El tango, como la calle y como la biblioteca universal, es una fuente inagotable de sabiduría, para quien lo escuche bien y sobre todo para quien lo escuche mal. Aquí, una serie de equívocos y asociaciones libres que revelan misterios atrapados en el dos por cuatro.

 

Hoy voy a escribir de literatura universal, es decir, de tango. Si fui adolescente en una época en donde no estaba tan desarrollado el sistema de celebrities, la fama era para mí que a toda birome se la llamara Bic, y a toda hojita de afeitar Gillette, pero sobre todo que en una letra de Cadícamo a Darío se lo llamara por el nombre de pila: “Al raro conjuro de noche y reseda/temblaban las hojas/ del parque también/y tú me pedías /que te recitara/ esa sonatina/ que soñó Rubén”.
El tango-canción fue mi primera “lectura”. Lo oía sin querer, en la radio que ponía a todo volumen la llamada “muchacha”, extraño apelativo como si yo no pudiera llegar a serlo o como si mi madre, entonces, no lo fuera. La “muchacha”, fan de La hora de las ofertas y el Glostora Tango Club, me abría al gusto por la metáfora . Qué bello eso de “la serpentina nerviosa y fina”  o “Brumas hay, cerrazón y dolor”.
Después, no el oído sino el mal oído me llevó al surrealismo. Cuando escuchaba Vida mía, en la parte que dice “sé que el oro no tendrá tus besos”, yo oía “sé que el loro no tendrá tus besos” o en Que siga el corso “como un pintoresco broche, sobre la noche del carnaval”, oía “como pintores con brocha sobre la noche de carnaval”.
Siempre digo que yo con el tango se puede decir que aprendí a leer. Es más, el feminismo me viene por el tango. Pero en un sentido extraño: en plena época de las pasiones formateadas por el psicoanálisis, me empezaron a interesar las cancionistas. Para mí canturrear Besos brujos no era parodiar. “Yo no quiero que mi boca maldecida traiga más desesperanzas a mi alma y a mi vida” o “No salgas de tu barrio, sé buena muchachita”, era resistencia a los ordenamientos psi que le hacían vade retro al goce, al deber ser del existencialismo y su racionalidad militar.
Por el tango aprendí una primera lección literaria: la diferencia entre el autor, el narrador y el intérprete.
Sería idiota leer una alusión lesbiana en el hecho de que Azucena Maizani cante con agudo estridente: “Yo quiero una mujer desnuda/ desnuda yo la quiero ver/ Anhelo yo una línea pura/ de hermosa escultural mujer… (Yo quiero una mujer desnuda, de E. Delfino y L. Alberti) aunque pudo haberse convertido en un código del amor de mujer contra mujer antes de Sandra y Celeste.
Durante años el tango me sirvió para nombrar toda música popular, aquélla que la “muchacha” bailaba en La Enramada y el Palacio de las Flores y en donde, en los carnavales, asistía con su ropa habitual pero combinando  todos los colores primarios y la pollera más larga, collares superpuestos, mucho maquillaje y caretita , disfraz al que había bautizado como “disfraz de fantasía”. Con la letra de Mis harapos (Jorge Luque Lobos/Marino García) pensé que había llegado a lo sublime de la identificación literaria: “Caballero del ensueño, tengo pluma por espada /mi palabra es el alcázar de mi reina la ilusión/ mi romántica melena, así lacia y mal peinada /es más bella que las trenzas enruladas de Ninón”.  Claro que para hacerla mi autobiografía, oía “cabellera del ensueño …”. Algo de lo recargado de esa letra, incluso esperpéntico me quedó para siempre, hasta para cocinar. Llegué a sentir una temprana piedad por el escritor  por encargo  que, imaginaba, había entregado la letra a último momento, demorado por una bohemia de pensión y laburo en Crítica.  Por eso me fascinaba el final chanta, como de compromiso de “El helado cierzo a ratos arreciaba incompasivo /yo sentía frío adentro, frío afuera y todo así…”.
¡Cuántas veces, cuando escribo esta columna , tengo ganas de terminarla “y todo así”!
El rip del tango impuso estrategias para resucitarlo y la Tana Rinaldi fue uno de los Cristos que volvió a hacer respirar a ese Lázaro. Las primeras cancionistas cantaban con voz aguda, como si se las enmarcara en una naturalidad biológica, los años sesenta exigieron a las mujeres una voz  alejada de esa tradición. Amelita Baltar, Susana Rinaldi , Elba Berón usaron el registro actoral y “decidor”, la educación clásica, la marca del tabaco y el reaje.  Pero el gesto de Rinaldi fue, además, la ocupación por la voz de las letras que arrastraban un prestigio más allá del tango y en un tiempo en donde se proclamaba su defunción: el literario. Al elegir tangos que no revelaban la identidad de género como Tinta Roja o al conservar el narrador masculino original como en Sur rompía la identificación entre autor, cantante y narrador al mismo  tiempo que preservaba el sentido del texto. “Recostada en la vidriera y esperándote” no se escucha igual que “Recostado en la vidriera y esperándote”.  En el primer caso se piensa en una puta, en el segundo en un esquenún.
El rescate que han hecho Lidia Borda, Cristina Banegas  o Victoria Morán de algunos tangos modernistas o paródicos, herencia de la tradición de la revista, son indicio de que “se lee “ más finamente con los oídos, sin esa tradición realista que descredita al tango como reflejo de una realidad que pasó ni ese frenesí por bailarlo sabiendo poco y nada de su historia que hoy se ha vuelto académica.
En el tango la voz finita ya no representa la feminidad, ni la voz “en calzoncillos” de la que se ríe Lidia Borda pelea el territorio masculino.
En no sé dónde Jauretche tiene la teoría de que el tango recibe la influencia de la música campera, esa voz onda Landricina que es la del arriero. Una voz que sirve para llamar ovejas o parar caballos. Aguda.
O sea que en el tango el auge de la voz finita viene de un macho de a caballo y con ganado. María Elena Walsh siempre citaba un verso de Esta noche me emborracho “flaca, dos cuartas de cogote/y una percha en el escote/bajo la nuez” “Tiene nuez, entonces es una travesti”, decía. 
Escena paradójica del tango: en el origen bailado entre hombres chic to chic, es lo que le canta con voz finita un hombre de campo a una trava vieja”.

Por María Moreno, revista “DEBATE”, Buenos Aires, Septiembre de 2011.

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