“Sangre sabia”, una de las dos novelas que escribió la norteamericana Flannery O’Connor -que acaba de reeditar Lumen después de años- es de esos textos de los que no se sale indemne. Hazel Motes, un joven recién llegado de la guerra,  elige una ciudad del sur estadounidense para predicar una religión en busca de un absoluto que rompa con todas las creencias: la iglesia de Cristo sin Cristo. Uno de sus postulados es que no existe forma alguna de divinidad y que la blasfemia es el mejor camino para desprenderse de esa idea que, por sobre todas las cosas, es irremediablemente falsa.
Como si la novela no fuera ya de por sí bastante perturbadora, O’Connor se pregunta en el prefacio de la segunda edición (diez años después de la primera, aparecida en 1952): “¿Acaso la integridad de una persona radica alguna vez en lo que no es capaz de hacer? Creo que normalmente es así, pues el libre albedrío no significa una voluntad sino muchas voluntades contradictorias en un único individuo.”
Extraña manera de definir la libertad, que es un concepto absoluto y que no parece un terreno fértil para las contradicciones internas. Su imposibilidad de mostrarse más que como una incapacidad, un  límite, una ausencia, si se quiere. Lo que en cierto punto es una contradicción en los términos, la idea de libertad se vincula de manera inmediata con lo ilimitado.
En términos políticos, la libertad ha quedado asociada, por contradicción, a sus antónimos: la esclavitud y la servidumbre. Ser libre es exhibir al mundo con orgullo las rotas cadenas, es cuando la nación se declara soberana de su destino y puede elegir su rumbo sin más motivación que los intereses del conjunto de sus habitantes. También es una noción jurídica. Alguien tiene la libertad de disponer de sus bienes o de expresar sus opiniones sin obstáculos ni amenazas. Puede moverse libremente y asociarse con quien mejor le parezca. Para la ley, todo debe ser claro, hasta que llegan algunos abogados y deciden poner esa claridad en entredicho. Pese a la unánime mala prensa que la ha condenado hace rato, uno de los raros y no muy habituales méritos de la profesión es resistirse a aceptar sin más esas cosas que parecen no admitir cuestionamientos. En eso, la abogacía tiene que ver con la literatura, tal vez eso explique por qué son tantos los abogados que tienen el hobby de escribir novelas y cuentos. Aunque, para eso, la mayoría resulte demasiado respetuosa de la ley instituida de lo obvio y los aportes del derecho a la narrativa sean notoriamente escasos.
Todo se complica cuando la libertad se analiza en el terreno de las vidas privadas (pese a todo lo que está perturbando la relación entre lo público y lo privado, seguimos lidiando con nuestras luchas personales e intransferibles, muchas veces en soledad). ¿Qué es ser una persona libre, si nos olvidamos de los Estados y los tribunales?
Volvamos a Flannery. Su frase roza más de una cuestión. De Freud hacia aquí sabemos que no es nuestra voluntad la que maneja nuestros actos, que hay algo que nos trasciende, anterior a nosotros, que marca muchos rumbos de nuestra vida. Es como si estuviéramos escritos desde antes. De todos modos, el autoconocimiento, uno de los objetivos del psicoanálisis, permitiría torcer, aunque sea en parte,  ese determinismo del origen y del medio. La libertad sería un resultado posible, aunque siempre relativo, de un acto de introspección que realizamos en compañía de otro, el analista. En cierto sentido, la libertad quedaría asociada a la verdad, que es siempre un absoluto de horizonte inalcanzable.
El hoy bastante olvidado Erich Fromm -discípulo y a la vez empeñoso refutador de Freud- asociaba la libertad con el proceso de constitución histórico y personal del individuo. Pasamos a ser completamente individuales cuando logramos ser libres de esa historia que nos obliga a repetirnos y a repetir lo que nos enseñan.
También O’Connor habla de lo que no se hace. En este caso, la libertad tiene que ver con la austeridad, la pureza, la abstinencia, que es el camino que elige Hazel Motes. Debemos desprendernos de un montón de cosas, son muchos los relatos de gente que se despoja de sus posesiones para librarse de su peso; el mito naturista de la desnudez absoluta o de creencias e ideas recibidas. Un obsesivo de la libertad (aunque no abunde en la palabra), como fue el filósofo Gilles Deleuze, insistía en la necesidad de despojarse de una serie de esquemas de pensamiento que siempre nos llevaba al mismo sitio y nos hacía permanecer atados a la identidad a la que estamos condenados. La sensación que queda al leerlo es una rara paradoja: hay una sola manera de ser libre, el olvido del mundo que nos proponen.
Sin dudas, aunque no se la sepa definir muy bien, la libertad individual no se cuestiona. Es más, es una aspiración permanentemente declamada y los colegios más avanzados apelan a desarrollar la libertad interior de los niños, a que se expresen, quiera decir esto lo que sea. Pese a tanto acuerdo, hay historias que muestran la libertad como un doloroso límite. John Coltrane limaba obsesivamente la boquilla de su saxo para no quedar atado a los límites que le marcaba su instrumento. Todos los testimonios hablan de que sus años finales estuvieron marcados por el dolor de la búsqueda y la furia ante la resistencia del saxo. Da que pensar lo de Flannery; tal vez la libertad se vaya produciendo en medio de esa pelea irreconciliable de voluntades contrapuestas y objetivos imposibles. Puede que la libertad sea el antagonista de la felicidad y que,  cuando aceptemos que es tan deseable como  imposible, encontraremos la manera de hacer que nuestros propios límites se pongan de nuestro lado.

Por Marcos Mayer. Revista “Debate”, Buenos Aires, septiembre de 2011.

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