Category: LITERATURA


“COMO LA CIGARRA”


CULTURA: SERGIO PUJOL, BIOGRAFO DE MARIA ELENA WALSH

“Ella brilló por su valentía, por su falta de especulación”

“Como la cigarra” (Emecé) es una suerte de reescritura de un libro que el historiador había publicado dieciocho años atrás, en el que pudo profundizar en el análisis de las canciones y abordar la vida amorosa de la creadora de “Manuelita” y “El reino del revés”.

 

 

La obra de María Elena Walsh trasciende marcos y moldes, ámbitos y formatos, géneros y temáticas. También su figura, ligada en el recuerdo popular al territorio de la infancia, pero además a la carga simbólica de sus obras “para grandes”, o a posturas públicas como su defensa de la libertad de expresión en tiempos de dictadura, o su polémica carta contra la Carpa Blanca en tiempos neoliberales, por entonces símbolo de resistencia docente. Difícil abordar la obra y la figura de una artista e intelectual tan abarcativa, tan exitosa, popular y simbólica, y también tan talentosa. Sergio Pujol tomó a su cargo la tarea, dos veces. La segunda y definitiva fue recientemente editada por Emecé. Se llama Como la cigarra, y allí el historiador deja testimonio de sus cualidades de biógrafo y divulgador.

Al igual que hizo con sus biografías de Atahualpa Yupanqui y de Enrique Santos Discépolo y con estudios como Rock y dictadura, Historia del baile y Canciones argentinas, Pujol logra lo que es escaso en los textos de divulgación de música argentina: una exploración exhaustiva y bien escrita, basada en datos y no en anécdotas. Y además enmarcada en una descripción de la coyuntura social y política del país y del mundo en el que transcurre esa vida y obra que se están analizando. Pujol había escrito un primer acercamiento a Walsh –su primer trabajo biográfico– dieciocho años atrás. Es ésta entonces una reescritura, a partir de circunstancias distintas de producción, que ganó –y así lo entiende también el autor– en precisión y rigor. “La primera edición fue escrita en sólo seis meses, a partir de un pedido editorial. Hermoso pedido, pero no es el modo en el que estoy acostumbrado a trabajar –compara Pujol en diálogo con Página/12–. Ahora pude examinar mejor la etapa de Leda y María (los años en que Walsh formó un dúo con Leda Valladares, la incursión parisiense de las artistas) y analicé con un poco más de detalle algunas canciones icónicas de María Elena. También me animé a abordar su vida amorosa, si bien se trata de una biografía esencialmente artística. Obviamente, extendí el libro hasta la muerte de la biografiada.”

Aquel primer libro había partido de una serie de encuentros del autor con María Elena Walsh, unos dos meses de visitas en el departamento de Palermo de la escritora, resumidos en unas diez horas de conversación grabadas. Pero al trabajar su biografía, tanto entonces como ahora, Pujol eligió no citar textualmente el material propio obtenido en estas entrevistas. “Tal vez haya sido por veleidad literaria, no lo sé muy bien. No me gustan las biografías en las que el biografiado habla mucho. Finalmente, la biografía siempre es un relato ajeno al sujeto cuya vida se narra –dice sobre las causas de esta elección de escritura–. La cita reiterada de la palabra como autoridad ‘documental’, a manera de pegatina, supone un ejercicio de médium que no me interesa. Por supuesto, sí creo en el trabajo con las fuentes, me aburren las biografías noveladas. Pero creo que vale la pena buscar un cierto efecto literario a partir de una investigación minuciosa.”

–¿Cómo recuerda aquellos encuentros con María Elena Walsh?

–Recuerdo los silencios, para mí incómodos, que sobrevenían a respuestas muy puntuales. Yo le hacía una pregunta que creía muy sabrosa y me relajaba para escucharla, pero ella liquidaba el asunto en dos oraciones. Entonces le repreguntaba, y así íbamos avanzando. Pero todo en un marco de mucha cordialidad. Me sorprendía la sencillez con la que contaba hechos muy importantes de su vida y de su obra. No es que no tuviera conciencia del valor de sus creaciones, pero no parecía demasiado interesada en dar su propia versión de los hechos. Otra sorpresa para mí fue descubrir que María Elena era una persona muy dulce. Tras su máscara de timidez y cierta sequedad se vislumbraba una gran calidez. Por ejemplo, en aquellas semanas de entrevistas hizo con Sara Facio un viaje a Francia. Y me trajo de regalo dos discos de Oum Kalsoum, la gran cantante árabe que por entonces yo no conocía. Me dijo: “Escuchala, es la Mercedes Sosa del Nilo”.

–Cuenta que nunca le preguntó de manera directa por su sexualidad, algo de lo que luego la misma Walsh habló públicamente. ¿Se arrepiente de esa omisión?

–No es que me arrepienta. En realidad, si bien puede haber sido una carencia de aquel libro del ’93, la verdad es que jamás me hubiera atrevido a formularle alguna pregunta sobre su vida privada que fuera más allá de lo que ella quería contar. Recordemos que María Elena nunca habló de sus amores lésbicos hasta la edición de Fantasmas en el parque, donde describe a Sara Facio como su gran amor, “ese amor que no se desgasta sino que se transforma en perfecta armonía”. De cualquier manera, aquella vez no dejé de nombrar, si bien ligeramente, las tres relaciones duraderas que había tenido María Elena después de su noviazgo con Angel Bonimini: Leda Valladares, María Herminia Avellaneda y Sara Facio.

–Habló con Facio para la investigación. ¿Pensó en hablar también con Leda Valladares?

–Quise entrevistarla, pero ella se opuso terminantemente. Quería preguntarle por el período en París, pero su respuesta telefónica fue inapelable: “No tengo ningún interés en hablar de esa época de mi vida”.

–Es muy rico el retrato que hace de una María Elena poeta en ciernes, sorprendente promesa para su edad. ¿Qué fue lo que más le atrajo de esta etapa de su vida?

–La precocidad de su talento, desde luego. Si bien Otoño imperdonable es un libro interesante, no creo que pueda llamar mucho la atención si no se sabe que su autora tenía 17 años cuando lo escribió. Luego, su facilidad para penetrar en el campo intelectual de los años ’40 (Victoria Ocampo, Borges, la revista El Hogar, La Nación, etc.) sin quedar definitivamente atrapada en capillas literarias de la época. Me intrigó su relación con los escritores de la oligarquía argentina. Por un lado, había en ella una gran curiosidad por conocer ese mundo, y en algún modo también por ser aprobada allí. Pero luego, como en un doble movimiento, buscó salirse rápidamente de ese lugar y observarlo desde afuera, sin llegar a cortar del todo con él. En ese sentido, creo que la experiencia con Juan Ramón Jiménez (quien la invitó, a los 18 años, a una estadía de formación en su casa de Maryland) fue decisiva, más allá de cierto destrato que padeció por parte del español. Por ejemplo, aquello de “no hacer vida de peña” que le había recomendado Jiménez puede haber tenido influencia sobre ella, sobre todo en un momento un tanto provinciano de la cultura argentina. Por otro lado, no olvidemos que María Elena se propuso vivir del trabajo intelectual. No tenía fortunas familiares sobre las cuales recostarse. Esta idea de profesionalización de la actividad literaria, y luego musical, era el recordatorio de su pertenencia social, para terminar siendo un motor de creatividad.

–La vida de Walsh podría haber transcurrido dentro del círculo literario o de la música, como folklorista. ¿Cuál fue el detonante de la veta infantil? ¿Cree que hubo un hecho puntual?

–Por lo que ella me contó, el hecho de que en Inglaterra el investigador y productor independiente Alan Lomax las rebotara por considerarlas dos chicas urbanas de ojos claros cantando música silvestre –el principio de la autenticidad era fundamental para un verdadero etnógrafo como Lomax– fue un detonante. Pero también me dijo que se cansó de cantar folklore, que no se imaginaba así toda la vida. En realidad, el pasaje del folklore a la canción infantil de autor fue algo muy natural en ella. Tanto es así que sus primeras canciones fueron grabadas por el dúo Leda y María. De hecho, algunas de aquellas canciones son, desde el punto de vista de la forma estrófica, la rima y los giros melódicos, tributarias directas de las coplas y los temas anónimos.

–¿Y qué aportes o influencias del folklore se pueden rastrear en su obra infantil?

–En la medida en que las coplas del noroeste hunden su genealogía en el romancero español, podría decirse que una de las vetas que María Elena explora con gran ingenio es justamente la española. Por ejemplo, “El reino del revés” parece provenir directamente de “La villa de Bedoez” (“En la villa de Bedoez/ todo, todo es al revés…”). Pero les agrega otros componentes, desde las nursery rhymes que le cantaba su papá Enrique hasta la influencia de la Alicia de Carroll. Obviamente, la música le da a todo esto una gracia y originalidad extraordinarias. En un solo LP de María Elena –cualquiera que queramos escuchar– conviven ritmos y especies de todo tipo, como si a esa base folklórica argentina –especialmente la zamba– ella la hubiera ensanchado hacia América latina y finalmente hacia el mundo entero. En ese sentido, María Elena fue una artista ilimitada que, paradójicamente, sólo reconocía el límite de la rima.

–En el capítulo de su famosa carta sobre la Carpa Blanca, usted parece exculparla…

–No me parece que la exculpe. En su momento, me sentí muy molesto con ese artículo, como seguramente le pasó a mucha gente. Aún hoy me cuesta entender qué la motivó a escribirlo, en un momento de destrucción sistemática de la educación pública. Tiendo a pensar que predominó en ella el espíritu “librepensador” –una expresión un poco vieja, pero a la que ella le hacía honor–, sin dejar que sus ideas e impresiones quedaran sujetas a un pensamiento políticamente correcto.

–¿Y habló con Sara Facio de aquel episodio, para el trabajo de la segunda edición?

–No. La verdad es que el artículo era clarísimo; María Elena siempre fue muy clara en sus modos de expresión. Por ejemplo, compuso “Serenata para la tierra de uno” a partir de una visión muy negativa del gobierno de Arturo Illia, algo curioso en una persona progresista de signo no peronista. También hay partes de su famoso artículo “País-Jardín-de-Infantes” que estremecen un poco, como si se adelantara a la teoría de los dos demonios. Pero siempre, aun en esos casos, María Elena brilló por su valentía, por su falta de especulación o cálculo a la hora de transmitir lo que pensaba de la sociedad argentina.

Entrevista de Karina Micheletto para “Página/12”. Enero de 2012.

 

 

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LITERATURA:  ELVIRA LINDO, SU NUEVO LIBRO Y LOS SALTOS GENERACIONALES EN ESPAÑA

“Quise asumir el riesgo y contar a corazón abierto”

“Mis padres tenían más que ver con mis abuelos que lo que yo he tenido que ver con mis padres”, detalla la escritora, que en su libro retrata los años “de gran apertura” en España, pero sin convertirlo en una suerte de retrato nostálgico o pintoresco.

 

Una diadema preciosa en las manos de una escritora. El huevo Kinder en las manos de un niño pequeño –cinco años– junto a su joven madre en un cine casi vacío de Madrid, en la noche de los años ’80. Solo una prostituta con su chulo y una pareja de yonquis. Un paisaje demasiado sórdido para un niño emocionado por una aventura inesperada. Antonia –la madre– está huyendo. No quiere estar en su casa cuando llame el padre del niño. No quiere dejarse embaucar –otra vez– y caer en la tentación de un hombre que la engañó a ella y ahora también a la mujer que vive con él. Un hombre que no sabe qué hacer, que no puede o no quiere elegir. Como un relámpago que le atraviesa los ojos, Elvira Lindo recuerda ese capítulo de Lo que me queda por vivir (Seix Barral), “el huevo de donde salió el pollito”. El germen de su última novela –hilvanes del oficio mediante– quedó recién a partir de la página 231, casi entrando en la recta final. Antonia recapitula desde la madurez de sus cuarenta y pico esa primera juventud en la que todo cambiaba y ella se sentía más huérfana y perdida que nunca, extraña entre los habitantes de su propia fauna –la movida madrileña–, cuando trabajaba en la radio y como guionista de televisión. Cualquier similitud con la vida de la creadora del célebre Manolito Gafotas –protagonista de una saga infantil que fue llevada al cine y a la televisión a mediados de los ’90– no es pura coincidencia.

La protagonista de Lo que me queda por vivir –título que tomó prestado de un bolero memorable de la cubana Omara Portuondo– no es una alter ego de Lindo, aunque la materia prima de su vida esté fraguada en la narración. “Todo empezó con ese capítulo, ‘El huevo Kinder’, un recuerdo mío personal que podía ser el principio de algo más grande. Sólo una primera persona muy cercana podía plasmar la intimidad de esa mujer. Sabía que el lector podría identificar esa voz con la de la autora, pero quise asumir el riesgo y contar a corazón abierto.” Hace tres años, cuando escribió ese capítulo –que fue aprobado por su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina; y por su hijo Miguel, a quien le dedicó la novela–, estaba leyendo Un joven de provincia, de Chéjov. “El narrador parece estar tan cerca del autor que durante las primeras cincuenta páginas creí que era la vida de Chéjov”, dice la escritora a Página/12. “Ahí me di cuenta de toda la confusión que podría provocar esa primera persona tan intensa. Pero la novela no hubiera sido la misma con una narradora distante.”

–La movida española está un poco mitificada y parecería que la novela intenta quitarle esa pátina mítica, ¿es así?

–No es que tuviera una intención, no soy dada a los mensajes: pienso en los personajes y escribo con ellos. Sí es cierto que esa época ha sido mitificada, sobre todo por la generación que era joven cuando la vivió. Y porque esa generación está ahora mismo en el poder político, en las columnas de los periódicos, en las solapas de las novelas. Hay un momento de la vida en que se produce una especie de mitificación de la juventud; pero el contexto político y social de la década del ’80 ayudó a que esa generación se mitificara, porque España estaba viviendo unos años de mucha apertura social, cultural y moral.

–La voz de la mujer en esta novela es bastante escéptica, parece no ser partícipe de ese clima de época. ¿Cómo la vivió usted?

–Podías estar viviendo intensamente esos años y no formar parte de ese movimiento cultural que se llamó la “movida”. Yo que entonces era una chica de barrio moderna –que trabajaba en la radio– veía todo aquello como un poco ajeno a mí. Aunque luego, viéndome en las fotos de la época, me di cuenta de que me parecía bastante a los otros. Pero mi actitud era más de observadora que de integrante. A los hombres se les perdona los elementos autobiográficos como literarios y a las mujeres no. Es una novela, una construcción literaria; pero cuando hablas de la propia vida, encuentro que tienes que dar muchas más explicaciones de la que tiene que dar un novelista.

–¿Por qué cree que una escritora tiene que dar más explicaciones?

–La vida íntima de las mujeres todavía se la ve en la ficción como si la estuvieras aireando, como si estuvieras haciendo algo impúdico, como si hubiera cierto exhibicionismo, porque se juzga de distinto modo a los hombres y a las mujeres. En España hemos avanzado muchísimo, tenemos una presencia social, estamos en la cultura, en la política, pero en algo se tiene que notar que venimos de dónde venimos. Y naturalmente en los juicios que se hacen sobre las mujeres hay a veces una condescendencia o cierto morbo. De todas formas, no es una novela en clave donde haya que buscar las pistas de la vida de Elvira Lindo (risas).

–Aunque esas “pistas” estén…

–¡Pero yo no quiero evitarlo! Estoy agradecida de haber tenido una vida tan intensa que pueda servir de materia prima para una novela. A mí no me causa ningún problema. Tal vez que se vea de una manera morbosa sí me molesta. Pero es la narración de un período de maduración de una mujer y eso es tan universal como la propia literatura.

–Al comienzo de la novela se produce una discusión entre Antonia y su marido, cuando él le plantea que nadie elige la clase social en la que nace. ¿Qué opina usted?

–Si la ideología se convierte en algo tan obtuso que deja de ser humano, realmente no sirve. Hay dos mujeres, una sale de la clase media y se tiene que buscar la vida como todo el mundo; la otra, de una familia mucho más pobre. En España hay gente de mi generación que ha llegado al mismo sitio desde inicios completamente distintos; pero es lógico que Antonia reaccione tan mal ante ese comentario porque está sospechando que su marido la prefiere a Marga sentimentalmente. Lo que quiero plantear con esa escena es que muchas veces no estamos discutiendo sobre ideología, estamos discutiendo de otra cosa. El está cubriendo con ideología lo que sencillamente es que se ha enamorado de otra mujer.

Algo de la pregunta incomodó a Lindo, que eleva unos centímetros la ceja izquierda, como si estuviera preparada para una repregunta que ella intuye que llegará en breve. O algo de su respuesta quedó trunco. “Al final, entiendes mucho más a las personas si te fijas en lo que hacen más que en lo que dicen”, retruca. “Si estamos expresando continuamente principios ideológicos, tal vez estemos dando una imagen equivocada de nosotros mismos, porque a lo mejor en nuestra vida privada no nos estamos comportando a la altura de esos principios, ¿no? A mí me gusta mucho más valorar a las personas psicológicamente; en esto me ha enseñado mucho vivir en una ciudad como Nueva York, donde hay mucha gente que no piensa como tú o pertenece a otra religión. España es un país más homogéneo porque no ha tenido inmigración hasta hace poco tiempo; entonces el músculo de la tolerancia lo tenemos poco desarrollado. En ese sentido, prefiero encontrar la esencia de las personas en su actuación diaria, darles una oportunidad, no juzgarlas inmediatamente por lo que dicen que son.”

–¿Por qué es tan abismal la relación que hay entre la España de esos años ’80 y este presente?

–Hay un contraste que tiene que ver con la relación entre padres e hijos. Cuando presenté la novela en Madrid, estaba mi padre. Yo no sabía lo que estaría pensando él, pero me acuerdo que dije que probablemente mi generación haya sido una de las que más les han mentido a sus padres, pero porque no podíamos decir la verdad. Estábamos cambiando tanto… Mis padres tenían más que ver con sus padres, con mis abuelos, que lo que yo he tenido que ver con mis padres. Como los acoples sociales son tan sabios, la generación de mis padres ha sido la más valerosa a la hora de cambiar. Pero los cambiamos nosotros, los hijos. Por mucho que ahora la derecha española diga que el matrimonio gay fractura la sociedad, precisamente por ser un país en que la familia es la base social, cosas que en un principio no gustaban, que podían inquietar a la generación de mis padres, han sido superadas porque el amor familiar está por encima de todo. La gente ha aceptado el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero el contraste también está en la situación de la mujer. No me parezco en nada a cómo tuvo que vivir mi madre, pero creo que ella se hubiera alegrado de que yo fuera una persona diferente a ella, que tuviera otras oportunidades en la vida. Lo apasionante de mi generación es que no se parece a la de sus padres.

–Otro contraste posible sería con la izquierda. En su novela, aunque la protagonista sea más una observadora, queda claro que empatiza con ese sector.

–La izquierda está muy desgastada. España entró en la crisis y el partido socialista reaccionó muy tarde o asumió tarde que estábamos en una crisis. La derecha ha hecho una oposición terrible, feroz, en todo este tiempo. España, por otra parte, necesita un gobierno fuerte para no asumir lo que le manda Europa de manera ciega, como si fuera una obligación. Pero el gobierno de (José Luis Rodríguez) Zapatero no tiene la fortaleza que debiera tener en estos momentos. El Partido Socialista está viviendo una crisis de la que no sé cómo va a salir.

–¿Por qué un partido y un gobierno pagan el costo de una crisis generada por la derecha? La burbuja inmobiliaria no la generó el PSOE, ¿no?

–El país entero ha participado, ha habido muchos responsables. España tiene que cambiar su modelo de país; durante años la construcción, el sector inmobiliario, ha ganado mucho dinero y se generó una cultura especulativa; la gente compraba un piso para después venderlo muchísimo más. Y esto se hacía de manera inocente, porque se pensaba que la vida era así. Nadie creía que podía provocar que el país se hundiera. Los economistas han demostrado que no supieron ver lo que tenían delante de los ojos, o lo vieron y opinaron otra cosa por cuestiones de interés. Mi padre venía a mi casa todos los sábados a comer y nos daba una charla sobre que se estaba prestando dinero que no se tenía, que se estaba prestando a intereses muy bajos. Nosotros lo escuchábamos, como a veces se escucha a los abuelos, y decíamos: “Bueno, este hombre se callará y dejará alguna vez el asunto”. Cuando se destapó la crisis, mi padre nos dijo: “¡Veis, no había dinero!” A mí lo que me parece cínico es que el PP (Partido Popular) responsabilice al PSOE (Partido Socialista Obrero Español) de lo que está ocurriendo. Hemos vivido en España, en los últimos veinte años, como si fuéramos ricos, olvidándonos de dónde veníamos. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Creo que el socialismo tiene que pararse un momento a reflexionar para generar ilusión en la gente, para volver a ser el partido con el que tanta gente se identificaba.

–¿Cómo puede haber indignados y que vuelva a ganar el PP, como se dice, en las próximas elecciones?

–Los indignados no van a votar al PSOE ni al PP; son personas que se quedaron sin partido. Los jóvenes que estuvieron en Puerta del Sol discutían; había una especie de asamblea permanente. El descreimiento es hacia los partidos políticos; una reacción normal porque ha habido mucha corrupción en España en los últimos años, un exceso de cargos políticos y de gasto que generaba la propia política. Cuando todo va bien y mucha gente tiene trabajo y hay un período de estabilidad, no ocurre nada. Pero cuando la economía se retrae, la gente empieza a decir: “¿por qué este alcalde de una localidad de 3000 habitantes está ganando yo que sé? ¿Cuál es la responsabilidad que tiene para que esté ganando más que un médico que opera a corazón abierto en un hospital público?”. No se puede estar pensando recortar el presupuesto en Educación cuando estamos dilapidando el dinero en cosas que no construyen un país. Mi hijo estuvo en Puerta de Sol y está bien que estemos en desacuerdo en muchas cosas. Que yo le diga: “Pero vamos a ver, ¿esto cómo se traduce en algo concreto?”. Y discutimos, lo cual es muy saludable, porque mi generación tuvo como componente pedagógico no discutir. Y creo que eso es terrible y provoca una especie de inmadurez.

Por Silvina Friera, especial para “Página/12”, Buenos Aires, 4 de octubre de 2011.


Hace cinco años, cansada del dibujo y de sí misma, Maitena colgó los lápices y decidió no hacer más esas historietas del universo femenino que la convirtieron en un éxito en medio mundo y en una docena de idiomas. Ahora su nombre reaparece en las librerías de una manera inesperada: con una novela iniciática sobre una chica de 12 años en los años ’70. En esta entrevista habla de los motivos de esta metamorfosis, del cansancio con el dibujo, del poder curador de las palabras, del largo proceso de sanación que atravesó escribiendo Rumble y del complejo factor autobiográfico que encierra este libro sobre el embarazo adolescente y la vida cotidiana bajo la dictadura.

 

Maitena ya contó mil veces sus mil vidas: madre soltera a los 17, casada a los 18, madre de nuevo a los 19 y separada a los 24, atornillada frente a un tablero para llenar la heladera, hijos, trabajo y discoteca, noche, punk, derrapes, la única mujer en las redacciones llenas de testosterona de SexHumor y Fierro, autora de comics eróticos e ilustraciones para niños al mismo tiempo, y la idea concreta de abandonarlo todo antes del llamado de una revista femenina que le daría primero el éxito y después la posibilidad de dejar el trabajo por tiempo indeterminado y volver a ser madre tiempo completo.

Cada vez que contó sus vidas, se iba sumando un nuevo capítulo, pero inexorablemente, cada vez, sin importar ante quién la contara, la historia empezaba a los 17, con la maternidad y el trabajo. Lo que había más atrás apenas se vislumbraba, era apenas un bosquejo con las coordenadas necesarias: sexta de siete hermanos, ocho colegios de los que fue serialmente expulsada, férrea educación católica en una familia de esas a las que se les dice “bien”, inclinación artística que permeó a través de una madre arquitecta de carrera frustrada, y un padre adusto que dedicó su vida a la fe y a una carrera en la educación tristemente coronada por el cargo de ministro durante el estertor de la última dictadura. Poco y nada había dicho hasta ahora Maitena de todo aquello, y es justamente hasta ahí atrás, a esa zona de sombras y privacidad, adonde fue para escribir el libro que acaba de publicar: el número doce de su vida, pero el primero que no es de historietas y el primero cuyo material no está previamente testeado con los lectores a través de diarios o revistas. Por eso, la primera pregunta tal vez sea si siente algo de miedo al publicar su primera novela. La respuesta, sorpresivamente, después de un segundo o dos en que mira un punto indefinible delante suyo, un punto que parece acostumbrada a mirar, es directa, y abre el libro al medio como si fuera una fruta y expusiera su carozo:

–No, miedo no. Pero sí me hubiera gustado escribir un libro menos autobiográfico.

Hace unos años, cuando estaba a punto de abandonar el dibujo y encerrarse en un exilio doméstico que la llevaría a escribir este libro, Marta Dillon, entrevistándola para Las12, decía que hablar con Maitena tenía el mismo efecto que tomar un vaso de agua fresca. Es verdad. Aunque ahora se la siente más sosegada, tal vez incluso menos tintineante, como si hubiese cambiado la carcajada sonora y la mueca que se hamaca entre el sarcasmo y la comprensión por una sonrisa más serena. La que parece acabar de tomarse un vaso de agua fresca ahora es ella.

El libro ha tenido, se nota, un poder sanador. Hay algo de reconciliación en volver a ver a aquella persona que era antes de la vida que la llevó a ser quien es. Si se le pregunta en qué momento empezó ese viaje, y si tuvo que ver la tranquilidad de dejar de trabajar por primera vez desde los 17 años, no tarda nada en contestar:

–Sí, cuando dejé el trabajo… y sobre todo el alcohol.

Lo dice seria, sin orgullo ni estridencia. Apenas con una sombra de pudor.

–Volví a encontrar algo de quién era yo. Hay algo mío que volvió a su esencia y eso es valiosísimo para mí. Volví para atrás y encontré a una persona que me gusta, y de la que todavía tengo mucho. Encontré que la rubia de pelo desordenado también fue una construcción, y ahora me parezco más a la que era antes de todo eso. Fui madre a los 17, me casé a los 18, volví a ser madre a los 19, y a los 21 años perdí otro hijo en un parto. Todo eso me pasó antes de los 21. Yo dejé atrás esas cosas y me transformé en otra persona, porque tuve que transformarme en otra para seguir adelante: para poder seguir siendo alegre, divertida, simpática, escribiendo chistes, yendo a bailar, enamorándome… Nunca miraba para atrás; y si miraba, no me gustaba mucho lo que veía: me veía como una boluda, me sentía fea, bruta, todas tenían mejores trabajos, mejor ropa y mejor vida. Te diría que casi no me acordaba de cómo era mi vida antes de ser madre y me senté a escribir y descubrí que me acordaba de mucho. Entonces, al escribir Rumble, volví a quien era. Hoy me siento más cerca y más parecida a aquella chica que a la mujer de los ‘80 y los ‘90.

El proceso no fue simple, y –por lo que va a contar durante la entrevista– no sólo por las 13 versiones anilladas de la novela en sus diferentes etapas que acumuló en su escritorio a lo largo de los últimos cuatro años. Así como tiene guardado hasta el último boceto de cada chiste o historieta que publicó, y es hipnótico ver esos borradores a lápiz en que los personajes buscan su gesto exacto, frunciendo la boca, revoleando los ojos o temblando de pánico envueltas en una toalla paradas sobre la balanza, guarda también 300 páginas de un libro de cocina escrito y dibujado que haría agua la boca de cualquier editorial en esta época tan gourmet. En algún lado están, también, dos o tres proyectos de novela descartados antes de empezar Rumble y un par de comienzos de una nueva novela. Maitena parece haberse tomado el hecho de escribir con la misma seriedad y obsesiva dedicación con que dibujó durante más de veinte años. Casi que parece quedarle lejos la respuesta cuando le preguntan por qué hizo no una historieta larga o una novela gráfica, expansión natural y en boga del género.

–Me cansé del dibujo. Me aburrí de dibujar. No tengo ganas. Me aburrí de las historietas, del lenguaje y de mí misma. Para mí, la historieta, como formato, ya dio todo lo que tenía para dar.

Las historietas de Maitena siempre parecieron cargar con una misión extra–artística: la defensa de la mirada femenina en el universo masculino de revistas como Humor y Fierro, la exposición de los mandatos vigentes más allá del feminismo en Para Ti y La Nación. De hecho, hablando del comienzo de Mujeres alteradas, dijo en su momento que la primera decisión había sido “no poner un personaje fijo, porque en ese caso siempre termina siendo tu alter ego y desnudándote vos”. Ahora, hablando de Rumble, cuando parece haber dado con la manera de liberarse de aquello y poder concentrarse en una forma de comunicación más íntima, es ella la que pronuncia la palabra “autobiográfico”.

Decís que querrías haber escrito un libro menos autobiográfico. ¿Porque te sentís expuesta o porque creés que van a leer el libro buscando quién es quién y qué le pasó en la adolescencia a la autora que ya conocen?

–Yo hablé mucho, di muchas entrevistas, y ahora es innegable lo autobiográfico que tiene este libro y que yo ya conté. Pero a mí me hincha la lectura en esa clave. Que vengan a preguntarte si hiciste tal cosa o si te pasó tal otra. Tener que explicar que no te pasó tooodo lo que contás. Y si me pasó esto y no lo otro, ¿qué importa? Me gustaría que en adelante no se leyera tan así, pero que cada uno lea como quiera: el que necesita el componente cholulo, que lo use. Pero ojo: así como uno escribe lo que puede y no lo que quiere, cuando uno escribe muestra todo lo que no quería mostrar. Yo no soy muy buena para entender las cosas de fondo. No entiendo muy bien lo que es el superyó, por ejemplo. No sé muy bien cómo soy, ni cómo hago las cosas. Una vez un psicoanalista me dijo que cuando yo titulaba mis historietas hablando de “las mujeres”, me dejaba a mí misma afuera. Estaba bien lo que me decía, pero me pareció dañino para mi trabajo y no fui más. Cada vez que escribía “las mujeres tal cosa”, frenaba y empezaba a decirme a mí misma: “Bueno, pero vos también sos mujer”. No hay que pensar tanto si uno lo puede hacer. Lo que sí sé es que, en una novela, una se puede dar cuenta de quién escribió el libro, de si es buena o mala persona, si tiene mala leche o si no. Uno se expone mucho escribiendo: expone todo su sistema de pensamiento, de relaciones, su opinión de la vida, del mundo… En ese sentido me parece mucho más interesante pensar que un libro es autobiográfico.

No me digas que en ningún momento pensaste en cómo recibirían el libro los lectores de tus historietas.

–Jamás pienso en los lectores. Pero en este caso es más distinto todavía: las historietas eran mi trabajo para vivir; pero yo no salgo a vender este libro. No quiero agarrar a las pobres incautas que creen que van a leer una novela de Mujeres alteradas. Que la editorial haga marketing, ponga afiches, lo que quiera, pero yo no salgo a decir que el libro es buenísimo, ni a decirle a nadie que lo compre. Ni siquiera sé si está bueno. Este libro es para el que lo quiera leer.

Más tarde, hablando con devoción y admiración de su hijo varón, especialista en videojuegos, acepta que ahí esté, tal vez, la nueva historieta: pantallas en vez de cuadritos, tramas múltiples, héroes interactivos. Pero acepta la idea y la deja ir, como la pitada de un cigarrillo que dejó de fumar. Nada del dibujo, por ahora, parece encenderla. En cambio, la menor mención a cualquiera de las partes del proceso creativo de la literatura la encienden y habla con entusiasmo de lo que aprendió sola, durante años, en su estudio. Cuando se dio cuenta, por ejemplo, dos años después de empezar, de que la voz de la protagonista tenía que contar todo en tiempo presente (“escuché la voz y entendí que era una novela ansiosa”), y cómo eso la llevó eliminar decenas de episodios, varios personajes y a escribir todo de vuelta. O la relación que mantuvo, mientras escribía, con eso que podríamos llamar “lo maitenesco”: la paleta visual de su universo gráfico, convertida en ese caso en giros, tonos, descripciones al pasar en la novela que respiran la misma gracia refrescante que muchos de sus dibujos: un bocinazo de cuarenta metros, un beso que se estira como un chicle.

¿Lo buscabas, lo rechazabas, lo encontrabas?

–No quería ser graciosa, ni hacer chistes, pero traté de que, si el humor era espontáneo, quedara. Yo escribí la novela 13 veces: lo que soportó las 13 relecturas y me siguió pareciendo medianamente simpático, quedó. Igual, hay partes que no puedo volver a leer. Sobre todo las anécdotas. Aprendí cómo trabaja la anécdota: entorpeciendo. Hay que sacarla. Si no sirve para llevar la trama, no sirve.

Dice no sirve y es como si hiciera un bollo con un boceto que no le gusta.

–No me muero por una página de mi librito: puedo borrarla y hacerla de vuelta todas las veces que haga falta. Escribiendo, cuando te equivocás, aprendés, pero perdés mucho tiempo: son muchos años que se tarda en escribir algo. Entonces está bueno cuando te dan una ayudita. Y descubrí que los escritores no son personas generosas en general. Pero tengo una amiga escritora muy generosa: Rosa Montero. Ella me ayudó mucho: llevaba tres años trabajando y ya había escrito la novela ocho, nueve veces. Hablamos una sola vez, cinco horas seguidas, y nunca más tocamos el tema. Me marcó hoja por hoja. A lo mejor de una página dejaba una sola frase. Y lo mejor fue cuando me decía: “Acá, esto, ¿ves? Bueno, no lo hagas más, es horrible”. Agarré y le di un beso. Me había dicho la verdad.

¿Qué te dijo que no hicieras más?

–Que no tuviera autoconmiseración.

¿Y ahí se enderezó todo?

–Ahí entendí lo que no tenía que hacer más, cuál era el tema de la novela y para dónde tenía que ir.

¿Cuál es el tema de la novela?

–Durante un buen tiempo pensé que estaba escribiendo una novela de aventuras. Pero hoy, para mí, creo que el tema es la desprotección y el embarazo adolescente. ¿Cómo llega una chica a quedar embarazada? Vos decís: un descuido con el novio. Pero no es así. Es otra cosa. No empezó cinco meses antes cogiendo con el novio. Para que pase algo tan fuerte siendo tan chica, tuviste que trabajar duro. Todos a su alrededor ayudan a que eso pase.

Es cierto: Rumble es exactamente sobre eso. Es una novela de iniciación contada por su protagonista, una chica de 12 años inquieta por descubrir el otro lado de la realidad que le imponen con rigidez y sin demasiada atención su padre católico, su madre desbordada y su media docena de hermanos absortos en sus propios problemas, y que emprende con inocencia la aventura de los primeros besos, las rateadas, los cigarrillos y la seducción de los chicos más grandes. Su voz es fresca, hosca pero entrañable, locuaz pero vulnerable, como la de todo adolescente que cree saberlas todas y todavía no entendió demasiado. Una voz que lleva como un tobogán, que dibuja imágenes de expresividad adorable (“lo maitenesco”) mientras se desliza a ciegas sin saber hacia dónde, sin saber que cuánto más cree alejarse, más se está hundiendo en lo que su familia hizo de ella. “El cielo está radiante y hace calor, aunque todavía no son ni las ocho de la mañana”, dice en la primera frase, y toda la novela la vivirá en esa distancia entre la realidad y las sensaciones. Ese vértigo existencial, mezcla de vacío en el estómago y uñas contra el pizarrón, es el que –a falta de una palabra conocida, regocijada de poder hacerlo suyo dándole un nombre cada vez que lo asalta– da título al libro: Rumble. “¡Qué rumble!”, dice la protagonista como quien se aferra a su talismán en cada aventura. El título es, además, el único homenaje abierto en el libro a la historieta y a esas onomatopeyas que pueblan las aventuras predilectas de Maitena y de las que se ha declarado devota: como el berp de Tabaré, el claca claca claca de los rifles de Hugo Pratt o el kai kai kai de los perros de Fontanarrosa, rumble es esa palabra que irrumpe en las historietas cuando las rocas caen por la ladera. Y es justo: todo tiembla en la novela. La trama transcurre durante el par de años en que una familia católica, numerosa y de derecha se muda de Bella Vista a Recoleta hasta que la enfermedad y el colapso –nervioso y financiero– los lleva de vuelta a Bella Vista. Así como son sutiles los modos del descuido, la desprotección y la indiferencia que van tejiendo esa red compleja de causas por las que una adolescente queda embarazada, el libro superpone sin volverse pesado ni espeso en la lectura, cada vez más capas que escapan a la conciencia de esa chica en estado de lucidez e inconciencia: sobre la aventura del autoexilio de su casa y de su clase, del coqueteo y el sexo, la fuga y el internado de chicas, el romance clandestino y los malos viajes de la droga, se ciernen otras tormentas cada vez más cercanas. No son tiempos cualesquiera: el libro va de las vísperas de la muerte de Perón al Mundial ‘78, y una de sus particularidades más sutiles pero notables es la capacidad de convertir la vida de esa familia en una caja de resonancia del país, desde el punto de vista de una clase y un barrio siempre difícil para la literatura argentina. Un barrio difícil y una clase esquiva, en intentos que en general naufragan entre la nostalgia estetizante y el estereotipo.

“Silvina Ocampo”, dice Maitena, como si señalara la salida de un laberinto. “Siempre amiga de las mucamas, los choferes, la mina de la florería. Una mina que mira de costado el mundo donde vive, y elige charlar y conversar con el mundo de los de abajo. Yo siempre me aburrí mucho con los chetos y el mundo cheto. Nunca leí los avisos fúnebres de La Nación, ni siquiera cuando murió mi papá.”

Es verdad: la novela tiene mucho living y mucho cuarto de los padres, pero también mucha cocina, mucha portería, mucha plaza en horario de colegio, mucho tren y hotel alojamiento. Así como el libro traza un arco (de la muerte de Perón al Mundial), su trama se despliega también sobre el mapa: Barrio Norte y Bella Vista. “Páramo desierto: casa quinta, aburrimiento, barro, plantas, la vecina, la pileta. En la ciudad estaba la calle, donde pasaban las cosas”, dice Maitena contando cómo era –en el libro y en su vida– ese lugar que dejó a los 10 años para mudarse a la Capital.

–Para mí era civilización o barbarie. Y Bella Vista era la barbarie, un barrio residencial de calles de tierra donde la mitad son milicos, la otra mitad del Opus Dei, y en algunos casos se mezclan los conjuntos. Una sociedad rara, donde todos mis vecinos tenían 9, 11 o 14 hijos. Son la misma clase social que en Barrio Norte, pero menos urbanos. Y un poco más pobres: hay que mantener 14 hijos…

Cuando Maitena tenía diez años, la familia se mudó a la Capital y, pocos años después, volvió a Bella Vista.

–Yo quedé embarazada en Bella Vista. Paseaba con el carrito de bebé por ahí y si me encontraba con una compañera de colegio por la calle, era capaz de hablarme todo el tiempo mirándome a los ojos: nunca me hablaba de mi hija, y diez minutos después nos despedíamos como si el bebé no existiera.

Pero volviendo al libro y a la Capital: si el tema íntimo es el embarazo adolescente, el otro tema –que resuena cada vez más a medida que pasan las páginas, hasta filtrarse por las grietas de una vida familiar que se resquebraja– es la vida cotidiana bajo la dictadura.

–Sí, eso vino solo. Cuando empecé a escribirlo, pensé que era de sexo y aventuras. Después me di cuenta de que era de religión y política.

Desde ese barrio, el libro representa el clima crecientemente opresivo y peligroso en detalles mínimos, en pinceladas rápidas, escenas que suceden en segundo plano, rumores que alguien dice que dicen, pistas, indicios que, sin entorpecer la trama ni volverse declamativas, llenan las páginas de época: la sospecha sobre lo popular, el exilio de una hija, la homosexualidad silenciada, un tiro que se escapa en algo que empieza como un juego, un rito umbanda para evitar el servicio militar, la desaparición intempestiva o el exilio inexplicable de conocidos.

Cada vez que la protagonista evade el cerco de su rutina diaria faltando al colegio, al internado o a las visitas familiares, llega a un límite, se asoma a la realidad: en la avenida Las Heras se encuentra con el antiperonismo, en la avenida Corrientes con los funerales de Perón, en el tren a Bella Vista con un operativo del Ejército.

“Eso pasa solo”, dice Maitena. “Si yo fuera una escritora de verdad, lo podría haber pensado, pero a mí me pasó solo. En una de esas no querías hablar de eso, pero se cuenta igual. Por eso no me interesa saber cómo funciona la máquina. Y por eso mismo me cuidé de no forzarlo. Saqué mucho lo que me sonaba a panfleto. Dejé lo que había salido solo.”

En esa cartografía de época de la ciudad sobre la que se mueve la novela, nada representa mejor el momento en que una Argentina se extingue como la serie de cambios que transforman por esos días a la zona entre el cementerio de la Recoleta y la estación de Retiro: demolición y remate. Se avecinan los años del intendente Cacciatore. En un barrio tranquilo de plazas, barrancas, escalinatas y algunos pasajes, tiemblan los motores de las topadoras. Se demuelen paulatinamente manzanas enteras para ensanchar la avenida 9 de Julio: llegan la modernización arquitectónica y las autopistas, todavía hoy tan oscuramente vinculadas con la desaparición de personas. En las casas de remate de la zona proliferan bagatelas y retazos de viejo esplendor salidos de palacetes demolidos. Donde hoy se acumulan tres hoteles cinco estrellas, casas de marcas extranjeras, los locales del shopping Patio Bullrich, torres monumentales que conviven con edificios franceses, y cierta jactancia por la tradición y el buen gusto, por aquellos días se vivía otro –tal vez el último– episodio de la larga decadencia que Mujica Lainez volvió su tema. Ahí, el caos de la familia, del barrio, de la ciudad y del país se superponen con trágica naturalidad en el momento en que una chica de doce años, asfixiada por la indiferencia familiar y la opresión religiosa, decide lanzarse al mundo en busca de aventuras: los chicos de la plaza, los rateados de otros colegios, la mujer del quiosco, el colectivero galán que se convierte en salvoconducto hacia los márgenes, los barrios de fábricas cerradas y la intimidad de las reuniones de colectiveros, pero también el pequeño callejón a punto de ser demolido en pleno Recoleta, donde vive la Humbertina, un gay al que Puig le hubiese puesto encantado un grabador delante.

–El barrio ese, cuando yo vivía, no tenía la conciencia del barrio cheto: era un buen barrio porque Luder vivía a la vuelta y Bioy Casares a dos cuadras, pero todas las torres que hay ahora eran estacionamientos en los que patinaba con mis amigas –dice.

El Patio Bullrich era en ese entonces una casa de remates por cuya vereda una Maitena adolescente pasaba y quedaba casi lamida por los piropos de los hombres que descargaban de los camiones muebles de remate, y cuando lo recuerda ofrece una de esas perlas del entre nous que es tan difícil de esquivar para quienes se proponen escribir sobre ese mundo: “El Patio Bullrich era una casa de remates, Bullrich, Guerrico & Gaona. Gaona estaba casado con mi prima, y mi primo Ignacio era uno de los rematadores”. Pero enseguida le quita la pesadez, la pompa y la naftalina con esa gracia que hizo de sus dibujos el entre nous femenino: “Lo que ahora es Fendi era un almacén al que yo iba a comprar salame. Eso pasa con la edad: el mundo en el que nací no existe más, el mundo en el que fui adolescente no existe más, el mundo en el que tuve 30 años no existe más, Buenos Aires vacío en enero no existe más”.

La novela, en ese sentido, parece esconder un doble fondo: se puede leer sin reparar del todo en sus ecos políticos, a la vez que ofrece pinceladas de aquella vida cotidiana en dictadura.

Y como un fantasma que entra y sale de ambos ámbitos, la calle y el living, la política y la familia, separados por una membrana que filtra las palabras con que se nombra a la realidad (ya desde el título, toda la novela es, también, una novela sobre los tabúes lingüísticos de una clase y una época, lo que no se puede nombrar sino por elipsis o silencio: las palabras cáncer, sexo, homosexual, guerrilla), como un fantasma capaz de atravesar esas barreras sin nombrarlas y sin contar nada, aparece el padre de la protagonista.

–En esa época no se nombraba al puto, no se nombraba al desaparecido, no se nombraba nada: el silencio era salud. Esa época fue así: tremendamente careta y muy dolorosa para mucha gente de todos lados, de arriba y de abajo. Y del dolor tampoco se hablaba. De esos, ni de ningún otro. Y mi padre no era ajeno a eso.

Probablemente, de todos los personajes de la novela –esa chica en fuga permanente hacia lo que cree es adelante, una madre presa de un colapso nervioso, una hermana mayor que opta por el exilio y varios hermanos varones sumergidos en las formas más diversas de la masculinidad–, tal vez sea el padre el que con mayor estoicismo se mueve y soporta las crisis, el caos, la impotencia y la violencia dentro y fuera de su familia.

Así como la amistad de su familia con un milico que cría ovejeros alemanes la libera de un control militar en el tren, hay una escena vista de refilón en el living que habla con la elocuencia literaria de aquellos días: la protagonista se asoma fugazmente a una reunión en que su padre recibe de Brenda, una amiga de la familia, un pedido de ayuda por su novio que es –le explica su hermano al día siguiente– “guerrillero”.

Sin exculparlo, en la novela el padre parece ubicarse en el lugar opuesto al de Brenda: alguien que recibe ese pedido e intenta hacer lo posible, sobrepasado por una realidad que en principio había apoyado. Así como Lanusse no era Videla, esa clase que encarnaba su padre encontró un límite en quienes había alimentado.

–El lugar de poder al que creía pertenecer, ya no tenía poder. El poder ya estaba en otro lado. Mi padre, al comienzo de todo, creía que era de los que mandaban… y se fue dando cuenta de que no.

En la novela, el padre de la protagonista es un respetado especialista cristiano en Educación, que vive para el trabajo y los congresos y seminarios que lo mantienen, si no ajeno, al menos distante de los conflictos cotidianos. En la vida real, su padre fue un ferviente católico y antiperonista que no sólo se contó entre los defensores de la Catedral la noche de los incendios de las iglesias sino alguien cuyo aporte radioeléctrico fue fundamental en la logística de la Revolución Libertadora, mientras de- sarrolló una carrera ligada a la educación: dio clases en la UBA durante veinte años, estuvo a cargo del Consejo Nacional de Educación Técnica (Conet), fue rector de la Universidad Tecnológica (UTN) y de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), aunque su cargo más recordado sea el del Ministerio de Cultura y Educación del gobierno de Viola. Un cargo que, a pesar de algunos discursos públicos en los que abogó por los concursos docentes y dijo preferir “un poco de ruido a la paz de los cementerios”, siempre quedó sobre él como la sombra más oscura.

Más allá de la tradición de la historieta de firmar con un solo nombre, en la tapa de Rumble el nombre de Maitena recupera su apellido. No es poco. Alguna vez contó que logró, antes de la muerte de su padre, reconciliarse con la idea de ser la “nena de papá” después de largos años de no querer ser relacionada con él, ni para bien ni para mal, al punto de llevarse, siendo muy joven y necesitando el dinero, su historieta de la oficina de un editor sólo porque éste quería editar a la hija de ese hombre que hacía esas historietas.

–Mi padre era un cristiano que creía en los militares: creía que eran burros, pero buena gente –dice.

Por primera vez no está cómoda hablando, pero a la vez se recubre de una seriedad más aplomada, como si estuviera ante un fantasma que sabía que iba a tener que enfrentar si descendía por esta gruta de la memoria.

–Sí, sabía que había “guerrilla” y que en los enfrentamientos mataban a la gente: lo que llamaban la guerra sucia. Cuando vino la democracia y todo empieza a salir a la luz, los secuestros, los campos, la tortura, los robos de bebés, mi padre lo negaba. Creía que eran cosas que se decían para desprestigiar al país. Pero lo decía convencido. Cuando viene el Juicio a las Juntas y los militares van presos, mi padre cae en una depresión espantosa. Y creo que mi padre se terminó muriendo de tristeza, hace doce años. Y, entre otras cosas, se murió de tristeza por eso: nunca soportó verse involucrado en eso. Nunca lo dijo, ni hacía falta que lo dijera. Dejó de ir a misa, que para él era lo único, lo único en que creía, y dejó de creer en ello. Cuando se estaba muriendo en la cama, le pregunté: “Papá, ¿creés en Dios?”. Me dijo: “Es una posibilidad”. No pudo soportar lo que pasó porque no tuvo herramientas para poder defenderse ante sí mismo. Era un hombre muy respetado, un caballero del que hasta los periodistas que me hacían mis primeras notas me hablaban bien, y habiendo sido de la Alianza Libertadora y defendido la Catedral, nunca pudo digerir haber estado con asesinos. Y a los 76 años se dejó morir de tristeza. Para él fue un orgullo haber sido ministro de Educación, y la vanidad lo llevó a decir que sí, cuando debería haber dicho que no. En mi casa había un cuadro con su foto jurando como ministro: nunca pudo descolgarlo, y el cuadro siguió en su casa, pero puesto en un lugar cada vez más escondido. Yo creo que era inocente, aunque no sé si tenía derecho a ser inocente.

Si el personaje del padre atraviesa el libro como un espectro –incluso el cáncer es algo remoto, que sucede detrás de un cortinado del que apenas se ven las sombras de los hechos y de las palabras–, el otro personaje que lo atraviesa como un alma doliente y desbordada, de pasiones reprimidas que terminan estallando en un colapso nervioso, es el de la madre. Si buscar el amor y el cuidado del padre es difícil para la protagonista por su ausencia y su silencio casi permanentes, la relación con la madre es, por el contrario, visceral y a los gritos. Finalmente ambas esperan el amor y la atención del mismo hombre. Especialista como es en los detalles, los dobleces y los secretos que hacen a alguien mujer y única al mismo tiempo, el personaje de su madre se presentaba como el desafío para el que parecía prepararse toda la vida.

–Mi vieja se murió el año pasado, o sea que yo escribí Rumble durante sus últimos tres años. Yo, como toda mina, tuve un problema tremendo en la relación con mi madre, aparte de que era la sexta hija y no me dio ni cinco de pelota. Hasta hace pocos años, mi madre me preguntaba cuándo iba a pintar, porque eso era de verdad importante, prestigioso. Mi madre nunca me vio realmente, pero en algún momento, gracias a esta novela, me di cuenta de que el camino lo tenía que hacer yo hacia ella, no esperar que lo hiciera ella. Y cuando empecé a escribir Rumble la vi a mi madre desde afuera con tanta nitidez como no la había visto nunca, y le perdoné todo. Mi madre era arquitecta en una época en que las chicas no iban a la facultad, fue la mejor de su graduación, se metió a trabajar en la Fundación Eva Perón y mi padre la hizo renunciar; su jefe de cátedra la llevó a trabajar a la facultad y mi padre también le hizo dejar ese trabajo y la enterró en Bella Vista con siete chicos. Tuvo siete hijos y perdió otros siete. Estaba tri-loca. Y cuando vi la historia desde afuera, entendí todo lo que le había pasado, le perdoné todo y lamenté mucho la coyuntura de haber nacido en ese momento de la vida de esa pobre mujer. Y entonces la empecé a visitar. Todos los meses, cada vez que yo venía a Buenos Aires de Uruguay, lo primero que hacía era comprar bombones e ir a verla. Pude hacer las paces y hablar con ella de mil cosas que nunca había podido. Decirle: “Mamá, tal tipo a vos te gustaba y tenías la secreta fantasía… ¿No fueron amantes?”. Y ella contestarme: “Nooooo… Pero porque él no quería… Me parece que era gay…”. ¡Lo que significaba para mi madre poder decir que alguien no era solterón sino gay! Se casó virgen y se murió con muchísimas ganas de tener un amante. A los 84 se pintaba los labios y se ponía minishorts para esperar en la silla de ruedas al kinesiólogo. Y todo eso lo pude hacer, pude hablar con ella y divertirme con ella gracias a la novela.

¿Y ella sabía que estabas escribiendo sobre la familia?

–Sí. Le contaba de la novela, le decía: “Me gustaría que la leas”, pero no me animaba a dársela, y no me animaba, y no me animaba, y no me animaba… y se murió. Igual, me parece que la hubiera puesto triste la novela. Cuando se murió, encontramos toneladas de libros, cuentos, novelas y cuadernos escritos por mi madre a mano: escribió toda su vida en secreto. Todavía no los pude ni abrir.

La novela, que se edita un año después de que su madre murió, está dedicada a ella. Más de una vez Maitena dijo que no le importaba nada la trascendencia: que cuando ella muera, a los diez minutos la van a estar comiendo los gusanos y que de ella sólo quedarán sus hijos. ¿Algo cambió después de escribir una novela que la reencontró con su madre, y después de haberla enterrado?

–No, no con respecto a la trascendencia. Para mí es ahora, mientras estás viva. Dentro de cien años no va a existir nada: Flaubert y Dante, pero no mis libros. Dentro de diez años, Mujeres alteradas va a ser como los ejemplares viejos de Caras y Caretas: algo que van a mirar para ver que los teléfonos celulares tenían antena. Lo que quedan son tus hijos, que en un momento ya no son tus hijos. Los arquitectos, en ese sentido, son quienes mejor la tienen. Además, me da angustia pensar en cuando yo no esté: ¿quién va a tirar mis álbumes de fotos? Tal vez mis hijos no, pero alguno de mis nietos, un día, los va a tirar. Ya bastante difícil es estar viva, haciendo cosas y que te lean en tu época. Ya está. No es poca cosa. El otro día me enteré por una lectora adolescente de que en un colegio las chicas se juntan en el baño para leer en voz alta mi libro. ¿Qué me importa que me lean en cincuenta años si a mis 49 las pendejas de hoy me leen en el baño?

Hablando de sus lectoras, Maitena parece recuperar algo de su viejo yo. Aunque diga no haber pensado en ellas, hay algo en ella que celebra, con un pudor festivo, reencontrarse de un modo nuevo conectada con quienes la leen. Aunque está lejos (“ni loca”) de pensar en algo que pueda leerse como Rumble 2. Escribir parece haberla cambiado de un modo que todavía no termina de entender, pero que no quiere desandar. Por ahora parece tener la cabeza vuelta hacia adentro. El viaje de escribir el libro y ahora su salida la han vuelto a poner en contacto con una cantidad de personas a las que no veía, en las que no pensaba o con las que apenas patinaba por la superficie de la convivencia. Como el reencuentro con una amiga a la que llamó después de décadas para avisarle que había escrito una novela en la que aparecían sus aventuras adolescentes. “Le dije: ‘Se llama Rumble, ¿te acordás la palabra que usábamos?’. ‘Cómo no me voy a acordar, si la inventé yo, en casa todavía la usamos con mis hijas’, me dijo. Durante años, cada vez que veían un libro mío, ella les decía a sus hijas que habíamos sido amigas de chicas, y las hijas no le creían. Así que está feliz porque, como ellas saben que la palabra es de su madre, ahí tienen la prueba de que éramos amigas.”

¿Y tu familia?

–Algunos lo tomaron con distancia, otros con efusividad, pero todos con respeto. Entendieron que era ficción. Aunque a uno de mis hermanos le tuve que decir que no se pusiera tan mal, que es una novela. No es que toda nuestra vida había sido así y él no se había dado cuenta. También hacíamos panqueques y la pasábamos bien.

Hoy, la casa de Maitena también tiembla, pero por otros motivos: está en obra. Es una alegoría un poco obvia, pero concreta de esta nueva etapa en que vuelve a vivir a Buenos Aires. La última vez que vivió ahí, sus hijos vivían con ella y con su marido, ahora la mayor se acaba de casar y su hijo vive solo hace tiempo. Ahora sólo van a vivir con la hija que tienen juntos, la menor. En una biblioteca por ahora casi vacía, acomodada por ahora contra una pared, hay un libro para chicos de Marco Denevi del año del ñaupa.

–Cuando yo tenía veintipico –dice Maitena mientras agarra el libro, sin saber todavía muy bien si está dedicado a ella o a Amaya, su hija mayor, pero segura de que está dedicado– iban mucho a comer a la casa de mis padres Hermes Villordo y Marco Denevi. Yo le decía a mamá que eran gays, recontra gays. Y ella siempre me contestaba: “Ay, no, querida, son solterones”.

El libro está dedicado a Amaya, la hija que tuvo a los 17, ese indefectible punto de partida de las mil veces que empieza a contar su vida. Que haya podido estar dedicado a ella –que ella lo haya pensado, que haya dudado, que mezcle las anécdotas de una infancia y de la otra–, habla de los infinitos filamentos de la memoria por los que ha viajado en los últimos años a aquel mundo como si fuera un tesoro que permaneció intacto en algún lado adentro suyo, un mundo que terminó con la llegada de su hija, pero que sólo ahí adentro siguió existiendo.

Hace un rato dijiste que cuando pasaste el libro a primera persona tuviste que dejar afuera las primeras 70 páginas, cuando la protagonista se muda, a los 10 años, de Bella Vista a la Capital. ¿Hay algo más que dejaste afuera que te guste?

–Bueno, lo que tengo escrito es la escena en la que le dice al padre que está embarazada.

La última escena del libro es infinitamente más sugestiva y –aunque no le guste el psicoanálisis– simbólica que esa escena que quedó afuera. Mejor no revelarla. Recuerda, en cambio, su propia escena diciéndole a su padre que estaba embarazada:

–El estaba sentado al lado de la pileta, leyendo la Enciclopedia Británica, que leía constantemente –dice y señala el estante más alto de la biblioteca, donde está completa esa edición, “mi favorita”–; estaba ahí con su tomo correspondiente a ese verano. Me quedé sentada al lado suyo veinte minutos, sin saber cómo arrancar. El seguía leyendo. Hasta que le dije: “Papá, estoy embarazada”. El cerró el libro, esperó un rato y me dijo: “Yo pensé que vos eras más inteligente”. Yo quería que me pegara un bife, que me dijera puta, pero no eso tan terrible. No me dijo que me hiciera un aborto, no me dijo que me tenía que casar, no me preguntó quién era el padre. En cambio, se levantó y se fue. Yo me quedé ahí mirando el agua. Creo que todo el resto de mi vida traté de demostrar que sí era inteligente –dice y sonríe.

Sus heridas parecen cerradas, o al menos puede mirar atrás sin tener que correr la mirada.

–Una vez superado el momento, para ellos fue una nueva posibilidad de ser mejores, mi madre rejuveneció 20 años y mi padre hizo con su nieta lo que no había hecho nunca con nosotros. De hecho, hasta le puso el nombre. Así que, de alguna manera, tuve un hijo con mi padre –dice y se ríe.

El libro de Denevi dedicado a su hija tiene texto y dibujos. Entre los proyectos que quedaron en el camino, junto al libro de cocina, también había un libro para chicos dibujado. ¿Qué la espera adelante?

¿Extrañaste el dibujo?

–No, nada. Lo que sí me doy cuenta es de que escribiendo me puede pasar lo mismo que con el dibujo: como dibujante llegué a mi límite, a mi techo. Podía mejorar, porque en la medida en que trabajes diez horas por día siempre podés mejorar, pero también perdés frescura y perdés gracia. Por eso se me volvió aburrido dibujar: en un momento supe que, si quería hacer algo bien, dentro de mis parámetros y mi nivel, era cuestión de sentarme y tarde o temprano, me iba a salir. Nunca voy a llegar a ser Hugo Pratt, pero cada libro mío está mejor dibujado que el anterior. Y sin embargo, los últimos libros ya los hice con una mirada muy crítica de mi dibujo: podía estar bien, pero yo le veía el sacrificio y los diez bocetos atrás. Creo que con la escritura puede pasar lo mismo: con treinta años escribiendo, debés darte cuenta de qué es liviano y en qué, por muy fluido que sea, se le nota el peso de estar está muy trabajado. Veo que voy a ser el mismo tipo de persona escribiendo que dibujando, pero de borrar y dibujar de nuevo me aburrí; de escribir, no. Me aburre el trabajo de esos profesionales llenos de recursos que no toman riesgos ni les pasa nada inocentemente. Es como dicen los budistas: es la mente de principiante lo que importa. Y a mí lo que me gusta de lo que estoy haciendo es mi mente de principiante.

Y entonces, ¿ahora?

–Yo no me siento una escritora y no sé si alguna vez lo seré, pero me doy cuenta del enorme poder de la palabra. Seguro que lo saben todos, pero yo lo descubrí ahora: para mí la escritura fue sanadora. Yo solucioné el problema con mi vieja, lo que no pude solucionar en 30 años de análisis, escribiendo Rumble. Entonces, cuando pienso en lo próximo que quiero escribir, pienso desde ese lado, y digo: los hijos. Ese es mi otro gran tema. Y ya empecé la novela. Pero no sé si me la aguanto. También me di cuenta de que debería escribir algo más divertido y que me haga más feliz. Es muy intensa la manera en que una novela te mete en un tema: te pasás dos, tres, cuatro años leyendo, hablando y pensando sobre eso. Si después de eso no lográs resolver algo, es porque no podías. Entonces, el poder de la escritura está bueno usarlo para entender y ser uno mejor. Por eso, como empecé a escribir de grande y no voy a escribir 30 libros, trataré de apuntar un poquito. Esas son las cosas que estoy pensando y me estoy preguntando. A lo mejor me pongo a escribir una novela divertida sobre los ‘80, pero esa novela, que yo creo será divertida y sobre los ‘80, ¿no terminará siendo la novela sobre los hijos? Esas son las cosas que me pregunto ahora.

Por Juan Ignacio Bodio, suplemento “RADAR” de “Página/12”, domingo 11 de Septiembre de 2011.

 

 

LA MUERTE DE UN BURGUÉS


Por Juan Forn, especial para “Página/12”.

En 1981 yo trabajaba en Emecé, ya había sido ascendido de cadete a corrector de traducciones y era el más pichi de la sección: me tocaba corregir las traducciones de novelas románticas, el escalafón más bajo. Por encima estaban los policiales de Séptimo Círculo; por encima, los bestsellers de Grandes Novelistas y por encima, los pocos libros de calidad literaria que por entonces traducía Emecé. De esos libros se encargaba el jefe de la sección, un hombre asombrosamente culto, formal y discreto, cuyas secretas pasiones eran la filosofía (enseñaba Husserl en la facultad) y la música de Schoenberg. Eramos cuatro en la sección: él, dos chicas egresadas del Profesorado y yo. Nos sentábamos en una isla de escritorios enfrentados, rodeados de diccionarios, y sólo se podía hablar cuando él decidía hacer una pausa en su trabajo para ir a servirse un café. Pero cuando en uno de esos ratos libres me pescó leyendo el Doktor Faustus, de Thomas Mann (en lugar de peinar la horrible novela romántica que me había asignado), se compadeció de mí y empezó a darme breves clases de música dodecafónica que me fueron decisivas para entender la simbología del libro (Mann había usado como modelo para su héroe a Schoenberg). Todo iba extraordinariamente bien entre nosotros hasta que llegó una traducción del alemán a nuestra sección. No era nada habitual que Emecé tradujera libros del alemán, y el único capaz de supervisar esas infrecuentes traducciones era él. El libro era un texto autobiográfico de un autor desconocido incluso para él (Fritz Zorn) y, aunque se llamaba Mars en lengua original (por Marte, el dios de la guerra), él prefirió titularlo La muerte de un burgués en castellano.

Por culpa de ese libro se acabaron las miniclases y la camaradería que había nacido entre él y yo. Nunca hubo tanto silencio en aquella sección como durante las semanas en que él estuvo corrigiendo ese libro. Daba miedo interrumpirlo, y daba casi el mismo miedo verlo compenetrado en aquel libro: de pronto levantaba los ojos y se quedaba mirando ciegamente a alguno de nosotros y daba alivio que no hubiera una ventana abierta cerca, porque creo que se hubiera tirado ahí mismo o hubiera tirado a alguna de las chicas o a mí. Nunca dijo una palabra sobre el libro, se tomó una semana de licencia cuando terminó y nosotros sentimos un secreto alivio de que se fuera sin decir nada, pero me consta que hizo un trabajo de orfebre con aquella traducción porque yo fui el encargado de llevarla a la imprenta y, como siempre fui un metido, me puse a leer las primeras páginas antes de ensobrarlas y no pude parar en todo el viaje en colectivo, que sólo me dio para los tremendos dos capítulos iniciales y para pispear el final, estremecedor. El libro se publicó sin pena ni gloria, ni siquiera llegó a mesas de saldo y nunca volví a saber de él hasta que hace una semana me lo encontré, reeditado por un sello español, con el título Bajo el signo de Marte y una faja que lo vende como obra maestra explosiva y desgarradora.

La traducción era la misma y casi se alcanzaban a ver las mínimas cinceladas que le hizo al texto, con pulso estremecido, mi jefe de aquel entonces. Fritz Zorn tenía treinta años cuando escribió su único libro, en unos pocos meses, corrido por la muerte. No llegó a verlo publicado: el cáncer lo devoró antes. Sólo llegó a saber, en su cama de hospital, horas antes de morir, en 1977, que una editorial suiza había aceptado publicarlo. El libro empieza así: “Soy joven, rico y culto; soy infeliz, neurótico y virgen. Provengo de una de las mejores familias de Zürich, he tenido la mejor educación burguesa y me he portado en forma acorde toda mi vida. También me estoy muriendo de cáncer, cosa que cualquiera deduciría automáticamente de lo que acabo de decir”. La apoteosis de la medianía burguesa, esa idea de vivir salpicándose lo menos posible de cualquier cosa, alcanza su máximo esplendor en Suiza (la siempre neutral en toda guerra, que nadie la toque, eso nunca, que traigan su dinero solamente) y dentro de Suiza en Zürich, la más conservadora, la más hipócrita, la que rige a las demás, y dentro de Zürich en la burguesía acomodada de la Costa Dorada en la orilla derecha del lago, donde nació Fritz Zorn en cuna de oro, en una familia en la que de nada se hablaba, nada se exteriorizaba y nada del exterior debía infiltrarse tampoco, nunca. Así pasó Zorn los primeros treinta años de su vida hasta que le descubrieron un tumor en el cuello, y de pronto tuvo nombre aquello que lo asfixiaba desde que tenía uso de razón y no se atrevía ni a pensar en eso. “No soy yo mismo el cáncer que me devora, es mi familia, mi origen, mi herencia, soy el rehén del cáncer burgués”. Con sólo un año de vida por delante se declara en estado de guerra total contra lo que él cree que le causó ese cáncer que está devorándolo y procede a diseccionar en su persona la espeluznante negación de la vida en que consiste la idea de lo burgués. “¿Quiénes son mis enemigos? Mis padres, mi familia, el medio en el cual crecí, la sociedad burguesa, Suiza, el sistema. En el concepto de lo burgués se oculta algo que es hostil a todos. En mi calle, en Zürich, todo debe estar en calma siempre. Se manifiesta como un imperativo: ¡Calma, calma!, como quien dice ¡No vivan, no sufran, no hagan ruido! Yo fui atacado por el mal que ataca en mayor o menor grado a toda nuestra sociedad actual. Yo soy el ocaso de Occidente. Yo soy el carcinoma de Dios.”

Aquel jefe mío que me había explicado cómo funcionaban en el Doktor Faustus la alegoría entre la música atonal, el pacto con el diablo y el nazismo, sin hacer en ningún momento la menor alusión a lo que estaba pasando en el país en ese momento, leyó este libro como si asistiera a un derrumbe interior, y decidió él solo y silenciosamente cambiarle el título y ponerle La muerte de un burgués. Leyendo ahora el libro no paré de acordarme de la cara con que nos miraba de pronto aquel jefe cuando lo estaba corrigiendo. Todos estábamos muertos de miedo en aquella época, nos diéramos cuenta o no. A cada uno se le chispoteaba por el lugar más inesperado. A este jefe mío le vino cuando este libro lo demolió. El también estaba en el país, aunque se comportara como un suizo. En aquella época, en ambientes como Emecé, ésa era la actitud “civilizada” ante lo que estaba pasando en el país. Pero muy de tanto en tanto pasaban estas cosas chiquitas ahí: uno de ellos les decía, como un suizo, en voz muy baja, desde la tapa de un libro que se publicaría sin pena ni gloria y después se desvanecería en el aire, que algo olía a podrido en la dirección en la que iban, que estaba todo mal, que todo olía a muerte, que no se lo podía negar más. Aunque una semana después volviera a su silla como si aquello no hubiese sucedido.

 


Es la Presidenta de la Fundación José Saramago.

Incansable, trabaja día y noche gracias a la

vitamina de los ideales. “No entraré en política partidaria,

yo milito en Saramago”, confiesa relajada en esta

entrevista exclusiva que concedió al diario español “Público”

el pasado viernes 5 de agosto de 2011.

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Pilar del Río (Sevilla, 1950) nunca fue pequeña ni lo quiso ser. Ni en casa -es la

mayor de 15 hermanos, la mayoría dedicados al alma: psicólogos, antropólogos

y hasta un cura- ni en la vida, para lo que le sobran ideas, como dijo su marido, el Nobel José Saramago. Siempre fué grande y pensó a lo grande en un mundo chico, estrecho y represivo, en el que su madre siempre estaba embarazada y su padre, agente de seguros y piloto, representaba a Dios y a Franco. Por eso esta andaluza, periodista de profesión y presidenta de la Fundación José Saramago, quería de pequeña ser misionera. Para ir más allá, suprimir las fronteras, ser libre.

“Y lo he conseguido. Pero no por Dios, al que no necesito para ser solidaria, buena y compartir. Soy misionera porque sé que tenemos conceptos por los que luchar, por eso presido esta fundación”, cuenta, descalza, en un sillón de su despacho, en Lisboa. Acaba de llegar de México y no tiene tiempo para “jet-lag”. Se toma una pastilla para la cabeza y listo. Química contra el dolor, “para contradecir a Dios”. Sus músculos son sus ideas, con las que levanta toneladas. Trabaja 18 horas al día.

“Cualquier tiempo pasado me parece peor. Soy rabiosamente actual. Este es mi tiempo y necesito alimentarme de él. No puedo esperar a que pasen 200 años para leer los clásicos de ahora. Leo mucha mierda, pero también tengo grandes descubrimientos. Ahora sabemos que violar es malo, que pegar es malo… cuando hasta hace unos años violar era legal y pegar, lo normal”, sostiene a punto de escalar por el sillón. “El feminismo es el aire que respiro. Nadie diría “no, yo es que no soy abolicionista”. No se puede no ser feminista y quien lo diga es necio o necia porque no se han enterado de que la mitad de la población está sometida a la otra mitad”.

¿Rajoy o Rubalcaba? Pasa de los tíos y responde: Chacón. “Porque me ha demostrado que no le tiembla la mano y sabe hablar con humildad”, dice quien se llevó a su hijo de cuatro meses al congreso fundacional del Partido Socialista de Andalucía (PSA), en 1976, y le pegó la credencial en el culo. “Ir al Consejo de Ministros con el niño y darle el biberón estaría muy bien porque a lo mejor se firmaban otros decretos. ¿Y hay alguna posibilidad de que Pilar del Río se meta en política? “En política partidaria no. Yo milito en Saramago, mi militancia es Saramago y es universal, porque es de sentido común, de honestidad. Quiero intervenir y que el trabajo que hacemos aquí pueda ser asumido por los partidos”.

Considera que el 15-M sobrevivirá si la gente es consciente de que tiene derechos y obligaciones. Pero no tolera las generalizaciones y que se diga que todos los políticos son malos. Incluso ha roto emocionalmente con una persona, sobre todo porque “esa persona no se levanta a las cinco de la mañana para cambiar la sociedad”. Y le echa un capote a Zapatero y un rapapolvo a los periodistas, que considera sometidos por los cuatro costados, empezando “por el libro de estilo” y terminando por el poder. “Contamos las apariencias y en función de nuestros intereses”, dice como periodista. “Jamás levantamos las alfombras, miramos y contamos lo que vemos aunque nos retiren la publicidad. Somos cómplices del poder, de la crisis… Zapatero no es el responsable. Cuando se empezó a hablar de crisis, los empresarios, sobre todo de la construcción, no hicieron ni caso y se siguieron forrando de lo lindo”. Por eso tira las páginas de economía de los periódicos.

En un momento dado, se reclina en el sillón y abre una ventanita para la nostalgia: “Venía de México en el avión y miré, como siempre, al lugar donde habitualmente iba José. Una vez más estaba vacío. Pero de repente lo vi. Fue una escena maravillosa. Estaba oyendo su voz, sintiéndolo a él”. En el avión se emitía “José y Pilar”, la película dirigida por Miguel Gonçalves. Ahí estaban, en mitad del océano, continuándose el uno al otro.

Texto de Olivia Carballar. (“Público”, 5 de agosto de 2011).

 


Después de La Gracia y decidida a no volver por el momento a la escena, la actriz de La nave de los locos y Matar al abuelito trabaja en su segundo libro de ficción, una historia sobre la soledad en las grandes ciudades, que combina drama y humor.

Hace seis años, cuando ya tenía tres Martín Fierro en su haber, Inés Estévez dejó su carrera de actriz. “La exposición nunca fue natural para mí, siempre la padecí”, confiesa. Se dedicó a escribir y en 2011 apareció su primera novela, La Gracia , con historias que ocurren en un pueblo de provincia. Ahora se está tomando un año para terminar su segunda novela, que editará también Sudamericana. Tiene dos protagonistas, transcurre en Buenos Aires y habla, dice Inés, “de la soledad en las grandes ciudades”. En cuanto al clima, será similar al de La Gracia . “No sé como definirlo, tiene sustancia dramática y también tiene humor, ¡como la vida!”, reflexiona.

Estévez mantiene su vínculo con la escena a través de los seminarios de formación actoral que dicta desde hace cuatro años. Ella, que como actriz fue autodidacta, está preparando un libro sobre su método de enseñanza.

-¿Qué particularidades tiene tu método?

-Cuando llegué a Buenos Aires desde mi ciudad natal, Dolores, me intimidaban los profesores. Creía que los sistemas de enseñanza no eran para mí. Con el tiempo me fui dando cuenta de que no era eso, sino que a la gente, en general, el rigor no la ayuda. Le sienta mejor el aliento. Entonces diseñé un método apoyado en la afirmación de los puntos fuertes de cada uno y el desarrollo de los puntos débiles. A los estudiantes les voy formando su propia capacidad de evaluarse. Todo tiende a que no dependan tanto de la mirada del otro. Así se logra disfrutar de la propia creatividad. El profesor debe ponerse al servicio del alumno para sostenerlo, no por encima de él para aplastarlo.

-¿Tenés algún ritual para escribir?

-No, ritual no, pero necesito paz, silencio, aislamiento. Cuando estoy en la ciudad, las mañanas y las noches son los momentos de más tranquilidad. También escribo en el campo, en una casita que tenemos en medio de la nada, de la nada misma, y aprovecho porque ahí el día rinde y el ámbito ayuda. Allá terminé de corregir La Gracia.

Fuente: diario “La Nación”, Buenos Aires, 30 de julio de 2011.


En un libro llamado El paraíso argentino, el escritor Claudio Zeiger reúne una serie de ensayos y retratos de autores aparentemente tan disímiles como Benito Lynch y Eduardo Mallea, Silvina Bullrich y Oscar Hermes Villordo. ¿El punto en común? Todos ellos habitaron el Edén de la fama y todos fueron desterrados al olvido.

Varios de estos autores llegarán a la televisión y firmarán cientos de ejemplares en la feria del libro. Sus rostros serán conocidos por los lectores y ellos cultivarán, con mayor o menor énfasis, imágenes o figuras públicas rutilantes. Esas figuras públicas, muchas veces, condicionaron las lecturas de sus libros y, es de temer, la consideración posterior de sus obras, colocándolas al borde de la expulsión del canon y del olvido.
Claudio Zeiger elige una serie de autores argentinos que tuvieron estrepitosos auges y caídas. Pico de popularidad y olvido vergonzante. Lo que más curiosidad genera, advierte Zeiger, es que son autores que no pertenecen al canon con mayúscula, lugar que ocupan Borges, Cortázar, Silvina Ocampo, entre otros; pero, curiosamente, no están tampoco en lo que podríamos denominar el anticanon, que es el lugar de Puig y Copi, de Lamborghini, Fogwill y Walsh para dar algunos nombres. El gran tema es el olvido, son olvidados desde lo literario, desde lo cultural, desde lo histórico social y político, entonces, parafraseando una cita de Bullrich: el olvido es un momento muy largo.

¿De dónde surge la idea de escribir un libro como El paraíso argentino?
Surgió mientras estaba escribiendo mi última novela Redacciones perdidas. Uno de los ejes gira alrededor de los años cincuenta, en una trama de periodismo, literatura y bohemia, y esto me llevó a rastrear la literatura argentina de esos años. Así que un poco la punta, el hilo del cual empecé a tirar fue sobre todo las novelas de Manuel Mujica Lainez, especialmente las novelas de una serie que se llamaba La saga de los porteños. Dentro de esa saga está el libro Invitados en el paraíso, este libro fue armando mi interés por esa época, una época que podríamos llamar edad de oro, con todas sus connotaciones tanto de edad mítica como de algo que está destinado a perderse. De modo que con el tiempo se fue haciendo una suerte de espejo en la no ficción, en el ensayo, y empecé con los primeros retratos de vida, lo que para mí es el corazón del libro: los escritores de los años cincuenta, que luego entran en el auge de los sesenta con la industria editorial, con el best seller nacional, con una actividad cultural y social muy importante, para, finalmente, caer en el olvido.

Hay distintas clases de olvido en este libro, o por lo menos tres: el olvido desde la vida del escritor, la obra del escritor y el escritor dentro de la historia argentina.
El que tenía más claro como aglutinante de estos nombres era el plano del olvido literario. No hay reediciones, los libros que vos encontrás son las ediciones de la época, y estamos hablando de ediciones fastuosas. El caso de Silvina Bullrich, por ejemplo, son tiradas de 20.000 ejemplares. Se puede hacer la salvedad con Mujica Lainez, que está siendo reeditado ahora, porque hay una Fundación que se ocupa. Yo marcaría que son escritores que por distintas razones han sido víctimas de distintas formas de olvido porque también han generado distintas formas de incomodidad en el campo intelectual, o lo que podríamos llamar la trama cultural argentina. Es cierto que los capítulos están armados como retratos de vida, alrededor del olvido. Fijate lo que sucedió con Benito Lynch, que fue lo que se denomina un misántropo, era un personaje que cultivaba mucho misterio alrededor de su vida.Yo lo interpreto en términos de una suerte de melancolía imposible de reponer por no haber hecho la vida de gaucho. Estaba destinado a otra cosa. Es un caso de soledad extrema, y es el que abre el libro. Cierra Marta Lynch, la radicalidad del olvido a través del suicido.

¿Y por qué estuvo muy cerca del poder durante la última dictadura?
Marta Lynch es el caso más incómodo. Representa esa suerte de abandono, de cómo se les soltó la mano a los escritores de esa órbita de derecha, de esa derecha cultural, y sobre todo de una suerte de elite, donde el único contraejemplo es Villordo. Naturalmente, les llega una suerte de crepúsculo con la apertura democrática. Por otra parte, son los años en que mueren Cortázar y Borges, unos años después muere Silvina Ocampo, también Eduardo Mallea que era una especie de prócer, en esos pocos años empieza a desaparecer físicamente la gran literatura argentina, y estos escritores que estaban alrededor de todo eso empiezan a caer en un abandono de parte de lo que sería el campo intelectual. En el caso de Marta Lynch es complejo, por dos motivos: su suicidio y su presunta relación con el almirante Massera.

Cuando uno piensa en la literatura, la obra se independiza del autor. Pero en estos casos parecería que el escritor se llevó la obra.
Fijate lo que ocurrió con Sabato. Con su muerte física la obra encontró su lugar de autonomía total. En estos casos en que no se pudo producir esa instancia, con la desaparición física de los autores y su consiguiente olvido, los libros son arrastrados por esa misma corriente… Me refiero a la corriente de lo que podría denominarse fama. Para mí eso lleva a discutir no tanto el tema de la autonomía de la literatura sino qué pasa con los libros de un mercado literario. Existió el boom de la novela argentina, y esos libros que entraron dentro de esa zona fueron arrastrados y no pudieron ser retenidos por nuevos lectores o por la crítica. El caso de Silvina Bullrich es el más paradigmático, sus libros tenían una primera tirada de veinte mil, treinta mil ejemplares.

En el caso de autores como Silvina Bullrich, ¿se puede hablar de una literatura que envejece?
Tiendo a pensar que los libros se ven beneficiados por un cierto clima de época y una cierta sensibilidad. Las novelas de Silvina Bullrich, haciendo un recorte, porque estamos hablando de cincuenta títulos, muchas han envejecido, otras son un disparate propio de una producción industrial, y hay una cierta cantidad de libros que se pueden leer con los cánones de la literatura ligera. Yo no creo que la literatura se torne anacrónica por el paso del tiempo. La materia fundamental de la literatura es el tiempo, el paso del tiempo: el pasado. Sería condenarla por sus propios materiales, ¿no?

También en algunos se puede ver cuál era la sensiblidad de la época.
Cuando uno toma el ejemplo de Eduardo Mallea, comprende rápidamente que hubo un cambio que lo dejó de costado, muy interesante teniendo en cuenta que su figura de escritor es una suerte de síntesis contradictoria entre Sur y Contorno. Y en cuanto a la sensibilidad, estoy pensando ahora en Beatriz Guido que quería hacer lo que David Viñas, y cuando lo hacía se convertía en un best seller que procesaba, como en una especie de licuadora, el gorilismo y los militares. El caso más paradigmático es Beatriz Guido porque su antiperonismo la convierte en una escritora demasiado áspera, sin comprensión, sin un mínimo de ternura hacia sus personajes. El hoy tan citado Arturo Jauretche, en su libro El medio pelo argentino, le dedica un capítulo entero a Beatriz Guido.

De algún modo usted consigue reconstruir lo que estos escritores quisieron ser.
Me gusta pensar que El paraíso argentino es el libro de un escritor que se está mirando en un espejo desordenado. La literatura proviene de esa tensión que surge del orden de lo literario y la experiencia de vida. La vida de un escritor es un relato en sí mismo. Esa tensión uno la puede seguir en los escritores. Seguramente Silvina Bullrich quiso ser primero una gran escritora del siglo diecinueve, después quiso ser Simone de Beauvoir y terminó siendo Silvina Bullrich, lo cual no es poco. Güiraldes quiso ser Flaubert, quizá José Hernández y terminó siendo Ricardo Güiraldes.


SIEMPRE POBRE, SIEMPRE ORIGINAL Y DUEÑA DE UNA OBRA DESVIADA DE LOS

CÁNONES, LA GRAN DOROTHY PARKER SUPO HACER DE SUS DESPLANTES

UN ESTILO TAN EFÍMERO COMO LA DIVERSIÓN.

Si no doy una vuelta por el parque/ influiré sobre el mundo/ si estoy todos los días en la cama a las diez / puede que mi aspecto regrese/ si me abstengo de la diversión y demás/ es probable que llegue a ser alguien/ pero seguiré siendo como soy porque me importa un bledo”, decía en los subtítulos de la película Jennifer Jason Leigh mientras ponía voz de alcohol y reviente pero que no perdía la modulación clara del Actor’s Studio. Homenaje tardío para Dorothy Parker quien no pudo cobrar regalía por no haber sobrevivido mucho más allá de su último whisky.
Una vez un hombre le confesó a “Dotty” que cuando le había dicho que ad-miraba su obra, había mentido. Ella le contestó que también había mentido cuando le había sonreído. Otra vez le dijeron que otro hom-bre, muy inexpresivo, había muerto. Ella respondió: “¿Cómo lo supie-ron?”. Y cuando un tercer hombre le hizo muy mal el amor entre unos arbustos ella lo consoló: “No te preocupes, jamás tengo en cuenta los ensayos”. El arte de la réplica tiene la paradoja de congelar al otro y al mismo tiempo ponernos compulsivamente a su merced: tener la úl-tima palabra es una adicción y una condena. Se dice de Dorothy Par-ker que era ingeniosa. Sin embargo, cuando se contempla una serie de televisión desde El show de Dick Van Dyke hasta Casado con hijos se sospecha que o bien Parker influyó en todo el sistema de réplicas de la comedia norteamericana o bien perteneció a una cultura oral de la que ella fue una más entre los menos. Pero es probable que, como suele suceder, su fama de desopilancia social no fuera más que una manera de encubrir el genio de una obra poco canónica. Dotty (el di-minutivo suele esconder intenciones paternalistas, mientras que el La junto al apellido es el pasaporte a la universalidad) fue, se sospecha, el chivo expiatorio de su generación, un ser llamado a representar, cuando todos los perdidos se han hecho sistémicos, el pasado común, pendenciero, licencioso y chispeante.
Escritora por dinero -escribía bajo ese pretexto- fue víctima y cómplice de la eterna rueda de presos de los delincuentes culturales: el capataz de diseño gráfico que exige a la hora de cierre unos subtí-tulos para un cuento de Borges, el editor que rechaza una sutil histo-ria de amor, furioso porque su adversario ha conseguido la foto del mi-nistro del Interior acostado con una travesti, el productor que encarga que el caballo de Troya venga con respiraderos saca de los créditos a Salvador Dalí. Pero también del maitre que no admite pedir “sólo la entrada”, el portero que escucha las quejas de los vecinos por escándalo, el consorcio que no admite mascotas, el mozo que se sobresalta ante el pedido de whisky doble de una dama sola.
Dorothy Parker pedía dinero. Como la mayoría de los mendigos, era fastuosa e insensata y solía devolverlo en un gesto casi artístico: le re-galó a Lillian Hellman un cuadro de Picasso y otro de Utrillo. Cuando su amiga lo consideró necesario se los reembolsó en forma de che-ques. Dorothy Parker no recordó haber recibido ninguno. En su mesita de luz, luego de su muerte le encontraron cheques firmados has-ta siete años atrás. No era efecto de la dipsomanía sino una suerte de lección zen: “La caridad es criminal, y usted lo sabe. Pero creo que si el gobierno financia a sus artistas éstos no tienen por qué sentir gra-titud -el atributo más mezquino y despreciable del mundo- ni tie-nen que aceptar que les envíen canastos ni tienen por qué lustrar manzanas”, dijo.
Dorothy Parker se divirtió. Pero desgraciadamente nada de lo diver-tido queda. El recuerdo encubridor suele ser edificante pero lo que re-prime es lo insoportable. El divertido es por esencia un ser que olvida, luego cree que no ha vivido. Su obra le es extraña, sus contemporá-neos no le creen porque cuando relata saben que, creyendo o fingien-do recordar, inventa.
Ésa era la señora Parker y el círculo vicioso (así tradujeron la película). C’est tout era el nombre de su perro de aguas.
Los que se arrogan tener los archivos del dandismo mucho más allá de una cuestión de vestuario a la Brummel o el desprecio por el dinero que unía al uruguayo Roberto de las Carreras -en 1904 escribió con forma de reportaje y cierto spleen anarquista el elogio de la mujer que lo había corneado frente a todo Montevideo- con nuestro Fernando Noy, que vive como un duque aunque tenga los bolsillos vacíos mientras se estrena una de sus obras en plena calle Corrientes, a las ovejas negras con los poetas decadentes, no registran mujeres dandis. Postulo la nominación para Dorothy Parker, quien aun ganándose la vida en la plebeya Hollywood se las arregló para seguir siendo  pobre, original  y excesiva, siempre con el amante adecuado para una infelicidad  duradera y autora de una obra de la que nunca cobraría derechos de autor: la de una réplica ingeniosa o una salida oportuna de la que han muerto todos los testigos.

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Dorothy Parker (Nueva Jersey, 1893-Nueva York 1967). Escritora, guionista y poeta, carga con dos intentos de suicidio como mínimo en su biografía, muchas citas memorables, amantes fallidos y una obra que describe de un modo inusual y corrosivo las relaciones cotidianas del “ciudadano y la ciudadana comunes de su tiempo”. Parker fué una de las creadoras de la liga Antinazi de Hollywood.

Fuente: María Moreno, revista “Debate”, Buenos Aires, julio de 2011.

UN MUNDO FELIZ


 

ACERCA DE ALDOUS HUXLEY

Si de verdad el mundo fuera un lugar feliz, Aldous Huxley no hubiera escrito una de las mejores novelas futuristas y filosóficas de la historia de la Literatua Universal. Nacido en Inglaterra en 1894, perteneció a una familia de intelectuales y tuvo una exquisita formación académica. Viajero emperdernido, a los 22 años publicó su primer libro de poemas. Recorrió el mundo y vivió en varios países antes de afincarse en Estados Unidos, en donde escribe, en 1932 y en sólo 4 meses la obra que lo haría famoso: “Un Mundo Feliz”, una visión pesimista (y visionaria) de un mundo en donde se muestra una sociedad regida por el condicionamiento psicológico como parte de un sistema inmutable de castas. Un verdadero alarde de virtuosismo técnico, complejidad y riqueza de personajes.

Murió en Los Angeles, el 22 de noviembre de 1963, el mismo día del asesinato de Kennedy, a los 69 años y el mundo perdió una inteligencia excepcional. Además de ser un adelantado en su tiempo, Huxley tenía un saber enciclopédico, fruto de un gran curiosidad intelectual. Era un tipo de ingenio incisivo y pensamiento abierto que, además de interesarse profundamente por el misticismo, lo hizo también por el mundo cotidiano y sus exigencias: la paz, la ciencia, la conservación de los recursos naturales, etc. Su mentalidad no aceptó nunca el juego gratuito de las ideas y en su pensamiento encontramos la necesidad de aportar al mundo una estructura útil.

Escribió novelas, poesía, ensayo, crónica, cuentos, relatos, diarios de viaje… Genial, transgresor y virtuoso. Un verdadero líder del pensamiento moderno.

Alberto Bemposta.