Cada sábado a las 22.30 el ritual se repite y en una sala de teatro independiente en el corazón de Emabajadores, 12 personajes nos esperan en el escenario mientras vamos ocupando nuestros lugares. Sus miradas atentas nos avisan que pronto compartiremos algo más que un sueño. En ese espacio enorme, ellos dominan la ficción de hacernos creer que lo nuestro es una realidad transitoria, ya que a poco de andar se descubre que sus historias son también las nuestras. Cualquiera sabe, por experiencia propia y ajena, que el dolor y el sufimiento existen y que pueden durar insoportablemente mucho tiempo. Estos 12 personajes plantean que es posible convivir con las oscuridades del alma desde la alegría, dándole un sentido múltiple al mundo y a la vida para desenmascararla y ponerla en el centro de la escena. Nos cuentan en el fondo de sus visiones que lo que sucede, conviene, aunque sea algo malo, algo que uno hubiera preferido que no ocurriera nunca. Porque es en esos momentos de adversidad, cuando parece que se te cae el mundo encima, cuando deberíamos tener la certeza, aunque no nos demos cuenta, de que eso tan malo que está pasando, es para bien, es para mejor.

Estas doce historias de vida ficcionalizan la adultez como un estado natural en donde no “hacen” de adultos, sino que lo son con todas sus consecuencias y responsabilidades, para bien y para mal. De pronto la vida no les ha dado las respuestas que han buscado desesperadamente y anidan la esperanza de bajarse en la última estación, en la que se puede tomar otro camino. Se atreven con el riesgo y son conscientes del vértigo del viaje y lo suavizan contándonos sus sueños, compartiendo sus cotidianos horrores, a veces con furia, otras con alguna sonrisa, pero siempre con la guardia en alto, sospechando que aquéllo de que el destino es sólo un deseo que se cumple es algo más que una famosa frase de diván.

La oscuridad funciona como la luz del alma que clama una salida posible y consensuada. El espacio escénico jamás está vacío. Hay un grito colectivo que niega y oculta el precipicio que cada uno tiene bajo sus pies y lo transforma en trampolín y salvación. Cómplices del amor, no sucumben al destiempo de ningún sentimiento y se atreven a cruzar el portal.

Es la historia de aquéllos viejos y repetidos miedos, incluso de aquéllos infiernos vaciados de vergüenza y autocompasión, con dudas fáciles de apartar y terribles de resistir. Es la historia de los que defienden sus castillos mientras despliegan sus diminutas banderas con esfuerzo. Alumbran éstos seres nuestras propias melancolías con ficción y sentido, simplones, vestidos de teatro, haciendo del  mundo un lugar más habitable, más amable.

Mientras vamos ocupando poco a poco nuestros lugares en la sala, ellos nos miran con atención desde el escenario… Quizás en esa irreverencia esencial de los artistas anide la posibilidad de ser felicies, de vivir sin tristeza para siempre.

Por Alberto Bemposta, Zaragoza, sábado 22 de Octubre de 2011.

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