Es una paraguaya ilegal en “Rita y Li”, que se estrena en septiembre. Cómo es ser la hermana de un productor y de un director. Escándalos y obsesiones, de Pizarnik al peronismo.

Julieta Ortega se mueve con una cadencia que la pinta de cuerpo entero. Suave, bella, de voz baja. Cuando habla, antes se detiene para pensar. Piensa y escucha. Como si estuviera tras alguna verdad escondida. Acaba de estrenar Rita y Li, una película en la que interpreta a una paraguaya humilde y sin papeles. También aguarda, sin ansiedad –pareciera que desconoce ese estado– Verano maldito, el último film de su hermano Luis.

–¿Cómo le llegó este guión?

–Estaba esperando filmar Verano maldito. Es raro, pero me han llegado guiones en este último tiempo, que no me interesaron. Me pregunto: “¡Con lo que cuesta hacer una película!, ¿para qué contar esto?” (risas). Pero me encuentro con compañeros que me dicen que filme, que cuando me llega algo filme igual. Me dicen que no cuestione, que filme porque se filma poco. A diferencia de otras veces, esta historia me pareció muy poco pretenciosa, chiquita. Habla de mujeres y pensé que la podía hacer. Lo que más me complicaba es que me tenía que ir un mes a Santa Fe. Tuve que armar toda la infraestructura, que me llevaran a mi hijo todos los fines de semana para que no pasara mucho tiempo sin verme. Me fui en octubre del año pasado, y cuando volví al mes, inmediatamente empecé con Verano maldito. Fue una experiencia bastante intensa el haber estado un mes fuera de mi casa, en otra provincia que no conocía.

–¿Era la primera vez que se iba tanto tiempo fuera de su casa?

–Sí, y eso permitió crear otro clima de trabajo. Apareció en un momento en que yo pensaba que sólo tenía que esperar la película de mi hermano. Filmar es atractivo para los actores. Muchas películas argentinas van a festivales. Tampoco soy una actriz a la que le ofrecen todo el tiempo tantas cosas, pero me ha pasado que me han ofrecido películas a las que dije que no porque no les encontraba el sentido, y un año después, ver que la hicieron actores que yo respeto. Este guión me pareció de poco riesgo porque no tenía muchas pretensiones. De hecho conocí al director Francisco D’ Intino y me pareció igual. Es un tipo cordobés, muy simple, amoroso, muy relajado, muy de provincia, me sentí bien. Mi hermano Luis estaba histérico porque me iba a hacer otra cosa. Me decía que su película era muy difícil como para que yo me fuera un mes antes a hacer otra cosa.

–¿Fue difícil copiar el acento paraguayo?

–Tuve mucho menos tiempo del que hubiera querido, porque era para hacerla ya. Llamé medio desesperada a una persona que trabaja con la voz y con los acentos. La vi dos veces antes de empezar, me dio links en YouTube de cosas bastante piolas para ver. Había que elegir qué tipo de paraguaya, porque no hablan todas igual. Ahí me torturé un poco porque fui menos preparada de lo que quise. Incluso en el set estaba todo el tiempo escuchando cosas. Uno siempre hace lo mejor que puede. Suelo mirar mis cosas con miedo. La tele es más para apropiarse, termina siendo más lo que uno quiere. Te traen un personaje, y a los tres meses es lo que vos decidiste. Incluso los autores escriben lo que vos vas pautando. El cine no es así, estás en manos de otra persona, y la película es de otra persona. En el caso de este director, como es muy bueno, lo que vi de la película era lo que estaba escrito.

–¿Y cómo fue la película de su hermano?

–Después de un año, tuvimos que hacer de nuevo el final, porque él decidió hacerlo. Tuvimos que viajar a Cariló en condiciones lamentables, tres personas en un auto, sin continuista, poniéndome la horquilla donde intentaba recordar que estaba. Bueno, como se filma en la Argentina. Si no lo hacés con Campanella, es así.

–Pero a veces el cine argentino es premiado en los festivales.

–Seguro, pero es mucho esfuerzo. Sobre todo para los directores. Lo veo sufrir mucho a mi hermano; que la plata no es la que le prometían. A veces veo películas grandes y digo: “Uh, qué bueno filmar así”; a mí no me las ofrecen.

–¿Y por qué?

–No sé, pero me encantaría filmar más. Hay actrices que a los directores les gustan mucho. Al final, creo que te llaman para lo que te tenían que llamar. Yo no peleo mucho, ni siquiera soy de las actrices que van detrás de los directores. Creo que la gente te ve eventualmente en algo, y se terminó. A lo sumo, podría decirle a un director: “Cómo me gusta lo que hacés”.

–¿A eso se atreve?

–Esas cosas las he hecho, pero hasta ahí. Después, no persigo a nadie.

–No hace lobby.

–Para nada, me muero. Pero supongo que filmar es una buena manera de que te vean.

–¿De qué depende que estrenen una película? ¿Quién lo decide?

–Los distribuidores a veces te dicen que no es un buen momento para largar una película nacional porque salen cuatro bombas extranjeras. La industria nacional compite todas las semanas con monstruos. Últimamente no voy al cine porque nada me conmueve. Me conmueve más un libro o una serie de televisión que una película. Nada me vuelve loca, y sí leo cosas que me vuelven loca. Con el cine me pasó hace un tiempo que me volví loca con una película de Spike Jones, Donde viven los monstruos, que se supone que es para chicos, pero no lo es tanto.

–¿Cómo fue el final de Un año para recordar?

–Cuando uno hace un programa tiene las mejores expectativas. Después el programa se estrena y por ahí hace 12 puntos, que no es lo que un canal como Telefé espera que suceda en el prime time. Entonces en vez de durar hasta octubre, dura hasta julio. No te voy a decir que me da lo mismo que le vaya como le vaya.

–¿Le da rabia?

–No. Siempre pienso que hay una razón para que no le haya ido como se esperaba. Creo que a veces las cosas son muy ambiciosas para el horario, a veces no termina de pasar lo que los productores querían que pase. Nunca me quedo pensando “es genial y nadie lo entendió” (risas). Pero indudablemente algo no se hizo bien ahí. Yo personalmente lo disfruté porque hice algo distinto, me divertí, hice una mala, caminé como yo no camino, me vestí como yo no me visto. La pasé bien, había buenos actores y buenos compañeros. A mí me gusta trabajar con mi hermano porque me parece que apunta alto, y a veces le va mejor.

–¿Es fácil que el hermano sea el jefe?

–Él no está en el set, salvo alguna vez. Y a mí es a la que menos bola le da cuando va de visita. Él me dio buenas oportunidades y yo las supe aprovechar. Me gusta trabajar con él, y también le gusto a una persona, que decide mucho, que es Pablo Kullel. A veces, cuando me llaman, fue idea de Pablo más que de Sebastián (Ortega). Siempre es bueno cuando como actriz le caés bien a un productor. Como Pol-ka tiene sus actores, Underground tiene los suyos. Hay actores a los que les tienen cariño, y ellos han respondido.

–¿Y cómo es trabajar con Luis?

–Distinto. Me gusta mucho lo que hace. Cuando tuvimos que repetir ese final, me hizo meter en el mar con un frío imposible. Es intenso y le parece una ofensa si le ponés algún pero. ¿Era necesario hacer de nuevo la muerte de los hijos en el mar, un año y medio después? Como sé que no le gusta nada que lo contradigas, me callo la boca y voy. Otra vez en el mar, con ese vestido que no sé dónde consiguió y que pensé que ya lo habían quemado. Me encontré arrollada por las olas, tragando agua y con curiosos que miraban la escena, con el vestido levantado y viéndoseme la bombacha. Volvimos, y a las dos semanas me dijo que la escena no iba. Si no fuera mi hermano, no voy, y si después del esfuerzo no lo usa, lo mato. Esas son las cosas que puede hacer un hermano, que otro no. Es intenso, y lo que tiene de bueno es que él cree mucho en lo que hace. Es muy coherente, talentoso. A veces le ofrecen cosas y yo le digo: “Luis, hacelo”, y él dice que no. Él cree que se puede vivir sin hacer cosas que no le gustan. Siente que no debe rendirle cuentas a nadie y está bien. Es una elección y es muy coherente con todo lo que decide. Era una de las personas con las que yo quería trabajar. Y con Sebastián también. Está buenísimo tener un hermano que produce, y que en general produce cosas que están bien. Y si hay algo para mí, él me va a llamar. Así como nunca le pedí nada.

–¿No levanta el teléfono?

–No, porque sé que eso es ponerlo en una situación incómoda. Cuando me preguntan cómo se hace para trabajar con un hermano, yo digo: haciendo de cuenta que no sos hermano. No aprovechar el vínculo ni hablar de nada que pueda traer problemas. La plata se habla con otra persona. Si hay algo con lo que no estás conforme, mandás a tu representante a hablar con otro señor. Es la única manera. Si no, se mezcla todo.

–¿Cómo ve la televisión?

–Hay espacios, hay cosas. Veo algunas cosas, como el programa de Mariana Fabbiani y el de Pettinato. Algunas veces veo a mi amiga Leticia Bredice en El Elegido y me gusta mucho. Hay una tele escandalosa, pero podés estar al margen. Los programas de entretenimientos se ocupan de las peleas, escándalos y demás, no se ocupan de los actores y de los estrenos de películas.

–Usted participó en una novela con Gonzalo Valenzuela, protagonista de uno de esos escándalos.

–Sí, hubo movimiento. No me tocó directamente, pero sí, lo viví a través de un compañero. Horrible, pobrecito. Me dio mucho vértigo cuando me he estado en el medio de algún lío. No la paso nada bien, sólo quiero que termine. El año pasado me pasó con una nota con uno de mis hermanos. Después la sacaron de contexto, en boca de gente por la que no querés ser nombrada. Trato de no hacer ninguna declaración. No tengo necesidad, ya soy grande para decir todo lo que se me pasa por la cabeza. Para mí se habla de trabajo y nada más. Todas esas peleas hay que dejarlas para otro tipo de gente, para las vedettes. ¿Sabés lo que es ser nombrado todo el tiempo? Me duele la panza de sólo pensarlo. Tal vez tuviste un mal día, ¿y sabés qué? Mejor ni voy. Escuché a un periodista en la tele, que decía: “No les pregunten nada a los actores, que no tienen nada para decir”. Y yo pensé que no, no tengo nada para decir, y menos en un programa de televisión. No quiero ser reproducida después.

–Hace varios años, instalada en Tucumán, dijo interesarse en la política además de la actuación. ¿Y ahora?

–Me pasa poco. Tengo obsesiones con otras cosas. En este momento la tengo con Pizarnik, y en otro momento me pasó con la historia del peronismo. En ese momento, la gente que me conocía sólo me regalaba libros sobre el peronismo, que por cierto es extensa e interesante. Llegué hasta a ir a seminarios.

–De José Pablo Feinmann, supongo.

–Sí, ¿cómo sabés? Pero me cuesta traerlo a la política actual. El fanatismo peronista, que me resulta encantador y muy de una época, me cuesta ahora. No soy fanática de nada. Hay cosas de este gobierno que están muy bien y entiendo por qué a mucha gente de mi generación por primera vez le interesa. Este es el primer gobierno que más supo representarnos. Se ha metido con temas que no se ha metido nadie, y que no son demagogia. Por la razón que sea se hicieron y no se habían hecho antes, y no me parece un tema menor. Pero cuando veo mucho fanatismo de parte de alguna gente, me parece que eso tapa los ojos. Me parece bueno poder ver la imagen entera. Te quedás sin discutir, que es tan importante. Eso es lo único que discutiría.

Por Florencia Canale. Revista “Veintitrés”, Buenos Aires, jueves 1 de septiembre de 2011.

 

 

Anuncios