“Todos tenemos un pequeño monstruito adentro”

Al frente de una selección comandada por Jim Keltner,  León impacta con un paquete de canciones que lo muestra  en excelente forma. Gieco recorre presente, pasado y futuro.

 

Hay personas que poco tienen para decir y hay personas que nunca tienen nada para decir. Pero León Gieco siempre tiene todo para decir. Intenso, eufórico, vehemente; listo para sorprender(se), para alarmar(se), para tomar aire (a veces) y hasta para abrumar a sus ocasionales interlocutores, el santafesino existe atento a y comprometido con –y agitado de– la vida suya y la de todos los demás. Su nuevo disco, El desembarco, el primero con canciones nuevas después de seis años, lo encuentra a sus casi 60 (los cumple en tres semanas) muy despierto y muy feroz. De hecho, el primer corte de El desembarco se llama “El argentinito” (ver aparte) y, después de semejante filípica, no quedará argentinito en pie.

–¿A qué “desembarco” refiere el título?

–Hebe (de Bonafini) y las Madres llamaron el desembarco a su entrada en la ex ESMA, y así se titula una de las doce canciones de este disco. Los cantantes y autores solemos elegir un tema y ponerle ese mismo título al álbum; para mí siempre funcionó así, con la excepción de Por favor, perdón y gracias (2005), que iba a llamarse Santa Tejerina pero, justo cuando iba a editarlo –con una tapa muy linda, con una especie de Virgen– llegó el juicio a Romina Tejerina y se armó el quilombo y la compañía me dijo: “Loco, empezamos mal, ¿viste? Va a parecer que tu título es una especulación. Hagamos otra cosa”. Hasta Mercedes Sosa me llamó preocupada: “Nene, tenemos que hablar”. Una vez que le expliqué la historia, comprendió…

–Por favor, perdón y gracias tuvo también un conflicto con los padres de las víctimas de Cromañón.

–Sí, cuando estalló lo de Callejeros me hicieron sacar el tema donde cantaba el Pato Fontanet. ¡Y ahora que grabo El de-sembarco, se arma el quilombo con Sergio Schoklender! (se agarra la cabeza).

–¿Habló con Hebe al respecto?

–Justo había viajado a Los Angeles para grabar, así que no sé nada en concreto, sólo que respaldo a Hebe. Y que una de las críticas que pueden hacérsele a este Gobierno es que esa plata salía sin una comisión que la controlara; armaron una pelota tan grande que se les escapó. Hebe creyó que todo funcionaba bien y pecó por no enterarse de lo que estaba pasando; nunca entendí que le diera una oportunidad a este tipo pero, bueno, viniendo de Hebe… podía ser; fue uno de sus tantos actos de amor. Igual, en cuanto a si “hablé con Hebe”… Hebe no es de hablar. Hebe sigue derecho, como un buey que ara; los martes hacen la comida y va y labura, es como una fuerza bruta, un ejemplo: todos en el mundo conocen su pañuelo. El problema máximo fue que Schoklender habló mal de ella, parecía pagado por la oposición. Pero al fin eso no se reflejó en el porcentaje: vamos a tener Cristina por cuatro años más. Es la primera vez en mi vida que me siento orgulloso del presidente que tengo. Igual, yo miro todo: creo que hay que ver el programa de (Mariano) Grondona o leer ese libro de Luis Majul, ¡incluso para aprender “al vesre”! Si no, es el extremismo total de decir “Si me venís a criticar, entonces sos opositor”. Tenemos que entender que no tenemos un Gobierno perfecto, que estamos en el primer escalón de un cambio positivo. Muchos dicen: “Uf, respiramos, vamos a tener cuatro años más de Cristina”, pero eso no es digno de un país: sería bueno que pudiéramos respirar por más de cuatro años. Formemos gente: ¡que haya una universidad de políticos..! (sonríe). La letra de “El desembarco” dice: “Hay quienes desembarcan sin barcos y sin armas por la vida”, y la canción y el álbum se llaman así, sólo por esa partecita. Cuando tuve que titular, me pareció lo mejor. Y pensé: ¿por qué no acompaño ese desembarco con fotos en el Espacio de la Memoria? Todas las fotos fueron hechas en la ex ESMA, y es la primera vez que imágenes del Espacio de la Memoria van a aparecer en un disco. Así que todo tiene que ver. “El desembarco” habla de las diferentes actitudes de las personas: algunas positivizan todo lo negativo –personas que han sido torturadas militan por los derechos humanos, como Pérez Esquivel o como las mismas Hebe o Estela de Carlotto–; y también habla de situaciones actuales: “ensuciamos las rutas, ensuciamos los ríos, matamos en la guerra y en las calles hoy tenemos monumentos a asesinos”.

–Otra de las nuevas canciones, “Fachos”, también recoge esa idea: un pueblo que lleva el nombre de un represor.

–La letra dice: “El pueblo se llama como genocida; al costado de la ruta nos paró Gendarmería. Lo que buscan no está en mi mochila, está en el avión que pasa por arriba. Estos creen que somos pelotudos, llaman la atención a la prensa amarilla y así la cocaína llega a su destino: España, Brasil, Estados Unidos”. Esto nos pasó con D-Mente (la banda de rock de Andrés Giménez, con la que editó un disco en 2009: Un León D-Mente) cuando fuimos a tocar a La Rioja y a San Juan. Allá hay unos pobres pelotudos que te bajan todo lo que llevás en el micro sólo porque los músicos están tatuados… Los que venden cocaína no están tatuados. ¡Los que llevan cocaína en un avión no se tatúan, usan corbata! ¿Entendés? Volviendo a los nombres de los pueblos, ¿sabían que la Argentina es el país que más ciudades tiene con nombres de militares? ¡Number One! Hay que agarrar un mapa y fijarse: Teniente Tal, Coronel Tal, cualquiera, ¡todos! Y además hay pueblos que se llaman como represores ingleses, como Nelson; Nelson era un hijo de puta que mató a miles de indígenas en Santa Fe: “¡Che, ¿vamo’ a tomar uno’ vino’ a Nelson?!”. Estoy componiendo una canción con todos esos nombres: será como una “gira” mía por todas esas ciudades y pueblos, y el festival mayor va a ser, por supuesto, en General Roca, el más asesino de todos. La tengo medio enfilada, pero hay que ponerse a trabajar: es un laburo como el de “Orozco”, porque hay que buscar mucha información. Y la otra canción que estoy haciendo es con las letras de las patentes de autos (risas).

Bailar hasta romperse

A León Gieco le han ofrecido publicar todas sus letras en un solo libro, Obras completas, y le divierte la sugerencia de que, luego de casi medio centenar de discos editados, más que un libro debería sacar una enciclopedia. “No, no publicarían todas (se ríe). Serían escogidas, quizá las mejores, o las que signifiquen algo en especial… No sé qué va a pasar con eso, pero siempre mi amigo Huguito Soriani me dice: ‘No lo hagamos así nomás; busquemos algunos pintores, que pinten sobre eso… Eso estaría bueno’. Pero ¿cómo elegir?:

‘Seamos todos caballos’, que compuse en 1973 cuando era pendejo, fue tan importante para mí como lo es este disco ahora…”

Pobre la canción que llega tarde,
Que aparece cuando todo pasó;
Viene atrás corriendo, como el paisaje
Que dejamos cuando nos estamos yendo.
Cristal débil, de hielo que se rompe,
De un mal paso, de tropezar
Que pretende tomar la vida en un trago
Y se ahoga al comenzar.

(“Las canciones”,
de El desembarco)

“Este tema habla de las canciones y de para qué sirven”, dice Gieco. “Porque está la canción que llega tarde, la canción especuladora que no sirve para nada… Está la canción más osada, la que te acompaña, la que ‘de dos caminos te hace uno solo’. Y están las instrumentales, ‘las que sin palabras te dicen todo’; y ‘las siempre presentes, las inadvertidas’; y las ‘centenarias, himno de una Patria para niño y dictador’… Porque al himno lo canta el nene y también un torturador.”

–¿Quién es “Ella”, la protagonista que abre el álbum?

–Ella es mi mamá, que falleció hace un año y medio. Mi vieja era una persona muy importante para mí. Me entendió como artista desde que toqué por primera vez: era ella quien iba a verme actuar; yo cantaba para ella, y teníamos una relación muy fuerte. Se llamaba Elda y, bueno, se murió, como nos va a pasar a todos.

–En “Hoy bailaré”, una suerte de cumbia, declara que bailará “hasta que se conviertan en polvo mis pies”. Es difícil imaginar a León Gieco en esa tarea…

–¡Yo lo puedo bailar perfectamente! Esta canción me la bailo, ¡¡me la bailo!! Más aún: estoy por hacer un video donde bailo yo mismo (risas), porque es un paso que sé hacer. Jim Keltner, el baterista, me preguntó: “¿Cómo toco esto?”. Le dije: “Como ‘Down in Hollywood’, que hiciste con Ry Cooder”. “Ah, allright”, dijo el tipo. Tun-tun pác, tun-tun pác. Y no es una cumbia, específicamente; en realidad, es un paso brasileño: hay un acordeón, hay un tiple colombiano, están las congas de Luis Conte… Ahí soy como un loco que dice: “A pesar de todo, hoy voy a bailar y me voy a desarmar bailando”. Es un tema optimista, pero no es alegre: tiene su carga: “Voy a bailar… y no quiero pensar en nada”.

–¿Puede permitirse un descanso así?

–Sí. No. Lo intento. Durante este tiempo que estuve grabando en Los Angeles, nadie me conocía; fui a ver todos los conciertos, entré a cualquier lado en cueros y short y nadie me decía nada, y dejé de ser León Gieco por tres meses. Después me costó mucho reacomodarme acá; casi me enfermé. En mi país no puedo, excepto que me vaya al campo, que es como un cable a tierra; todas mis primeras canciones las compuse dentro de una carpa, con el auto parado en un camino perdido, y me quedaba diez o veinte días viviendo solo y como un croto. Era un campo de mil por mil y nunca me voy a olvidar de aquella vaca…

Cada tanto, a Gieco le encanta recordar esta anécdota de cuando, siendo muy joven y en ocasión de una de esas “escapadas de croto”, se subió a un árbol en el medio de la nada…

–… y en aquella esquina de allá, muy a lo lejos, había un grupo de vacas y yo estaba tocando la guitarra y una sola vaca se separa del grupo; viene caminando hacia mí y demora un montón, como media hora… Y en un momento pienso: “Esta vaca viene para acá”. No puede ser… ¿sola? Y venía despacito, y venía, y venía, y venía… Cuando llegó adonde yo estaba, me miró: ¿viste cómo miran las vacas? Yo seguí cantando, se pegó la vuelta, y se volvió caminando hasta su grupo. ¿Cómo hacés para entender ese evento? ¿Cómo hacés para entender lo que le pasó a esa vaca?

–¡Qué les habrá contado a sus compañeras!

–(Carcajada) ¡Seguro que la mandaron ellas! “¡Andá a ver a aquel boludo, qué hace!” Hora y media después les cuenta: “No, está tocando una canción, nada más” (risas).

–En aquel entonces seguro no imaginaba que terminaría grabando con Jacques Morelenbaum y la Orquesta Sinfónica de Praga…

–(Sonríe) Fue una de las propuestas de Gustavo Borner (coproductor en Los Angeles), quien está muy avanzado tecnológicamente haciendo músicas de películas; cuando necesita una gran orquesta graba a través de Skype. Borner tiene el contacto con la Sinfónica de Praga, se compró un ProTools que recibe todos los canales por separado, y va mezclando él mismo lo que recibe. Entonces estábamos sentados en su estudio: en una pantalla veíamos a Morelenbaum –quien además hizo los arreglos para “Las cruces de Belén” y “Mi estrella”, que compuse con Iván Lins–, y en otra pantalla estaba la Sinfónica. Los músicos nos veían a nosotros y veían a Morelenbaum, quien los corregía, y Morelenbaum a su vez veía a la Sinfónica, y a Borner y a mí sentados en el estudio.

–Y ustedes grababan y luego juntaban los pedacitos de sus cabezas explotadas…

–¡Y claro! (Carcajada) Después tuve el honor de conocer personalmente a Morelenbaum, ¡porque el tipo viajó a Los Angeles a revisar si estaba bien la mezcla! Un lujo.

–Aunque una de las características de El desembarco es su propuesta analógica, queda claro que no se privaron de los adelantos de la más fina tecnología…

–La banda está grabada en vivo, y la diferencia de sonido entre lo digital y lo analógico es enorme. Tampoco es posible grabar como se grababa antes; aquella época ya pasó, pero grabamos con cosas parecidas y el efecto es muy diferente. Cuando grabás todo digital escuchás muy bien acá donde estamos sentados, pero si te vas a la cocina dejás de escuchar. Cuando ponés mi disco, que está grabado en cinta, te vas a otra pieza y seguís escuchando, o aunque sea te llega la voz. Hay algo que tiene la cinta que lo digital no tiene, una presencia especial. Pero también nos metimos en un bardo increíble porque, por ejemplo, hoy todos los autos están preparados para escuchar rap, esos bajos tremendos, y cuando puse el disco en mi auto dije: “¡Uy, no suena nada!” (risas), y nos comimos el bajón. La propuesta de Borner fue grabar en vivo con esta banda elegida, pero traer todas las voces desde la Argentina: entre ellos Roxana Amed (para “Las canciones”), Charly García, Nito Mestre, Raúl Porchetto y María Rosa Yorio (Porsuigieco, para “Bicentenario”), Oski Amante, Willy Campins y Aníbal Forcada (Oveja Negra, para “Latidos del corazón”, con letra de Alejandro Davio de Mundo Alas)…

–Y Spinetta, para “8 de octubre”.

–Tanto yo como Luis estuvimos desde el comienzo con lo de Ecos (la tragedia del 8 de octubre de 2006); su hija va a ese colegio y no se subió a aquel viaje de puta casualidad. En los conciertos de cada 8 de octubre se recaudan cosas para el mismo pueblito al que llevaban ayuda los pibes, pero también empezamos a pelear por el control de alcoholemia en las rutas; para que no haya tantos accidentes; para que la muerte de tu hijo, que no se repara con nada, por lo menos salve a una persona; para que pase algo. Un día fui a actuar en un video de Dante Spinetta y me dijo: “Ahora viene mi viejo, quiero que estén los dos haciendo unas mímicas”. Yo, la verdad, nunca tuve ninguna relación con Luis. Pero cuando llegó me comentó una cosa que fue increíble, devastadora: “Estoy grabando ‘La guitarra’, el tema que hiciste con Atahualpa (Yupanqui); me lo pasó Rodolfo García para hacerte el homenaje a vos, así les rindo tributo a dos grandes (en el doble Guardado en la memoria, 2009)”. Tremendas palabras… “Y aparte, tengo una música a la que sería bueno que intentaras ponerle una letra que hable del 8 de octubre”, y me pasó un demo. Fue glorioso para mí, porque quería grabar con las voces de los chicos que se habían salvado del accidente. Lo hice, y cuando llegué a Los Angeles la banda lo tocó en vivo… y de pronto descubrimos que en un canal había una voz de Spinetta, cantándolo de otro modo: yo acentúo más rockero; él es más jazzero. Borner, que conoce a Luis, me dijo: “Canten juntos”; le pedí autorización por mail y me contestó con muy buena onda, y así quedó Spinetta cantando con los amigos de los pibes que fallecieron, con su guitarra y la base, más la Sinfónica de Praga.

–Al final de la canción hay otra voz.

–Es la de Benjamín, uno de los chicos que murieron y que tenía un grupo de rock. Le pedí a su padre alguna grabación y me dio una de cuando era chiquito. Los músicos extranjeros me preguntaban todo el tiempo de qué hablaban las canciones, y cuando les conté esta historia se quedaron pegados a la mesa y grabaron con esa onda, y al final uno de los guitarristas se quedó haciendo como una cosa hindú obsesiva (tararea) que se iba repitiendo, y no le encontrábamos el final, y con la voz del pibe cerró. Yo lo puse porque me banco esas cosas; hay quien no se las banca. Era un reportaje que le hizo el papá a Benjamín cuando era chico: le preguntaba qué quería ser de grande, y el pibe le decía que quería ser músico y tocar la guitarra y tener hijos. Y termina riendo.

–¿Cómo se encontró con “A los mineros de Bolivia”, el poema del Che Guevara?

–Tristán Bauer hizo Che, un hombre nuevo, un film extraordinario que dura tres horas y tiene un material exquisito, porque consiguió por intermedio de Evo Morales una data impresionante de lo que los militares bolivianos tenían bajo llave. Bauer me llamó para que compusiera el tema de cierre, pero no me salía nada y no había caso, hasta que la mujer de Tristán me acercó un libro con algunas cosas que yo ya sabía y otras que no: ahí encontré cinco poesías del Che. Entonces, como estaba en medio del quilombo de la película Mundo Alas, le pedí a Gurito (Luis Gurevich) que me ayudara; apareció al día siguiente con una canción demoledora. Pero llegué tarde y Tristán me reputeó: “Este tema me hace llorar, pero la película está terminada”. Entonces lo puse aquí. Y vamos a hacer un video con lo que le sobró a Bauer y con Gustavo Santaolalla, quien canta y toca el ronroco. Yo quería invitar a Liliana Herrero, pero justo se había ido de gira y el tema quedó para Gustavo, a quien le encantó.

–¿Cuáles son los planes para mostrar El desembarco?

–El martes pasado toqué algunos temas para La Mega, a modo de adelanto. Esperé a que pasaran las elecciones, porque la gente estaba muy pendiente de eso, y quería que bajara la adrenalina. Pero calculo que voy a presentarlo oficialmente en mayo próximo.

–¿Está pensando en alguna cancha de fútbol?

–No. En el interior del país suelo tocar en festivales populares para 40 mil personas, pero sé cuál es mi medida en la Capital: dos Luna Park, o entre cuatro y seis teatros Opera. Y para Mauricio Macri no trabajo. Ya se lo dije a Hernán Lombardi (ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires), que es un tipo que organiza bien y eso, pero yo no trabajo para ellos. Y no tengo ganas de invertir mucho tiempo y guita para ver si empatamos, o para ver “qué escenario ponés acá donde vimos a Roger Waters”, esa competencia ridícula. En mayo quiero festejar tranquilo en Buenos Aires mis 60 años de vida y mis 40 años de carrera, y tocar con todos los formatos en los que participé: D-Mente, Planeta de Mujeres, Guitarras del Amor, Mundo Alas, mi banda, solo… Un poco lo que hizo Spinetta con sus Bandas Eternas. Pero, obviamente, no tan grosso.

Por Gloria Guerrero y Eduardo Fabregat, especial para “Página/12”, domingo 30 de Octubre de 2011.

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