Abro al azar el Diccionario del Teatro, de Patrice Pavis, y aparece una voz estrechamente ligada al juego escénico: “Ilusión”. Dice Pavis: “La ilusión teatral actúa cuando consideramos como real y verdadero lo que sólo es una imitación de la realidad. La ilusión está vinculada al efecto de realidad producido por la escena y al reconocimiento psicológico e ideológico de fenómenos ya familiares para el espectador”. “La ilusión -prosigue- presupone la conciencia de que lo que vemos en el teatro es solamente representación (.). Las estéticas hipernaturalistas, que cuentan con la ilusión perfecta, a veces han desconocido esta necesidad del confuso placer de la ilusión/desilusión. En cambio, el teatro clásico y, en general, todo teatro que no intente negarse a sí mismo, toma una posición mucho más equilibrada y práctica, más sutil que los efectos de realidad e irrealidad”.

Casi toda la estética teatral vigente desde fines del siglo XIX hasta hoy, a través de sucesivas vanguardias y experimentaciones, se empeña en abolir la noción ingenua de imitación de una supuesta realidad, reemplazándola por la conciencia de que en el teatro asistimos a una forma poética autónoma, con sus propias leyes, un conjunto de convenciones, un código, al que debemos atenernos si queremos conservar nuestra salud mental.

Las actuales técnicas de comunicación globalizada imponen, sin embargo, nuevas formas de ilusión que contradicen las anteriores consideraciones. Imaginar que los miles de adherentes a Facebook, o a Twitter, forman una red solidaria de amigos, en el sentido más riguroso de esta hermosa palabra, es más que una ilusión: es una carencia de sentido común. Ya la radio, hoy casi centenaria, imponía, desde sus “teatros” del aire, una identificación alarmante entre ficción y realidad: los villanos de los radioteatros eran insultados y atacados físicamente cuando los elencos en gira representaban sus libretos en escena. Ni qué hablar de la televisión, cuya “presencia real” es omnipotente: ¿cuántos televidentes creen que están asistiendo a escenas verdaderas de la vida cotidiana, y que la pareja protagónica se está casando realmente en una iglesia? Si más adelante se separan en la ficción, esos espectadores ingenuos (que los hay, y más de los que imaginamos), al tropezar casualmente con el actor, denostarán al infiel y hasta lo agredirán. Bradbury imaginó un futuro en el que los intérpretes de un teleteatro se sentarán en el living de nuestras casas y departirán sus cuitas con nosotros, que seríamos capaces de modificar sus destinos. Al paso que vamos, con el cuento de la participación del público, ese futuro no tardará en llegar.

Por Ernesto Shoo, diario “La Nación”, Buenos Aires, agosto de 2011.

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