Por Ernesto Shoo (especial para “La Nación”).

 

Por muchos años no tuvimos otro teatro, o Casa de Comedias, como generalmente se llamaba, que el Argentino, situado frente a la iglesia de la Merced (?), hasta que se edificó el Teatro de la Victoria, por el año 1833 (?). El Argentino fue, pues, por muchos años, nuestro único teatro, que no fue por cierto un modelo arquitectónico. El frente, completamente destituido de todo ornato, ostentaba por entrada un portón de pino, más aparente, sin duda, para una cochera que para un teatro; y como no hay nada que ver aquí, visitemos el interior”.

Así comienza la evocación que hace el doctor José Antonio Wilde (1813-1887) -médico y educador, ilustre vecino de Quilmes- de los comienzos de la actividad teatral en Buenos Aires, ciudad a la que dedicó un libro cuya lectura recomendamos a todos los que la aman: Buenos Aires desde setenta años atrás , publicado en 1881. Entremos, pues, con él al modesto Teatro Argentino: “El proscenio tenía suficiente extensión para las representaciones de la época y para el personal de que se disponía. Las decoraciones, bastante pobres, fueron pintadas en su mayor parte por don Mariano Pizarro, argentino, maquinista del teatro. El telón de boca y cierto número de bastidores eran obra de algún artista o aficionado extranjero que caía a la mano. El alumbrado se hizo por velas de sebo y más tarde con aceite (?) La maquinaria no estaba muy adelantada en esa época, y en prueba de ello veamos cómo se manejaban para subir y bajar el telón. Para subirlo, colocábanse uno o dos hombres de cada lado en la parte más alta de la boca del proscenio, entre las bambalinas; allí permanecían sentados. Cuando se hacía la señal para subir el telón, abandonaban su asiento y, bien asidos de las cuerdas, descendían al piso por su propio peso haciendo, hasta cierto punto, el oficio de poleas; el telón subía en proporción que ellos bajaban. Aseguraban bien las gruesas cuerdas en unos postes destinados al efecto y cuando querían que el telón bajase, soltaban las cuerdas, como quien suelta hilo a una pandorga, o como se va soltando con precipitación el balde al aljibe” (pandorga es una antigua denominación de la cometa, o barrilete).

No es nada piadoso el doctor Wilde cuando, unas páginas más adelante, enjuicia a los intérpretes que pudo ver en el Argentino y luego en la Victoria. Algunos ejemplos: “Matilde Diez, hija del barba (característico) señor Diez, actor español mediocre; era esta lo que puede llamarse una hermosa mujer, alta, algo corpulenta, pero bien formada, era todo menos actriz. Convencida, como parecía estarlo, de su hermosura, no se empeñaba en estudiar, jamás sabía su papel, ni entraba en él, los pasajes más patéticos no la conmovían ni la afectaban en lo mínimo; era un adorno en escena. Ana Campomanes, de más de cuarenta años, fea en grado heroico; desempeñaba papeles secundarios con bastante soltura, particularmente los de criada de confianza, que son las que manejan la intriga. Cantaba, pero tenía una voz cascada y chillona. Velarde (Primer galán). Alto, de buena figura, pero sin elasticidad en sus movimientos y acción, al extremo que al verlo desempeñando el rol del conde de Almaviva en El barbero de Sevilla , un crítico de aquellos tiempos decía que más bien debiera llamarse conde de Almamuerta. Sus modales eran finos pero, como sus compañeros, carecía de escuela. Felipe David (Primer gracejo). Porteño. Este hombre, sin estudio, sin modelos que imitar, poseía dotes especiales: sobresalía en la mímica. Era el amigo predilecto del público (?) Bastaba ver solamente a Felipe en la escena, para que se pronunciara la hilaridad; antes de que dijera una sola palabra, la risa se hacía general”..

Anuncios