Una película, dos programas de TV y una obra de teatro exitosa anuncian la presencia de este gran intérprete argentino.

Un termo con té, algunos papeles sobre la mesa de su camarín, el programa de los premios Konex que alguien le habrá mandado, su vestuario, su bolso… y nada más. El camarín de Rodrigo de la Serna no es como el de muchos actores, que empapelan las paredes de fotos propias y familiares, o están decorados de forma tal que uno puede descubrir personalidades y gustos. A él no le interesa que lo descubran, no trabaja de famoso sino de actor y tiene muy claro cómo es su carrera. Algo muy importante. Sobre todo, cuando está viviendo su año. Este 2011 lo puso como protagonista de una película ( Revolución. El cruce de los Andes ), de dos programas televisivos ( Contra las cuerdas y El puntero ) y una obra de teatro exitosa ( Lluvia constante ). Todos esos trabajos, sobresalientes. Así lo dicen los especialistas, en coincidencia con el público y… los productores, que no paran de convocarlo. Sin duda, es el actor del año.

Pero mira como a un punto fijo, a la nada, y dispara: “¡Mierda que es un gran año! Soy consciente de que, en cine, justo coincidió con el estreno, aunque filmamos la película hace un año y medio. Es un evento cinematográfico importante por su resultado artístico y la calidad de laburo. Hace décadas que no se ve una película épica así. El personaje de El puntero también es de lo mejor que me pasó en la vida. Hace mucho que pedía un papel para divertirme como lo vengo haciendo con Lombardo. Es una serie que me da una libertad de acción que no tenía desde Son o se hacen , en el 98. ¡Y qué decirte de esta obra de teatro, que también es un evento particular! Entonces, se combinaron las tres cosas, los planetas se conjugaron de una manera que 2011 me encuentra en cine, teatro y televisión. No siempre se da ni se dará”.

En el encuentro con LA NACION aún conserva restos de la agitación que conlleva “correr” desde el set de grabación al Paseo La Plaza, cada día, para llegar a tiempo a la función de Lluvia constante . Su responsabilidad lo obliga a estar, por lo menos, dos horas antes, para poder relajarse, hacer algunos de esos ejercicios actorales previos (“Joaquín [Furriel] sabe mucho de eso y me da alguno secretitos”) y pegarse una ducha relajante. “Es un ritmo devastador. Es la primera vez que me ocurre esto de grabar televisión y salir corriendo al teatro. De todos modos, esta coyuntura personal intensa de combinar TV con teatro, fue una decisión -explica-. Como en el programa tengo un personaje que no es protagónico, todo es mucho más relajado y flexible. Un unitario no es una tira diaria, en la que grabás 20 escenas por día. Lo difícil es que, a lo mejor, tenés que grabar en Tigre o en Ciudadela y, luego, venirte para el centro. Pero es una energía nueva a la que me estoy acostumbrando.” Curiosamente, es la primera vez que este espléndido actor trabaja en un teatro comercial. Y su actuación en Lluvia constante , junto a Joaquín Furriel, es excelente. Tiene el impacto que causan los trabajos de los grandes actores. “Cuando leí el texto, no me sedujo. Es muy narrativo; hasta horrible, te podría decir. Pero me interesó otra cosa: la trinidad que conformaban el director sería Javier Daulte, mi compañero Joaquín Furriel y la haríamos en una sala de La Plaza. Y no me equivoqué. La puesta de Javier es un hallazgo inspiradísimo. Encontró muchísima teatralidad y movimiento en una puesta supuestamente estática”, confiesa.

De la Serna no habrá estudiado con maestros de renombre, sino en un taller que le dio todas las herramientas que necesitaba: la Escuela del Caminante. Allí ingresó a los 12 años y permaneció hasta los 19. Con ese grupo recorrió el conurbano haciendo teatro independiente y, cuando egresó, se sumergió de cabeza en ese circuito para trabajar en lugares emblemáticos de los 90, como Ave Porco. “Llegué a los primeros castings televisivos con todo ese potrero encima. Ahí aprendí que no sólo había que actuar, sino también producir. Mi última experiencia teatral había sido en 1999, con El cuidador , de Pinter, en una salita que habíamos recuperado con unos amigos, al lado del teatro de Norman Briski”. Cuando trabajaba en Nosferatu , una de esas experiencias Off, con Malena Guinzburg, lo descubrió su padre, Jorge Guinzburg, quien lo recomendó para hacer un casting. Ese programa no salió, pero el mismo director que se lo tomó lo llamó para hacer Cibersix . Desde allí, no paró. El medio lo conoció en un personaje desopilante de Naranja y media y, de inmediato, llegó el momento de optar. “En aquel entonces, tuve la opción de elegir. Me habían ofrecido Son o se hacen , con un coprotagónico, y Verano del 98 . Me quedé con la primera, en Canal 9. Siempre elegí lo que me daba menos guita, pero lo que más me gustaba hacer -dice, y se ríe-. En aquel momento, la guita no me interesaba tanto… Ahora me está empezando a interesar un poco más. Pero uno trata de elegir lo que el corazón te dicta”, recuerda.

Si se le pide un punto de inflexión en su carrera, responde: “El taller que hice cuando era chico”. Esa respuesta también lo describe. Pero, sin duda, el medio y el público lo redescubrieron con su papel protagónico en Okupas . “Fue muy potente para todos los que allí trabajamos. Bruno Stagnaro hizo literatura pura en sus guiones”, recuerda. “Eso me cambió como actor. Hasta entonces estaba acostumbrado a hacer esos personajes delirantes, de comedia y loquitos. En Okupas , pude experimentar situaciones a las que no estaba acostumbrado. Me dio más confianza en mí mismo. En Canal 7 nos pagaban dos mangos a cada uno, pero no tuve la menor duda de que iba a funcionar muy bien artísticamente. Tuvimos 0,5 de rating, pero la respuesta de la calle hizo que no confiara más en las mediciones.”

Sin duda, su trabajo coprotagónico en Diarios de motocicleta también le cambió su carrera. “No lo podía creer cuando me lo ofrecieron. Walter Salles, Gael García Bernal… Era «groso». Las condiciones de laburo fueron increíbles: meses de ensayo e investigación, un cine que ya no existe. De pronto, estaba en Londres nominado al Bafta y me hacían viajar en primera y me pasaban a buscar en una limusina. A eso sumale mi relación con Alberto Granado -a quien personificó en el film-, con toda la familia Guevara y el ministro de Cultura de Cuba. Esa película duele de lo bella e intensa que fue. No creo que otra vez en la vida me pase algo así.” Luego le siguió otro papel glorioso en Crónica de una fuga , de Adrián Caetano.

No mira televisión y está feliz de vivir a 45 kilómetros de la capital, donde nadie lo persigue para sacarle fotos y mostrar su intimidad. “Siento repulsión por algunas revistas”, aclara. Pero uno sabe que, cuando habla de esos programas, no se refiere a la ficción, que disfruta tanto de hacer. La primera mitad de este año lo encontró como protagonista de una telenovela: Contra las cuerdas (Canal 7). “¿Galán? ¡Un galán medio deforme! -dice, y lanza una carcajada-. Fue una experiencia. ¿Qué más quiere un hombre que tener a dos bellas mujeres cerca y ser galán? Pero fue duro a nivel actoral. Tenía como 20 escenas por día y, cuando no me estaban cagando a trompadas, tenía que llorar por una mina o por otra. Intenso y exigente.”

Casi sin pausa, lo convocó Pol-ka para un proyecto que tenía dos o tres años: El puntero . La temática lo hizo dudar en un comienzo, pero el personaje lo sedujo de inmediato. “Dudé porque no tenía ganas de meterme en un quilombo así, ni loco. Lo hablé con los autores, con Adrián Suar, y confirmé que el programa no tenía la intención de generar morbo de ningún tipo. Me llamó mucho la atención este personaje. Me daba muchas ganas de hacerlo. Además, no se da todos los días la posibilidad de tirar escenas con gente como Julio Chávez, Pablo Brichta, Belén Blanco o Gabriela Toscano, o que te dirija un tipo como Barone. El puntero es un evento artístico.”

Le escapa a hablar de política y frunce un poco el entrecejo con el tema. Pero su cara se ilumina si se le recuerda su paso por el Yotivenco, su banda tanguera. “¡Qué macana! No tengo tiempo para hacer música ahora. El grupo se disolvió, lamentablemente, pero fue una etapa maravillosa. Aprendí muchas cosas, y no sólo de música. Me hizo muy feliz esa experiencia. No sólo fue tocar la guitarra, que me apasiona, sino tocar con amigos, cantar, algo que no me apasiona, pero alguien lo tenía que hacer, y eso de intervenir con el público. Le presentamos a la juventud una música que venía sin ser comunicada. Ojalá vuelva… Pero de acá a tres años te estoy hablando. Mientras, de vez en cuando, agarro la guitarra en casa”, concluye.

Por Pablo Gorlero, diario “La Nación”, 13 de agosto de 2011.

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