LA SECCIÓN DEL FAN: UN ACTOR ELIGE SU ESCENA DE PELICULA FAVORITA.

HOY: RAUL RIZZO Y EL CADAVER DE SONNY EN “EL PADRINO”, DE FRANCIS FORD COPPOLA.

En la trilogía de El Padrino hay infinidad de escenas tremendas, pero una me viene a la cabeza automáticamente. Es notable, porque la de Coppola es una serie de películas extraordinarias sobre la mafia que va mucho más allá de donde llegan la mayoría de las películas sobre la mafia: El Padrino no solo retrata episodios específicos de la vida de los Estados Unidos en determinadas etapas del siglo XX, sino que a medida que la saga avanza se va afianzando en su retrato del poder de la mafia en relación con el poder político y el poder económico, haciendo intervenir cada vez más y más factores, y ahí está el episodio sobre Cuba y los negocios previos a la Revolución, y luego el vínculo con el Vaticano, y tiende tantas otras relaciones con el mundo que se vuelve sencillamente fascinante y épica. No por nada es para tantos el clásico de culto que es.

Sin embargo, y a pesar de lo brillante y profunda que es en su retrato de todos estos temas, si tengo que elegir una escena, una sola, me quedo con ésa en la que Vito Corleone, el personaje de Brando, tiene que decidir cómo será el funeral para su hijo mayor, el que murió acribillado, el que interpretaba James Caan. Don Corleone le pide al dueño de la casa fúnebre que prepare un poco el cadáver, que lo arregle, que lo mejore, por las condiciones en que lo ha dejado la muerte. Cuando destapan el cuerpo, lo que vemos es la reacción de Corleone, su conmoción cuando se encuentra ante el espectáculo terrible de su hijo destrozado. Hasta ese momento, las escenas previas han sido del orden de lo corriente, de lo cotidiano; pero entonces Brando descarga sobre nosotros, con una fuerza enorme, esa expresión que dice todo. Con calma, con una gran economía gestual, nos hace llegar una sensación de una intensidad descomunal.

Cuando vi El Padrino en el cine por primera vez –no recuerdo en qué sala fue pero sí que fue poco después del estreno– muchos de los actores que dejaron su marca en la película todavía no eran muy conocidos. Recién para cuando se estrenó El Padrino II, cuando se habían seguido consolidando en otras películas, uno podía ir al cine esperando ver a Pacino, a Duvall, que estaba increíble, también a De Niro. Pero cuando se estrenó la primera, uno de los ganchos era Brando, por supuesto. Y para uno que, como yo, ya se estaba dedicando a la actuación, esto era un extra importante: Brando era muy importante para la época y para los actores de mi generación, pero no tanto por todo el mito de la escuela, del Actor’s Studio; al menos yo creo que eso siempre fue más una cuestión un poco marketinera: Brando era Brando y en esa escuela como en cualquier otra hubiera logrado esa impronta tan propia de él. Creo que hay muchas películas que prueban esto. Y también que el momento en que enfrenta el cadáver de su hijo pone en escena esa impronta de manera feroz: cualquiera que se dedique a la actuación sabe lo difícil que es transmitir tanta intensidad con tan poco como lo hace él ahí. Hay otros momentos de la película y de la trilogía que son más conceptuales, o más importantes desde lo ideológico, pero desde lo artístico el que más me impacta, el más imborrable, es éste. El Padrino era entonces, para quienes estábamos en esto, tanto más que la experiencia de la película; era directamente una clase magistral. Vi las dos siguientes películas en el cine, porque con películas así no podía ser de otra manera: había que ir a verlas en pantalla grande. Y luego las volví a ver muchas veces cada una, porque lo elegía, o porque cada vez que aparecen en televisión no puedo con mi alma y tengo que entregarme a ellas de nuevo.

Fuente: Suplemento “Radar” del diario “Página/12”, domingo 7 de agosto de 2011.

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