebe sigue derecho, como un buey que ara; los martes hacen la comida y va y labura, es como una fuerza bruta, un ejemplo: todos en el mundo conocen su pañuelo. El problema máximo fue que Schoklender habló mal de ella, parecía pagado por la oposición. Pero al fin eso no se reflejó en el porcentaje: vamos a tener Cristina por cuatro años más. Es la primera vez en mi vida que me siento orgulloso del presidente que tengo. Igual, yo miro todo: creo que hay que ver el programa de (Mariano) Grondona o leer ese libro de Luis Majul, ¡incluso para aprender “al vesre”! Si no, es el extremismo total de decir “Si me venís a criticar, entonces sos opositor”. Tenemos que entender que no tenemos un Gobierno perfecto, que estamos en el primer escalón de un cambio positivo. Muchos dicen: “Uf, respiramos, vamos a tener cuatro años más de Cristina”, pero eso no es digno de un país: sería bueno que pudiéramos respirar por más de cuatro años. Formemos gente: ¡que haya una universidad de políticos..! (sonríe). La letra de “El desembarco” dice: “Hay quienes desembarcan sin barcos y sin armas por la vida”, y la canción y el álbum se llaman así, sólo por esa partecita. Cuando tuve que titular, me pareció lo mejor. Y pensé: ¿por qué no acompaño ese desembarco con fotos en el Espacio de la Memoria? Todas las fotos fueron hechas en la ex ESMA, y es la primera vez que imágenes del Espacio de la Memoria van a aparecer en un disco. Así que todo tiene que ver. “El desembarco” habla de las diferentes actitudes de las personas: algunas positivizan todo lo negativo –personas que han sido torturadas militan por los derechos humanos, como Pérez Esquivel o como las mismas Hebe o Estela de Carlotto–; y también habla de situaciones actuales: “ensuciamos las rutas, ensuciamos los ríos, matamos en la guerra y en las calles hoy tenemos monumentos a asesinos”.

–Otra de las nuevas canciones, “Fachos”, también recoge esa idea: un pueblo que lleva el nombre de un represor.

–La letra dice: “El pueblo se llama como genocida; al costado de la ruta nos paró Gendarmería. Lo que buscan no está en mi mochila, está en el avión que pasa por arriba. Estos creen que somos pelotudos, llaman la atención a la prensa amarilla y así la cocaína llega a su destino: España, Brasil, Estados Unidos”. Esto nos pasó con D-Mente (la banda de rock de Andrés Giménez, con la que editó un disco en 2009: Un León D-Mente) cuando fuimos a tocar a La Rioja y a San Juan. Allá hay unos pobres pelotudos que te bajan todo lo que llevás en el micro sólo porque los músicos están tatuados… Los que venden cocaína no están tatuados. ¡Los que llevan cocaína en un avión no se tatúan, usan corbata! ¿Entendés? Volviendo a los nombres de los pueblos, ¿sabían que la Argentina es el país que más ciudades tiene con nombres de militares? ¡Number One! Hay que agarrar un mapa y fijarse: Teniente Tal, Coronel Tal, cualquiera, ¡todos! Y además hay pueblos que se llaman como represores ingleses, como Nelson; Nelson era un hijo de puta que mató a miles de indígenas en Santa Fe: “¡Che, ¿vamo’ a tomar uno’ vino’ a Nelson?!”. Estoy componiendo una canción con todos esos nombres: será como una “gira” mía por todas esas ciudades y pueblos, y el festival mayor va a ser, por supuesto, en General Roca, el más asesino de todos. La tengo medio enfilada, pero hay que ponerse a trabajar: es un laburo como el de “Orozco”, porque hay que buscar mucha información. Y la otra canción que estoy haciendo es con las letras de las patentes de autos (risas).

Bailar hasta romperse

A León Gieco le han ofrecido publicar todas sus letras en un solo libro, Obras completas, y le divierte la sugerencia de que, luego de casi medio centenar de discos editados, más que un libro debería sacar una enciclopedia. “No, no publicarían todas (se ríe). Serían escogidas, quizá las mejores, o las que signifiquen algo en especial… No sé qué va a pasar con eso, pero siempre mi amigo Huguito Soriani me dice: ‘No lo hagamos así nomás; busquemos algunos pintores, que pinten sobre eso… Eso estaría bueno’. Pero ¿cómo elegir?:

‘Seamos todos caballos’, que compuse en 1973 cuando era pendejo, fue tan importante para mí como lo es este disco ahora…”

Pobre la canción que llega tarde,
Que aparece cuando todo pasó;
Viene atrás corriendo, como el paisaje
Que dejamos cuando nos estamos yendo.
Cristal débil, de hielo que se rompe,
De un mal paso, de tropezar
Que pretende tomar la vida en un trago
Y se ahoga al comenzar.

(“Las canciones”,
de El desembarco)

“Este tema habla de las canciones y de para qué sirven”, dice Gieco. “Porque está la canción que llega tarde, la canción especuladora que no sirve para nada… Está la canción más osada, la que te acompaña, la que ‘de dos caminos te hace uno solo’. Y están las instrumentales, ‘las que sin palabras te dicen todo’; y ‘las siempre presentes, las inadvertidas’; y las ‘centenarias, himno de una Patria para niño y dictador’… Porque al himno lo canta el nene y también un torturador.”

–¿Quién es “Ella”, la protagonista que abre el álbum?

–Ella es mi mamá, que falleció hace un año y medio. Mi vieja era una persona muy importante para mí. Me entendió como artista desde que toqué por primera vez: era ella quien iba a verme actuar; yo cantaba para ella, y teníamos una relación muy fuerte. Se llamaba Elda y, bueno, se murió, como nos va a pasar a todos.

–En “Hoy bailaré”, una suerte de cumbia, declara que bailará “hasta que se conviertan en polvo mis pies”. Es difícil imaginar a León Gieco en esa tarea…

–¡Yo lo puedo bailar perfectamente! Esta canción me la bailo, ¡¡me la bailo!! Más aún: estoy por hacer un video donde bailo yo mismo (risas), porque es un paso que sé hacer. Jim Keltner, el baterista, me preguntó: “¿Cómo toco esto?”. Le dije: “Como ‘Down in Hollywood’, que hiciste con Ry Cooder”. “Ah, allright”, dijo el tipo. Tun-tun pác, tun-tun pác. Y no es una cumbia, específicamente; en realidad, es un paso brasileño: hay un acordeón, hay un tiple colombiano, están las congas de Luis Conte… Ahí soy como un loco que dice: “A pesar de todo, hoy voy a bailar y me voy a desarmar bailando”. Es un tema optimista, pero no es alegre: tiene su carga: “Voy a bailar… y no quiero pensar en nada”.

–¿Puede permitirse un descanso así?

–Sí. No. Lo intento. Durante este tiempo que estuve grabando en Los Angeles, nadie me conocía; fui a ver todos los conciertos, entré a cualquier lado en cueros y short y nadie me decía nada, y dejé de ser León Gieco por tres meses. Después me costó mucho reacomodarme acá; casi me enfermé. En mi país no puedo, excepto que me vaya al campo, que es como un cable a tierra; todas mis primeras canciones las compuse dentro de una carpa, con el auto parado en un camino perdido, y me quedaba diez o veinte días viviendo solo y como un croto. Era un campo de mil por mil y nunca me voy a olvidar de aquella vaca…

Cada tanto, a Gieco le encanta recordar esta anécdota de cuando, siendo muy joven y en ocasión de una de esas “escapadas de croto”, se subió a un árbol en el medio de la nada…

–… y en aquella esquina de allá, muy a lo lejos, había un grupo de vacas y yo estaba tocando la guitarra y una sola vaca se separa del grupo; viene caminando hacia mí y demora un montón, como media hora… Y en un momento pienso: “Esta vaca viene para acá”. No puede ser… ¿sola? Y venía despacito, y venía, y venía, y venía… Cuando llegó adonde yo estaba, me miró: ¿viste cómo miran las vacas? Yo seguí cantando, se pegó la vuelta, y se volvió caminando hasta su grupo. ¿Cómo hacés para entender ese evento? ¿Cómo hacés para entender lo que le pasó a esa vaca?

–¡Qué les habrá contado a sus compañeras!

–(Carcajada) ¡Seguro que la mandaron ellas! “¡Andá a ver a aquel boludo, qué hace!” Hora y media después les cuenta: “No, está tocando una canción, nada más” (risas).

–En aquel entonces seguro no imaginaba que terminaría grabando con Jacques Morelenbaum y la Orquesta Sinfónica de Praga…

–(Sonríe) Fue una de las propuestas de Gustavo Borner (coproductor en Los Angeles), quien está muy avanzado tecnológicamente haciendo músicas de películas; cuando necesita una gran orquesta graba a través de Skype. Borner tiene el contacto con la Sinfónica de Praga, se compró un ProTools que recibe todos los canales por separado, y va mezclando él mismo lo que recibe. Entonces estábamos sentados en su estudio: en una pantalla veíamos a Morelenbaum –quien además hizo los arreglos para “Las cruces de Belén” y “Mi estrella”, que compuse con Iván Lins–, y en otra pantalla estaba la Sinfónica. Los músicos nos veían a nosotros y veían a Morelenbaum, quien los corregía, y Morelenbaum a su vez veía a la Sinfónica, y a Borner y a mí sentados en el estudio.

–Y ustedes grababan y luego juntaban los pedacitos de sus cabezas explotadas…

–¡Y claro! (Carcajada) Después tuve el honor de conocer personalmente a Morelenbaum, ¡porque el tipo viajó a Los Angeles a revisar si estaba bien la mezcla! Un lujo.

–Aunque una de las características de El desembarco es su propuesta analógica, queda claro que no se privaron de los adelantos de la más fina tecnología…

–La banda está grabada en vivo, y la diferencia de sonido entre lo digital y lo analógico es enorme. Tampoco es posible grabar como se grababa antes; aquella época ya pasó, pero grabamos con cosas parecidas y el efecto es muy diferente. Cuando grabás todo digital escuchás muy bien acá donde estamos sentados, pero si te vas a la cocina dejás de escuchar. Cuando ponés mi disco, que está grabado en cinta, te vas a otra pieza y seguís escuchando, o aunque sea te llega la voz. Hay algo que tiene la cinta que lo digital no tiene, una presencia especial. Pero también nos metimos en un bardo increíble porque, por ejemplo, hoy todos los autos están preparados para escuchar rap, esos bajos tremendos, y cuando puse el disco en mi auto dije: “¡Uy, no suena nada!” (risas), y nos comimos el bajón. La propuesta de Borner fue grabar en vivo con esta banda elegida, pero traer todas las voces desde la Argentina: entre ellos Roxana Amed (para “Las canciones”), Charly García, Nito Mestre, Raúl Porchetto y María Rosa Yorio (Porsuigieco, para “Bicentenario”), Oski Amante, Willy Campins y Aníbal Forcada (Oveja Negra, para “Latidos del corazón”, con letra de Alejandro Davio de Mundo Alas)…

–Y Spinetta, para “8 de octubre”.

–Tanto yo como Luis estuvimos desde el comienzo con lo de Ecos (la tragedia del 8 de octubre de 2006); su hija va a ese colegio y no se subió a aquel viaje de puta casualidad. En los conciertos de cada 8 de octubre se recaudan cosas para el mismo pueblito al que llevaban ayuda los pibes, pero también empezamos a pelear por el control de alcoholemia en las rutas; para que no haya tantos accidentes; para que la muerte de tu hijo, que no se repara con nada, por lo menos salve a una persona; para que pase algo. Un día fui a actuar en un video de Dante Spinetta y me dijo: “Ahora viene mi viejo, quiero que estén los dos haciendo unas mímicas”. Yo, la verdad, nunca tuve ninguna relación con Luis. Pero cuando llegó me comentó una cosa que fue increíble, devastadora: “Estoy grabando ‘La guitarra’, el tema que hiciste con Atahualpa (Yupanqui); me lo pasó Rodolfo García para hacerte el homenaje a vos, así les rindo tributo a dos grandes (en el doble Guardado en la memoria, 2009)”. Tremendas palabras… “Y aparte, tengo una música a la que sería bueno que intentaras ponerle una letra que hable del 8 de octubre”, y me pasó un demo. Fue glorioso para mí, porque quería grabar con las voces de los chicos que se habían salvado del accidente. Lo hice, y cuando llegué a Los Angeles la banda lo tocó en vivo… y de pronto descubrimos que en un canal había una voz de Spinetta, cantándolo de otro modo: yo acentúo más rockero; él es más jazzero. Borner, que conoce a Luis, me dijo: “Canten juntos”; le pedí autorización por mail y me contestó con muy buena onda, y así quedó Spinetta cantando con los amigos de los pibes que fallecieron, con su guitarra y la base, más la Sinfónica de Praga.

–Al final de la canción hay otra voz.

–Es la de Benjamín, uno de los chicos que murieron y que tenía un grupo de rock. Le pedí a su padre alguna grabación y me dio una de cuando era chiquito. Los músicos extranjeros me preguntaban todo el tiempo de qué hablaban las canciones, y cuando les conté esta historia se quedaron pegados a la mesa y grabaron con esa onda, y al final uno de los guitarristas se quedó haciendo como una cosa hindú obsesiva (tararea) que se iba repitiendo, y no le encontrábamos el final, y con la voz del pibe cerró. Yo lo puse porque me banco esas cosas; hay quien no se las banca. Era un reportaje que le hizo el papá a Benjamín cuando era chico: le preguntaba qué quería ser de grande, y el pibe le decía que quería ser músico y tocar la guitarra y tener hijos. Y termina riendo.

–¿Cómo se encontró con “A los mineros de Bolivia”, el poema del Che Guevara?

–Tristán Bauer hizo Che, un hombre nuevo, un film extraordinario que dura tres horas y tiene un material exquisito, porque consiguió por intermedio de Evo Morales una data impresionante de lo que los militares bolivianos tenían bajo llave. Bauer me llamó para que compusiera el tema de cierre, pero no me salía nada y no había caso, hasta que la mujer de Tristán me acercó un libro con algunas cosas que yo ya sabía y otras que no: ahí encontré cinco poesías del Che. Entonces, como estaba en medio del quilombo de la película Mundo Alas, le pedí a Gurito (Luis Gurevich) que me ayudara; apareció al día siguiente con una canción demoledora. Pero llegué tarde y Tristán me reputeó: “Este tema me hace llorar, pero la película está terminada”. Entonces lo puse aquí. Y vamos a hacer un video con lo que le sobró a Bauer y con Gustavo Santaolalla, quien canta y toca el ronroco. Yo quería invitar a Liliana Herrero, pero justo se había ido de gira y el tema quedó para Gustavo, a quien le encantó.

–¿Cuáles son los planes para mostrar El desembarco?

–El martes pasado toqué algunos temas para La Mega, a modo de adelanto. Esperé a que pasaran las elecciones, porque la gente estaba muy pendiente de eso, y quería que bajara la adrenalina. Pero calculo que voy a presentarlo oficialmente en mayo próximo.

–¿Está pensando en alguna cancha de fútbol?

–No. En el interior del país suelo tocar en festivales populares para 40 mil personas, pero sé cuál es mi medida en la Capital: dos Luna Park, o entre cuatro y seis teatros Opera. Y para Mauricio Macri no trabajo. Ya se lo dije a Hernán Lombardi (ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires), que es un tipo que organiza bien y eso, pero yo no trabajo para ellos. Y no tengo ganas de invertir mucho tiempo y guita para ver si empatamos, o para ver “qué escenario ponés acá donde vimos a Roger Waters”, esa competencia ridícula. En mayo quiero festejar tranquilo en Buenos Aires mis 60 años de vida y mis 40 años de carrera, y tocar con todos los formatos en los que participé: D-Mente, Planeta de Mujeres, Guitarras del Amor, Mundo Alas, mi banda, solo… Un poco lo que hizo Spinetta con sus Bandas Eternas. Pero, obviamente, no tan grosso.

Por Gloria Guerrero y Eduardo Fabregat, especial para “Página/12”, domingo 30 de Octubre de 2011.

RODAR EN TIEMPOS REVUELTOS


El director  Imanol Uribe (“La carta esférica”) comenzó el pasado mes de septiembre en Jerez la filmación de “Miel de naranjas”, su nueva película, que cuenta en la producción con Enrique González Macho, actual Presidente de la Academia de Cine. A partir de un guión de Remedios Crespo Casado (la televisiva “Yo soy Bea”), Uribe cuenta con un reparto encabezado por Blanca Suárez (“Carne de neón”), Karra Elejalde (“También la lluvia”), Bárbara Lennie (“La piel que habito”) y Eduard Fernández (“Pa negre”), entre otros.

“Miel de naranjas” contará la historia de Enrique y Carmen, que acaban de conocerse y de enamorarse profundamente en la Andalucía de los años 50. Ella consigue que su novio se quede a prestar el servicio militar en un juzgado de su ciudad, en el que él se da cuenta rápidamente de que si quiere cambiar el rumbo de las cosas, de las injusticias que presencia cada día, tendrá que actuar. No tardará en verse involucrado en arriesgadas acciones que pondrán en peligro su vida y la de sus compañeros.

Aquí están las fotos del rodaje en Bustarviejo (Madrid) de las secuencias correspondientes a la Unidad Penitenciaria Militarizada, en donde me tocó encarnar a un presidiario bajo el yugo del pico y la pala franquista. Fueron cinco días de intensa emoción en un set montado en la cantera que está a las afueras del pueblo, al norte de Madrid. Una experiencia inolvidable.

Por Alberto Bemposta, Zaragoza, octubre de 2011.


Cada sábado a las 22.30 el ritual se repite y en una sala de teatro independiente en el corazón de Emabajadores, 12 personajes nos esperan en el escenario mientras vamos ocupando nuestros lugares. Sus miradas atentas nos avisan que pronto compartiremos algo más que un sueño. En ese espacio enorme, ellos dominan la ficción de hacernos creer que lo nuestro es una realidad transitoria, ya que a poco de andar se descubre que sus historias son también las nuestras. Cualquiera sabe, por experiencia propia y ajena, que el dolor y el sufimiento existen y que pueden durar insoportablemente mucho tiempo. Estos 12 personajes plantean que es posible convivir con las oscuridades del alma desde la alegría, dándole un sentido múltiple al mundo y a la vida para desenmascararla y ponerla en el centro de la escena. Nos cuentan en el fondo de sus visiones que lo que sucede, conviene, aunque sea algo malo, algo que uno hubiera preferido que no ocurriera nunca. Porque es en esos momentos de adversidad, cuando parece que se te cae el mundo encima, cuando deberíamos tener la certeza, aunque no nos demos cuenta, de que eso tan malo que está pasando, es para bien, es para mejor.

Estas doce historias de vida ficcionalizan la adultez como un estado natural en donde no “hacen” de adultos, sino que lo son con todas sus consecuencias y responsabilidades, para bien y para mal. De pronto la vida no les ha dado las respuestas que han buscado desesperadamente y anidan la esperanza de bajarse en la última estación, en la que se puede tomar otro camino. Se atreven con el riesgo y son conscientes del vértigo del viaje y lo suavizan contándonos sus sueños, compartiendo sus cotidianos horrores, a veces con furia, otras con alguna sonrisa, pero siempre con la guardia en alto, sospechando que aquéllo de que el destino es sólo un deseo que se cumple es algo más que una famosa frase de diván.

La oscuridad funciona como la luz del alma que clama una salida posible y consensuada. El espacio escénico jamás está vacío. Hay un grito colectivo que niega y oculta el precipicio que cada uno tiene bajo sus pies y lo transforma en trampolín y salvación. Cómplices del amor, no sucumben al destiempo de ningún sentimiento y se atreven a cruzar el portal.

Es la historia de aquéllos viejos y repetidos miedos, incluso de aquéllos infiernos vaciados de vergüenza y autocompasión, con dudas fáciles de apartar y terribles de resistir. Es la historia de los que defienden sus castillos mientras despliegan sus diminutas banderas con esfuerzo. Alumbran éstos seres nuestras propias melancolías con ficción y sentido, simplones, vestidos de teatro, haciendo del  mundo un lugar más habitable, más amable.

Mientras vamos ocupando poco a poco nuestros lugares en la sala, ellos nos miran con atención desde el escenario… Quizás en esa irreverencia esencial de los artistas anide la posibilidad de ser felicies, de vivir sin tristeza para siempre.

Por Alberto Bemposta, Zaragoza, sábado 22 de Octubre de 2011.

UNA MUCHACHA Y UNA GUITARRA


Intratable, tierna, bohemia, áspera, aguda, frágil, indomable, Violeta Parra fue una de las artistas populares más emblemáticas de Chile y a la vez profundamente ignorada por décadas de cultura pinochetista. Capaz de sacrificar sus propias canciones para recopilar el cancionero popular por la cordillera, de alzar una carpa con la Universidad del Folklore, de exponer en el Louvre, de enloquecer de amor en París y de suicidarse a los 49 años, su vida es cinematográfica y a la vez un peligro para los lugares comunes de las buenas intenciones. De la mano de decisiones artísticas casi impecables y de una actriz notable capaz de interpretarla, el director chileno Andrés Wood filmó “Violeta se fue a los cielos”, una biopic que captura las mil aristas de la artista sin perder el filo.

“El riesgo era alto, pero también la inconciencia. La película es una mezcla de libertad y rigor”, dice, para empezar, Andrés Wood, director de Violeta se fue a los cielos, extraordinaria biopic de una artista inabarcable, contradictoria, áspera y brillante, que se estrena en Argentina el 27 de este mes. La película fue vista por 350 mil espectadores, va a representar a Chile en los próximos Oscar y está basada en el libro homónimo de uno de los hijos de Violeta, Angel Parra. El libro fue apenas un punto de partida: la película es finalmente un abordaje sesgado de algunas de las características del complejo temperamento de una mujer incómoda. “Violeta Parra no cabe en una sola película”, razona Wood. Y vaya que razona y razonó: demoró siete años en decidirse a hacerla. Mientras tanto se consolidó como uno de los realizadores más interesantes de su país con films como El desquite, La buena vida y, sobre todo, Machuca.

¿Cómo contar la vida de Violeta Parra? ¿Qué elegir, qué descartar? Desde la niña campesina con la cara mordida por la viruela que veía cómo su padre se emborrachaba guitarra en mano hasta la mujer abatida por el desamor y la tristeza que se pegó un tiro a los 49 años, en 1967, toda la existencia de la Viola aparece atravesada por condimentos cinematográficos: la infancia pobre, su pasión por los hombres –especialmente por hombres más jóvenes que ella–, la tragedia de la muerte de una hija bebé, el exilio, el descalabro económico, la política, la compositora sorprendente, la artista plástica intuitiva que llega a exponer en el Louvre… En fin, ¿cómo contar el escarpado y ancho espacio que queda entre la engañosa esperanza de “Gracias a la vida” y el espíritu proto punk de “Maldigo del alto cielo”?

SEGUN EL FAVOR DEL VIENTO

Violeta se fue a los cielos terminó de definirse en el exacto momento en que el casting del protagónico llegaba a su fin y Wood entendió que había encontrado a su Violeta Parra. La elegida fue Francisca Gavilán, una hermosa actriz de teatro que cantaba aceptablemente y tocaba la guitarra… como zurda. Con maestría, Gavilán se va devorando pacientemente la película. No sólo cantó todas las canciones que integran la banda de sonido sino que también aprendió a tocar la guitarra como diestra. La interpretación dramática es soberbia y es posible que funcione como un boomerang que se dirige hacia su nuca profesional, como ocurrió por caso con Edgardo Nieva y Gatica: para bien y para mal, esta morocha afeada nunca va a dejar de ser Violeta Parra. Dice Francisca: “Crecí escuchándola. Creo que nos pasa a la mayoría de los chilenos: está en nuestro oído desde siempre. Pero ahora mi admiración ha crecido enormemente. Durante el proceso de filmación me dediqué a estar enfocada todo el tiempo en ella, fue una etapa de concentración máxima. Lloré mucho. Leía las escenas y me involucraba profundamente. Fue un reto total. Y además, cómo aprender a tocar la guitarra siendo zurda… Fue durísimo: ¡a los 37 años no es fácil aprender nada! Con mucha aplicación logré sacar algo de Violeta y dar con la voz que quiso mostrar Wood”. Técnicamente, el canto de Gavilán es más dotado que el de Violeta. Asombra su parecido tímbrico y la diferencia con la original es, tal vez y sin hacer poesía barata, la ausencia del dolor y el resentimiento implosivo que Violeta dejaba drenar por su voz. La asesoría de la banda de sonido fue de Chango Spasiuk. “Necesitaba un referente un poco más alejado del proyecto que me diera una visión de lo que debería ser la música y la sonoridad general. Chango fue esa persona”, dice Wood.

Si bien el film rastrea una vida a través de un montaje que alterna planos realistas y oníricos, sin coherencia cronológica y haciendo eje en el volcánico estado emocional de la protagonista más que en cuestiones de tiempo y lugar –el rodaje se realizó en Chile, en la Argentina y en Francia–, hay una entrevista televisiva editada en viñetas a lo largo del film que funciona como eje narrativo, casi como separadores que unidos captan la fragilidad de la artista y los ánimos alterados por distintos acontecimientos (rupturas, muertes, fracasos). Como una fiera arrinconada, Parra logra empero exhibir en vivo y en directo su humor feroz y su inteligencia impiadosa ante los prejuicios y la imbecilidad supina del periodista. La entrevista ocurre en el marco de un programa de la TV argentina y el rol de periodista lo cubre un efectivo Luis Machín en su estereotipo de porteño soberbio y engolado.

Periodista: Sin ánimo de ofender… ¿usted es india?

Parra: ¿Por qué me voy a ofender? Soy india, pero no totalmente. ¡Siempre estuve enojada con mi madre porque no se casó con un indio!

AMBAR VIOLETA

“Ella es la película”, subraya Wood sobre Francisca Gavilán. “Hicimos un casting y un montón de actrices se parecían más o cantaban más al estilo de Violeta. Pero había algo en ella que la hacía diferente a todas las demás. Francisca me ayudó a construir secuencias, a encontrar cosas que yo no veía.”

La aproximación de Wood a la compositora es puramente emotiva y privilegió lo episódico a lo biográfico, el mundo interior probable de Parra a datos de los diarios de época. Los folklorólogos trasandinos habrán perseguido con lupa los contenidos. Vano esfuerzo. “Cuando sentíamos que estábamos siendo biográficos, parábamos. Hay un aspecto que dudamos mucho de incluir o no, y que finalmente dejamos afuera: la influencia explícita de su hermano mayor Nicanor. Ella misma lo decía: ‘Sin Nicanor no hay Violeta’. De alguna manera, la estructura de la película no pudo contener a este hermano/padre. Y sí resalta a Hilda, una hermana que la historia sitúa en una posición secundaria”, explica Wood. En esta frase, el director deja espiar las barajas de su arte: la estructura es la que manda, la estética, siempre en tensión entre –como dijo al principio– “el rigor y la libertad”.

Frágil y tempestuosa, irascible, intratable, tierna y despojada, bohemia y provocadora, “áspera y fea” (como la definió María Elena Walsh citando el poema “La higuera” de Juana de Ibarbourou luego de un encuentro –más bien un choque– en París, cuando lo más dulce que les dijo la chilena a ella y a Leda Valladares fue “argentinitas burguesas”), la Violeta de Wood aparece lejos del poster, extremadamente humana se diría, y en ese trazo que nunca es grueso y que por el contrario está formado por líneas sutiles, por silencios, por una poética cinematográfica que en los mejores momentos se acerca a Leonardo Favio, la artista gana paradójicamente en realismo: no es el icono de la canción latinoamericana, la heroína de izquierda, ni la arpillerista que épicamente expone en el Louvre; es una mujer atenazada por sus propias contradicciones y debilidades, y a su vez una mujer blindada en sus convicciones: una mirada social que siempre partió del campesinado y los mineros; una inclaudicable decisión de evitar un destino de “esposa que envejece criando hijos y fregando calcetines”, y más. Fue, claramente entonces, también, entre muchas otras cosas, feminista, vanguardista, liberal, rebelde… No: Violeta Parra no cabe en una película.

CHILLAN-PARIS-SANTIAGO

La película tiene un abordaje triple que, en la edición final, aparece organizadamente fragmentado: la infancia en Chillán –donde tal vez Wood tropieza con algunos símbolos redundantes–, su relación con el músico suizo Gilbert Favre, a quien conoce luego del tremendo impacto de la noticia de la muerte de su pequeña hija, y el regreso final a Chile para montar la carpa artística en la comuna de La Reina, en las afueras de Santiago.

Las tres son situaciones biográficas insoslayables, poderosas. La niñez transita entre una orgullosa pobreza y la mezcla de miedo y admiración que le despertaba su padre, un profesor de carácter dulce que se volvía temerario por el alcohol: de él sacó los primeros rudimentos musicales, de él heredó la primera guitarra. También aparece su desapego por la escuela, la necesidad de trabajar. La vida de Violeta, hay que decirlo, se puede seguir paso a paso en sus extraordinarias Décimas. Autobiografía en verso: “Semana sobre semana / transcurre mi edad primera. / Mejor no hablar de la escuela; / la odié con todas mis ganas, / del libro hasta la campana, / del lápiz al pizarrón, / del banco hasta el profesor. / Y empiezo a amar la guitarra / y adonde siento una farra / allí aprendo una canción”.

La infancia operó en ella como plataforma de un conocimiento profundo del chileno rural y por añadidura del folklore. Ya era Violeta Parra cuando abandonó toda veleidad de compositora para transformarse en una recopiladora tenaz, una mezcla de Atahualpa Yupanqui y Leda Valladares que recorrió montañas y valles buscando a los viejos de cada comarca para que le pasaran relatos y canciones. Iba con un cuaderno y un lápiz y, en el mejor de los casos, más acá en el tiempo, con un precario grabador. También tuvo un programa de radio semanal, muy escuchado, que difundía sus hallazgos de campo.

La relación con Gilbert Favre (interpretado por el francés Thomas Durand) se asentó sobre un volcán en erupción. Violeta ya se había separado dos veces, ya tenía tres hijos, y fue en París donde se desarrolló gran parte del romance con el que sería el gran amor de su vida. La irrupción de Gilbert –clarinetista, carilindo, 18 años menor que ella– le otorga a la película otro ritmo, una impronta mundana que funde cierta descontractura algo impostada del sudamericano en el exilio –un clima que bien podría haber filmado Pino Solanas– con una melancolía extrema de nieve cayendo sobre el Sena. En este tramo ocurre la exposición de arpilleras y esculturas de alambre en el Museo de las Artes Decorativas del Palacio del Louvre, una muestra consagratoria que sin embargo no rescató a Violeta Parra de un ostracismo que, si bien en parte era forjado por ella, potenciaba el destrato de las autoridades culturales de su país. Violeta Parra fue un personaje central en la vida cultural de Chile que, sin embargo, diseñó su obra artística desde los márgenes.

El amor por Gilbert estuvo sellado por la pasión y, también, por celos insondables. En el muy buen libro Las cuerdas vivas de América (Sudamericana), de Guillermo Pellegrino, se narra una anécdota patéticamente extraordinaria del nivel de celos que corroía la relación. Habla Favre: “Estuve muy enamorado de ella. El problema radicó en la convivencia, nos peleábamos mucho. Violeta era muy celosa, me acuerdo de que cuando me enseñó a tocar la quena me decía que era mejor cerrar los ojos, y yo le hacía caso. Con el tiempo advertí que me daba esa indicación para que en las actuaciones yo no mirase mujeres”.

Al final, harto de los desplantes, de la paranoia y de la locura posesiva, el suizo se fue con una boliviana. Ya Violeta había empezado a descender a los infiernos. Lo perseguía, lo increpaba. En la película aparece preguntándole, desesperada: “¿Es joven? ¿Es joven?”. Y más adelante, ya desquiciada: “¡Tráela, tráela, vivamos todos juntos!”.

El final de Violeta se fue a los cielos llega después de su última obcecación: la carpa de La Rueda. Un emprendimiento con una intención altruista: formar una Universidad de Folklore, y tener todas las noches actuaciones en vivo mientras se servían comidas típicas. Gilbert Favre iba a tocar a menudo y la relación con Violeta no terminaba de cortarse: entre sinuosas idas y vueltas, Parra sentía que la pareja podía ser posible. Cuando Favre tomó una decisión definitiva y se fue a vivir a Bolivia, Violeta cayó en un pozo irreversible. Eso se sumó al fracaso económico de la carpa y a la indiferencia del entorno cultural chileno. Un momento memorable del film es cuando una tormenta cordillerana cae pesadamente sobre la carpa y Violeta (Francisca Gavilán) canta una demoledora versión de “Maldigo del alto cielo”.

Maldigo la primavera
con sus jardines en flor;
y del otoño el color,
yo lo maldigo de veras;
a la nube pasajera
la maldigo tanto y tanto
porque me asiste el quebranto.
Maldigo el invierno entero.
con el verano embustero.
Maldigo profano y santo:
¡cuánto será mi dolor!

El revólver estaba ahí, en un cajoncito, y no tardará en detonar. La película se desliza sobre el final hacia un desasosiego existencial en el que sobra la metáfora del gavilán matando a una gallina (“El gavilán” es una de las canciones más emblemáticas de Violeta). Queda una sensación de amarga belleza que es, finalmente, lo que subyace en la obra de la chilena. Queda, dice ahora Francisca Gavilán, el legado de una mujer libre: “Libre en la creación, en el amor, en su manera de vivir y ser. Recopiló, pintó, escribió, fue madre, esposa, mujer intensa. Un genio. En Chile se la valora poco: somos mezquinos con nuestros genios. Se nos olvidan rápido. Por eso esta película es importante”. “Para mí, Violeta –completa Andrés Wood– no es un símbolo de nada. Es algo bien concreto. Es una luz hacia donde nos deberíamos mover como cultura. Para reconocernos y profundizar en lo que somos.”

Más allá del inobjetable valor cinematográfico, la película puede servir como disparador para volver a explorar una obra algo oculta: nunca fue valorada en su justa –gigante– medida debido en parte al devastador efecto de tantas décadas de cultura pinochetista. Por otra parte, siempre resultó torpe ubicarla como bandera política, a pesar del contenido testimonial de algunas pocas canciones. En todo caso es una obra política en el amplio sentido capaz de saltar sobre su cancionero más conocido (la perfección del repertorio que eligió Mercedes Sosa en su insuperable homenaje de 1971, las experimentaciones lúdicas como “Mazúrkica modérnica”, la protesta de “Qué dirá el Santo Padre”, tantas más). Ese salto, sin contar la labor de artista plástica, llegaría hasta sus recopilaciones folklóricas, las Décimas y las increíbles Centésimas –que acaba de musicalizar y presentar Carmen Baliero en Buenos Aires–, una extenuante progresión numérica en verso: “Una vez que me asediaste / dos juramentos me hiciste / tres lagrimones vertiste / cuatro gemidos sacaste / cinco minutos dudaste / seis más porque no te vi / siete pedazos de mí / ocho razones me aquejan / nueve mentiras me alejan / diez que en tu boca sentí / once cadenas me amarran / doce quieren desprenderme / trece podrán detenerme / Catorce que me desgarran / Quince perversos embarran”… Y así, 300 números en 600 versos.

Los hilos conductores de la obra nunca son aislados y se los puede relacionar con otra de sus facetas artísticas: los tapices. Cada aspecto forma una trama, la trama es un conjunto. El caos –“hago lo que me sale: una canción, una arpillera, un tapiz, qué más da”– aparece ordenado en la sensibilidad arrebatada de una artista total.

Periodista: ¿Tiene algún consejo para los jóvenes creadores?

Parra: ¿Un consejo…? Tal vez les diría que escriban como quieran, que usen los ritmos que les salgan, que prueben instrumentos diversos, que se sienten en el piano y destruyan la métrica, que griten en vez de cantar, que soplen la guitarra y que tañan la trompeta, que odien la matemática y que amen los remolinos. La creación es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta.

Pájaro sin plan de vuelo, Violeta está en los cielos. Distingue dicha de quebranto con sus dos luceros. Y maldice.

Por Mariano del Mazo, especial para “Página/12”, domingo 16 de octubre de 2011.

LA SONRISA DE MAMÁ


Madre e hija, Mirta Figueroa y Valeria Licciardi celebran el Día de la Madre revisando fotos familiares y haciendo sus comentarios al pie. Como suele ocurrir en las mejores familias, la caja de Pandora deja en libertad lo más oscuro y también la esperanza. Un proyecto de familia, un hijo que es una hija, una idea de feminidad transmitida y renovada, orgullo y admiración que pasan de una a la otra. No siempre el mismo álbum trae los mismos recuerdos a quienes lo miran, y las historias felices también están hechas de desencuentros.

La institución “álbum” con su papel manteca o celofán, sus fechas escritas en el reverso y en birome, los colores que van variando de acuerdo con los avances técnicos de los señores de Kodak, ya pertenecen al museo del siglo XX. No sabemos aún cómo será el ejercicio de recordar la propia infancia y la infancia de los hijos con la profusión de instantáneas digitales, cuando ya no existe la primacía de la pose sino de la secuencia, material de descarte y a la vez “colgable” en red. Tal vez existe más libertad para seleccionar los hitos o incluso para perderlos todos. Valeria Licciardi, actriz, camarera y directora de una flamante casa de diseño, nació hace 26 años. Por lo tanto, pertenece a una de las últimas generaciones que a la hora de reconstruir escenas de su pasado recurre casi mecánicamente a la caja de las fotos. Los padres jóvenes, la mamá con pelo largo, el asado, el bebé con la cola para arriba, el primer día de clase, cumpleaños, vacaciones. Una selección que negocia entre lo azaroso que incluye gente de la cual uno ni recuerda el nombre, con las obligatorias, las que constituyen el canon de la familia unida. Cuántas escenas se recuerdan como fundantes sólo porque se las ha podido visitar regularmente en el álbum de fotos. De hecho, lo que no se dice en una conversación ni en una entrevista se escupe aquí ante la aparición de una imagen.

Valeria nació en una familia de clase media en Adrogué, donde su madre y sus hermanos todavía viven. Su padre murió cuando ella era muy chica y no llegó a saber que había tenido una hija. Valeria primero fue el segundo de tres hermanos, David el más grande y Magalí, que llegó ocho años después de Valeria. Las fotos de esa época lo muestran así. Luego, primero ella y más tarde su madre advirtieron que las cosas no eran exactamente como parecían. Cómo construyeron la escena familiar con este dato, qué negociaciones debieron hacer para no quebrar los lazos y cómo aparece el pasado ahora, a la luz del presente

Mirta: –Yo soñaba, a mis 20 años, con casarme y formar una familia, era el buen ejemplo que me habían dado mis padres. En esa época, aún tan jóvenes, éramos maduros, teníamos muy claro lo que queríamos: casarnos y tener hijos. Siempre tuve muy presentes los valores que me inculcaron mis padres: el valor del amor, de la amistad, el compañerismo, la ética, la estética. Tuve tres hijos: David, Valeria y Magalí. Valeria, hasta cierta edad, hasta su adolescencia, fue mi hijo, mi segundo hijo. Para mí fue todo un proceso, hasta que lo asumí y lo entendí. Y creo que lo tengo muy asumido, casi completamente, diría. No sé si falta algo. En principio es cierto que tuve que hacer un duelo: yo tuve un hijo varón, esto es así. Y luego ya no lo tuve más. A cambio tuve otra hija mujer. Tengo un varón y dos mujeres.

Valeria: –Mi mamá fue criada en otro momento. Tuvo un buen ejemplo, demasiado bueno tal vez: una familia donde el marido era fiel, bueno y trabajador, y la mujer era compañera. Ella fue hija única, por lo tanto una hija exigidísima. Si algo no comparto en absoluto con ella es su miedo. El miedo a tomar ciertas decisiones y correr el riesgo de quedarse fuera de “lo que se debe hacer”. No me conformo con tener un marido, cuando pienso en un hombre, pienso en un compañero. Y no negocio eso. Cuando decidí que ya no quería llamarme ni que me llamaran Pablo, le pregunté a mamá qué nombre había pensado en el caso de que hubiera nacido una nena. No lo analicé mucho en ese momento, pero ahora creo que quería respetar en eso su decisión y su derecho de nombrarme. Me dijo que le iban a poner Valeria, que me iban a poner Valeria. Y aquí estoy.

Mirta: –El cambio se dio en la adolescencia, cuando ella ya empezaba a querer pintarse, quería vestirse y hacer lo que ella sentía. Yo no lo acepté, puse un freno. Lo primero que hice fue hablar con el pediatra que la había atendido siempre, fui a preguntarle cómo es que él no se había dado cuenta, si tenía que haber hecho algo, si era una cuestión de hormonas que habría que haberle dado. Lo primero que pensé fue en algo orgánico. Y entonces él me explicó que no era eso, y me dijo una frase que no me la voy a olvidar nunca y que creo que fue lo que me ayudó no sólo a comprender a Valeria sino a que estemos juntas hoy: “Señora, usted nunca rompa los lazos de amor, porque si usted rompe eso, lo va a perder”. No la quería perder. Y todo lo que hice, con idas y vueltas, siendo muy rígida a veces y equivocándome otras, fue no romper jamás el amor que yo le tengo a mi hija. Le pedí que esperara para el cambio hasta terminar la secundaria, eso sí. Y ella lo aceptó. ¿Por qué? Por un lado porque yo no estaba segura de si esto era lo que realmente quería, si era un momento de indecisión, de confusión típico de la adolescencia. Creo que también necesitaba un tiempo para mí, para mis familiares y para los vecinos. Vivimos en un barrio, todos sabían que yo había tenido un varón… Yo estaba sola, mi marido había fallecido… Un cuñado me ayudó a contarlo a la abuela, otros familiares comprendieron de a poco, otros no.

¿Va a poner una foto de cuando tenía seis años? Me alegra mucho. Yo nunca le hablo de esa época, nunca le hablo en profundidad, por un lado por respeto y por otro por no hacerla revolver. Pero la escucho con mucha atención cuando ella habla y creo que sí, que tiene muy asumido su pasado.

Valeria: –Tengo seis años. Para entrar a primer grado me cortan el pelo. Desde entonces el tema del pelo va a ser algo de carácter existencial, de un dolor salvaje que merece que lo escriba en otra nota. Tenía unos rulos larguísimos a los que le ponía ruleros cuando acompañaba a mi mamá a la peluquería. Yo estaba ahí, sin entender mucho lo que estaba pasando. Lo primero que recuerdo es que en jardín de infantes me di cuenta de que me gustaban los chicos y que eso no estaba bien. Eso, sumado a que jugaba con las muñecas. Se lo dije a mi mamá, además de que la maestra… Entre los 8 y los 12 años me retraje, no sólo en casa, también en la escuela y también conmigo. Quiero decir que a esa edad empecé a sentir cosas y también a ocultarlas, a dosificar lo que decía y hacía, nunca más fui espontánea. Por eso siento que desde los 8 años fui una niña adulta.

Mirta: –Las amigas tienen que aparecer, porque fueron muy importantes. Son compañeras desde primaria estuvieron con ella siempre. Qué lástima que no traje yo una foto donde están los novios también, porque ella está integrada no sólo con ellas, con sus novios y demás amigos también.

Valeria: –Esa época en que me retraje, me salvó mucho que me iba días enteros a dormir a la casa de mis amigas. Hablábamos del tema, les conté en algún momento que a mí también me gustaban los chicos, como a ellas. Ayudaba el tema de que yo era muy bajito, muy menudito, estaba como para ser protegido. Estábamos en la escuela, no era una chica todavía, ni me había cambiado el nombre, ni me hablaban en femenino, pero siempre me trataron como a una mujer.

Mirta: –¿Si alguna vez me preocupó o asocié que por ser travesti mi hija se convirtiera en prostituta? No, jamás pensé eso. Porque es mi hija, porque la conozco, sé quién es y qué quiere. Eso no tiene nada que ver con que hoy discutimos sobre si iba a salir o no en la foto con esa pollerita. Yo le decía: “Es una nota sobre el Día de la Madre, ¿te parece ponerte esa pollera? ¿No debería ser algo más serio?”. Pero bueno…

Ella es muy familiera, los fines de semana muchas veces se lo pasa en casa. Me repite mucho últimamente que yo he sido muy valiente. No es así. Yo le digo, siempre tenemos algo que resolver. Tengo más de cincuenta años y todavía en el trabajo pasa algo que no me sale o no me gusta, y estoy noches sin dormir, preocupada por cualquier cosa.

Valeria: –Todo lo femenino que tengo, lo tengo de ella. Me encantaba verla pintarse, siempre tuvo muy buen gusto, yo la acompañaba a comprar ropa, la copiaba. A medida que fueron pasando los años, todo eso lo fue dejando. Por eso ahora yo le insisto tanto con que se arregle. Le explico que no son ideas que traigo de otro lado, es ella la que me lo enseñó. Vos sos la que iba todos los sábados a la peluquería, la que tenía siempre las uñas arregladas… Ella, por su formación, este reclamo lo siente como un nuevo mandato que tiene que obedecer. Y bueno. Yo lo hago porque la quiero y también como un modo de reivindicar a la mujer que es, que somos. Haciendo esta nota la vi, después de muchos años, elegir ropa. No mirar vidrieras al pasar o porque tenés que ponerte algo; nos maquillamos juntas y eligió lo que le podía quedar mejor.

Por Liliana Viola. Suplemento SOY de “Página/12”, domingo 16 de octubre de 2011,


Estudiantes bonaerenses que se levantan a las seis de la mañana para llegar primeros a la excursión, grupos de amigas que vienen de nuevo, pertrechadas con mate y cámara digital, familias enteras que hacen horas de cola para ver los glaciares, darse cita en el Orgullo Nacional o mirar boquiabiertos a los voladores de Fuerza Bruta. La exposición Tecnópolis es el parque temático de un país soñado. ¿Quiénes vienen, qué agradecen, de qué se ríen? Hay que verlo. El 55 por ciento se pasea por Tecnópolis.

 

 

A las cinco en punto nos encontramos en el 
Orgullo Nacional.
El profe encabeza un grupo de recién llegados a Tecnópolis. Son unos cuarenta, y tienen en las caras la ansiedad del que apenas intuye el mundo guardado dentro de esas carpas y estructuras futuristas; vienen del barrio Altos de San Lorenzo, de las afueras de La Plata. La tarde más larga puede hacerse corta si se quiere visitar cada rincón de la megamuestra del conocimiento y la ciencia.  Una murga de La Boca los recibe con tambores  y baile  a lo largo de la explanada inicial. Se quedan allí, varados un rato, hasta que las mujeres los alientan a seguir, a meterse en el pasillo central comenzando por el pabellón del agua, para llegar a tiempo al show de Fuerza Bruta. En ese punto es que Tecnópolis se vuelve bicentenario, festejo, parte de un 2011 histórico en el que esos bailarines en el aire, suspendidos como águilas humanas en el cielo, hacen y harán recordar por generaciones a los millones que se acercaron  a la 9 de Julio en mayo, y a este campus pegado  a la General Paz en estos últimos dos meses, en una país en construcción.
-¿Dónde? -pregunta una doña que tiene a tres chicos de las manos, en cadena.
-En el Orgullo Nacional, el pabellón de ladrillo,  al fondo nena -le dice otra, cargada de bolsos en los que asoman termos y bolsas de nylon llenas de comida.
Es un martes filoperonista, casi perfecto si no fuese por esos nubarrones en el cielo de Villa Martelli que anuncian lluvia a pesar del calor y de la luz gris, intensa, molesta.   Ya crucé la expo por eso que podríamos llamar avenida principal,  y asumí que para entrar a algunos sitios hay que tener paciencia: los glaciares, por ejemplo. Aunque sea martes, aunque parezca que el monstruo azul y blanco, que de día parece salido de una película de ciencia ficción setentosa, y de noche un parque de diversiones del 2120, hay gente por todos lados; casi siempre son jóvenes o niños. Aunque vayan en contingentes mayores, la placidez de la feria los mezcla unos con otros, los pone en estado alfa. Se mueven como en un retiro espiritual ruidoso: están conectados, como nunca, a una idea de país que se les vuelve real en estas maquetas, en estos proyectores, en esas pantallas. La virtualidad de Tecnópolis es su gran logro; no es una afirmación tajante, aunque tenga un peso contundente: es más bien una enorme posibilidad. Los hielos del glaciar se dejan caer cuando viene el verano para volverse agua, y el agua volverá a congelarse el próximo invierno. Esta dinámica tan natural y prosaica en la feria se vive como una constante: la feria cuenta a  cada paso cómo se arma, se piensa y cómo se vende eso que antaño se llamaba “adelanto”. Y después de muchos adelantos, llego a un parque, más allá de los pibes que saltan en skate, los visitantes se vuelven bonaerenses en pleno Woodstock, tirados en la hierba, como maestras de guardapolvo blanco sentadas en los bancos de plaza, riendo, y charlando, más los niños trepados a los juegos, riendo también. Uno de tan plácido tiene cierta sensación de ficción pura.
-No, chicos, vamos, tenemos que ir a buscar las cosas de los glaciares.
Romina le dice a Yamila, y Yamila a todo el grupo, que no, que Fuerza Bruta está buenísimo pero más tarde porque repiten cada tantas horas.  Yamila y sus amigos son de Guernica, todos del 3º de la  Escuela Bernardino Rivadavia. Tardaron como dos horas y media en venir en el micro pero llegaron de los primeros igual. Se levantaron a las seis, no les importó nada, les venían prometiendo el paseo y no aparecía el bondi. Dicen que Guernica, que la escuela, que su barrio, están “hermosos”. Así, dicen que heeeermosos. Que los profes de la escuela son unos genios. A esta altura uno comienza a sospechar, no todo puede parecer un spot de campaña y al mismo tiempo a pensar: acá está claramente el 55 por ciento. En la escuela de Guernica los pibes están en un gran momento, con la moral altísima: ganaron una expo educativa con un proyecto que pensaron y montaron ellos. Tiene tres orientaciones, la electromecánica, la de maestro mayor de obra y la de alimentación.
-Hicimos una trituradora de botellas de plástico, una fábrica de galletitas con semillas reforzadas para los chicos de las escuelas y una estación ecológica en una plaza -dice Yamila.
Las demás la rodean como un coro de niños cantores. Otros, a sus espaldas, se toman fotos en las letras tamaño edificio de Nano, pabellón de nanotecnología. Yamila dice que entraron en la carrera, porque ahora competirán para un curso de capacitación que les permita comenzar con su propio emprendimiento. Yamila tiene 17, su mamá es ama de casa, su papá policía. Dice que en el barrio se ven “adelantos”, que “la Kirchner da mucha plata pero a veces uno piensa que a algunos que no hacen nada no debería darles”, y que ella se da cuenta porque su fiesta de quince fue mucho mejor que la de su hermana mayor y por la computadora que recibió hace poco, igual que todos sus compañeros. Cuando las tuvieron en las manos, dice, estaban embobados y pasaban todo el día enganchados. Ahora sólo la usan para el colegio, no se imaginan, dicen los otros, cómo sería sin la compu, no se imaginan sin el autocad con el que ahora hacen los planos de obra.
Durante la semana Tecnópolis es de los que llegan en grandes grupos,  a veces de mucho más allá de la General Paz. Son contingentes multitudinarios conducidos en colectivos que suelen venir en caravana desde el interior, como ése de adolescentes de Tandil que ahora llena el escenario central y ve, al ritmo de la música electrónica, cómo unos muchachos fortachones corren un techo transparente sobre sus cabezas. Es una cancha que parece la arena de un coliseo en el que pelearán gladiadores contra leones feroces en cualquier momento; pero no. La globa cubre a unos 300 pibes que bailan y hacen pogos frenéticos mientras otros dos fortachones manejan unos manguerones, tambien transparentes, que lanzan aire y agitan papelitos blancos para terminar de armar una escena inolvidable: desde el cielo, los atletas que pendían de sogas atadas a una estructura gigante entran por dos agujeros en el techo de vinilo. Entran como insectos, y cuando llegan al piso, enganchan a una chica del público a la que se llevan, cual indio que se aleja en la planicie con su cautiva voladora.
El espectáculo termina cuando los muchachos de los arneses aterrizan, se mezclan con la gente y suben al escenario donde otros le dan al parche. Todos bailan como en una rave. Los morochos de musculosa arrían el techo de la globa, y la masa sale para que en un rato entren otros. Álvaro, de 17, alumno de la Media 8 de Tandil, 5to 5ta, dice que lo único malo es que viajan por un solo día, pero que hoy nomás son 600. Mariana Villar, la profesora de matemática, dice que todas las escuelas de la ciudad están viniendo, y que es la mejor propaganda porque allá todos hablan de Tecnópolis, cada uno cuenta la experiencia. Tecnópolis es el relato de Tecnópolis, el país que los chicos cuentan al volver a casa.
-Los que todavía no vinieron se quieren matar -dice Álvaro, y se funde con sus coterráneos, de fiesta.
Algo parecido pasa en el barrio Altos de San Lorenzo, según me cuentan las doñas, reunidas ya con el mate y las masitas en unas escalinatas a la sombra. Claudia, de 42, es la mala onda. Marta, de 37, la empática. Rosa, la mayor, la muda que al final habla. Mil veces me ha tocado un trío parecido de amigas, de ésas que disfrutan criticándose entre ellas sin piedad, pero se ríen y no se enojan. Las trajo un colectivo que consiguió la cooperativa Los Coquitos, que dirige un tal Coco, de nombre Ricardo González. A través del mentado los maridos trabajan en la limpieza del arroyo Maldonado y del Rodríguez y las mujeres haciendo mantenimiento en la Universidad, en el edificio de 1 y 47. Por ese laburo ganan 1200 pesos. El marido de Marta es uno de los encargados, entre los dos hacen como para no quejarse, dicen. Claudia se queja un poco. La muda, Rosa, dice que ella sí está mal, solamente con lo que le da “la Kirchner” por los chicos. Está tratando de entrar en una cooperativa, pero no la llaman. Parece que no tiene línea con el Coco.
-Esto es bárbaro -dice Marta-, estábamos ansiosas por venir. Anoche muchos de nosotros ni dormimos.
Es que los de la JP Liberación, unos pibes que militan en el barrio, las tenían con que sí, con que mañana, la semana que viene, y suspendían. Agarraron el micro de Los Coquitos, pero si los de la JP lo consiguen, vuelven a venir. Marta, claramente, es la kirchnerista convencida. Larga la típica, yo en política no me meto. Pero resulta que es la líder de un grupo de tambores -eran 30 y ahora son 70- que se llama como la placita donde ensayan: Los reyes del sol naciente. También estos se ganaron un concurso, pero de producciones artísticas en derechos humanos por unas canciones que hablaban de los derechos de los niños. Se envalentonaron, se independizaron, y ahora son grosos, sienten.
La callada se envalentona de puro no dejarle toda la escena a la Marta.
-Vos te hacés muy la militante de ahora, pero militante había que ser en los setenta nena! -le zampa.
Ella, que a los 14 años, cuando era una pendejita, llevaba información de los compañeros de Berisso a Ensenada, de Berisso a La Plata, ella sí que fue una militante. Entonces, dice, uno ni se podía imaginar Tecnópolis, ni el país en construcción este.
-Yo digo, si sos tan miliante, porqué no me ayudás para entrar en la cooperativa -le dice.
Y en esas quedan, pasando el mate, rodeadas de pibes alucinados que les piden jugo y que vuelven rápido a la parte de simuladores, que ellos antes de irse quieren alucinar un ratito más y listo. Para conocer Tecnópolis no alcanza el día, se hace poca la tarde. Hay que volver a Tecnópolis.

Crónica de Christian Alarcón para la revista “DEBATE”, Buenos Aires, Octubre de 2011.