“Convoco a los cristianos a reflexionar y a evitar las agresiones frontales, las manifestaciones que dañan las relaciones que la Iglesia Católica se ha esforzado en mantener con el arte y los artistas. Les pedimos que traten de comprender y de interpretar lo que ven.” Estas  declaraciones sorprendentemente conciliadoras corresponden a monseñor Pascal Wintzer, titular de la comisión de Fe y Cultura de la Iglesia francesa. Y luego agrega: “El escándalo y la provocación forman parte de la búsqueda artística”. Se estaba refiriendo a las protestas que acompañaron, en Toulouse, el estreno de Gólgota Picnic, del argentino Rodrigo García, presentada en español con subtítulos en francés. A su vez, el autor declaró cuando fue el estreno en España: “Hace mucho tiempo que me interesaba la Biblia como literatura y como fábula bellísima, con ese despliegue de imaginación, con su locura de demonios y ángeles. Y también con su lado ético, encarnado en Cristo y en su intento de llevar a la sociedad una doctrina del amor, cuando resulta tan difícil que vivamos juntos y en paz”. Mucha tolerancia en el discurso pero poca a la hora de la práctica: la puesta en escena es claramente provocadora y la reacción de los integristas franceses excesiva y amenazante, al punto de que la obra debe representarse rodeada de un dispositivo de seguridad. El acontecimiento da para pensar varias cuestiones. Cuando se produjo el escándalo por la exposición de León Ferrari en el Recoleta, las protestas de sectores conservadores locales culminaron en la clausura de la muestra. Esos mismos grupos, u otros similares, han logrado que no se exhiba en los cines Je vous salue Marie, de Jean-Luc Godard y, seguramente, otras obras se han quedado en cedazo. La Iglesia local ha demostrado un activismo en cuestiones seculares que sus colegas franceses atemperan bastante, si se toman en cuenta las declaraciones ante los disturbios por el estreno de Gólgota Picnic. No es la primera vez que los franceses tratan de establecer un diálogo con quienes los cuestionan. Cuando se votó la Ley del Aborto, en la década de 1960, por supuesto no apoyaron, pero no armaron una oposición furibunda, como sucede entre nosotros. Quieren intercambiar con el resto de la sociedad, porque hay terrenos en común. De hecho, puede decirse, que tanto García como Ferrari o el propio Godard, además de Martín Scorsese en La última tentación de Cristo, plantean simplemente una lectura diferente del texto bíblico, cuyas palabras han sido interpretadas y reinterpretadas de manera constante a lo largo de la historia. La cultura occidental está, para bien o para mal, marcada por el espíritu judeo-cristiano. De allí es casi imposible salirse. Luis Buñuel decía, con una sonrisa cómplice, que en España eran católicos hasta los ateos. De hecho, el arte, incluso aquel más execrado por la jerarquía eclesiástica, participa de la noción de lo sagrado, aunque pueda asumir perspectivas que no sean religiosas. El furor contra la Iglesia desplegado por el anarquismo (a título de mero ejemplo curioso, en Buenos Aires se publicó semanalmente, en la segunda década del siglo XX, El Burro periódico anticlerical ilustrado, destinado exclusivamente a fustigar a curas y monjas con todos los insultos imaginables) implica, pese a todo, una discusión sobre la libertad del hombre, uno de los temas conflictivos de la teología cristiana -que fue la que instaló la cuestión como problema- con su doctrina del libre albedrío que entra hasta cierto punto en contradicción con la idea de la voluntad absoluta de Dios. Al impedir que sus planteos puedan abrirse al diálogo con quienes no los comparten, la Iglesia establece una forma de poder que, pese al cambio de las formas, sigue  respondiendo al modelo de la Inquisición. Hay una única ortodoxia y el resto es herejía. Existe una rígida frontera entre aquello que se postula como verdad absoluta y el resto de las visiones que circulan por la sociedad. Lo expresó una anónima monja manifestante en Toulouse: “No quiero que se vea nada abominable, es en nombre de Jesús Cristo que estamos hoy aquí”. El episodio con la obra de García coincide con la campaña de Benetton, uno de cuyos afiches muestra (photoshop mediante) a Benedicto XVI besándose con el Imán egipcio Ahmed Mohamed El Tayeb. La reacción del Vaticano fue en este caso jurídica, va a entablarle acciones legales a la pretendidamente más progresista de las fábricas de ropa. El motivo evidente del enojo es la situación intencionadamente equívoca de mostrar al más alto dignatario de la Iglesia Católica besándose con otro hombre en la boca. Pero también habría que pensar en la totalidad de la campaña,  que incluye a Angela Merkel, a Nicolas Sarkozy, a Vladimir Putin y a Barack Obama, entre otros. El ex cardenal Joseph Ratzinger aparece en una serie en la cual es un político más, un factor de poder secular. Un  lugar en el que no se siente cómodo pero que, de algún modo, es adecuado para una institución que interviene en los asuntos públicos y que opera a favor  de unos y en contra de otros. El argumento de quienes buscan clausurar muestras y prohibir obras de teatro o películas es que si ese contenido que ellos viven como una ofensa a sus creencias se refiriera a, por ejemplo, la comunidad negra o al judaísmo, la condena social sería prácticamente unánime. Es algo pensado para ganar la batalla ideológica con sus detractores, pero se basa en la falacia de confundir deliberadamente la crítica a los contenidos religiosos con la discriminación o el racismo. El asumir que se está ejerciendo un rol político y que se forma parte de una sociedad que los obliga a convivir -aunque sea de forma polémica, pero en relativo pie de igualdad- con otras visiones del mundo no parece ser el camino elegido por la Iglesia. Y esa elección los ha llevado a un constante aislamiento, porque siguen pensando lo sagrado como un  coto administrado y exclusivo. Esto los vuelve inmunes a la idea de libertad.

Por Marcos Mayer. Revista DEBATE, 26 de noviembre de 2011.

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