LITERATURA:  ELVIRA LINDO, SU NUEVO LIBRO Y LOS SALTOS GENERACIONALES EN ESPAÑA

“Quise asumir el riesgo y contar a corazón abierto”

“Mis padres tenían más que ver con mis abuelos que lo que yo he tenido que ver con mis padres”, detalla la escritora, que en su libro retrata los años “de gran apertura” en España, pero sin convertirlo en una suerte de retrato nostálgico o pintoresco.

 

Una diadema preciosa en las manos de una escritora. El huevo Kinder en las manos de un niño pequeño –cinco años– junto a su joven madre en un cine casi vacío de Madrid, en la noche de los años ’80. Solo una prostituta con su chulo y una pareja de yonquis. Un paisaje demasiado sórdido para un niño emocionado por una aventura inesperada. Antonia –la madre– está huyendo. No quiere estar en su casa cuando llame el padre del niño. No quiere dejarse embaucar –otra vez– y caer en la tentación de un hombre que la engañó a ella y ahora también a la mujer que vive con él. Un hombre que no sabe qué hacer, que no puede o no quiere elegir. Como un relámpago que le atraviesa los ojos, Elvira Lindo recuerda ese capítulo de Lo que me queda por vivir (Seix Barral), “el huevo de donde salió el pollito”. El germen de su última novela –hilvanes del oficio mediante– quedó recién a partir de la página 231, casi entrando en la recta final. Antonia recapitula desde la madurez de sus cuarenta y pico esa primera juventud en la que todo cambiaba y ella se sentía más huérfana y perdida que nunca, extraña entre los habitantes de su propia fauna –la movida madrileña–, cuando trabajaba en la radio y como guionista de televisión. Cualquier similitud con la vida de la creadora del célebre Manolito Gafotas –protagonista de una saga infantil que fue llevada al cine y a la televisión a mediados de los ’90– no es pura coincidencia.

La protagonista de Lo que me queda por vivir –título que tomó prestado de un bolero memorable de la cubana Omara Portuondo– no es una alter ego de Lindo, aunque la materia prima de su vida esté fraguada en la narración. “Todo empezó con ese capítulo, ‘El huevo Kinder’, un recuerdo mío personal que podía ser el principio de algo más grande. Sólo una primera persona muy cercana podía plasmar la intimidad de esa mujer. Sabía que el lector podría identificar esa voz con la de la autora, pero quise asumir el riesgo y contar a corazón abierto.” Hace tres años, cuando escribió ese capítulo –que fue aprobado por su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina; y por su hijo Miguel, a quien le dedicó la novela–, estaba leyendo Un joven de provincia, de Chéjov. “El narrador parece estar tan cerca del autor que durante las primeras cincuenta páginas creí que era la vida de Chéjov”, dice la escritora a Página/12. “Ahí me di cuenta de toda la confusión que podría provocar esa primera persona tan intensa. Pero la novela no hubiera sido la misma con una narradora distante.”

–La movida española está un poco mitificada y parecería que la novela intenta quitarle esa pátina mítica, ¿es así?

–No es que tuviera una intención, no soy dada a los mensajes: pienso en los personajes y escribo con ellos. Sí es cierto que esa época ha sido mitificada, sobre todo por la generación que era joven cuando la vivió. Y porque esa generación está ahora mismo en el poder político, en las columnas de los periódicos, en las solapas de las novelas. Hay un momento de la vida en que se produce una especie de mitificación de la juventud; pero el contexto político y social de la década del ’80 ayudó a que esa generación se mitificara, porque España estaba viviendo unos años de mucha apertura social, cultural y moral.

–La voz de la mujer en esta novela es bastante escéptica, parece no ser partícipe de ese clima de época. ¿Cómo la vivió usted?

–Podías estar viviendo intensamente esos años y no formar parte de ese movimiento cultural que se llamó la “movida”. Yo que entonces era una chica de barrio moderna –que trabajaba en la radio– veía todo aquello como un poco ajeno a mí. Aunque luego, viéndome en las fotos de la época, me di cuenta de que me parecía bastante a los otros. Pero mi actitud era más de observadora que de integrante. A los hombres se les perdona los elementos autobiográficos como literarios y a las mujeres no. Es una novela, una construcción literaria; pero cuando hablas de la propia vida, encuentro que tienes que dar muchas más explicaciones de la que tiene que dar un novelista.

–¿Por qué cree que una escritora tiene que dar más explicaciones?

–La vida íntima de las mujeres todavía se la ve en la ficción como si la estuvieras aireando, como si estuvieras haciendo algo impúdico, como si hubiera cierto exhibicionismo, porque se juzga de distinto modo a los hombres y a las mujeres. En España hemos avanzado muchísimo, tenemos una presencia social, estamos en la cultura, en la política, pero en algo se tiene que notar que venimos de dónde venimos. Y naturalmente en los juicios que se hacen sobre las mujeres hay a veces una condescendencia o cierto morbo. De todas formas, no es una novela en clave donde haya que buscar las pistas de la vida de Elvira Lindo (risas).

–Aunque esas “pistas” estén…

–¡Pero yo no quiero evitarlo! Estoy agradecida de haber tenido una vida tan intensa que pueda servir de materia prima para una novela. A mí no me causa ningún problema. Tal vez que se vea de una manera morbosa sí me molesta. Pero es la narración de un período de maduración de una mujer y eso es tan universal como la propia literatura.

–Al comienzo de la novela se produce una discusión entre Antonia y su marido, cuando él le plantea que nadie elige la clase social en la que nace. ¿Qué opina usted?

–Si la ideología se convierte en algo tan obtuso que deja de ser humano, realmente no sirve. Hay dos mujeres, una sale de la clase media y se tiene que buscar la vida como todo el mundo; la otra, de una familia mucho más pobre. En España hay gente de mi generación que ha llegado al mismo sitio desde inicios completamente distintos; pero es lógico que Antonia reaccione tan mal ante ese comentario porque está sospechando que su marido la prefiere a Marga sentimentalmente. Lo que quiero plantear con esa escena es que muchas veces no estamos discutiendo sobre ideología, estamos discutiendo de otra cosa. El está cubriendo con ideología lo que sencillamente es que se ha enamorado de otra mujer.

Algo de la pregunta incomodó a Lindo, que eleva unos centímetros la ceja izquierda, como si estuviera preparada para una repregunta que ella intuye que llegará en breve. O algo de su respuesta quedó trunco. “Al final, entiendes mucho más a las personas si te fijas en lo que hacen más que en lo que dicen”, retruca. “Si estamos expresando continuamente principios ideológicos, tal vez estemos dando una imagen equivocada de nosotros mismos, porque a lo mejor en nuestra vida privada no nos estamos comportando a la altura de esos principios, ¿no? A mí me gusta mucho más valorar a las personas psicológicamente; en esto me ha enseñado mucho vivir en una ciudad como Nueva York, donde hay mucha gente que no piensa como tú o pertenece a otra religión. España es un país más homogéneo porque no ha tenido inmigración hasta hace poco tiempo; entonces el músculo de la tolerancia lo tenemos poco desarrollado. En ese sentido, prefiero encontrar la esencia de las personas en su actuación diaria, darles una oportunidad, no juzgarlas inmediatamente por lo que dicen que son.”

–¿Por qué es tan abismal la relación que hay entre la España de esos años ’80 y este presente?

–Hay un contraste que tiene que ver con la relación entre padres e hijos. Cuando presenté la novela en Madrid, estaba mi padre. Yo no sabía lo que estaría pensando él, pero me acuerdo que dije que probablemente mi generación haya sido una de las que más les han mentido a sus padres, pero porque no podíamos decir la verdad. Estábamos cambiando tanto… Mis padres tenían más que ver con sus padres, con mis abuelos, que lo que yo he tenido que ver con mis padres. Como los acoples sociales son tan sabios, la generación de mis padres ha sido la más valerosa a la hora de cambiar. Pero los cambiamos nosotros, los hijos. Por mucho que ahora la derecha española diga que el matrimonio gay fractura la sociedad, precisamente por ser un país en que la familia es la base social, cosas que en un principio no gustaban, que podían inquietar a la generación de mis padres, han sido superadas porque el amor familiar está por encima de todo. La gente ha aceptado el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero el contraste también está en la situación de la mujer. No me parezco en nada a cómo tuvo que vivir mi madre, pero creo que ella se hubiera alegrado de que yo fuera una persona diferente a ella, que tuviera otras oportunidades en la vida. Lo apasionante de mi generación es que no se parece a la de sus padres.

–Otro contraste posible sería con la izquierda. En su novela, aunque la protagonista sea más una observadora, queda claro que empatiza con ese sector.

–La izquierda está muy desgastada. España entró en la crisis y el partido socialista reaccionó muy tarde o asumió tarde que estábamos en una crisis. La derecha ha hecho una oposición terrible, feroz, en todo este tiempo. España, por otra parte, necesita un gobierno fuerte para no asumir lo que le manda Europa de manera ciega, como si fuera una obligación. Pero el gobierno de (José Luis Rodríguez) Zapatero no tiene la fortaleza que debiera tener en estos momentos. El Partido Socialista está viviendo una crisis de la que no sé cómo va a salir.

–¿Por qué un partido y un gobierno pagan el costo de una crisis generada por la derecha? La burbuja inmobiliaria no la generó el PSOE, ¿no?

–El país entero ha participado, ha habido muchos responsables. España tiene que cambiar su modelo de país; durante años la construcción, el sector inmobiliario, ha ganado mucho dinero y se generó una cultura especulativa; la gente compraba un piso para después venderlo muchísimo más. Y esto se hacía de manera inocente, porque se pensaba que la vida era así. Nadie creía que podía provocar que el país se hundiera. Los economistas han demostrado que no supieron ver lo que tenían delante de los ojos, o lo vieron y opinaron otra cosa por cuestiones de interés. Mi padre venía a mi casa todos los sábados a comer y nos daba una charla sobre que se estaba prestando dinero que no se tenía, que se estaba prestando a intereses muy bajos. Nosotros lo escuchábamos, como a veces se escucha a los abuelos, y decíamos: “Bueno, este hombre se callará y dejará alguna vez el asunto”. Cuando se destapó la crisis, mi padre nos dijo: “¡Veis, no había dinero!” A mí lo que me parece cínico es que el PP (Partido Popular) responsabilice al PSOE (Partido Socialista Obrero Español) de lo que está ocurriendo. Hemos vivido en España, en los últimos veinte años, como si fuéramos ricos, olvidándonos de dónde veníamos. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Creo que el socialismo tiene que pararse un momento a reflexionar para generar ilusión en la gente, para volver a ser el partido con el que tanta gente se identificaba.

–¿Cómo puede haber indignados y que vuelva a ganar el PP, como se dice, en las próximas elecciones?

–Los indignados no van a votar al PSOE ni al PP; son personas que se quedaron sin partido. Los jóvenes que estuvieron en Puerta del Sol discutían; había una especie de asamblea permanente. El descreimiento es hacia los partidos políticos; una reacción normal porque ha habido mucha corrupción en España en los últimos años, un exceso de cargos políticos y de gasto que generaba la propia política. Cuando todo va bien y mucha gente tiene trabajo y hay un período de estabilidad, no ocurre nada. Pero cuando la economía se retrae, la gente empieza a decir: “¿por qué este alcalde de una localidad de 3000 habitantes está ganando yo que sé? ¿Cuál es la responsabilidad que tiene para que esté ganando más que un médico que opera a corazón abierto en un hospital público?”. No se puede estar pensando recortar el presupuesto en Educación cuando estamos dilapidando el dinero en cosas que no construyen un país. Mi hijo estuvo en Puerta de Sol y está bien que estemos en desacuerdo en muchas cosas. Que yo le diga: “Pero vamos a ver, ¿esto cómo se traduce en algo concreto?”. Y discutimos, lo cual es muy saludable, porque mi generación tuvo como componente pedagógico no discutir. Y creo que eso es terrible y provoca una especie de inmadurez.

Por Silvina Friera, especial para “Página/12”, Buenos Aires, 4 de octubre de 2011.

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