Estudiantes bonaerenses que se levantan a las seis de la mañana para llegar primeros a la excursión, grupos de amigas que vienen de nuevo, pertrechadas con mate y cámara digital, familias enteras que hacen horas de cola para ver los glaciares, darse cita en el Orgullo Nacional o mirar boquiabiertos a los voladores de Fuerza Bruta. La exposición Tecnópolis es el parque temático de un país soñado. ¿Quiénes vienen, qué agradecen, de qué se ríen? Hay que verlo. El 55 por ciento se pasea por Tecnópolis.

 

 

A las cinco en punto nos encontramos en el 
Orgullo Nacional.
El profe encabeza un grupo de recién llegados a Tecnópolis. Son unos cuarenta, y tienen en las caras la ansiedad del que apenas intuye el mundo guardado dentro de esas carpas y estructuras futuristas; vienen del barrio Altos de San Lorenzo, de las afueras de La Plata. La tarde más larga puede hacerse corta si se quiere visitar cada rincón de la megamuestra del conocimiento y la ciencia.  Una murga de La Boca los recibe con tambores  y baile  a lo largo de la explanada inicial. Se quedan allí, varados un rato, hasta que las mujeres los alientan a seguir, a meterse en el pasillo central comenzando por el pabellón del agua, para llegar a tiempo al show de Fuerza Bruta. En ese punto es que Tecnópolis se vuelve bicentenario, festejo, parte de un 2011 histórico en el que esos bailarines en el aire, suspendidos como águilas humanas en el cielo, hacen y harán recordar por generaciones a los millones que se acercaron  a la 9 de Julio en mayo, y a este campus pegado  a la General Paz en estos últimos dos meses, en una país en construcción.
-¿Dónde? -pregunta una doña que tiene a tres chicos de las manos, en cadena.
-En el Orgullo Nacional, el pabellón de ladrillo,  al fondo nena -le dice otra, cargada de bolsos en los que asoman termos y bolsas de nylon llenas de comida.
Es un martes filoperonista, casi perfecto si no fuese por esos nubarrones en el cielo de Villa Martelli que anuncian lluvia a pesar del calor y de la luz gris, intensa, molesta.   Ya crucé la expo por eso que podríamos llamar avenida principal,  y asumí que para entrar a algunos sitios hay que tener paciencia: los glaciares, por ejemplo. Aunque sea martes, aunque parezca que el monstruo azul y blanco, que de día parece salido de una película de ciencia ficción setentosa, y de noche un parque de diversiones del 2120, hay gente por todos lados; casi siempre son jóvenes o niños. Aunque vayan en contingentes mayores, la placidez de la feria los mezcla unos con otros, los pone en estado alfa. Se mueven como en un retiro espiritual ruidoso: están conectados, como nunca, a una idea de país que se les vuelve real en estas maquetas, en estos proyectores, en esas pantallas. La virtualidad de Tecnópolis es su gran logro; no es una afirmación tajante, aunque tenga un peso contundente: es más bien una enorme posibilidad. Los hielos del glaciar se dejan caer cuando viene el verano para volverse agua, y el agua volverá a congelarse el próximo invierno. Esta dinámica tan natural y prosaica en la feria se vive como una constante: la feria cuenta a  cada paso cómo se arma, se piensa y cómo se vende eso que antaño se llamaba “adelanto”. Y después de muchos adelantos, llego a un parque, más allá de los pibes que saltan en skate, los visitantes se vuelven bonaerenses en pleno Woodstock, tirados en la hierba, como maestras de guardapolvo blanco sentadas en los bancos de plaza, riendo, y charlando, más los niños trepados a los juegos, riendo también. Uno de tan plácido tiene cierta sensación de ficción pura.
-No, chicos, vamos, tenemos que ir a buscar las cosas de los glaciares.
Romina le dice a Yamila, y Yamila a todo el grupo, que no, que Fuerza Bruta está buenísimo pero más tarde porque repiten cada tantas horas.  Yamila y sus amigos son de Guernica, todos del 3º de la  Escuela Bernardino Rivadavia. Tardaron como dos horas y media en venir en el micro pero llegaron de los primeros igual. Se levantaron a las seis, no les importó nada, les venían prometiendo el paseo y no aparecía el bondi. Dicen que Guernica, que la escuela, que su barrio, están “hermosos”. Así, dicen que heeeermosos. Que los profes de la escuela son unos genios. A esta altura uno comienza a sospechar, no todo puede parecer un spot de campaña y al mismo tiempo a pensar: acá está claramente el 55 por ciento. En la escuela de Guernica los pibes están en un gran momento, con la moral altísima: ganaron una expo educativa con un proyecto que pensaron y montaron ellos. Tiene tres orientaciones, la electromecánica, la de maestro mayor de obra y la de alimentación.
-Hicimos una trituradora de botellas de plástico, una fábrica de galletitas con semillas reforzadas para los chicos de las escuelas y una estación ecológica en una plaza -dice Yamila.
Las demás la rodean como un coro de niños cantores. Otros, a sus espaldas, se toman fotos en las letras tamaño edificio de Nano, pabellón de nanotecnología. Yamila dice que entraron en la carrera, porque ahora competirán para un curso de capacitación que les permita comenzar con su propio emprendimiento. Yamila tiene 17, su mamá es ama de casa, su papá policía. Dice que en el barrio se ven “adelantos”, que “la Kirchner da mucha plata pero a veces uno piensa que a algunos que no hacen nada no debería darles”, y que ella se da cuenta porque su fiesta de quince fue mucho mejor que la de su hermana mayor y por la computadora que recibió hace poco, igual que todos sus compañeros. Cuando las tuvieron en las manos, dice, estaban embobados y pasaban todo el día enganchados. Ahora sólo la usan para el colegio, no se imaginan, dicen los otros, cómo sería sin la compu, no se imaginan sin el autocad con el que ahora hacen los planos de obra.
Durante la semana Tecnópolis es de los que llegan en grandes grupos,  a veces de mucho más allá de la General Paz. Son contingentes multitudinarios conducidos en colectivos que suelen venir en caravana desde el interior, como ése de adolescentes de Tandil que ahora llena el escenario central y ve, al ritmo de la música electrónica, cómo unos muchachos fortachones corren un techo transparente sobre sus cabezas. Es una cancha que parece la arena de un coliseo en el que pelearán gladiadores contra leones feroces en cualquier momento; pero no. La globa cubre a unos 300 pibes que bailan y hacen pogos frenéticos mientras otros dos fortachones manejan unos manguerones, tambien transparentes, que lanzan aire y agitan papelitos blancos para terminar de armar una escena inolvidable: desde el cielo, los atletas que pendían de sogas atadas a una estructura gigante entran por dos agujeros en el techo de vinilo. Entran como insectos, y cuando llegan al piso, enganchan a una chica del público a la que se llevan, cual indio que se aleja en la planicie con su cautiva voladora.
El espectáculo termina cuando los muchachos de los arneses aterrizan, se mezclan con la gente y suben al escenario donde otros le dan al parche. Todos bailan como en una rave. Los morochos de musculosa arrían el techo de la globa, y la masa sale para que en un rato entren otros. Álvaro, de 17, alumno de la Media 8 de Tandil, 5to 5ta, dice que lo único malo es que viajan por un solo día, pero que hoy nomás son 600. Mariana Villar, la profesora de matemática, dice que todas las escuelas de la ciudad están viniendo, y que es la mejor propaganda porque allá todos hablan de Tecnópolis, cada uno cuenta la experiencia. Tecnópolis es el relato de Tecnópolis, el país que los chicos cuentan al volver a casa.
-Los que todavía no vinieron se quieren matar -dice Álvaro, y se funde con sus coterráneos, de fiesta.
Algo parecido pasa en el barrio Altos de San Lorenzo, según me cuentan las doñas, reunidas ya con el mate y las masitas en unas escalinatas a la sombra. Claudia, de 42, es la mala onda. Marta, de 37, la empática. Rosa, la mayor, la muda que al final habla. Mil veces me ha tocado un trío parecido de amigas, de ésas que disfrutan criticándose entre ellas sin piedad, pero se ríen y no se enojan. Las trajo un colectivo que consiguió la cooperativa Los Coquitos, que dirige un tal Coco, de nombre Ricardo González. A través del mentado los maridos trabajan en la limpieza del arroyo Maldonado y del Rodríguez y las mujeres haciendo mantenimiento en la Universidad, en el edificio de 1 y 47. Por ese laburo ganan 1200 pesos. El marido de Marta es uno de los encargados, entre los dos hacen como para no quejarse, dicen. Claudia se queja un poco. La muda, Rosa, dice que ella sí está mal, solamente con lo que le da “la Kirchner” por los chicos. Está tratando de entrar en una cooperativa, pero no la llaman. Parece que no tiene línea con el Coco.
-Esto es bárbaro -dice Marta-, estábamos ansiosas por venir. Anoche muchos de nosotros ni dormimos.
Es que los de la JP Liberación, unos pibes que militan en el barrio, las tenían con que sí, con que mañana, la semana que viene, y suspendían. Agarraron el micro de Los Coquitos, pero si los de la JP lo consiguen, vuelven a venir. Marta, claramente, es la kirchnerista convencida. Larga la típica, yo en política no me meto. Pero resulta que es la líder de un grupo de tambores -eran 30 y ahora son 70- que se llama como la placita donde ensayan: Los reyes del sol naciente. También estos se ganaron un concurso, pero de producciones artísticas en derechos humanos por unas canciones que hablaban de los derechos de los niños. Se envalentonaron, se independizaron, y ahora son grosos, sienten.
La callada se envalentona de puro no dejarle toda la escena a la Marta.
-Vos te hacés muy la militante de ahora, pero militante había que ser en los setenta nena! -le zampa.
Ella, que a los 14 años, cuando era una pendejita, llevaba información de los compañeros de Berisso a Ensenada, de Berisso a La Plata, ella sí que fue una militante. Entonces, dice, uno ni se podía imaginar Tecnópolis, ni el país en construcción este.
-Yo digo, si sos tan miliante, porqué no me ayudás para entrar en la cooperativa -le dice.
Y en esas quedan, pasando el mate, rodeadas de pibes alucinados que les piden jugo y que vuelven rápido a la parte de simuladores, que ellos antes de irse quieren alucinar un ratito más y listo. Para conocer Tecnópolis no alcanza el día, se hace poca la tarde. Hay que volver a Tecnópolis.

Crónica de Christian Alarcón para la revista “DEBATE”, Buenos Aires, Octubre de 2011.

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