ALFREDO ALCÓN Y RODOLFO BEBÁN JUNTOS EN LA CALLE CORRIENTES

Autor: Juan Villoro  / Versión y dirección: Javier Daulte / Elenco: Alfredo Alcón, Rodolfo Beban, Claudia Lapaco, Marco Antonio Caponi y Alexia Moyano / Escenografía: Alicia Leloutre / Luces: Eli Sirlin / Vestuario: Mariana Polski / Producción: Adrián Suar y Pablo Kompel / Duración: 120 minutos / Sala: Metropolitan 2.
Nuestra opinión: muy buena .

Es una guerra donde las armas son las palabras, mejor dicho, los conceptos, que vuelan como flechas envenenadas a clavarse en la mente, el corazón o el sexo de los personajes. Los contendientes: dos filósofos eminentes, a los que la vida (aunque más exacto sería decir: la elección personal) ha separado. Intimos amigos y condiscípulos en la juventud, el Profesor (Alcón) se dedicó exclusivamente a pensar, aislándose en su bien nutrida biblioteca, desde la que lanza feroces epigramas y diatribas sobre casi todo el mundo, en especial contra su colega, el doctor Bermúdez (Bebán), quien prefirió la carrera de los honores, ha desempeñado importantes cargos públicos, es sociable y mundano, elegante. Clara (Lapacó), la mujer del Profesor, soporta con humor e ingenio las ironías de su marido, clavado en una silla de ruedas, desaliñado, torpe y cascarrabias. Esta tarde, insólitamente Bermúdez visitará al Profesor, tras muchos años de alejamiento, para pedirle – exigirle, más bien – que ingrese a la Academia de Filosofía: es casi una orden, a la que el inválido responde con la negativa más rotunda.

A partir de esta confrontación, el mexicano Juan Villoro demuestra dos cosas importantes: que un novelista puede escribir teatro sin caer en el abuso de literatura, y que las antinomias de Kant – para dar un solo ejemplo de los temas frecuentados por el libreto – pueden perfectamente funcionar en escena como disparadores de situaciones apasionantes. Porque la atención del espectador es sin cesar hostigada por una intriga que va desenroscándose con la precisión de un muelle de reloj: en el pasado de estos dos pensadores eminentes hay algo más que rivalidad profesional, hay una mujer que fascinó y sedujo a ambos. No conviene revelar más aquí; tan sólo, decir que la comedia dramática (con lejanos ecos de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? ) es deliciosa, que el ingenio chisporrotea en cada réplica y que Villoro es un talentoso y astuto dramaturgo. Tan sólo cabría objetar la extensión del diálogo final, al que convendría aplicar dos o tres tijeretazos oportunos.

¿Qué elogio cabe aplicar, a estas alturas, a un trabajo de Alcón? Es, cabalmente, el Profesor, perfecto en cada tono, en cada gesto, en la velada ternura escondida tras la cáscara rugosa. Bebán lo acompaña en una impecable composición, en un admirable dúo, como en una sonata de violín y piano. Y Lapacó expresa toda la seducción y el filoso humor de una Clara todavía coqueta y mucho más inteligente de lo que ambos filósofos creen. La pareja joven (Caponi y Moyano), puesta ahí por el autor para descomprimir un poco, de vez en cuando, la extrema tensión de los mayores, se comporta con bienvenidos desenfado y simpatía. Es magnífica la escenografía de Leloutre, con las sugestivas luces de Sirlin: la imponente biblioteca de fondo es, tal vez, la mayor protagonista de este sorprendente juego de pasiones algo más que intelectuales, puesto en escena por el siempre talentoso e imaginativo Javier Daulte.

Por Ernesto Shoo, “La Nación”, 19 de agosto de 2011.

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