CINE › VALERIA BERTUCCELLI Y GRACIELA BORGES PROTAGONIZAN VIUDAS

Dirigidas por Marcos Carnevale, Borges y Bertuccelli interpretan a las dos “viudas” de un hombre al que amaron por igual y que deja un vacío en sus vidas que sólo podrán sobrellevar estando juntas. Parecidos y diferencias de dos actrices casadas con el cine.

Son dos notables actrices que, al margen de la diferencia generacional, transmiten una sensibilidad similar. Se han forjado en escuelas distintas, pero viven la actuación con la misma pasión, casi como el primer día. A pesar de sus importantes carreras, nunca habían trabajado juntas… hasta ahora: Graciela Borges y Valeria Bertuccelli son las protagonistas de Viudas, sexto largometraje de Marcos Carnevale, que se estrenará el próximo jueves en la cartelera porteña. En esta comedia dramática, Borges encarna a Elena, una directora de documentales que se entera del infarto que sufrió su marido Augusto, en pleno trabajo. Cuando llega al hospital, una extraña está al lado del enfermo: Adela (Bertuccelli), una joven bonita, de la que Elena sospecha desde un principio. Y con razón: Adela es la amante de Augusto. Y él, segundos antes de morir, le pide a su mujer que cuide de Adela. A partir de entonces, Elena deberá lidiar no sólo con el dolor propio sino con el ajeno: es que Adela intentará aferrarse a ella porque es lo único que le queda de Augusto.

Borges comenta que cuando recibió el guión de Viudas comenzó a pensar con el equipo quién podría interpretar el personaje de Adela. “Yo siempre he pensado en Valeria y ella también en mí. Y una tarde la llamé y le dije: ‘Vale, tengo esta historia, ¿Te gustaría?’ Y me dijo que sí. Nos vimos y nos gustaron mucho los personajes. Me parece que son parejísimos y muy conmovedores en lo que cada uno hace”, confiesa Borges en la entrevista con Página/12, en la que también participa Bertuccelli. “Con Valeria no me cuesta actuar, aunque más que actuar, es sentir bien porque la quiero mucho y aparte es una actriz deslumbrante”, expresa Borges. Y sobre el perfil de su personaje dice que cambió, ya que al principio “era una mujer totalmente distinta, casi pusilánime”.

–¿Y cómo fue el trabajo de composición de los personajes?

Valeria Bertuccelli: –Primero, los ensayos fueron más que nada charlar con Grace y con Marcos alrededor de qué hablaba la película. Y habla de lo insoportable del amor, en el sentido de lo que es difícil de soportar en el amor. Entonces, hablábamos del dolor que te puede dar quien uno ama y te ama también, pero que aparte ama a otra persona. Es decir, cosas que son difíciles de soportar para el corazón y la cabeza. Y empezamos a hablar mucho de eso y a sumergirnos en un clima que era de emoción, de sentimientos, de entender al otro, de compasión pero en el buen sentido: de aceptación. Pasamos por todos esos temas y también por el humor, nos reímos, compartimos momentos juntos. Y después, la verdad es que yo siento que con Graciela tenemos un modo muy parecido. No somos de intelectualizar demasiado sino de estar ahí, de verdad. Y una vez que uno entiende cómo es ese personaje, tiene que hacerlo.

Graciela Borges: –Las dos tenemos bien claro que una tiene que tener mucho cuidado cuando se juega a hacer una película. No tenemos el ego muy sacado. No es tan fácil superar ese tipo de cosas al trabajar dos mujeres juntas. He estado con otras actrices que he querido, a quienes les he tenido mucho cariño, pero que no ha sido así. Siempre me he llevado bien con todas, pero Valeria es un amor incondicional y me gusta mucho cómo es ella, sus hijos y ese marido que tiene que es lo único que le sacaría (risas).

–¿Para un actor o una actriz es más interesante trabajar sobre lo que se desconoce?

G. B.: –Para mí, sí. Como actriz, me resulta más poderoso. Yo siempre trato de encontrar libros para hacer cosas que desconozca. Lo conocido es como siempre lo mismo. Por eso hacemos películas con gente tan distinta.

–Justamente trabajaron con cineastas jóvenes y veteranos. En su caso, Graciela, desde Leonardo Favio y Leopoldo Torre Nilsson a Luis Ortega, Lucrecia Martel y Daniel Burman. Y usted, Valeria, trabajó con Lucía Puenzo y Paula Hernández, entre otros representantes del Nuevo Cine Argentino, pero también con Juan José Campanella y Martín Rejtman. ¿Notan diferencias en las maneras de trabajar con los directores de acuerdo con una cuestión generacional o el trabajo depende de cada director en particular?

G. B.: –Yo no creo mucho en las generaciones. Yo creo que hay viejos jóvenes y geniales y otro chicos que son viejos. También están los que son vitales y divinos. Se trata de la expresión de cómo viven y de cómo piensan. No tiene que ver con la edad. Picasso decía que cuando se es joven se lo es para toda la vida. Y yo también creo eso. Creo que hay cabezas abiertas y geniales a los 80. Si Ingmar Bergman pudiera estar y hacer un film, sería glorioso. Y otros jóvenes no serían nunca ni la mitad de lo que él hizo. Hay jóvenes muy antiguos filmando y viejos que son muy geniales. Pero también viceversa. El talento ocupa su lugar natural. No tiene mucho que ver con la edad.

–Graciela contó muchas veces que cuando era chica, con catorce años, Hugo del Carril la seleccionó para hacer un papel en Una cita con la vida, pero que la decisión de ser actriz en la casa familiar no fue fácil porque su padre no quería que usara su apellido en su carrera artística. ¿Cómo fue en su caso, Valeria?

V. B.: –Tampoco me resultó fácil. A mí me decían: “También estudiá un idioma, hacé otra carrera a la par pero esa sola, no”. Y al principio, no me resultó fácil sostener en mi casa que sólo quería dedicarme a la actuación. Pero después lo aceptaron. Son esas cosas que hasta uno dice: “No sé si no estuvo bien tener esa resistencia para hacerlo con tanta fuerza y decisión”.

–¿Era de inventar personajes cuando era chica?

V. B.: –Sí, inventaba personajes y tenía unas “películas” con las que repetía escenas infinitas. Me ponía chapitas de Coca-Cola, me las ataba con cinta scotch. Era como Liza Minnelli.

–Porque usted empezó primero con la danza, ¿no?

V. B.: –Sí.

G. B.: –¡Eso sí que yo no lo sabía!

V. B.: –Sí, empecé estudiando danza clásica y lo hice mucho tiempo.

–¿Y cómo recuerda los tiempos del Parakultural del que formó parte? ¿Cree que, con el paso de los años, aquella experiencia de la que salieron otros artistas muy talentosos como Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese se mitificó de algún modo?

V. B.: –Lo recuerdo como lo mejor del mundo. Fue la mejor escuela donde aprendí a actuar, a enfrentar el público. Fue una muy buena escuela. No sé si se mitificó.

–¿Y cómo fue el pasaje del teatro under al cine y la TV?

V. B.: –Fue una casualidad total. Cuando empecé a estudiar actuación y quería ser actriz, nunca imaginé serlo de televisión, y de cine, menos. Todo el tiempo me imaginaba como una actriz de teatro. Era como el sueño máximo. Lo máximo que me podía ocurrir era tener una compañía de teatro re grossa y que viajáramos por el mundo. No me daba cuenta de que existían otras posibilidades.

G. B.: –Es igual a mí. Yo nunca me di cuenta de que iba a ser actriz. Nunca pensé. Yo declamaba porque mi voz las hacía reír a las chicas y porque me enseñaron a declamar. Pero no pensaba en ser actriz de cine ni de nada.

V. B.: –En la primera película que participé, me llamó la directora de casting y fui y lo hice. Y lo primero en televisión fue también de casualidad: Adrián Suar me vio haciendo una obra con Atilio Veronelli y me llamó para trabajar.

–¿Y el cine le permitió otro modo de expresión artística que la televisión o no es de establecer esas diferencias?

V. B.: –Sí, las establezco. Y el cine sale ganando. Es lo que más gusta en el mundo. Me encanta. Me gusta más que el teatro y que la televisión. Me gusta mucho más la manera de trabajar en cine. Va más con mis tiempos y con mi modo.

G. B.: –A mí también. Y aparte de eso, a mí me cuesta mucho repetir textos. Hice tres años Cartas de amor, con Rodolfo Bebán, Federico Luppi y Alberto de Mendoza, que me gustó mucho hacerlo. Pero llega un momento en que no me gusta ir todas las noches a un sitio y decir la misma cosa. Eso habla mal de mí, no es que hable bien. Y me gustan los espectáculos más que las piezas chiquitas.

–Graciela, cuando comenzó con su carrera, ¿había algún tipo de discriminación hacia las mujeres en el terreno artístico?

G. B.: –Yo no sentí nunca una oposición de nadie. Fui cuidada por este medio como no me cuidaron en mi familia. He tenido equipos enteros de filmación que me han cuidado. He ido a Europa a los quince o dieciséis años y me cuidaban como si tuviera ocho. Nunca he tenido algo oscuro como esas cosas que se cuentan ahora. Yo las escucho y digo: “¿De dónde salen estos cuentos?”. No me ha pasado, la gente me ha cuidado.

–¿Y cómo viven la fama? ¿Es algo que se disfruta o se soporta como se puede?

G. B.: –No es ni una cosa ni la otra. Es una cosa que camina al lado de uno. La verdad es que no la siento. Yo camino igual por la vida, haciendo lo mejor posible cada día sin esperar resultados. No tengo ningún apego a lo que es la popularidad. Yo siento que todos somos iguales. Para mí es así.

V. B.: –Alcoyana, Alcoyana (risas). Yo siento lo mismo.

–¿Qué les ofreció el cine y qué les quitó a sus vidas?

V. B.: –¿Quitarme? Nada. Todo lo que me llegó del cine fue lindo.

G. B.: –Y a mí, todo lo que me dio… A veces, ni siquiera me acuerdo de las películas. Algunas las recuerdo y las quiero. Pero lo que más me acuerdo es de toda la gente que pude conocer en tantos lugares donde fui: gente sorprendente, deslumbrante, que nunca pensé que iba a poder conocer. O al revés: gente muy oscura. Es decir, tanto conocimiento humano. Para mí, el único lujo son las relaciones humanas y me parece que eso es lo más poderoso. El otro día estaba viendo un show de Raúl Barboza, que vive en París. Y yo lloraba y pensaba cómo uno puede darle las gracias a Dios por sentir esa música y esa calidad de vibración de su voz. Yo voy caminando y agradeciendo a Dios tener compañeros y una vida así.

Por Oscar Ranzani, diario “Página/12”, domingo 14 de agosto de 2011.

 

 

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