En cuatro pasos, una aproximación literaria y lúcida a lo que Almodóvar nos deja luego de ver “LA PIEL QUE HABITO”, su último film. Con ustedes, Pedro en nuestra piel…

 

UNO Rodríguez va a ver La piel que habito –recién estrenado opus 18 de Pedro Almodóvar– con el mismo ánimo y disposición con los que va a ver todo film de Woody Allen: por inercia, por cariño, por fidelidad con su propia historia, porque no tiene nada mejor que hacer. O sí. Pero ir al cine sigue siendo fácil, no duele, no es demasiado caro y es la mejor versión posible de estar, por un rato, a oscuras. Y de salir de allí convencido de que fuera de la sala todo es más luminoso. Este efecto y sensación, por supuesto, dura poco en el mundo exterior y, supuestamente, real. Dura menos de 117 minutos, que es lo que dura La piel que habito.

DOS Cuando era joven, en otro milenio, Rodríguez supo moverse dentro de La Movida. En un reportaje en TVE que pasaron noches atrás, Almodóvar precisó que a todos ellos –los protagonistas del asunto– ese término, lo de La Movida, nunca les cayó en gracia y que era más bien cosa de progres y periodistas culturales y teóricos del establishment, pero que no les quedó otra que aceptar la etiqueta. Durante la entrevista, Almodóvar se expresaba con inteligencia, precisión, humor. Hablaba de sus orígenes, de sus inicios, de cómo lo entienden fuera y lo malinterpretan dentro, de los problemas con su fotofobia, de su adiós a los neones de trasnoches locos. Y de lo que quiso lograr con su nueva criatura: “La película más negra que he hecho hasta la fecha” o algo así. Almodóvar ha insistido en esto último en todas las muchas entrevistas en España. Muchísimas. Un estreno de Almodóvar es un acontecimiento casi equiparable a partido de la Selección. Pero ahora, como en el pasado Festival de Cannes, entre tinieblas de La piel que habito –contemplando lanzarse cuchillos o frases ampulosas a Antonio Banderas y a Elena Anaya– la gente se ríe mucho mientras mastica palomitas. Rodríguez también, un poquito, como con vergüenza y mirando de reojo a las butacas de izquierda y derecha. Rodríguez se ríe del mismo modo en que se rió con Hable con ella, Volver, La mala educación, Los abrazos rotos. Con –salvo en Volver– esa incomodidad que uno siente al reírse cuando no debe. No es la risa catártica de los velorios o la risa infantiloide de cuando alguien se cae en la calle. Tampoco es esa risa rara e inclasificable –una risa haciendo perfecto equilibrio entre el miedo y el absurdo– que suelen provocar los delirios tóxicos y contagiosos de David Lynch. Es, sí, la risa que nos provoca alguien que se toma demasiado en serio su propia sed. Así –con trama de bella prisionera y cirujano plástico loco y fantasma artificial– La piel que habito aspira a ascender a las alturas del Alfred Hitchcock de Vértigo o del Georges Franjou de Los ojos sin rostro. Pero no: La piel que habito acaba siendo una variación turbulenta y pesada de aquella saltarina y ligera ¡Atame! sin nada del gracejo de grand-guiñol con iberian psycho torero que tenía Matador. Y son muchos los que no dejan de rogarle o reclamarle a Almodóvar –quien alguna vez fue algo así como el John Waters peninsular– un pronto retorno a la comedia, por favor. Necesitamos reírnos, le dicen. Pero no. Si bien el director manchego trabaja en varios guiones simultáneamente, parece que lo que vendrá será una especie de tragedia de cámara y, más tarde, su aproximación a ese fecundo género local conocido como “una de la Guerra Civil”. Y Rodríguez –de algún modo– entiende las reticencias de Almodóvar a la hora de volver al esperpento alguna vez marca de su casa. Porque –como les pasó a Andy Warhol, a Philip K. Dick, a J. G. Ballard– la textura del presente español se parece demasiado a aquello que Almodóvar presentaba como personal exageración grotesca. Aquellos clips televisivos que trufaban sus primeras películas son, hoy, reflejo fiel de la caja más retardada que idiota en horarios de máxima audiencia con añejos famosos despellejándose, o futuros e instantáneas celebridades listas para arrancarle los ojos a su compañero de reality, o mercaderes del chimento comentando –por ejemplo, ya que estamos– las postales lésbicas que un paparazzo le sacó a una Elena Anaya desnuda, en la playa, con su compañera sentimental. Y, por encima de todo y de todos, Belén Esteban –catódica “princesa del pueblo”, freak mediático de vulgaridad absoluta, alarido primal, búsquenlo en YouTube, tiemblen– que es algo así como la versión mutante y postatómica de la Chica Almodóvar. Ella sí que es la más oscura.

TRES De algún modo, La piel que habito produce la misma irritación que Cisne negro de Darren Aronofsky, otra película con chica/mujer muy linda: creerse más importante de lo que en realidad es y no darse cuenta de que sus verdaderas raíces se hunden en los quirófanos y óperas de gente como Roger Corman y Darío Argento. Esto último no es un insulto y mucho menos una degradación; pero conviene tener claro de dónde se viene para saber bien a dónde se quiere llegar. La piel que habito es un film que no sabe dónde vive o cómo rascarse. Así, asistimos al casi masoquista ejercicio de autocontención de un hierático Antonio Banderas (“No mueve ni un músculo porque así se lo impuse”, declaró Almodóvar a la revista dominical de El País) al que le habría quedado tanto mejor la piel de un desatado Vincent Price. Y a la entrega sin límites de la bella Elena Anaya. La hija súper adolescente de Rodríguez (lo que significa que será adolescente hasta entrados los cuarenta años) suele mirarla con cierto desprecio estilo psé (también conocido como “envidia imposible de disimular”) y dice que no está mal y que se acuerda de ella como vampiro-arpía en ese mamarracho que fue Van Helsing y de su participación en un video de Justin Timberlake. Rodríguez, en cambio –como millones de hombres de su edad–, jamás podrá olvidar la participación de Anaya en Lucía y el sexo. Seamos sinceros entonces: Rodríguez va a ver La piel que habito porque es la nueva de Almodóvar pero, también, porque es la última de Anaya.

CUATRO El crítico de cine Carlos Boyero –némesis de Almodóvar en los últimos tiempos– operó sin anestesia a La piel que habito y arrojó sus restos mortales al incinerador donde arden las buenas intenciones y los pésimos resultados. No es para tanto, piensa Rodríguez mientras no puede dejar de pensar en Elena Anaya. Pero tampoco es que le preocupe demasiado defenderla. A La piel que habito, se entiende; porque por Elena Anaya, Rodríguez estaría dispuesto a batirse a duelo hasta con el Capitán Alatriste, cuya adaptación a la gran pantalla fue a ver en su momento porque, bueno, Elena Anaya tenía allí un breve pero desnudo papel. Hoy, Rodríguez pagó, entró, se rió un poco, se acordó de sus años mozos cuando no dormía y cantaba a los gritos “La chica de ayer” o “Cuatro Rosas”. Ahora, Rodríguez sale del cine, entra a casa y, cae la noche, los noticieros cada vez más almodovarianos le cuentan del cada vez más próximo retorno del Partido Popular. Esos rostros, esos dichos, esas mantillas, esas procesiones y crucifijos. Tal vez no todo esté perdido, piensa Rodríguez. Tal vez la debacle del cada vez más absurdo PSOE y la avalancha en subida de Rajoy y de los suyos –por reflejo automático– alejen a Almodóvar de estos subterráneos thrillers más perturbados que perturbadores y lo devuelvan a aquellas coloridas azoteas siempre al borde de un ataque de nervios.

Mientras tanto y hasta entonces –se dice Rodríguez, en la T.V. alguien dice algo de la crisis– qué hemos hecho nosotros para merecer esto.

Por Rodrigo Fresán, desde Barcelona, especial para “Página/12”. (6 de septiembre de 2011).

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