Luego de varios años, la espectacular ex-modelo argentina Chunchuna Villafañe volvió a actuar en una obra del talentoso director José María Muscari.

De su infancia con una madre muy moderna, del exilio en Francia y de la relación con sus tres maridos. De todo esto, y más, nos habla en esta entrevista de “Siete Días”, realizada por la periodista Verónica Caamaño recientemente en Buenos Aires.

 

La casa que Chunchuna tiene en Vicente López fue, antes de aparecer en el mapa, parte de su imaginación. Porque además de ser modelo y actriz, también es arquitecta y usó sus conocimientos para crear el lugar en donde más le gusta estar. Y no es para menos. El mundo de Chunchuna es a prueba de aburrimiento. Hay cuadros en todas las paredes, objetos de decoración en cada rincón y muchos, muchos libros, la mayoría en español y francés. Ellos parecen ser los verdaderos amos del lugar, además de ser parte fundamental del principal hobby de su dueña. Ella es una ávida lectora desde antes de eclipsar a todos con su belleza, cuando se destacaba como modelo publicitaria y también mucho antes de su debut como actriz de cine en La historia oficial. De hecho, descubrió de qué se trataba eso que los adultos llamaban “sexo” a través de uno muy especial: “Las mil y una noches”.

“Para un cumpleaños una tía mía me lo trajo original, eran tres tomos enormes. Lo empecé a leer cuando no había nadie en mi casa, entonces intuía que no era un libro para mí. Cuando lo estaba leyendo sentía unas cosas físicas raras, no sabía qué me pasaba. Un día no sé si mamá, papá o quién agarró el libro y dijo: ‘Éste libro no es para niños’. Una lástima porque nunca más lo tuve”, recuerda la actriz de “Shangay”, una de las obras del director José María Muscari, donde interpreta a una madre con ínfulas susanescas –por el animal print–, que intenta salvar la pareja de su hijo (Muscari) y el novio (Nicolás Pauls) en un restaurante chino palermitano.

“Es una loca delirante, una vieja metida”, específica Chunchuna, mientras sirve un rico café. A la legua, se nota que el papel que le tocó interpretar no tiene nada que ver con su rol como madre: “Con Juana me llevo muy bien y con Inés también. Son muy distintas. Tengo la relación que tenemos las madres con las hijas. A veces es complicada, no es un idilio. Pero para mí, que se hayan ido de mi casa fue lo peor porque las tres éramos como una sola. Y bueno, tenían que irse, pero fue difícil”, asegura la actriz, que se muestra sin cirugías con la belleza propia de una mujer natural.

–¿Qué dijeron sus hijas acerca de esta madre que le tocó interpretar en teatro?

–Juana me dijo que le había parecido muy interesante la obra. En general, a la gente le gusta la obra, salvo un señor que hace mucho, cuando recién empezamos me dijo que una vez que venció los prejuicios le empezó a gustar. Me pareció genial, porque es cierto. Mucha gente va con mucho prejuicio, entonces puede ser que le resulte dura en algunos momentos.

–¿Qué piensa sobre los prejuicios?

–A mí no me importa que la gente sea lo que sea. Me importa que sea íntegra. Si sos homosexual, negro, judío…, me da lo mismo. Me importa saber qué tenés en la cabeza.

–¿Y qué tiene en la cabeza su personaje?

–Yo creo que este personaje es una mujer muy básica que no ha tenido mucho estudio y que en algunas cosas es muy ignorante, pero a ella no le importa. Le encanta la moda, seguro se compra todas las revistas mediáticas y ve lo que se ponen los famosos. Se debe mirar al espejo y se debe creer de 30. Entonces me pareció que tomar el papel iba a ser muy atractivo.

–¿A usted no le gusta la moda?

–No, a mí me aburre totalmente la moda. Una de las cosas que tenía ser modelo además de la plata era que me tenía que arreglar. Me gusta verme bien, pero nunca hice el esfuerzo para verme linda.

–¿Su familia había aceptado ese trabajo sin ningún problema?

–A mamá nunca le gustó que trabajara de modelo. Ella lo rechazaba. Le parecía que las mujeres, sobre todo, teníamos que estudiar, valernos por nosotras mismas y no depender nunca de un tipo. En esa época todas las chicas, cuando estaban de novias, le hacían un suéter o una bufanda al novio. Y cuando me puse a hacerle una bufanda al mío ella me dijo: “¿¡Qué hacés!? ¿¡Estás loca!? ¡No le regalés nada!”.

–Tenía una madre muy moderna…

–Ella era muy moderna, sí. Y mi abuela también.

–¿Usted es más tradicional en su relación con los hombres?

–No. Yo siempre los traté de igual a igual. Para mí, o eran compañeros en la facultad o eran amigos, a no ser que me enamorara. Las mujeres eran distintas a las chicas de hoy. En esa época no pasaba eso de tratar a la mujer como objeto. Hoy la mujer se cuida más el físico, va al gimnasio… A mí nunca se me hubiera ocurrido ir al gimnasio. La que iba al gimnasio era un bicho raro.

–¿Cuál es su verdadera vocación? ¿La de actriz, modelo o arquitecta?

–Yo creo que tengo muchas vocaciones. Me gusta hacer tantas cosas que no creo que la vida me dé la posibilidad de hacerlas. Todas tienden a lo creativo y tienen que ver con la estética. Me encanta la fotografía y me hubiera encantado ser atleta.

–Pero contó con muchas experiencias fuertes a lo largo de su vida, como el exilio en Francia. ¿Hoy ve aspectos positivos de esa situación?

–Todos, y me doy cuenta ahora. En el momento que estaba allá extrañaba muchísimo. Entrar de grande en otra cultura es difícil. Ni los gestos ni nada de lo que hacemos acá tiene algún significado, por lo menos en Francia. Me acuerdo que me sentí ubicada en la primera vez que me hizo gracia “Band designe”, una historieta cómica. Antes las leía y pensaba: “qué plomo, qué aburrimiento, ¿qué quiere decir esto?”. No entendía el humor francés. El día que yo dije: “qué gracioso” fue cuando me empezó a gustar el país y fui parte de la cultura.

–¿Cómo pasaba el tiempo con Pino Solanas, su marido en ese momento?

–Yo me ocupaba de que los chicos se integraran y una vez que lo hicieron, supieron el idioma e iban al colegio, hice algunos estudios en la Sorbonne, En un momento empecé a hacer otras cosas. Había ido a una muestra de ropa sueca prehistórica. Había unos cueros, unas pieles duras, producto de años y años, y eso me inspiró. Pensé en que quería tejerme un suéter que podía o usar o colgar en la pared.

– ¿Se puso a tejer?

–Primero le escribí a una amiga tapicera que teníamos en Italia y le pedí que me lo hiciera. Tardó meses. Hasta que me preguntó: “¿Por qué no te lo hacés vos?”. Entonces empecé. Compré lanas, cintas, le encajé medias viejas. Parecía Penélope, tardé como un año en hacerlo. Y un día lo terminé, me lo puse y salí a la calle. Caminé dos cuadras y un tipo me preguntó dónde había comprado el suéter. “Lo hice yo, lo acabo de estrenar”. Se presentó, sacó una tarjeta y me dijo que era el socio de Saint Laurent. “Me interesa su suéter, se lo compro. Piénselo”, me dijo. Volví a casa con una sensación horrible como si hubieran querido comprar un hijo. Entonces pedí una exorbitancia y me la aceptaron. Hice muchos suéters y aunque tardaba mucho en hacerlos, los vendí todos. Me dio mucho placer hacerlo.

–Y cuando volvió a Buenos Aires, le ofrecieron hacer su primera película, “La historia oficial”…

–Iba por la calle y me cruza Luis Puenzo, yo lo conocía de la época en que hacía publicidades. Y me dijo que había estado pensando en mí. “Quiero que hagas un papel en mi primera película”, me dijo. Y cuando leí el guión pensé que era soñado, que era lo que yo quería hacer. Después Luis se arrepintió y yo le propuse hacer todas las pruebas que el quisiera, entonces me dijo que quería que Norma (Aleandro) lo viera. Finalmente lo hice delante de él y un equipo. Todos dijeron que sí. Después esperé que viniera Norma. Hasta que al final me confirmaron. Ese papel era para mí. Y con Norma me llevé muy bien. Es muy positivo para un actor trabajar con otro que es bueno, se van potenciando mutuamente. Mi marido, en ese momento, fue mi último marido. Lo conocí en Francia. Y ahora se murió.

Chunchuna baja la mirada y a través de sus gestos, es claro que el recuerdo de su último compañero la llena de nostalgia y tristeza. Ella conoció al amor de su vida en el lugar más romántico que pudo: Francia. Pero antes de vivir treinta años junto a él –Adolfo “Chango” Lavarello–, había estado casada con el padre de sus hijas Juana e Inés Molina, Horacio Molina. Pino Solanas fue su segundo matrimonio. Y hoy, muchos años después, aún guarda aprecio por ese hombre que conoció a través de la política. “El hermano de mamá fue una persona muy conocida en el medio, tenía mucho contacto con Perón. Así que con Pino nos conocimos porque los dos fuimos a ver una película, ‘La muerte del viejo Reales’, de Gerardo Vallejo”, recuerda.

–¿Qué piensa de la imagen pública que hoy tiene Pino?

–Le deseo lo mejor y hubiera querido que ganara porque es una persona que se lo merece. Cuando dice algo no lo dice porque sí, lo dice porque lo sabe, porque se preocupó y se enteró. Estuve mucho tiempo con él. Es muy serio y muy capaz. Prefiero no hablar de política, pero Cristina tiene cosas que me gustan. Me gusta que nunca lea sus discursos y me gustaba mucho el marido.

–¿Qué le criticaría?

–Que hay una cantidad de cosas que no se hicieron. No sé si es porque las presiones son muchas y no se puede hacer todo, pero en general me gusta porque es mujer. Ahí la defiendo. Además se arregla, es linda. Una vez leí, cuando Kirchner nunca había sido presidente, una entrevista donde decía que no salía sin pintura ni a la esquina. Y eso me cayó simpático.

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