Es una pasión universal, pero también muy argentina. Historias de pioneros,coleccionistas, investigadores y críticos que consagraron sus vidas a las películas.

Por Fernando Martín Peña (Especial para “La Nación”)

La superficie de la pasión cinéfila es común y fácil de compartir, pero lo específico es siempre individual. Puede ser un tipo de cine determinado, o los proyectores, o los afiches, o las fotografías. Puede no tener que ver directamente con los objetos sino con su efecto en los otros. Puede ser la investigación, la docencia, la historia, la teoría.

En mi caso empezó por el cariño hacia aquellos objetos que contienen alguna memoria: películas, discos, libros, cartas y documentos, en ese orden. Noté que me hacía físicamente mal que se rompieran o se perdieran (o no se usaran, que es casi lo mismo). Noté también que me producía felicidad escuchar discos y proyectar películas pero que esa alegría era mayor cuando había público, así que primero fue el living de mi casa y luego el cineclub. Me vinculé desde chico con coleccionistas, empecé a comprar películas y aprendí a guardarlas y repararlas. Tuve el privilegio de ser adoptado, de manera virtual pero simultánea, por Homero Alsina Thevenet, Jorge Miguel Couselo, Salvador Sammaritano y Tito Vena (el orden es alfabético, como hubiera querido Homero), y de ellos aprendí que había mucho que aprender (a escribir, a investigar, a dar clases, a hablar en público). Al mismo tiempo encontré un hermano mayor en Octavio Fabiano y aprendí más cosas: a desconfiar del “buen gusto”, a relativizar la opinión propia ante la emoción ajena, a amar el cine argentino y, sobre todo, a valorar una copia de cualquier cosa por encima de los más elementales objetos de confort. ¿Para qué quiero un BlackBerry si cuesta lo mismo que una película de Buster Keaton?

Esta filosofía de vida derivó en que algunos espíritus afines nos juntáramos, como el gran Víctor Iturralde o los coleccionistas Christian Aguirre y Fabio Manes, lo que dio lugar a algunas experiencias que tal vez sirvan para ser caracterizadas y enumeradas.

Uno. Muchas películas aparecieron en manos de personas que no eran exactamente coleccionistas, aunque tenían películas en grandes cantidades. No sé qué nombre ponerles. Procuraban vender el material que tenían, pero no se los veía prósperos. Supongo que habían empezado a juntar películas por alguna razón emotiva o comercial en un pasado más feliz y cuando los conocí arrastraban algo de esa práctica por inercia o porque ya no podían prescindir de los pocos pesos que obtenían de esa manera. No sé.

De uno sólo recuerdo que vivía cerca del centro de San Martín y que era tuerto. Tenía un galpón al fondo de la casa donde guardaba las películas. Nada de lo que tenía en venta estaba completo, porque el hombre se quedaba con las partes que le gustaban. No lo reconocía, por supuesto. Su frase era: “La copia no es nueva, pero vas a ver que la película está”. “Está” quería decir que se entendía, siempre que uno pudiera atravesar las tremendas elipsis. Lo visité un par de veces hasta entender que no tenía sentido comprarle nada. Aún conservo fragmentos de una copia de Bésame mortalmente (que luego completé con otra, también cortada, que encontré en Montevideo) y setenta incomprensibles minutos de Retorna el campeón, con James Stewart.

Otro se llamaba Aldo y en su casa había únicamente dos cosas: películas y gatos. Cientos de bobinas de 16 mm se apilaban en dos habitaciones en las que Aldo y su mujer convivían con cuarenta o cincuenta felinos. Había literalmente cualquier cosa en esas pilas de rollos, condimentadas con abundantes pelos. Manes compró allí, entre muchas otras, Il posto, de Ermanno Olmi, y Ubangi, de Dwain Esper (que era un film perdido). Yo encontré cosas como Burlemos a la ley, gran comedia británica de Charles Crichton, con Michael Redgrave, y La mano del extraño, un thriller de espionaje escrito y producido por Graham Greene. Algunas de estas copias aún conservan pelos. Y no huelen bien.

Dos. Un día Christian Aguirre nos puso en contacto con un maestro mayor de obras que, tras la demolición de un edificio, había encontrado un sótano lleno de películas. Fuimos con Octavio al predio de una obra en construcción y rápidamente llenamos una camioneta con centenares de bobinas de 16 mm. El hombre nos dijo que el material había quedado abandonado ahí y que le habían ordenado tirarlo, pero que le daba pena. Nos cobró una cantidad más bien simbólica y nos llevamos todo. Había episodios de series de TV, una miniserie sobre fabricantes de perfumes, un par de películas argentinas, una copia doblada del Nosferatu de Herzog y los 92 episodios de la serie animada japonesa Mazinger Z. Con esta última hicimos varias maratones de trasnoche en el cine Atlas Recoleta, en sucesión sin cortes desde medianoche hasta las siete de la mañana. Terminábamos dando café y medialunas a los que perduraban hasta el final. Pocas veces vi un público tan entusiasta: aplaudían cada aparición de los protagonistas, cantaban el tema de presentación, aunque no tiene letra… El cine también es eso.

No volví a ver al señor del edificio en construcción, pero curiosamente trabajo allí mismo desde 2002. El predio estaba en la esquina de Figueroa Alcorta y San Martín de Tours y lo que estaban construyendo era el Malba.

Tres. Las fotos no le hacen justicia a la actriz Brigitte Helm. Hay que verla moverse. Si hubiese nacido antes del cine, habría que haberlo inventado para poder filmarla. Es obvio que Fritz Lang supo extraer su potencial en Metrópolis, pero otros títulos, como Las mentiras de Nina Petrowna (Hanns Schwarz, 1929) demuestran hasta dónde ese potencial era completamente suyo. Un día impreciso de 1991 vimos con Manes Las mentiras de Nina Petrowna en casa del coleccionista Alfredo Li Gotti, que tenía una copia con intertítulos en italiano, la única existente en Argentina. Quedamos inundados de Brigitte Helm. Buscamos otra copia durante quince años y finalmente la encontramos por casualidad. En la lista de ofertas de un vendedor británico había algo llamado The Wonderful Lie, sin otro dato, y lo encargué sólo por esa palabra: lie. La mentira resultó cierta. Era una copia similar a la de Li Gotti, aunque con títulos en inglés. Festejé el hallazgo con una entusiasta danza inspirada en el folklore ruso.

Cuatro. Entre los coleccionistas existe una especie que es plaga: el acopiador de números musicales. Se trata de un ser deleznable, que vive mutilando copias para quedarse únicamente con las secuencias musicales de cada film, sin importarle el resto, que por lo general revende o tira a la basura. Hace un año compré siete rollos de escenas cortadas, que alguno de estos subhumanos había acumulado primorosamente con el correr de los años. Tuve suerte. Cuatro fragmentos me permitieron completar copias compradas anteriormente, lo que demuestra que cada una de éstas, en algún momento, había pasado por las manos (y las tijeras) del sátrapa. El resto de los cortes pertenecen a copias que deben estar en algún lado, incompletas. El ejercicio de identificar la procedencia de una escena cortada permite aprender toda clase de cosas inútiles. Ahora sé, por ejemplo, qué cara tiene Teddy Reno, que está casado con Rita Pavone, y que la escena en que canta “Questa piccolissima serenata” pertenece al film Totò, Vittorio e la Dottoressa (1957).

Cinco. Manes compró una copia en 9,5 mm de El hombre sin brazos (1928), un clásico de Tod Browning con Lon Chaney. Al revisarla, la comparé con la edición del film en DVD, a partir de un nuevo máster digital. La copia 9,5 mm está hecha en los años 30 y tiene al menos una toma más (un plano detalle del pie de Lon Chaney con un cigarrillo encendido). Pero lo más importante es que esa copia antigua posee luces, sombras y contrastes ausentes de la copia digital, que es más bien gris y chata. Éste no es sólo un dato fetichista. Hay algo objetivo. Ese máster digital aplasta en una serie de tonos grises todas las densidades de la textura original. La conclusión es que no basta con reconstruir la narrativa de un film reuniendo sus trozos dispersos; no basta con limpiar sus imperfecciones; no basta con componerle música ni con devolverle un público. Si el técnico no puede recuperar también los matices plásticos específicos del original, la obra sigue sin aparecer. Queda otra cosa, siempre un fantasma.

Sensible a esta diferencia, Manes dice ahora que va a comprarse todas las copias de películas de Lon Chaney que encuentre en 9,5 mm. Ya compró tres de El hombre sin brazos, dos de La bruja y otras dos de El tuerto de Mandalay. Como única razón para justificar tal conducta, Manes explica que él quiere ser “el rey del 9,5 mm”.

Siempre es tranquilizador saber que hay otros capaces de ir mucho más lejos que uno.

Fuente: “ADN Cultura”, diario “La Nación”, Buenos Aires, 30 de julio de 2011.

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