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LA INCOMODIDAD DEL CAMBIO


Hace un tiempo que cada vez más gente me dice más seguido que todo está pasando mucho más rápido. Algunos sacan cuentas en voz alta: cómo que otra vez es Navidad, cómo que ya termina el año. Es una experiencia de vértigo, de lo vertiginoso. Escuché a mucha gente decir que este año se le ha pasado más rápido que ninguno antes en su vida. Que fue una ráfaga cargada de hechos, de contenidos, de palabras, de imágenes y emociones. Este año que termina lo empezamos raro porque Néstor Kirchner había muerto hacía poco y porque no había candidata confirmada. Y después fue como subirse a una montaña rusa. Algo de esa imagen tiene nuestra vivencia colectiva del tiempo.

Pero no es sólo el 2011: esta semana se cumplen diez años de aquellos 19 y 20 de diciembre en los que emergimos de la cloaca en la que alguien nos había estaqueado. Hace diez años el Estado era bobo, débil y asesino. Así lo habían diseñado los sectores a los que les convienen los Estados bobos, débiles y asesinos. Los hay a montones. Hace diez años éramos un magma emergente, sin forma, sin sonido, sin habla. Eramos una torre de Babel de individuos que no sabían cómo hacer para volver a encastrarse, a enredarse entre sí, a crear algo colectivo. Eramos náufragos de un sistema neoliberal y ni siquiera se hablaba entonces de neoliberalismo. Los grandes diarios no criticaban al neoliberalismo. A este país lo estaquearon en la cloaca mediante un juego de enredos entre los principales partidos políticos y los grandes medios, que propiciaban a los ministros y a los presidentes. Clarín pedía desde sus tapas a Cavallo. Y sus articulistas afirmaban que los recortes eran inevitables y signo de gran coraje. Lo hicieron hasta el mismo día del estallido.

El cambio de época, que nos excede y es global, viene acompañado por esa vivencia subjetiva del tiempo, que volvió a estar lleno. Estamos ya muy lejos de aquella Era del Vacío de Gilles Lipovetsky, cuando intentábamos aprehender qué traía la posmodernidad, y todo estaba vacío, o era líquido.

Fue aquel otro tipo de experiencia del tiempo. El que precedió a la crisis fue el arribo masivo de la imagen reemplazando al texto. Fue la explosión del videoclip. Fue la celebración de lo breve. Fue la era de la segmentación. La irrupción de las minorías. Un mundo tuneado, expresado a través del tatoo, el stencil, el slogan, los dj, el sushi, la tevé, lo light, lo fast, lo low y lo metrosexual. La libido mundial estaba en las metrópolis, y el mundo era un monumental pelotero en el que millones de personas incluidas en esos sistemas en los que reinaban los servicios, los deliverys, los chats y los countries, llevaban en apariencia las vidas más entretenidas de la historia humana. Pero fue también la era de la simulación, y no había que raspar mucho para encontrar, bajo la enorme demanda de entretenimiento, una sensación de inmovilidad y hastío.

Era un mundo sin política, un mundo despejado de política después de que los ex alemanes del Este derrumbaran el Muro y se lanzaran a Berlín a comerse todas las bananas que encontraron. Era un mundo en el que la incorrección pasaba por votar a Clemente o a Burt Simpson. Muchos de los candidatos de la política disponible libraban sus únicas batallas entre ellos y en la televisión, y en lugar de buenas ideas exhibían buenas dentaduras.

Mientras tanto, muchos países se fueron adaptando a regímenes más o menos brutales de exclusión. La exclusión fue el telón de fondo de ese mundo sin política, en el que los derechos humanos eran un tema aguafiestas. La gente del lado de adentro estaba tan entretenida con todas las opciones en las góndolas, con las mesas de dinero y los realities televisivos, que fue como si no se hubiese dado cuenta de nada. En el lado de afuera de esas sociedades hubo una enorme masa de sufrimiento, como la que vuelve a avecinarse ahora sobre Europa. Angela Merkel ya lo ha pronosticado. Europa tiene dos generaciones sacrificables. La crisis es tan aguda que, como aquí, quizá habrá hijos de diez años que nunca habrán visto trabajar a sus padres. No hay postal más precisa de la orfandad social que provoca un mundo sin política.

La época que nos toca tiene muchas virtudes, pero ninguna de ellas es la lentitud y mucho menos la comodidad. Velocidad, incomodidad: esos registros mentales, pero sobre todo sensoriales, de la época permanecen como pliegues inexpresados que sin embargo abordan y trastocan cada día nuestras vidas privadas. Lo público se interna allí, en lo personal, y le imprime vértigo y tensión.

Hay un relato antiguo y muy desarrollado sobre la comodidad, el que la funde con el confort. Las viejas sociedades de consumo formatearon esa noción a la que todos los del lado de adentro aspiraban. Colchones, aviones, autos, cremas, sillones, toallitas íntimas, prótesis, relaciones afectivas, candidatos: todo debía acercarse a la idea de confort. El cambio siempre podía esperar, lo importante era no hacer olas.

Hoy, que el personaje del año que termina es, para Time, “el manifestante”, somos guantes dados vuelta para el lado de afuera, el lado público. Sabemos ya que la lucha por la felicidad es política, y que se libra con nosotros en las calles. En la incomodidad del frío o el calor, en la incomodidad del grito, en la incomodidad de la movilización. Sabemos, los ciudadanos de muchas edades, muchos colores y muchas inclinaciones políticas que no es quedándonos en nuestras casas y callándonos la boca como conseguiremos un mundo mejor. Y sabemos que ese mundo es posible. Y aunque aquí no hay indignados, sí hay millones de personas dispuestas a la incomodidad del cambio. Porque lo nuevo late, y tiene sentido.

Por Sandra Russo. Diario “Página/12”, sábado 17 de diciembre de 2011.

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ALGORITMOS MÁGICOS


Por Rodrigo Fresán

Desde BarcelonaUNO El algoritmo como nueva versión de la fórmula mágica, de pócima secreta, de solución o problema para todos los males de este mundo. Se persigue el algoritmo del todo y la nada como alguna vez Ahab persiguió a la ballena blanca de su locura y como Viktor Frankenstein persiguió el rompecabezas de la vida artificial. Y –como en todos estos contratos con letra pequeña y donde sólo unos pocos iniciados son parte de la empresa y de la gesta– siempre está el riesgo de que tu obsesión y tu creación se vuelvan en tu contra.

Como en Moby-Dick, como en Frankenstein.

DOS Steve “Big Mac” Jobs. Que estás en los cielos y descansas en Pad. Su rostro en todas partes. Primero y hasta hace unos días su foto de despedida mirándote a los ojos en el site de tu Mac cada vez que la encendías. Ahora, esa misma foto es la que se repite en la portada de su flamante biografía firmada por Walter Isaacson y recién aparecida, en simultáneo con la edición norteamericana, bajo el sello Debate. Número 1 en ventas non-fiction aquí y allá y en todas partes. El libro de Jobs, sí. Dicen que se trata de una biografía autorizada, pero dicen también que Jobs no se metió y dejó hacer. Lo único que le preocupaba –y para lo que se reservó la aprobación última– fue la portada del libro, que tiene mucho de la elegancia de todo producto/pack/mac. Muy blanca y muy negra. Adentro, claro, zonas oscuras, desperfectos, imperfecciones en el programa donde lo zen hace cortocircuito con el materialismo. Así, en la investigación de Isaacson a la caza del algoritmo vital de Jobs –con quien estuvo conversando casi hasta el final–, el magnate del diseño informático suele aparecer como un tipo más bien complicado, torturado y torturador, exprimidor de colegas y aplastador de competidores, obsesionado con Bob Dylan (una de las pocas personas frente a las que, al conocerlas, se quedó sin palabras) al punto de salir durante un tiempo con Joan Baez, experto en el tormento psicológico y la agresión en público y, en ocasiones, más preocupado por la apariencia y el envase que por el contenido y la realidad. Alguien abandonado por sus padres biológicos lanzado desde un garaje a la conquista del infinito y más allá con modales de Conde de Montecristo y Citizen Kane sin jamás perder de vista a su Némesis y gemelo techno-espiritual Bill Gates. Y, en sus últimas páginas el Steve Jobs de Walter Isaacson no resuelve el enigma de alguien apostando fuerte a la compulsión adictiva y coleccionista de nuestra raza. Y ganando. Pero, también, perdiendo al jugarse –inicial y un tanto ingenuamente– su salud a la automedicación alternativa y a jugos espiritualistas new age hasta que ya fue demasiado tarde (cuenta el biógrafo que despreciaba las máscaras de oxígeno por estar mal diseñadas) y el cáncer había saltado a otras piezas de su modelo. “No quería que su cuerpo fuera abierto”, reporta Isaacson, como si Jobs pensara que la exploración de su carcasa revelaría algo que no debía ser revelado. Lo que –hasta sus últimas horas de este lado de la pantalla– no le impidió a Jobs aullar a los cielos que no descansaría en paz hasta destruir a algo llamado Android ahora responsabilidad de la gente de Google o algo así. ¿Sus casi últimas palabras de casi científico loco?: “Emplearé hasta mi último suspiro si es necesario y gastaré cada centavo de los 40.000 millones de dólares que Apple tiene en el banco para corregir esto. Voy a destruir Android porque es un producto robado. Estoy dispuesto a ir a una guerra termonuclear” y alt y esc.

TRES Así, Google y sus derivados eran la bestia negra de Jobs y meses atrás, en The New York Review of Books, leí un largo artículo de James Gleick. Leer sobre estas cosas –en mi caso– no significa necesariamente comprender. Pero yo sigo hasta el final con disciplina y optimismo y es por ahí donde me encuentro con algo más bien inquietante que no sabía pero que sí entiendo. O al menos eso creo. Parece que el codiciado algoritmo que alienta divinamente a Google tiene voluntad propia y que, en palabras de Gleick, mientras nosotros buscamos cositas, su inteligencia artificial lee nuestra mente y nos cataloga y codifica. Y no demora mucho en analizarnos y ofrecernos los resultados que –según el fantasma de la máquina– más nos conviene sacar. Es decir: Google –eso que acabó con toda duda y discusión de sobremesa acerca de quién actuaba en tal o cual película– no es democrático ni mosqueteril, no es todo para uno y uno para todos. Y, según los creadores de Google, el próximo paso será un implante neuronal: pensar y encontrar sin necesidad de apéndice exterior a nuestro cuerpo y –expandiéndose, absorbiendo los algoritmos de otras empresas– I’m feeling lucky. En uno de los libros analizados por Gleick en su ensayo –The Googlization of Everything (And Why We Should Worry), de Siva Vaidhanathan– se lee y se advierte: “No somos clientes de Google: somos su producto”. Y así, sin prisa ni pausa (pero cada vez más rápido, con más que algo de ritmo), Google acaba trazando el algoritmo de cada uno de sus usuarios. Hasta darnos en la tecla.

CUATRO Voy y vuelvo de Holanda a dar una conferencia sobre ese google/relato que es “El Aleph” de Jorge Luis Borges. Y en el aeropuerto de ida –junto a decenas de Steve Jobs– está lo nuevo de Robert Harris: The Fear Index. Lo compro, lo leo, lo entiendo y lo tiemblo. Y si en su anterior thriller contemporáneo –tan bien filmado por Roman Polanski– Harris se “vengaba” de su gran desilusión con Tony Blair, aquí Harris se mete con el caótico mundo de las finanzas de ahora mismo. The Fear Index –que filmará Paul Greengrass– trata del destilado de un algoritmo milagroso llamado Vixal-4 con capacidad para medir y provocar aullidos en los mercados y actuar según le convenga llegando a provocar, cuando lo considera pertinente, rampantes apocalipsis en picada en las Bolsas del mundo. En la novela de Harris, el siempre impreciso miedo de los seres humanos es el factor a precisar, a destilar, a bajar a una serie de letras y números como, por ejemplo, “casi 5.000.000 de desocupados en España”. Y enseguida Vixal-4 –cuya inteligencia y libre voluntad crece exponencialmente, como kudzu arrastrándose por los cables del planeta– decide que ya no necesita de órdenes para poner orden en nuestro desorden. Así, el terror como algoritmo calibrable y Vixal-4 creciendo a versión bursátil de HAL 9000. Y en un gran momento de The Fear Index, Harris apunta que alguna vez soñamos con máquinas que se ocuparían de hacer todo aquello que nos disgusta, como limpiar la casa y dejarnos tiempo libre para ocuparnos de los grandes asuntos. Pero resulta que está ocurriendo todo lo contrario: somos cada vez más parecidos a robots de carne y hueso ocupándose de trabajitos sin importancia a cambio de pagas cada vez menores mientras las computadoras suplantan –en el acto y día tras día– a profesionales capacitados luego de años de estudios.

Por las dudas, por si les interesa, no creo estar arruinándole nada a nadie: The Fear Index termina mal, muy mal.

Contratapa de “Página/12” del martes 01 de noviembre de 2011.


Cayetana de Alba puede tenerlo todo, pero la osteoporosis no reconoce título nobiliarios. Pisó la oreja de una alfombra en su palacio de Dueña –¿pero por qué no habrá leído los sabios consejos para la quinta edad que sugieren plegar y guardar todo tapete o alfombra por más persa que sea?– y se quebró la pelvis. Adiós a la luna de miel en Tailandia. Así empañó su boda con Alfonso Diez, el último gran suceso de la café society y también el más “democrático”: los paparazzi, las cámaras de televisión y los sitios de Internet hicieron que todos los don Nadie de este mundo que no conocen el Gran Mundo tuvieran la sensación de haber estado ahí. Según José Luis de Vilallonga, cronista mayor del quién es quién internacional, y a quien gloso en gran parte de esta nota, la café society fue bautizada así por la reina María para definir a los miembros de la aristocracia inglesa que, a principio del siglo XX, decidieron combatir el rictus victoriano con el culto a la extravagancia, el gasto imaginativo y los viajes que permitieran no vivir el invierno en ninguna parte. La café society cultivaba el leve tartamudeo y el culto del aburrimiento de la clase alta inglesa como si la oratoria fuera un arte propio del que quiere ser admitido en donde sólo se admite a los bien nacidos –cosa de vendedores y abogados– y la diversión, una experiencia del que ha conseguido algo que antes no tenía –cosa de trabajadores–. La revolución entre los que odian la revolución sucedió cuando el duque de Portland se casó por plata con una ricachona norteamericana. Desde entonces, la café society admitió títulos comprados, joyas falsas y miembros de la farándula.

Cuando la café society pasó de la crème de la crème al ketchup, cambió su nombre por el de jet-set. Y Cayetana de Alba tuvo allí asistencia perfecta.

La otra

Su contracara de toda la vida ha sido Luisa Isabel Alvarez de Toledo y Maura, duquesa de Medina Sidonia, que se casó con su secretaria, Liliana Dahlmann, once días antes de morir, y que nunca quiso saber nada con su apodo de “duquesa roja”. Contra el rey, Comité Central o palacio, ella fue siempre de oposición.

El turno de la duquesa fue el 17 de enero de 1966, cuando un avión de la armada norteamericana con base en el aeródromo militar de Morón, en Sevilla, que llevaba cuatro bombas de hidrógeno a bordo, chocó con otro avión que lo proveía de combustible. En nombre de la reparación, desde el Departamento de Estado norteamericano se gestionaron excavaciones que levantaron capas de tierra de diez centímetros en seis mil hectáreas a la redonda, de un metro más cerca del lugar de la coalición. Fue el primer perjuicio visible para el pueblo de Palomares: las cosechas se perdieron o lo poco que quedaba mal vendido debido al fantasma de la radiación. Entonces los campesinos llamaron a la duquesa, famosa por gritar “¡Viva el rey!” cada vez que se encontraba con Franco. Ella les puso abogados asesores, llamó a la prensa y, como el millón de dólares reclamado por las pérdidas no llegaba, amenazó con que todo Palomares marcharía sobre Madrid. Propuso a Cayetana de Alba que la acompañara a la cabeza, pero ella no quiso y fue una pena porque debido a su amistad con Biddle Duke, embajador de los EE.UU. en España, seguramente habría influido y Franco trinado si esas dos cuyos títulos alcanzaban para llenar la carretera de Palomares a Madrid, encabezaban la marcha.

La movilización fue reprimida, la duquesa puesta en cana, aunque la largaron a los quince días, pero su prisión más larga fue de ocho meses luego de que publicara fuera de España su novela La huelga. Entonces fue acusada de ultraje a todas las instituciones de España, pero más al Generalísimo, acostumbrado a que la revolución no venga de los árboles genealógicos.

Cayetana, en cambio, de justicia nada. Cuando miembros del Sindicato de Obreros del Campo se plantaron frente a alguno de sus palacios para hacerle reclamos, ella dijo que le importaba un bledo, que no iba a molestarse ante unos pocos locos a quienes luego llamó directamente “delincuentes”. Tuvo que comerse sus palabras, desembolsar 6000 euros y un débil argumento: haber tenido “un episodio esporádico de desorientación temporo-espacial con pérdida de memoria”. Es cierto que su impunidad nunca alcanzó la de Sir Tomas S…, otro miembro de la café society, que cuando le hablaron de Jesucristo exclamó: “¿Pero qué puedo tener yo en común con el hijo de un carpintero judío?”.

Cuando Cayetana pagó para ser filmada para la televisión en su palacio de Liria (Esta es su vida), la duquesa roja comentó: “Para las pobres familias amontonadas de diez a veinte personas en las conejeras de los alrededores de Madrid, eso quería decir: ‘Miren cómo vivo yo, puesto que ustedes son lo bastante boludos como para no venir a destriparme’”. También se rió cuando Cayetana de Alba, quien una vez por año se presentaba en un hospital rodeada por sus paparazzi para donar sangre, fue palmeada en el culo por un obrero enfermo, que había recibido su donación y le gritaba desde su lecho “¡Primita!”.

La maja quirúrgica

Cayetana siempre hizo lo que quiso: un par de tetas, un viaje, una conversación con Onassis. Es injusto decir que su rostro muestra los estragos de la cirugía estética. Que su cara se parece a la de todas las ex bellezas que se la hacen una y otra vez: labios de pescado o de pato, frente extendida hasta el borde de la calvicie, cabello lo suficientemente largo como para tapar los nudos y zurcidos de antiguos refreshing, lisura de porcelana en frío, sonrisa difícil. Propongo que al ser ella una pionera, los cirujanos, que son cholulos, vienen copiando desde hace décadas su modelo de rostro, rostro ya inhumano, como de otra galaxia, de acuerdo con los parámetros cinematográficos de la ciencia ficción. No creo que Cayetana ignore su aspecto, sólo que prefiere ser un monstruo antes que una vieja. Ella, para quien el origen es todo, se niega a que en su rostro quede algo del original. Para originales los retratos de su tatarabuela, firmados por Goya (La maja desnuda y La maja vestida).

No tiene importancia que Alfonso Diez haya sido hasta ahora un hombre de mil y pico de euros mensuales. Si Cayetana se hubiera casado con un hombre más rico, al ser su propia fortuna tan inmensa, sólo se trataría de asumir grados de desigualdad.

Y como Cayetana hace lo que quiere, y a pesar de que para algunos es dudoso que el modelo de las dos majas de Goya haya sido una duquesa de Alba, ha decidido que no sólo desciende de todo lo que desciende, sino también de un par de cuadros.

Por María Moreno, diario “Página/12”, 02 de noviembre de 2011.

LA SONRISA DE MAMÁ


Madre e hija, Mirta Figueroa y Valeria Licciardi celebran el Día de la Madre revisando fotos familiares y haciendo sus comentarios al pie. Como suele ocurrir en las mejores familias, la caja de Pandora deja en libertad lo más oscuro y también la esperanza. Un proyecto de familia, un hijo que es una hija, una idea de feminidad transmitida y renovada, orgullo y admiración que pasan de una a la otra. No siempre el mismo álbum trae los mismos recuerdos a quienes lo miran, y las historias felices también están hechas de desencuentros.

La institución “álbum” con su papel manteca o celofán, sus fechas escritas en el reverso y en birome, los colores que van variando de acuerdo con los avances técnicos de los señores de Kodak, ya pertenecen al museo del siglo XX. No sabemos aún cómo será el ejercicio de recordar la propia infancia y la infancia de los hijos con la profusión de instantáneas digitales, cuando ya no existe la primacía de la pose sino de la secuencia, material de descarte y a la vez “colgable” en red. Tal vez existe más libertad para seleccionar los hitos o incluso para perderlos todos. Valeria Licciardi, actriz, camarera y directora de una flamante casa de diseño, nació hace 26 años. Por lo tanto, pertenece a una de las últimas generaciones que a la hora de reconstruir escenas de su pasado recurre casi mecánicamente a la caja de las fotos. Los padres jóvenes, la mamá con pelo largo, el asado, el bebé con la cola para arriba, el primer día de clase, cumpleaños, vacaciones. Una selección que negocia entre lo azaroso que incluye gente de la cual uno ni recuerda el nombre, con las obligatorias, las que constituyen el canon de la familia unida. Cuántas escenas se recuerdan como fundantes sólo porque se las ha podido visitar regularmente en el álbum de fotos. De hecho, lo que no se dice en una conversación ni en una entrevista se escupe aquí ante la aparición de una imagen.

Valeria nació en una familia de clase media en Adrogué, donde su madre y sus hermanos todavía viven. Su padre murió cuando ella era muy chica y no llegó a saber que había tenido una hija. Valeria primero fue el segundo de tres hermanos, David el más grande y Magalí, que llegó ocho años después de Valeria. Las fotos de esa época lo muestran así. Luego, primero ella y más tarde su madre advirtieron que las cosas no eran exactamente como parecían. Cómo construyeron la escena familiar con este dato, qué negociaciones debieron hacer para no quebrar los lazos y cómo aparece el pasado ahora, a la luz del presente

Mirta: –Yo soñaba, a mis 20 años, con casarme y formar una familia, era el buen ejemplo que me habían dado mis padres. En esa época, aún tan jóvenes, éramos maduros, teníamos muy claro lo que queríamos: casarnos y tener hijos. Siempre tuve muy presentes los valores que me inculcaron mis padres: el valor del amor, de la amistad, el compañerismo, la ética, la estética. Tuve tres hijos: David, Valeria y Magalí. Valeria, hasta cierta edad, hasta su adolescencia, fue mi hijo, mi segundo hijo. Para mí fue todo un proceso, hasta que lo asumí y lo entendí. Y creo que lo tengo muy asumido, casi completamente, diría. No sé si falta algo. En principio es cierto que tuve que hacer un duelo: yo tuve un hijo varón, esto es así. Y luego ya no lo tuve más. A cambio tuve otra hija mujer. Tengo un varón y dos mujeres.

Valeria: –Mi mamá fue criada en otro momento. Tuvo un buen ejemplo, demasiado bueno tal vez: una familia donde el marido era fiel, bueno y trabajador, y la mujer era compañera. Ella fue hija única, por lo tanto una hija exigidísima. Si algo no comparto en absoluto con ella es su miedo. El miedo a tomar ciertas decisiones y correr el riesgo de quedarse fuera de “lo que se debe hacer”. No me conformo con tener un marido, cuando pienso en un hombre, pienso en un compañero. Y no negocio eso. Cuando decidí que ya no quería llamarme ni que me llamaran Pablo, le pregunté a mamá qué nombre había pensado en el caso de que hubiera nacido una nena. No lo analicé mucho en ese momento, pero ahora creo que quería respetar en eso su decisión y su derecho de nombrarme. Me dijo que le iban a poner Valeria, que me iban a poner Valeria. Y aquí estoy.

Mirta: –El cambio se dio en la adolescencia, cuando ella ya empezaba a querer pintarse, quería vestirse y hacer lo que ella sentía. Yo no lo acepté, puse un freno. Lo primero que hice fue hablar con el pediatra que la había atendido siempre, fui a preguntarle cómo es que él no se había dado cuenta, si tenía que haber hecho algo, si era una cuestión de hormonas que habría que haberle dado. Lo primero que pensé fue en algo orgánico. Y entonces él me explicó que no era eso, y me dijo una frase que no me la voy a olvidar nunca y que creo que fue lo que me ayudó no sólo a comprender a Valeria sino a que estemos juntas hoy: “Señora, usted nunca rompa los lazos de amor, porque si usted rompe eso, lo va a perder”. No la quería perder. Y todo lo que hice, con idas y vueltas, siendo muy rígida a veces y equivocándome otras, fue no romper jamás el amor que yo le tengo a mi hija. Le pedí que esperara para el cambio hasta terminar la secundaria, eso sí. Y ella lo aceptó. ¿Por qué? Por un lado porque yo no estaba segura de si esto era lo que realmente quería, si era un momento de indecisión, de confusión típico de la adolescencia. Creo que también necesitaba un tiempo para mí, para mis familiares y para los vecinos. Vivimos en un barrio, todos sabían que yo había tenido un varón… Yo estaba sola, mi marido había fallecido… Un cuñado me ayudó a contarlo a la abuela, otros familiares comprendieron de a poco, otros no.

¿Va a poner una foto de cuando tenía seis años? Me alegra mucho. Yo nunca le hablo de esa época, nunca le hablo en profundidad, por un lado por respeto y por otro por no hacerla revolver. Pero la escucho con mucha atención cuando ella habla y creo que sí, que tiene muy asumido su pasado.

Valeria: –Tengo seis años. Para entrar a primer grado me cortan el pelo. Desde entonces el tema del pelo va a ser algo de carácter existencial, de un dolor salvaje que merece que lo escriba en otra nota. Tenía unos rulos larguísimos a los que le ponía ruleros cuando acompañaba a mi mamá a la peluquería. Yo estaba ahí, sin entender mucho lo que estaba pasando. Lo primero que recuerdo es que en jardín de infantes me di cuenta de que me gustaban los chicos y que eso no estaba bien. Eso, sumado a que jugaba con las muñecas. Se lo dije a mi mamá, además de que la maestra… Entre los 8 y los 12 años me retraje, no sólo en casa, también en la escuela y también conmigo. Quiero decir que a esa edad empecé a sentir cosas y también a ocultarlas, a dosificar lo que decía y hacía, nunca más fui espontánea. Por eso siento que desde los 8 años fui una niña adulta.

Mirta: –Las amigas tienen que aparecer, porque fueron muy importantes. Son compañeras desde primaria estuvieron con ella siempre. Qué lástima que no traje yo una foto donde están los novios también, porque ella está integrada no sólo con ellas, con sus novios y demás amigos también.

Valeria: –Esa época en que me retraje, me salvó mucho que me iba días enteros a dormir a la casa de mis amigas. Hablábamos del tema, les conté en algún momento que a mí también me gustaban los chicos, como a ellas. Ayudaba el tema de que yo era muy bajito, muy menudito, estaba como para ser protegido. Estábamos en la escuela, no era una chica todavía, ni me había cambiado el nombre, ni me hablaban en femenino, pero siempre me trataron como a una mujer.

Mirta: –¿Si alguna vez me preocupó o asocié que por ser travesti mi hija se convirtiera en prostituta? No, jamás pensé eso. Porque es mi hija, porque la conozco, sé quién es y qué quiere. Eso no tiene nada que ver con que hoy discutimos sobre si iba a salir o no en la foto con esa pollerita. Yo le decía: “Es una nota sobre el Día de la Madre, ¿te parece ponerte esa pollera? ¿No debería ser algo más serio?”. Pero bueno…

Ella es muy familiera, los fines de semana muchas veces se lo pasa en casa. Me repite mucho últimamente que yo he sido muy valiente. No es así. Yo le digo, siempre tenemos algo que resolver. Tengo más de cincuenta años y todavía en el trabajo pasa algo que no me sale o no me gusta, y estoy noches sin dormir, preocupada por cualquier cosa.

Valeria: –Todo lo femenino que tengo, lo tengo de ella. Me encantaba verla pintarse, siempre tuvo muy buen gusto, yo la acompañaba a comprar ropa, la copiaba. A medida que fueron pasando los años, todo eso lo fue dejando. Por eso ahora yo le insisto tanto con que se arregle. Le explico que no son ideas que traigo de otro lado, es ella la que me lo enseñó. Vos sos la que iba todos los sábados a la peluquería, la que tenía siempre las uñas arregladas… Ella, por su formación, este reclamo lo siente como un nuevo mandato que tiene que obedecer. Y bueno. Yo lo hago porque la quiero y también como un modo de reivindicar a la mujer que es, que somos. Haciendo esta nota la vi, después de muchos años, elegir ropa. No mirar vidrieras al pasar o porque tenés que ponerte algo; nos maquillamos juntas y eligió lo que le podía quedar mejor.

Por Liliana Viola. Suplemento SOY de “Página/12”, domingo 16 de octubre de 2011,


Estudiantes bonaerenses que se levantan a las seis de la mañana para llegar primeros a la excursión, grupos de amigas que vienen de nuevo, pertrechadas con mate y cámara digital, familias enteras que hacen horas de cola para ver los glaciares, darse cita en el Orgullo Nacional o mirar boquiabiertos a los voladores de Fuerza Bruta. La exposición Tecnópolis es el parque temático de un país soñado. ¿Quiénes vienen, qué agradecen, de qué se ríen? Hay que verlo. El 55 por ciento se pasea por Tecnópolis.

 

 

A las cinco en punto nos encontramos en el 
Orgullo Nacional.
El profe encabeza un grupo de recién llegados a Tecnópolis. Son unos cuarenta, y tienen en las caras la ansiedad del que apenas intuye el mundo guardado dentro de esas carpas y estructuras futuristas; vienen del barrio Altos de San Lorenzo, de las afueras de La Plata. La tarde más larga puede hacerse corta si se quiere visitar cada rincón de la megamuestra del conocimiento y la ciencia.  Una murga de La Boca los recibe con tambores  y baile  a lo largo de la explanada inicial. Se quedan allí, varados un rato, hasta que las mujeres los alientan a seguir, a meterse en el pasillo central comenzando por el pabellón del agua, para llegar a tiempo al show de Fuerza Bruta. En ese punto es que Tecnópolis se vuelve bicentenario, festejo, parte de un 2011 histórico en el que esos bailarines en el aire, suspendidos como águilas humanas en el cielo, hacen y harán recordar por generaciones a los millones que se acercaron  a la 9 de Julio en mayo, y a este campus pegado  a la General Paz en estos últimos dos meses, en una país en construcción.
-¿Dónde? -pregunta una doña que tiene a tres chicos de las manos, en cadena.
-En el Orgullo Nacional, el pabellón de ladrillo,  al fondo nena -le dice otra, cargada de bolsos en los que asoman termos y bolsas de nylon llenas de comida.
Es un martes filoperonista, casi perfecto si no fuese por esos nubarrones en el cielo de Villa Martelli que anuncian lluvia a pesar del calor y de la luz gris, intensa, molesta.   Ya crucé la expo por eso que podríamos llamar avenida principal,  y asumí que para entrar a algunos sitios hay que tener paciencia: los glaciares, por ejemplo. Aunque sea martes, aunque parezca que el monstruo azul y blanco, que de día parece salido de una película de ciencia ficción setentosa, y de noche un parque de diversiones del 2120, hay gente por todos lados; casi siempre son jóvenes o niños. Aunque vayan en contingentes mayores, la placidez de la feria los mezcla unos con otros, los pone en estado alfa. Se mueven como en un retiro espiritual ruidoso: están conectados, como nunca, a una idea de país que se les vuelve real en estas maquetas, en estos proyectores, en esas pantallas. La virtualidad de Tecnópolis es su gran logro; no es una afirmación tajante, aunque tenga un peso contundente: es más bien una enorme posibilidad. Los hielos del glaciar se dejan caer cuando viene el verano para volverse agua, y el agua volverá a congelarse el próximo invierno. Esta dinámica tan natural y prosaica en la feria se vive como una constante: la feria cuenta a  cada paso cómo se arma, se piensa y cómo se vende eso que antaño se llamaba “adelanto”. Y después de muchos adelantos, llego a un parque, más allá de los pibes que saltan en skate, los visitantes se vuelven bonaerenses en pleno Woodstock, tirados en la hierba, como maestras de guardapolvo blanco sentadas en los bancos de plaza, riendo, y charlando, más los niños trepados a los juegos, riendo también. Uno de tan plácido tiene cierta sensación de ficción pura.
-No, chicos, vamos, tenemos que ir a buscar las cosas de los glaciares.
Romina le dice a Yamila, y Yamila a todo el grupo, que no, que Fuerza Bruta está buenísimo pero más tarde porque repiten cada tantas horas.  Yamila y sus amigos son de Guernica, todos del 3º de la  Escuela Bernardino Rivadavia. Tardaron como dos horas y media en venir en el micro pero llegaron de los primeros igual. Se levantaron a las seis, no les importó nada, les venían prometiendo el paseo y no aparecía el bondi. Dicen que Guernica, que la escuela, que su barrio, están “hermosos”. Así, dicen que heeeermosos. Que los profes de la escuela son unos genios. A esta altura uno comienza a sospechar, no todo puede parecer un spot de campaña y al mismo tiempo a pensar: acá está claramente el 55 por ciento. En la escuela de Guernica los pibes están en un gran momento, con la moral altísima: ganaron una expo educativa con un proyecto que pensaron y montaron ellos. Tiene tres orientaciones, la electromecánica, la de maestro mayor de obra y la de alimentación.
-Hicimos una trituradora de botellas de plástico, una fábrica de galletitas con semillas reforzadas para los chicos de las escuelas y una estación ecológica en una plaza -dice Yamila.
Las demás la rodean como un coro de niños cantores. Otros, a sus espaldas, se toman fotos en las letras tamaño edificio de Nano, pabellón de nanotecnología. Yamila dice que entraron en la carrera, porque ahora competirán para un curso de capacitación que les permita comenzar con su propio emprendimiento. Yamila tiene 17, su mamá es ama de casa, su papá policía. Dice que en el barrio se ven “adelantos”, que “la Kirchner da mucha plata pero a veces uno piensa que a algunos que no hacen nada no debería darles”, y que ella se da cuenta porque su fiesta de quince fue mucho mejor que la de su hermana mayor y por la computadora que recibió hace poco, igual que todos sus compañeros. Cuando las tuvieron en las manos, dice, estaban embobados y pasaban todo el día enganchados. Ahora sólo la usan para el colegio, no se imaginan, dicen los otros, cómo sería sin la compu, no se imaginan sin el autocad con el que ahora hacen los planos de obra.
Durante la semana Tecnópolis es de los que llegan en grandes grupos,  a veces de mucho más allá de la General Paz. Son contingentes multitudinarios conducidos en colectivos que suelen venir en caravana desde el interior, como ése de adolescentes de Tandil que ahora llena el escenario central y ve, al ritmo de la música electrónica, cómo unos muchachos fortachones corren un techo transparente sobre sus cabezas. Es una cancha que parece la arena de un coliseo en el que pelearán gladiadores contra leones feroces en cualquier momento; pero no. La globa cubre a unos 300 pibes que bailan y hacen pogos frenéticos mientras otros dos fortachones manejan unos manguerones, tambien transparentes, que lanzan aire y agitan papelitos blancos para terminar de armar una escena inolvidable: desde el cielo, los atletas que pendían de sogas atadas a una estructura gigante entran por dos agujeros en el techo de vinilo. Entran como insectos, y cuando llegan al piso, enganchan a una chica del público a la que se llevan, cual indio que se aleja en la planicie con su cautiva voladora.
El espectáculo termina cuando los muchachos de los arneses aterrizan, se mezclan con la gente y suben al escenario donde otros le dan al parche. Todos bailan como en una rave. Los morochos de musculosa arrían el techo de la globa, y la masa sale para que en un rato entren otros. Álvaro, de 17, alumno de la Media 8 de Tandil, 5to 5ta, dice que lo único malo es que viajan por un solo día, pero que hoy nomás son 600. Mariana Villar, la profesora de matemática, dice que todas las escuelas de la ciudad están viniendo, y que es la mejor propaganda porque allá todos hablan de Tecnópolis, cada uno cuenta la experiencia. Tecnópolis es el relato de Tecnópolis, el país que los chicos cuentan al volver a casa.
-Los que todavía no vinieron se quieren matar -dice Álvaro, y se funde con sus coterráneos, de fiesta.
Algo parecido pasa en el barrio Altos de San Lorenzo, según me cuentan las doñas, reunidas ya con el mate y las masitas en unas escalinatas a la sombra. Claudia, de 42, es la mala onda. Marta, de 37, la empática. Rosa, la mayor, la muda que al final habla. Mil veces me ha tocado un trío parecido de amigas, de ésas que disfrutan criticándose entre ellas sin piedad, pero se ríen y no se enojan. Las trajo un colectivo que consiguió la cooperativa Los Coquitos, que dirige un tal Coco, de nombre Ricardo González. A través del mentado los maridos trabajan en la limpieza del arroyo Maldonado y del Rodríguez y las mujeres haciendo mantenimiento en la Universidad, en el edificio de 1 y 47. Por ese laburo ganan 1200 pesos. El marido de Marta es uno de los encargados, entre los dos hacen como para no quejarse, dicen. Claudia se queja un poco. La muda, Rosa, dice que ella sí está mal, solamente con lo que le da “la Kirchner” por los chicos. Está tratando de entrar en una cooperativa, pero no la llaman. Parece que no tiene línea con el Coco.
-Esto es bárbaro -dice Marta-, estábamos ansiosas por venir. Anoche muchos de nosotros ni dormimos.
Es que los de la JP Liberación, unos pibes que militan en el barrio, las tenían con que sí, con que mañana, la semana que viene, y suspendían. Agarraron el micro de Los Coquitos, pero si los de la JP lo consiguen, vuelven a venir. Marta, claramente, es la kirchnerista convencida. Larga la típica, yo en política no me meto. Pero resulta que es la líder de un grupo de tambores -eran 30 y ahora son 70- que se llama como la placita donde ensayan: Los reyes del sol naciente. También estos se ganaron un concurso, pero de producciones artísticas en derechos humanos por unas canciones que hablaban de los derechos de los niños. Se envalentonaron, se independizaron, y ahora son grosos, sienten.
La callada se envalentona de puro no dejarle toda la escena a la Marta.
-Vos te hacés muy la militante de ahora, pero militante había que ser en los setenta nena! -le zampa.
Ella, que a los 14 años, cuando era una pendejita, llevaba información de los compañeros de Berisso a Ensenada, de Berisso a La Plata, ella sí que fue una militante. Entonces, dice, uno ni se podía imaginar Tecnópolis, ni el país en construcción este.
-Yo digo, si sos tan miliante, porqué no me ayudás para entrar en la cooperativa -le dice.
Y en esas quedan, pasando el mate, rodeadas de pibes alucinados que les piden jugo y que vuelven rápido a la parte de simuladores, que ellos antes de irse quieren alucinar un ratito más y listo. Para conocer Tecnópolis no alcanza el día, se hace poca la tarde. Hay que volver a Tecnópolis.

Crónica de Christian Alarcón para la revista “DEBATE”, Buenos Aires, Octubre de 2011.


La ex-niña prodigio y reina de la telenovela argentina, actúa y produce para Canal 7 de Buenos Aires (TV Pública), una serie de unitarios con temas de contenido social. En charla distendida, Andrea habla de trabajo, amigos y política nacional contemporánea.

 

 

“Perdí eso que llaman «fin de semana». Mis jornadas laborales empiezan ahora en domingo y terminan el domingo siguiente”, dice Andrea Del Boca, sin perder la sonrisa, mientras recibe a LA NACION en su casa, al mismo tiempo que su madre en el teléfono ajusta el horario de otro encuentro con el periodismo y ella cuenta que más tarde tiene una reunión con unos empresarios que harán su aporte para la ficción en la que está trabajando, en el doble rol de actriz y productora. El primer resultado del trabajo para el que ella debe ponerse un rato en la piel de una hija en la encrucijada de internar o no en un geriátrico a su padre con Alzheimer o el de una madre cuya hija adolescente quedó embarazada, mientras piensa en los cheques que debe librar para pagar gastos de producción y más tarde pasar a ver cómo quedó la edición de algún capítulo, podrá verse esta noche, a las 22, por Canal 7. Se trata del primer episodio de Tiempo de pensar, la serie de unitarios, de una hora, que la emisora estatal pondrá en pantalla, los sábados en ese horario, durante 13 semanas y que tocará distintos temas de raigambre social, como el del lugar de los ancianos en nuestra sociedad, la adicción a las cirugías estéticas, los embarazos adolescentes, la violencia laboral, la trata de personas, el robo de chicos, la discriminación, el divorcio, la adopción y la infertilidad.

-¿Este proyecto no iba a ser una telenovela?

Sí, yo en la productora tengo el proyecto de hacer una telenovela, pero en este caso los tiempos no daban. Estaba en el medio de la gira con Eva y Victoria en teatro. Los tiempos de una telenovela son distintos de los de un unitario, sobre todo, durante los meses en que se extiende. Por las necesidades de ambas partes, fuimos ajustando las cosas, y surgió este proyecto. Por un lado, yo tenía ganas de hacer algo para la televisión pública, y ellos querían hacer ficción, con la idea de Tristán [Bauer] de generar algo que tuviera posibilidades de posicionarse en el exterior, para mostrar a nuestro país como sociedad. Esto es algo bueno, para recuperar un lugar que se perdió en los últimos años. Lo que se vende últimamente al exterior son los formatos, los libros. Con eso se hacen versiones de nuestros programas en las que no se ve a nuestros actores, a nuestros paisajes o a nuestra idiosincrasia. Pero es bueno que el aporte de la televisión a la exportación cultural sea con programas hechos en el país. Esto lo saben muy bien México o Brasil, donde se le da mucha importancia. Esta idea fue un factor muy importante a la hora de venderle este proyecto a la televisión pública y no a un canal privado.

-¿Y la cuestión emocional de tu vuelta a Canal 7?

[Se ríe] -En realidad, prácticamente no volví al canal. A este programa lo hacemos en mi productora y le vendemos la lata al canal. Lo afectivo es volver a la pantalla del canal que tiene mucho que ver con mi historia. Mi padre empezó allí. Entre los 60 años de trabajo de él y los 42 míos, juntamos 102 años de televisión. También allí se conoció con mamá. Por otro lado, yo trabajé mucho en el 7, con telenovelas o con unitarios. Programas que marcaron hitos no sólo en mi carrera, sino en la historia de la industria. Esto también influyó en la decisión de estar en la televisión pública.

-¿Tu salida de Pol-ka fue en buenos términos?

-En lo contractual, sí. Terminé mi contrato y fin.

-Se dijo que tu definición política de los últimos tiempos lesionó la relación.

-No en temas contractuales

-¿Y en el trato día tras día?

-Se tornó un tanto frío. Me hubiera gustado que no se mezclaran las cosas. Los seres humanos podemos no coincidir, pero esto no tiene por qué generar un distanciamiento. Más allá del hecho de que como empresa no le debe haber gustado mi alineamiento político, pero mi postura política no tendría que haber influido, porque yo fui contratada como artista. Como persona tengo el derecho de defender mis ideas, mientras no interfieran en mi trabajo, cosa que no sucedió. Pero lo que más me duele de todo esto es que no sé hasta qué punto se resintió mi relación con Adrián [Suar], con quien nos conocemos y tenemos una amistad desde hace muchísimos años.

-¿Qué fue lo que hizo que asumieras una definición política tan clara, como nunca antes?

En otros momentos nunca sentí la necesidad de hacer un aporte como ciudadana a mi país. Mi aporte pasaba por incorporar temas sociales en las ficciones que representaba. Pero en un momento particular, que fue el de la resolución 125, sentí que había una agresión concreta hacia la Presidenta, hacia su investidura, una falta de respeto a las instituciones. En ese momento, sentí que no quería que nos vuelvan a pasar cosas que ya nos pasaron. La verdad que lo que vivimos en 2001 fue muy duro, fue el infierno, y muchos dejamos que nos pasara por el costado. A los que tenemos 40 y tantos años nos marcó mucho el «no te metás». Pero en el momento de la 125, el conflicto con el campo, sentí que lo que se discutía, como después pasó con la ley de medios, tenía que ver con intereses muy poderosos y no se pensaba que las medidas que tomaba el Gobierno con el tiempo van a beneficiar a mucha gente, en lugar de a unos pocos. En ese 2008, yo vi que había un proceso del que yo necesitaba ser parte. Después fui poniendo las cosas en su lugar, pero en ese momento tenía la sensación de que si dejábamos pasar las cosas sin involucrarnos, nos podían volver a pasar cosas que no queremos que nos vuelvan a pasar.

-Desde entonces se te ve en primera fila apoyando a la Presidenta.

-Siento una gran admiración por ella. Por su figura que, quizá por su condición de género, ha sabido capear ciertos temporales con un coraje admirable. Hay ciertas medidas que han tomado que no se le reconocen sólo en la Argentina, sino que son valoradas internacionalmente. La manera que el país pasó la crisis mundial de 2009 no es poca cosa. Con lo que se está haciendo falta muchísimo, por supuesto, pero hay que ver de dónde veníamos, ¿no? Yo no me olvido de 2001, cuando salíamos a grabar El sodero de mi vida y nos acompañaba una custodia armada porque estábamos al borde de una guerra civil. Me entusiasma ser parte de un proyecto que es una bisagra en la historia.

-¿Qué les contestás a los que dicen que tu apoyo es para conseguir ventajas en tu trabajo?

-Que es una estupidez. Tengo 42 años de carrera. Admiro muchas cosas de la Presidenta, pero mi carrera empezó unas décadas antes de que ella asumiera el gobierno, y no necesité apoyar a ningún gobierno para crecer. Es muy hueco lo que dicen.

Por Ricardo Marín, “La Nación”, 24 de septiembre de 2011.

QUIEN ES ESA ¿CHICA?


La nueva y más exitosa supermodelo del momento es un hombre: Andrej Pejic, un joven bosnio de 19 años que enloquece a los mejores diseñadores del planeta. La androginia camina firme por el mundo de las pasarelas y cada vez son más los chicos que desfilan ropa de mujer. El femiman look se impone, perturba los nervios de más de uno, mientras reaviva la abulia de la moda y engorda el bolsillo de unos cuantos empresarios.

 

Hagan la prueba: muéstrenle a sus amigos, parientes, compañeros de trabajo, alguna de las (a estas alturas) centenares de fotos de Andrej Pejic que pueblan la red. Todos caerán en la “trampa” y sucumbirán ante esa melena rubia, esos pómulos perfectos, esa boca que es un viaje de ida a donde sea que quiera llevarnos y ante esa mirada mezcla de lobo y ave de rapiña que nos pone nerviosos. Esa es justamente la sensación cuando develamos el misterio a los incautos varones que alucinaron con su hermosura: muchos nervios. No es travesti, no es transexual, no toma hormonas (y es que, si les gustó, aunque sea “algo de mujer” tiene que tener) y según algunas publicaciones tampoco es gay. No: sólo es un chico demasiado lindo (si entendemos que no hay nada más lindo que una mujer, claro está).

El efecto de esta confusión debe haber sido lo que Matthew Anderson, el dueño de Chadwick Model’s, sintió hace 2 años cuando entró a un McDonald’s en Broadmeadows, Australia, y no pudo creer la belleza de la chica tan alta y delgada que anotaba su pedido. Andrej Pejic de 17 años trabajaba allí y ya jugaba con su imagen andrógina: “Este tipo vino, quería una hamburguesa con queso. Luego me dijo que pasara a verlo por su agencia de modelos. Es hasta el día de hoy que no sé si pensó que yo era una chica, por lo pronto no lo dijo. Obviamente, cuando fui a la agencia, ellos supieron que yo era hombre, y me contrataron de inmediato”, recuerda Pejic. Poco futuro tenía un hombre tan bello en el mercado de modelos macho que exporta Australia y tampoco era una mujer como para caminar por las pasarelas sin grandes conflictos, convirtiéndose en un profeta en su tierra. Al año siguiente, luego de terminar la secundaria viajó a Londres, allí caminó mucho bajo la lluvia, gastando la plata de sus padres, sin conseguir siquiera una agencia que se jugara por su aspecto andrógino: “Me sentía como Madonna llegando a Hollywood”, declara él mismo, que obviamente no tiene ningún problema en compararse con una señora. Fue en la quinta agencia que visitó solito, Storm, la misma que descubrió a Kate Moss, donde confiaron en él.

Ya en Europa, donde los modelos masculinos son cada vez menos “masculinos”, tuvo claramente un lugar, pero no el lugar que se merecía. Así lo pensó Carine Roitfeld, por ese entonces editora de Vogue en Francia, a quien se le ocurrió vestirlo de mujer.

Andrej pasó estos dos años por Londres, París, después Tokio. Los diseñadores, los fotógrafos, las revistas recibieron con los brazos abiertos a este joven misterioso, que con un poco de brillo labial confundía y encantaba a todos al punto de convertirse en la estrella de la moda de más rápido ascenso de los últimos tiempos. Algo tan increíble como haber sobrevivido a la guerra en los Balcanes y haber crecido en un barrio como Broadmeadows, un lugar peligroso para un chico como él.

De la guerra a la Semana de la Moda

Lo vemos moverse y nos preguntamos: ¿cuál es el sexo de Andrej? En realidad, no importa. Lo que sí importa es que la mezcla de su belleza con nuestra intriga es lo que hace imposible dejar de mirarlo. Y eso es lo que convenció a los editores de Vogue de ponerlo entre sus páginas. Eso fue lo que llamó la atención de John Galliano y de Jean-Paul Gaultier, quien, en París, lo puso a desfilar ropa de mujer con la modelo estrella Karolina Kurkova; juntos parecen gemelas. También recorrió la pasarela como modelo masculino para Raf Simmons y como femenino/masculino para Vivianne Westwood. Actualmente es el nuevo rostro para la campaña de ropa de Marc Jacobs. Pero no es sólo una cara bonita que se viste de mujer. En la última Semana de la Moda en Nueva York trabajó en cinco desfiles de ropa masculina y en cuatro de alta costura femenina. “En ropa de hombre, acuerdan las críticas, es un chico de otro planeta, un alien muy proporcionado. Vestido de mujer es esa mujer de la que nadie puede apartar los ojos.”

El look andrógino de Pejic forma parte de una creación propia de la que el mismo chico es consciente: “Cuando tenía 14 años, me decidí a experimentar con mi look”, explica. Mientras recuerda muy patentes los bombardeos de la OTAN, describe su infancia como encantadora. Le gustaba vestirse de mujer, tomando como inspiración a la gitana de su teleteatro favorito y latinoamericano (mucho indica que se refiere a Zíngara con Andrea del Boca). Cuando advirtió que el hábito no era muy bien visto en su familia, dejó de hacerlo hasta que pocos años más tarde se dejó crecer el pelo y comenzó a cultivar lo que hoy se ve. “No me siento una mujer. Jamás me he dragueado, simplemente quiero sentirme lindo, como suelen querer sentirse las mujeres.”

“A esa edad se llega a la etapa en que te das cuenta de las barreras de género que existen en la sociedad y lo que se supone que debes hacer y lo que no. Realmente traté de ser otra persona durante ese período. Fue difícil para mí no ser capaz de expresarme. Cuando comencé a experimentar, fue una decisión personal porque yo no era feliz. No fue algo que hice para llamar la atención.” Y es que llamar la atención de esa manera no es lo más aconsejable para un barrio como Broadmeadows, un suburbio australiano tristemente célebre por su machismo: “Australia es un país muy machista”, declara Pejic en la revista francesa Photo. “Por suerte yo no he tenido ninguna experiencia horrible.” Claro que se puede conjeturar que la gran mayoría ni siquiera se daba cuenta de que se trataba de un chico y no de una chica. “He estado recibiendo intentos de levante por parte de los hombres desde que tenía 13 años. A veces se sorprenden, pero la mayoría de las veces todavía me quieren comprar una bebida.” Andrej nació en Tuzla (Bosnia) unos meses antes de que estallara la guerra en los Balcanes, luego se trasladó con su familia a Serbia y de allí a Australia en calidad de refugiados. Sus amigos del barrio ya estaban acostumbrados a su imagen femenina, pero de todas formas se sorprendieron cuando lo vieron desfilar un vestido de novia en París en marzo de este año. Esta idea de Gaultier fue la que terminó de imprimir el estilo que lo hace famoso. Por su parte, y agregando más complejidad a un tema que muchos ven como una tajada comercial, el modelo declara cada vez que le preguntan por su género, sus deseos y su futuro, que él invita a pensarlo en estos términos: “¿Por qué no considerar que tengo un talento, un don, una habilidad y tengo la suerte de poder ganar dinero con esto?”. Si a alguien le suena a manipulación comercial de lo trans, también debería sonar a una puesta en valor.

El “femiman look” está en la calle

Quizá una de las más notorias estrellas de la moda, precursora en romper los límites de los géneros, o por ser más justo con tantas predecesoras, quien logra que la inviten al programa de Oprah, sea Lea T, la modelo transexual brasileña que es la nueva cara de Givenchy, y que aparece en una reciente portada de la revista Love dándose un apasionado beso con Kate Moss. Muchos otros modelos han transitado el camino de la ambigüedad sexual. En 2009, el francés Baptiste Giacobini posó desnudo y con tacos altos para la revista Purple; la foto en la que se lo ve de espaldas, inclinado sobre la baranda de un balcón, fue toda una sensación. El chino-canadiense David Chiang también pasea su androginia gélida por las pasarelas. Pero hasta ahora ninguno había llegado tan lejos, a directamente desfilar ropa de mujer como lo hace Andrej. Y dado su éxito, algunos más se animan: el también australiano James Varley, de 21 años, comparte agencia con Pejic y sigue sus pasos.

Pero, ¿por qué los diseñadores quieren que un hombre modele ropa de mujer? En primer lugar porque llama la atención. La duda hace que miremos dos veces, tal vez más y ése es el propósito de una buena imagen de moda. Para Harriet Quick, directora de moda de Vogue Internacional y dueña de una perspectiva políticamente correctísima, se trata de “cuestionar la sexualidad, de difuminar las fronteras. Andrej refleja nuestros tiempos, nuestra cultura. Tiene el mismo aspecto que vemos en los jóvenes en las calles”. Esto es lo que hace que la fascinación con los modelos masculinos andróginos no sea sólo una cuestión fashion. El afamado fotógrafo neoyorquino Alexander Hankoff sugiere que si “la gente es más tolerante con las personas transexuales, el matrimonio y la adopción de parejas gay, es natural que una persona trans aparezca en una pasarela como modelo, tanto para ropa de hombre como de mujer”.

Pero las críticas llegan desde varias zonas: una de ellas la que defiende a las mujeres “reales” del ataque de esta supuesta mafia de los diseñadores que las pretenden tablas, anoréxicas y casi nada femeninas, si lo femenino se entiende por curvas. Para esta postura, la presencia de este nuevo modelo que atiende en los dos mostradores de la moda es el mayor insulto a la condición femenina. La mejor modelo de mujer es la que menos mujer es al punto de ser un hombre. Claro que los defensores de la salud y la estética de las mujeres no tienen ningún empacho en defender sus postura, como lo hace el Daily Mail en estos términos: “La novia sin tetas y con paquete es una novia de Frankenstein”. Habría, según puede leerse entre líneas en esta misma publicación, una secreta mafia gay cambiando el gusto de los otros. Porque “las mujeres de carne y hueso adoran sus curvas desde antes de que Christina Hendricks asombrara al mundo en Mad Men con las suyas. Y a los hombres siempre les gustaron”. O sea, ¿en qué fantasía están estas mujeres andróginas si no en la de los diseñadores? Y los diseñadores, en fin, ya se sabe… Si bien es cierto que los valores de la cultura y la sociedad están cambiando, todavía existen algunos sectores para los cuales la figura de Andrej Pejic es demasiado.

La censura siempre está de moda

Desde abril de este año, Andrej ocupa el puesto número 11 en la lista de los 50 modelos masculinos más importantes de The Models.com y se ubica en el número 98 de las cien mujeres más atractivas de 2011 según la FHM Magazine. Este último reconocimiento generó una gran controversia debido al comentario homofóbico que acompañaba a la foto de Pejic y, por el gran escándalo que esto provocó, fue eliminado inmediatamente de la página web de la revista. Algo más complicado fue lo que ocurrió con la portada de la revista Dossier Journal, en la cual se ve a Andrej sentado con su camisa abierta y su larga cabellera rubia llena de ruleros. Barnes and Nobles y Borders, las dos librerías más famosas de EE.UU., consideraron la foto demasiado subida de tono y exigieron que las revistas fueran presentadas con la clásica bolsa de plástico negro, como si se tratara de una publicación porno. Los voceros de las librerías argumentaron que el torso desnudo del modelo se veía demasiado femenino y la gente podía creer que se trataba de una mujer en topless. Si bien el director creativo de Dossier Journal informó a las tiendas que Pejic era un hombre, éstas mantuvieron su decisión.

¿La mujer perfecta es hombre?

Dicen los que entienden de alta costura que la ropa se luce mejor en alguien que es alto y flaco, con una figura larga y delgada. Esto nos habla de la exigencia tiránica del mundo fashion. Una mujer de un metro ochenta, sin caderas y con pechos casi planos no existe. Los grandes de la moda están diseñando para un ideal de mujer que es imposible. Ante la demanda del diseñador de “más flaca, menos pechos”, la única respuesta posible parece ser “tiene que ser un hombre”. La directora de modas Hilary Alexander entiende que la alta costura es hecha para “cuerpos de mucha altura, de pechos planos, casi ramitas. Un cuerpo que la mayoría de las mujeres, incluso las modelos, no tienen. En esencia, la ropa de pasarela es muy adecuada para un hombre delgado, o incluso un niño”. En este contexto, Andrej es la percha perfecta. Algo que salta a la vista con los numerosos contratos que ya firmó para las temporadas del año que viene. Quizá sus días como femiman estén atados al paso del tiempo, al crecer sus rasgos cambiarán, pero aun así su belleza es inigualable y, como modelo masculino, este chico que sueña con estar en Playboy no tiene techo: “En este momento todo va bien. Todavía soy de un tamaño de muestra, por lo que puedo caber en ropa de mujer. Esta es una industria muy liberal. Puedes ser tú mismo. Simplemente no tienes que tener sobrepeso”, declara irónico. Y agrega: “Lo único con lo que los diseñadores tienen problemas es con mis hombros. Pero, bueno… nadie es perfecto”.

Por Ariel Alvarez, especial para “Página/12”. Agosto de 2011.

 

EL ÚLTIMO BLUES


Mucho se dijo después de la inesperada muerte de Amy Winehouse la semana pasada. Se habló del Club de los 27, al que se sumaba y en el que la esperaban Hendrix, Joplin, Morrison, Brian Jones y Kurt Cobain, entre otros. La prensa mostró su impiedad siempre hablando de sus adicciones. Y los foros de Internet rebasaron de lugares comunes. Sin embargo, poco se dijo de la verdadera tradición a la que ya pertenecía en vida y que su muerte sólo puso todavía más en evidencia: la de las cantantes frágiles e idomables, que sufren por amor hasta morir.

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Algo le pasó en apenas tres años, entre sus dos únicos discos. Cuando lanzó Frank, en 2003, un álbum todo promesa, jazzero, un poco inofensivo, un poco vela aromática, era una chica callejera de ojos acaramelados y curvas, con el pelo largo y un rostro que podía ser hermosísimo o muy extraño, rígido, lobuno. Era la chica nueva de la escena, del norte de Londres, descubierta por el rey de los productores Simon Fuller; la hija con suerte de un taxista y una farmacéutica que había crecido entre el hip hop y Frank Sinatra.

Cuando lanzó Back To Black, en 2006, había encontrado su voz, su estilo y su hombre, y había escrito canciones fabulosas, canciones que sonaban como clásicos, como standards y eran al mismo tiempo absolutamente contemporáneas. Estaba llena de tatuajes bastante espantosos, imágenes de chicas pin-up y el nombre de Blake, su amante, en el pecho. Usaba un rodete (beehive) enorme, que según ella crecía o se achicaba de acuerdo con sus estados de ánimo. El maquillaje de los ojos estaba inspirado en Cleopatra. Ella se parecía terriblemente a Ronnie Spector, pero no era una imitación, era una inspiración, una adaptación, una de las tantas pinceladas del personaje Amy Winehouse, la chica judía de Candem que cantaba como las mejores vocalistas negras de la historia. También, entre esos discos, conoció las drogas más complicadas y cantó sobre que no quería rehabilitarse, que prefería sufrir, en la hipercitada “Rehab”. Después sí haría rehabilitación, muchas veces, pero la canción está siendo injustamente tomada como una declaración de principios, como una advertencia.

Amy Winehouse componía sus canciones y eso no se menciona tanto, a pesar de que es bastante raro en una artista pop contemporánea –o se dice que Back To Black es así de bueno por la producción de Mark Ronson, un productor indudablemente notable y clave, ¡pero que no le escribió esas melodías y esas letras!–. Amy escribió canciones sexuales, sensuales, tristes, de una femineidad desatada, sin miedo, sin falsa elegancia, just like a woman. Amy no era un robot super eficiente como Beyoncé ni una aniñada irritante como Katy Perry ni una loca de gimnasio como Fergie –-además de que era mejor cantante que las tres juntas–. Representaba un tipo de mujer muy brava y muy frágil, con problemas, a los gritos y a las risotadas, puteadora, amigable, cercana, infeliz, fiestera, preocupada. “You Know I’m No Good”: “Lloré por vos sobre el piso de la cocina/ Me engañé como sabía que lo haría/ Te dije que soy un problema/ Sabés que no soy buena”. En su voz suena todo cierto, sincero. Se la escucha llena de deseo, de ese deseo que retuerce el estómago, que es incómodo: esta mujer no es una diosa seductora invencible, esta mujer canta sobre la verdad. “Back To Black”: “No perdió tiempo, mantuvo su pija húmeda/ Y yo, con la cabeza alta y las lágrimas secas, sigo adelante sin mi hombre…/ Solo nos dijimos adiós con palabras/ Morí cien veces/ Volvés con ella y yo vuelvo al negro”.

Y su atención para el detalle es asombrosa: todo Londres está en sus canciones: el pan pitta, las papas fritas al paso, la Stella, los pubs. Y la forma que tenía de describirse a sí misma: “La vida es una cañería y yo soy un penique rodando por sus paredes”.

EL CIELO Y EL INFIERNO

En esos años apareció Blake Fielder-Civil, musa de Back To Black. Un chico que trabajaba en videoclips, pero que nunca estuvo muy claro qué hacía. El chico que hoy todos acusan de haber iniciado a Amy en las drogas. Delgado, con sus trajecitos mod, es como un Pete Doherty con cara de hombre, anguloso, delgado. Cuando se conocieron él tenía novia, ella sufría y escribía “Love Is A Losing Game”, canción de arrepentimiento, de por qué tuve que hacer esto; una canción extraordinaria. El disco salió, él volvió y se casaron en 2007. Enseguida Blake fue preso por pegarle al dueño de un pub y después ofrecerle plata para que se callara. Ella hizo lo que pudo con su ausencia apenas seis meses después del matrimonio –que se hizo a las corridas en Miami–. Lo visitó. Gritó su amor en público, dijo que sin él se moría, se emborrachó, se puso en el rodete gigante –el panal, le dicen– unos apliques con su nombre, lo nombró en cada canción, puso su nombre en su voz, “Blakey baby” siempre y en todos lados. Admitió que cuando él la sacaba de quicio, le pegaba; antes del arresto, Blake solía aparecer ensangrentado, rasguñado. Ella también. Ella nunca acusó a Blake de golpearla. En 2009 se divorciaron, pero siguieron hablando. Probablemente se siguieron viendo. Hoy Blake está preso otra vez, por robo: salió a buscar dinero para su adicción. Tiene una nueva pareja, Sarah, y un bebé recién nacido, Jack. La chica nueva, hace apenas dos semanas, había amenazado públicamente a Amy para que dejara en paz a Blake (“Se mandan diez mensajes de texto por día”, se quejó). Ahora aparece insólitamente conmovida por el derrumbe de su novio que, en la cárcel, tiene guardia permanente por si se suicida: “Cuando me llamó desde la cárcel para decirme que ella había muerto no lo pude consolar. Blake es el padre de mi hijo, pero cuando lo vi con Amy me di cuenta de que estaban enamorados, que eran almas gemelas. Pero no funcionaba. No podían vivir juntos, pero tampoco separados. Para mí fue muy dificil aceptar que él la amaba, pero lo entendí. Creo que Amy nunca pudo superar que Blake tuviera un hijo con otra mujer. Creo que eso la golpeó mucho”.

Amy no hablaba mucho en entrevistas. En la que le dio a Rolling Stone en 2007, la tapa, contestó preguntas sobre Blake. Que todas las canciones eran sobre él, que cuando creyó que nunca iban a volver a verse, sencillamente quiso morir. Durante la entrevista, la periodista Jenny Eliscu la notaba distraída, le preguntaba qué pasaba y Amy respondía: “Estoy pensando en Blake”.

Blake estaba en la mesa de al lado.

LOS PERROS DE PRESA

Los detalles sórdidos de los últimos años de Amy Winehouse son todos públicos. Esos tropiezos y desbarranques que la mayoría vive en secreto eran para ella la tapa de los diarios. Amy descalza en jeans y un soutien colorado, sin maquillaje y llorando, esquelética, tristísima; dicen que esa foto se la sacó un amigo para que “viera hasta dónde había caído”. Amy con manchas de sangre en los zapatos blancos, el jean desgarrado en la rodilla, la tela ensangrentada, un diente menos y los ojos en blanco; Amy desde la ventana de su casa, con una expresión terrible en la cara, como si alguien la hubiera encerrado allí para matarla de hambre; Amy con el vientre distendido de alcohol y falta de comida sobre piernas esqueléticas; Amy y el maquillaje corrido, los dedos quemados por la pipa de crack, manchas de acné más oscuras que sus ojeras, enojada, pegándole a un fan, flaca, perseguida, rubia, casi nunca con el rodete deshecho. En 2008 apareció un video donde se la veía hablando de los Valium que se había tomado para calmar los efectos de otras drogas brutales y, después de darle una pitada a su pipa, entraba en un espiral de incoherencias y malhumor. El video tenía 19 minutos y no era apócrifo; sí lo son las fotos y el video que en YouTube afirman ser de su cuerpo muerto, supuestamente tomados por un celular. La prensa tabloide británica ya está siendo señalada como culpable pero, por supuesto, The Sun y News Of The World son parte de una cultura que desea y gusta ver sufrir a sus celebridades, por muchos motivos pero especialmente por resentimiento, tienen toda esa fama y dinero y lo desperdician, cómo pueden ser tan reventados con lo bien que les va, qué le queda a uno que se desloma y otras joyas del sentido común que no esconden lo fundamental: aquí nadie tuvo compasión. Amy no se tuvo compasión, los fotógrafos nunca bajaban el lente para llamar a una ambulancia, el día después de la muerte más de la mitad de los obituarios decían “no había sido sorpresiva”, los foros cloaca de Internet se llenaron de gente que hablaba de tenerlo merecido y de que ella se lo buscó por exhibicionista, que si necesitaba los tabloides era porque no tenía talento, y hasta su madre dijo que era “una cuestión de tiempo”. Ningún adicto tiene por qué morirse, pero en el caso de Amy Winehouse había un coro de animales de rapiña asegurando que no había otra salida y ella lo debe haber escuchado. En el funeral aparecieron los cómicos brasileños Daniel Zukerman y el además productor André Machado, que tienen por costumbre infiltrarse en eventos como impostores. Graciosísimo, ¿no? Tipo Jimmy Jump, esos chistes mediáticos. Igual de desaprensivos fueron los que la dejaron subir al escenario en ese infame concierto de Belgrado donde fue abucheada por ¿fans?, menos de un mes antes de su muerte. Es incómodo celebrar tiempos pasados, pero al menos se debe admitir que algo ha cambiado: en su último concierto público, el 12 de agosto de 1970, en Boston, Janis Joplin solamente pudo completar dos canciones porque estaba demasiado intoxicada. Al otro día, las reseñas fueron positivas, por compasión, discreción o respeto. Janis murió dos meses después.

Tampoco es Amy Winehouse la única artista estrella acosada por la prensa y la policía –cada vez se parecen más–. Mucho más brutal fue el asedio a Billie Holiday, mujer con la que se la compara con bastante justicia, a pesar de las obvias diferencias de época, peso histórico e iconografía. Billie, que hacia el final de su vida también se paseaba desnuda detrás del escenario, que también expresaba una sexualidad voraz. En 1947, el pico comercial de su carrera, fue arrestada por posesión de narcóticos en su departamento de Nueva York y comenzó el ensañamiento. Su abogado se negó a acompañarla a la corte, aduciendo que “no le interesaba”. Se declaró culpable y pidió la internación. Fue presa, pero cuando salió la gente todavía la amaba y cantó ante un Carnegie Hall repleto. En 1949 la arrestaron otra vez: peor fue perder un certificado llamado Cabaret Card, eso le impedía, por ¡12 años!, tocar en lugares que vendieran alcohol. La policía la perseguía, a veces en complicidad con sus dealers e incluso con sus amantes. Las autoridades exigían que se declarara delincuente cada vez que entraba o salía del país. Murió en 1959 en el Metropolitan Hospital de Nueva York a los 44 años: tenía cirrosis, problemas cardíacos y era adicta a la heroína. La guardia policial había sido retirada de su habitación, por orden judicial, apenas unas horas más temprano.

EL CLUB DE LAS MUJERES DE FUEGO Y LAGRIMAS

Amy Winehouse murió a los 27 pero su compañía después de la vida son las otras divas trágicas, sus voces sobrenaturales, ese dolor de origen conocido o desconocido pero, en todos los casos, imposible de aliviar. Dinah Washington, llamada la “reina del Jukebox”, hermosa mujer negra de Chicago de quien dijo Quincy Jones: “Podía tomar una melodía entre sus manos como si fuera un huevo, quebrarla, freírla, dejarla que se quemara, reconstruirla, poner el huevo de vuelta en la caja y en la heladera y aún así se le entendía cada sílaba”. Se casó siete veces, decía haberlos amado a todos, tomaba pastillas para dormir y para adelgazar, y cuando eso no bastaba, derrochaba en autos y ropa. Cantaba en “Evil Gal Blues”, el blues de la chica mala: “Soy mala, no te metas conmigo/ Te voy a vaciar los bolsillos y te voy a llenar de desdicha/ Tengo hombres a la izquierda y a la derecha/ Hombres de día y de noche/ Tengo tantos hombres que no sé qué hacer/ Pero soy una chica mala y necesito un chico malo/ Es que ando de triste desde que lo perdí al que tenía por culpa de Uncle Sam”. Una canción tan juguetona como triste. Como “You Know I’m No Good”. Dinah murió a los 39 años de una sobredosis, en su cama.

Billie Holiday nunca estuvo con un hombre que no la usara, que no la maltratara, que no quisiera hacerse rico con su voz. Ella sólo sabía aceptarlos: había sido prostituta y, a los 10 años, había sido violada en la institución para niñas negras con “dificultades” donde su madre la había internado. Dicen que su hábito de fumar opio lo tomó de su esposo James Monroe y el de la heroína de su novio el trompetista Joe Guy. La heroína era parte del mundo del jazz entonces; podría haber sido cualquier hombre, cualquier circunstancia o ninguna en particular. Pero Billie admitía que sus pasiones eran destructivas, penosas. Y las cantaba. “My Man”: “No es muy atractivo, no es un héroe de los libros/ Pero lo amo, sí lo amo/ El tiene tres o cuatro chicas que le gustan tanto como yo/ Pero lo amo/ No sé por qué/ El no me dice la verdad/ Y me pega/ ¿Qué puedo hacer?/ Pero lo amo/ El nunca sabrá que mi vida es desesperación…/ Para qué voy a decir ‘me voy’/ Si sé que algún día volveré/ De rodillas”.

La más desgarrada, claro, fue Edith Piaf. Las drogas, la salud destrozada, el amor desolado: el hombre de su vida, Marcel Cerdan, boxeador, campeón del mundo en 1948, murió en un accidente de avión cuando volaba para encontrarse con Edith, en Nueva York. Para aliviar su culpa –ella le había pedido que la visitara, lo extrañaba desesperadamente–, su dolor y su artritis, Piaf se hizo adicta a la morfina y nunca se recuperó. “Hymme à l’amour” y “Mon dieu”, las dos trágicas canciones de amor, ambas son para Marcel.

Y con Janis, Amy comparte además de la muerte a los 27, esa dureza esculpida en la adolescencia, el amor por la música más vieja que ellas, la sexualidad libre y voraz, las drogas claro, pero también ser esas chicas que están de fiesta a los gritos y al rato lo único que pueden hacer es contarse los dedos de las manos, almas gemelas, la chica de “Little Girl Blue”: “Sé cómo te sentís, mi infeliz nena triste, sé que no hay nada más que hacer que contar los dedos/ sé que sentís que no hay motivo para seguir adelante, que sentís que todo ha terminado/ Oh sentate ahí, contá las gotas de lluvia/ Sentí cómo caen a tu alrededor/ Querida, sabés que ya es tiempo/ Siento que es tiempo de que alguien te lo diga, tenés que saberlo/ Que todo lo que tendrás, todo en lo que te vas a apoyar, todo lo que vas a necesitar/ Va a sentirse como esas gotas de lluvia que caen a tu alrededor”.

PARTES DE AMY

El viernes, Mitch Winehouse, el padre, decidió regalar la ropa de Amy a los fans que armaron un altar frente a la casa de Candem. Mitch Winehouse parece el más triste de todos en esta triste muerte, el más compasivo con su hija. Siempre habló con la prensa con cierto optimismo, incluso cuando anunció que su hija tenía enfisema –por el uso de crack– y que Blake le había explicado que ambos se cortaban, se mutilaban, en la abstinencia, para calmar el dolor. Mitch Winehouse parecía creer que si la entendía podría ayudarla. En la foto se lo ve con la ropa de su hija en las manos, menuditas remeras sin mangas, anteojos de plástico blanco, musculosas grises, amarillas, rojas gastadas. Es lo que ella hubiera querido, decía, mientras repartía las reliquias.

Por Mariana Enriquez, suplemento “Radar” de “Página/12”, domingo 7 de agosto de 2011.


La verdad, no termino de creer en la convención de tener que regirme por un número. Desde chica, llevé la vida de una persona más grande. Y las veces que intenté pensar ‘hay una cosa para cada edad’, no lo pude sostener”, asegura Mercedes Morán (55) desde la intimidad de su hogar y ante la atenta mirada de su hija María (34) y su nieta Emma, de 1 año y cuatro meses. Quizá porque nunca se dejó guiar por la convención de un número, Mercedes se casó por primera vez a los 17 años sin que sus padres estuvieran del todo de acuerdo, a los 20 tuvo a Mercedes, y cuando rozaba los 40 dio a luz a su tercera hija, Manuela. Desde hace cinco años, está en pareja con el artista plástico uruguayo Fidel Sclavo y acaba de estrenar El hombre de tu vida, el nuevo unitario éxito de Telefe, junto a Guillermo Francella.


–¿Cómo fue cuando supiste que ibas a ser abuela?

–Era una noticia que estaba esperando, pero con Fidel nos callábamos para no generar ningún tipo de presión. Yo estaba deseando que alguna de mis hijas mayores me dijera que iba a ser abuela. Recuerdo que María y su marido Guido vinieron a cenar a casa y, cuando estábamos por el postre, nos dieron la gran noticia.
–Y a partir de ese momento…
–Empecé a disfrutar de su embarazo, fue una experiencia alucinante ver cómo crecía Emma en su panza y, por supuesto, el día que nació, fue una felicidad indescriptible. Con el “abuelazgo”, reciclé automáticamente mi proyecto de futuro. Jamás imaginé que ser abuela fuera una fuente de energía tan grande. Lo que más me impresionó fue el entusiasmo que me inyectó la llegada de Emma.
–¿Cómo te definirías como abuela?
–A mí me gustaría ser una de esas abuelas adoradas, ocupadas, comprometidas y amigas de sus nietos. Una vez mi hija Manuela me contó que estaban organizando una fiesta con sus amigas y que iban a hacerla en la casa de la abuela de una de ellas. “¡La abuela es genial y no sabés lo que es su casa!”, me dijo. Aspiro a eso, a ser una abuela divertida, con un vínculo diferente, una relación que no encuentren en otro ámbito.
–¿Recordás cómo fue la primera vez que te pidieron que cuidaras a Emma?
–Los chicos tenían un casamiento y nos la dejaron en casa. Por suerte, nos dieron todos los permisos, hasta dejaron que durmiera en mi cama. Me acuerdo de que a la mañana siguiente estábamos con Fidel delante del espejo del baño y nos miramos y dijimos: “¡Estamos más jóvenes!”. Estar en contacto con esa energía tan pura es como un spa. Mucha alegría, mucha intensidad. ¡Qué buena oportunidad me da la vida para estar en contacto con lo más real y lo más auténtico!
–¿Te emociona ver a María en su papel de madre?
–Totalmente. María siempre fue una chica encantadora, amorosa y delicada y me imaginé que podía ser una madre fantástica. Me sorprende ver que nunca esté sobrepasada, lo cual sería entendible por tratarse de su primera hija, además de llevar adelante sus cosas. Algo que pasamos todas las mujeres que tenemos que conciliar la maternidad, la pareja, el trabajo… Muchas veces intento generarle un espacio por si está cansada y quiere quejarse, pero no lo hace nunca porque está feliz.
–María, ¿cómo es Mercedes como abuela?
–¡Una genia! Es muy copada, porque si bien ella tiene una vida muy activa y ocupada, siempre está dispuesta y con buena onda. Es un gran sostén para mí. Todos los jueves le dejo a Emma en su casa porque, además de que me es muy práctico, me parece buenísimo que estén juntas todo un día y puedan armar un vínculo más allá de mí.
–¿Y como mamá?
–También es la mejor, muy compañera. Es muy fácil comunicarse con ella porque es una mujer muy abierta. Ni siquiera en mi adolescencia nos llevamos mal, y eso ya es muchísimo, ¿no? Sin duda, Mercedes es el modelo de mamá que me gustaría ser.
–Mercedes, ¿por qué creés que las mujeres tienen tanta empatía con vos?
–Creo que es una devolución amorosa de la observación desprejuiciada que yo hago de los diferentes comportamientos femeninos. Además, tengo tres hijas de diferentes edades con las que me importa tener y mantener una relación interesante y sana, más allá de haber podido construir o no una familia típica. Yo me separé más de una vez y tengo hijas de distintos matrimonios, pero sin embargo quise que el espíritu de familia siempre impregnase mi vínculo con ellas. Creo que todo eso hace que las mujeres me vean como a un par.
–Esos comportamientos de los que hablás, ¿también te ayudan para conocerte?
–¡Seguro! En la medida que yo no juzgo a mis personajes y me animo a interpretar a una madre opresora, por ejemplo, también me estoy animando a explorar mis zonas más oscuras. Yo creo que todos somos un montón de cosas y elegimos florecer con algunas y tapar otras. Todos somos divinos y horribles y poder explorar mis partes menos divinas es una oportunidad maravillosa que me da la profesión.
–¿Volviste a escribir?
–Sí, durante las últimas vacaciones de verano en Uruguay aparecieron pequeñas historias y recuerdos de diferentes momentos de mi vida. Estoy lejos de publicarlos aún, pero en la intimidad me hace ilusión que esos pequeños cuentos sean ilustrados por Fidel, que es un artista maravilloso.
–¿Fidel es “el hombre de tu vida”?
–Desde hace cinco años, y espero que por mucho tiempo más. Yo he sentido esta sensación más de una vez en mi vida y tuve la fortuna de estar acompañada por hombres a los que les podría haber puesto el título de “el hombre de mi vida”, pero hoy, el hombre que amo es Fidel.
–¿Cuál es el mayor aprendizaje de estos últimos años?
–La edad me ha hecho muy consciente de que mañana todo puede cambiar, para bien o para mal. Algo así como que nada está garantizado y que mañana puede suceder algo que convierta mi vida en algo maravilloso o en una desdicha. Basta de lo que “debería haber hecho” y de lo que “voy a hacer”, porque en esa preocupación nos perdemos el encanto del ahora.
–¿Qué creés que la gente piensa erróneamente acerca de vos?
–Lo más desacertado es creer que soy muy madura, porque aún me sigo diciendo: “¿Cómo puede ser que a esta edad hagas tal cosa? ¿Cuántos años tenés, tonta? ¡¿Quince?!”. Me castigo bastante. Estoy segura de que soy una buena oyente y, cuando alguien me pide un consejo, puedo no transmitirle mi optimismo o mi pesadez, pero conmigo misma mi oído está distorsionado y algunas veces me traiciona. Yo he tenido que trabajar mucho con mi autocrítica y, aun después de muchos años, todavía me cuesta mucho verme trabajar. Me sigue asombrando que el público se ría o se emocione con las cosas que hago. Soy muy insegura.
–Y eso que fuiste distinguida con el premio Konex como Mejor Actriz de la Década…
–Y por segunda vez consecutiva…, una evidencia de que estoy mayor. Lo próximo es el premio a la trayectoria, después el homenaje en vida y ¡fin! [Se ríe.]

(Por Sebastián Fernández Zini, revista “HOLA”, edición argentina, julio de 2011).


Desde que apareció por primera vez en la tele, a los 8 años, en Festilindo, Florencia Peña nunca dejó de trabajar. Se hizo famosa a los 16, en Son de diez. Entonces le decían la Pechocha, hasta que acudió a su primera cirugía y le puso fin a tanta exuberancia. El éxito siguió con Poné a Francella, El show de la tarde con Marley, Disputas, Casados con hijos, La niñera. También hizo teatro -Monólogos de la vagina, Sweet Charity, Frankie and Johnny-; en menor medida, cine -media docena de títulos, desde el debut con Angel, la diva y yo y la más reciente Dormir al sol-, y muchas publicidades.

Casada desde 2003 con el músico de jazz Mariano Otero y mamá de dos varones, Tomás y Juan, la actriz hoy le pone el pecho a su posición política.

Para la entrevista con LNR, nos recibió de batón, chancletas y pestañas postizas en una imponente sala de reuniones de Canal 7. Como la señora Camas, su personaje en la ficción que protagoniza y produce actualmente en esa pantalla. Es raro, gracioso y roza el filo de lo ridículo mantener una charla tan seria con una mujer vestida así. Para la sesión de fotos, entonces, la pusimos a tono con la situación, más sobria, de negro, formal.

Al principio, la entrevista con Peña parecía una charla entre una madre con experiencia política y una hija. Toda definición política tiene un costo. Lo más cómodo debe ser andar por la vida haciendo equilibrio en la línea de flotación: éste no es el caso. Desde su apasionamiento, la comediante, de 37 años, puede reflexionar. Sin convertir el reportaje en un alegato K ni anti-K, la conversación hizo foco en la política y transcurrió con tranquilidad.

-Tu historia familiar ¿qué tiene que ver con la política?

-No tengo una historia familiar de militancia activa. Sí tengo una historia familiar de lo que antes se llamaba gorila, o sea, antiperonista. Gente que se juntaba a conspirar. Yo vengo de una familia radical, conservadora, antiperonista. Mi abuelo escribía en un diario socialista. Mamé ese pensamiento político.

-Hubo un sector del radicalismo y de la izquierda que apoyó el golpe de 1976. ¿El hecho de que se terminara el gobierno de Isabel puso a tu familia contenta?

-Creo que sí. La verdad, si te soy honesta, no tengo tanta data. Mi madre siempre fue antiperonista, hasta el día de hoy, que es cristinista. Y mi viejo, también antiperonista. En mi familia Evita no era una mina querida ni una mina reivindicada, ni un modelo de mujer a seguir.

-Entonces ahora hablemos de vos.

-Yo no soy peronista, pero tampoco soy antiperonista. Cuando tuve voz y voto, voté siempre a los radicales. Nunca voté a un peronista, ni siquiera a Néstor Kirchner. En la elección de 2003 voté a Lilita, la Lilita de otras épocas. Mi primera votación por un peronista fue con Cristina.

-¿Y tu marido también?

-Mi marido sí es militante, es un tipo que siempre estuvo muy politizado. Fue a una escuela pública, el Normal de Avellaneda. Siempre fue más socialista, más Partido Comunista, más de izquierda. El trabajaba en las villas, puso un centro cultural en Avellaneda y trabajaba, desde la cultura, con gente que no tenía casa o que vivía en lugares no urbanizados. Mariano es un pibe que estudiaba en el Conservatorio de Música Popular de Avellaneda, no tenía un contrabajo y lo pedía prestado.

-Es más un pibe de barrio. Vos no. Siempre tu vida parecía más pública que privada, más dedicada a buscar el éxito y el aplauso… y el dinero.

-Creo que reconvertí mi pensamiento. Empecé a diferenciar lo que era el éxito para mí a los 18 años de lo que es el éxito ahora. Hoy hay una brecha entre lo que el afuera me demanda y lo que yo necesito. El afuera me demanda el éxito, los 20 puntos de rating; si no, no existo; si no, me convierto en alguien que queda como fuera del sistema.

-Eso es relativo. Nadie te pide ser Susana Giménez. Hoy el glamour sin contenido está desvalorizado. Hoy el mundo del glamour está representado por Angelina Jolie, que sabe lo que pasa en Haití y en Medio Oriente.

-La verdad, me encantaría creer que es así, porque justamente yo estoy en ese camino: el de desandar la situación de estar puesta en un lugar que no quiero ni me interesa ocupar. Y estoy empezando a andar un camino que tiene que ver con quien soy como persona, con quien soy como artista.

-Vos, que habías votado a Carrió, ¿cuándo te fuiste dando cuenta de lo de Néstor? ¿Cómo fuiste cambiando?

-[Lo piensa mucho]. Quiero explicarte algo que me resulta muy difícil que los medios comprendan. Simplifican diciendo que sos ultra K o que no sos ultra K. El proceso se dio primero en el quiebre que había entre mi imagen pública y quien era yo en mi vida privada. Primero fue un tema personal.

-¿Qué estabas haciendo en ese momento en televisión?

-Casados con hijos. Empecé a darme cuenta de que no me llevaba bien con el éxito y esa cosa de ser la comediante de la Argentina. Fue una época mía en la que era todo para afuera. Cada vez que yo daba una nota (chasquea los dedos en gesto de chispa y velocidad), remaba y le sacaba jugo a las piedras. Después empecé con una implosión. Me decía: yo no soy sólo ésta. Es decir, también soy la jodona, la divertida, pero no solamente eso. Florencia Peña era la que siempre salía con un chiste, trivialmente, y no se sabía qué pensaba ni qué le pasaba, ni por dónde le pasaba la vida. Había algo ahí que me estaba dando infelicidad. Era una mina que con respecto a su país no se había planteado nada. Nada.

-¿Eras una mina que ya no viajaba en colectivo ni iba al supermercado?

-Es el momento en que te parece que vivir en tu casa de Palermo y subirte a la camioneta es lo único y suficiente. Hacía publicidades y ganaba mucha plata. Pero algo adentro me hizo sentir que lo que pasaba con el Gobierno estaba bueno. Y le puse el cuerpo. Le he puesto el cuerpo a la ley de medios, al matrimonio igualitario y, obviamente, a los derechos humanos y a los juicios a los genocidas. Le puse el cuerpo porque realmente sentí que era un punto de inflexión en la Argentina, donde nosotros no podíamos permanecer tibios.

-Ahora bien: no permanecer tibios, ¿es sinónimo de perder autonomía, de no poder descifrar lo que no está bien?

-Yo no compro todo. Me cuesta que escuchen qué es lo que yo compro. Yo no soy ultra-K. No me enamoré de Cristina o de Néstor de una manera ciega, ni apoyo absolutamente todo a mansalva y sin importarme lo que digan. No, no. Empecé a apoyar políticas con las que estaba de acuerdo y con las que sentía que la Argentina iba a empezar a avanzar, que seguiría apoyando con otros gobiernos.

-¿Tenés amigos que no piensan como vos?

-Estoy enfrentada con muchos amigos, a los que sigo queriendo igual. En este momento, mi pelea es la siguiente: ¿por qué ponernos en la vereda del odio?

-Porque hay mucha pasión, pero en muchos casos, también, cierta violencia en la argumentación y descalificación.

-A ver: yo tengo una intensidad que no tiene que ver solamente con cómo transmito mis ideas políticas. Soy una persona intensa en todos los aspectos de la vida, incluso en mi carrera. Soy fervorosa. Por algo mi figura despierta tantas cosas. Si fuera más débil en mi manera de expresarme, quizá mis pensamientos pasarían inadvertidos.

-Tu intensidad te costó la salida del show de los personajes. ¿Qué pasó con Mirtha Legrand?

-Fue así: a mí me llaman de Televisión.com.ar y me preguntan qué opino de los dichos de Mirtha y de Susana: “Matemos a los que matan”. Yo dije que estoy en las antípodas, que propongo un debate profundo sobre la inseguridad, un debate profundo sobre la desigualdad en la Argentina. Y punto. En este medio no estar de acuerdo significa te odio. Y Mirtha dijo que no iba a invitar a su mesa este año ni a Florencia Peña ni a Moria y no recuerdo a quién más. Yo no hablé del tema, ni salí a decir: ¡¿Cómo!? ¿Mirtha no me va a invitar?, porque comprendo que ése es un derecho que ella se reserva.

-¿Te sentarías a la mesa de Mirtha?

-Hoy no me sentaría.

-También te convertiste en una chica de bajo perfil.

-Totalmente. Necesité correrme del centro de la escena.

-A la hora de hacerte una nota, hoy me digo: esta chica es más interesante hablando de política que de espectáculos.

-Te entiendo. Sin embargo, soy actriz y eso no va a modificarse. Pero no soy, o más bien ya dejé de ser, una actriz que no se sabe qué piensa o cuál es su postura en la vida. Cuando uno elige y decide pararse en un lugar y decir ésta soy yo, esto pienso, en esto creo, a partir de ahí cambia todo completamente. Y ese cambio es alucinante.

-¿No trabajarías en Pol-ka?

-¡Sí! A ver: yo tengo un pensamiento crítico con Clarín porque lo tengo con respecto a su dueña. Y eso es ideológico. Ahora bien, sí quiero trabajar en Pol-ka, por ejemplo, en algún unitario. No haría Valientes, porque estoy en una búsqueda artística y necesito como actriz no estar tan dividida entre lo que pienso y lo que hago. Hoy no sé si podría estar en un programa como El puntero; no podría defender la ideología de un programa que sostiene que no existe más la política o que la política es toda corrupta. Con Adrián Suar nos conocemos desde que éramos chicos. Mi pensamiento con respecto a cuál es el modelo de país que quiero como ciudadana no debería afectar mi carrera artística.

-Pero si te llaman no dirías que no.

-No soy una actriz que está de oferta, tampoco, ¿eh? Yo genero mis proyectos.

-Sr. y Sra. Camas, en Canal 7, ¿cómo surgió?

-Este proyecto nació de una necesidad mía de bajar el perfil, de estar en un canal donde nadie se pregunta cuánto mediste el día anterior. De lo único que tenés que ocuparte es de hacer un buen programa. A veces lo hacemos mejor, a veces le pifiamos un poco. Pero yo prefiero pifiarle con una idea mía.

-¿Quién lo banca?

-Es una coproducción. Lo estamos haciendo acá adentro, con los técnicos del canal. Es la primera tira en cinco años que el canal hace en su casa. Para mí, es un riesgo tanto económico como artístico.

-¿Vos ponés tu dinero?

-Sí, yo pongo dinero de mi parte y ellos ponen de la suya.

-¿Pero los salarios los paga el canal?

-No. Los pagamos nosotros; es decir, mi productora con Oruga, de Javier Nir.

-¿No es mucha responsabilidad tener que pensar cómo vas a pagar los sueldos a fin de mes?

-Es un riesgo grande, en todo sentido. Además, estamos trabajando con actores que admiro, quiero y a quienes además les debo que hayan creído en mí.

-¿Este es un esfuerzo militante de muchos actores?

-Sí, es un esfuerzo militante. Nadie gana lo que tendría que ganar, estamos trabajando muchas horas, y yo les estoy eternamente agradecida. Se los digo y ellos lo saben. Cada uno de los que están hoy en la pantalla de Canal 7 ha pensado yo quiero estar. Hay una avidez del actor por no ser parte del negocio de la tele, también. Nosotros hoy medimos 1 punto, 1,8 o 2, no sé. Todos queríamos hacer un programa que nos hiciera felices.

-Pero que también te ayude a pagar las expensas…[risas]

-¡Vivimos de esto! A ver: vivo de esto, pero también renuncié a Botineras cuando se convirtió en un programa que no me hacía feliz. Y ganaba mucha plata haciéndolo.

-¿Hasta cuándo te dan los números para seguir?

-Estoy dejando un riñón acá, pero no solamente por el dinero, sino también porque hacer una televisión al margen de los grandes canales es una remada que estoy recontradispuesta a hacer.

-O sea que el Gobierno no puso dinero. ¿Tampoco a través de la publicidad oficial?

-No. Si mirás, vas a ver que no tenemos publicidad oficial. Es más, casi no tuvimos promoción, no tuvimos casi afiches, nada. Ellos pagan como pagarían una lata, que es mucho menos de lo que una lata vale, obviamente, porque es Canal 7 y es lo que pueden poner. Y nosotros ponemos el resto. No soy una abonada al canal. Voy a hacer esta ficción y punto.

-¿Tu posición política tuvo un costo con respecto a los amigos o con algunas relaciones?

-No, me parece que si tuvo algún costo fue mutuo. En el nivel laboral, te lo tendrían que contestar ellos. Yo no lo sé. Pero mis amigos, no. Y, de hecho, gran parte de los que integran el elenco de Sr. y Sra. Camas no piensa como yo y cuando los llamé para trabajar en el Canal 7 y en un proyecto de estas características me dijeron que sí. Yo me corrí del centro de la escena por una necesidad de dejar de ocupar un lugar que no tenía ganas de ocupar; no quiero ser estrella. Pero además tengo un reconocimiento artístico: he ganado premios, estoy nominada como mejor actriz de la década en televisión en los premios Konex, y además, tengo el reconocimiento de mis pares y de la gente.

-Que Marcelo Tinelli apoye a Cristina, ¿te complica?

-No, me parece que está bueno.

-Porque supuestamente representa algo que no te gusta.

-No es eso. Marcelo es parte de una sociedad. Lo que a mí no me gusta es que lo que él representa se convierta en un todo. Pero no porque Tinelli no me guste. No soy quién para decir que Tinelli no debería existir. Lo que digo es: que exista, pero que también existan programas que hagan pensar a la gente. Lo que hace que yo respete a Marcelo es que el tipo no está respondiendo al establishment y eso lo hace interesante. Todos sabemos que es multimillonario y está bueno que no haga exhibición de eso.

-Te recuerdo sentada al lado de Néstor Kirchner cuando se promulgó a ley de matrimonio igualitario. ¿Habías ido más veces a la Casa de Gobierno?

-Fue cuando era embajadora en la lucha contra el cáncer de mama. Como la campaña la bancaba el Ministerio de Salud, estaba Cristina. Esa fue la primera vez [lo subraya] que la vi. Ella habló ese día; también el ministro de Salud, acerca de lo importante que era hacerse los estudios, etcétera, y después hablé yo.

-¿Pero no habías entrado antes en la Casa de Gobierno?

-A Cristina la conocía de antes [se contradice ahora]: de cuando tuvimos, con otros 25 actores, la charla, primero con Néstor y después con ella, sobre la Ley del Intérprete. Esa fue la primera vez que la saludé y que le pude dar un beso. Después me convocaron para leer unos poemas el día que se abrió el centro cultural en la ex ESMA, el 24 de marzo de hace dos años. Allí estaban Néstor y Cristina. Es decir, siempre fueron cosas puntuales: fui a la Casa de Gobierno por políticas a las que yo estaba adhiriendo. No soy amiga personal de Cristina y lejos de mí está serlo. No lo sería porque, además, si lo fuera no podría ponerme crítica con respecto a cosas que veo que están faltando.

-¿Querés ser funcionaria?

-No. Si yo quisiera hacer política y dejar de actuar, podría hacerlo; hay muchos actores que lo han hecho. No quiero hacer política porque perdería el lugar de ciudadana crítica. Tendría que volverme obediente. Y siempre fui políticamente incorrecta. Aun cuando no tenía un pensamiento político que expresar, nunca fui dentro del medio una actriz dócil o amada por los periodistas. No: siempre fui controvertida.

-¿Hay gente que se dice K por interés?

-Te puedo hablar por mí. Yo lo único que recibí de parte de ellos cuando empecé a promulgarme a favor de sus políticas fue, en primer lugar, un llamado de Néstor, que recuerdo con mucho amor. Fue un Gracias, porque éste es un momento muy difícil para nosotros, tenemos muchas ideas y a veces no sabemos cómo transmitirlas. Fue una charla de 45 minutos, por teléfono; él estaba en Río Gallegos, con su hijo. La otra situación fue cuando murió Néstor, en el velatorio. Su hijo me dio un abrazo y me dijo: “Te quiero agradecer, porque cuando todos nos mataban vos tuviste el valor de salir a decir las cosas que dijiste, y de eso mi vieja nunca se va a olvidar”. Por eso me dijo: “Andá a darle un beso”. Y yo le contesté que no: acababan de llegar Chávez y Evo. El me dijo: “No te preocupes, nosotros no somos protocolares”. De todos modos, no me acerqué. Esas fueron las únicas dos cosas que recibí del kirchnerismo. Y esto sí se los agradezco: no estaría bueno que yo recibiera algo de ellos por mis palabras y no estaría bueno que nadie recibiera nada de parte de ellos por ser parte de un proceso.

-¿Vos podrías estar en Canal 7 si no fueras kirchnerista?

-Creo que sí. A nadie se le preguntó si era kirchnerista para estar en este proyecto. Y nadie me preguntó a mí a quién iba a convocar. Por otro lado, Canal 7 genera muchos otros programas que no tienen que ver con las políticas del Gobierno. Por ejemplo, el Puma Goity dijo que no quiere ir a 678, y nadie levantó el tubo para decirme que había que hacer algo con eso. Esto te lo juro por mis hijos. Ahora no hablemos de política: hablemos de mi prontuario artístico [sic]. ¿No me merezco estar en Canal Siete?

-Y cuando hay denuncias de corrupción ¿qué pensás?

-¡Si todo lo que están diciendo de Ricardo Jaime es cierto, tiene que ir preso! Yo no voy a poner las manos en el fuego por todos los funcionarios.

-¿Por Cristina sí?

-Yo creo en Cristina.

(Por Any Ventura, Revista “La Nación”, domingo 24 de julio de 2011).