En un libro llamado El paraíso argentino, el escritor Claudio Zeiger reúne una serie de ensayos y retratos de autores aparentemente tan disímiles como Benito Lynch y Eduardo Mallea, Silvina Bullrich y Oscar Hermes Villordo. ¿El punto en común? Todos ellos habitaron el Edén de la fama y todos fueron desterrados al olvido.

Varios de estos autores llegarán a la televisión y firmarán cientos de ejemplares en la feria del libro. Sus rostros serán conocidos por los lectores y ellos cultivarán, con mayor o menor énfasis, imágenes o figuras públicas rutilantes. Esas figuras públicas, muchas veces, condicionaron las lecturas de sus libros y, es de temer, la consideración posterior de sus obras, colocándolas al borde de la expulsión del canon y del olvido.
Claudio Zeiger elige una serie de autores argentinos que tuvieron estrepitosos auges y caídas. Pico de popularidad y olvido vergonzante. Lo que más curiosidad genera, advierte Zeiger, es que son autores que no pertenecen al canon con mayúscula, lugar que ocupan Borges, Cortázar, Silvina Ocampo, entre otros; pero, curiosamente, no están tampoco en lo que podríamos denominar el anticanon, que es el lugar de Puig y Copi, de Lamborghini, Fogwill y Walsh para dar algunos nombres. El gran tema es el olvido, son olvidados desde lo literario, desde lo cultural, desde lo histórico social y político, entonces, parafraseando una cita de Bullrich: el olvido es un momento muy largo.

¿De dónde surge la idea de escribir un libro como El paraíso argentino?
Surgió mientras estaba escribiendo mi última novela Redacciones perdidas. Uno de los ejes gira alrededor de los años cincuenta, en una trama de periodismo, literatura y bohemia, y esto me llevó a rastrear la literatura argentina de esos años. Así que un poco la punta, el hilo del cual empecé a tirar fue sobre todo las novelas de Manuel Mujica Lainez, especialmente las novelas de una serie que se llamaba La saga de los porteños. Dentro de esa saga está el libro Invitados en el paraíso, este libro fue armando mi interés por esa época, una época que podríamos llamar edad de oro, con todas sus connotaciones tanto de edad mítica como de algo que está destinado a perderse. De modo que con el tiempo se fue haciendo una suerte de espejo en la no ficción, en el ensayo, y empecé con los primeros retratos de vida, lo que para mí es el corazón del libro: los escritores de los años cincuenta, que luego entran en el auge de los sesenta con la industria editorial, con el best seller nacional, con una actividad cultural y social muy importante, para, finalmente, caer en el olvido.

Hay distintas clases de olvido en este libro, o por lo menos tres: el olvido desde la vida del escritor, la obra del escritor y el escritor dentro de la historia argentina.
El que tenía más claro como aglutinante de estos nombres era el plano del olvido literario. No hay reediciones, los libros que vos encontrás son las ediciones de la época, y estamos hablando de ediciones fastuosas. El caso de Silvina Bullrich, por ejemplo, son tiradas de 20.000 ejemplares. Se puede hacer la salvedad con Mujica Lainez, que está siendo reeditado ahora, porque hay una Fundación que se ocupa. Yo marcaría que son escritores que por distintas razones han sido víctimas de distintas formas de olvido porque también han generado distintas formas de incomodidad en el campo intelectual, o lo que podríamos llamar la trama cultural argentina. Es cierto que los capítulos están armados como retratos de vida, alrededor del olvido. Fijate lo que sucedió con Benito Lynch, que fue lo que se denomina un misántropo, era un personaje que cultivaba mucho misterio alrededor de su vida.Yo lo interpreto en términos de una suerte de melancolía imposible de reponer por no haber hecho la vida de gaucho. Estaba destinado a otra cosa. Es un caso de soledad extrema, y es el que abre el libro. Cierra Marta Lynch, la radicalidad del olvido a través del suicido.

¿Y por qué estuvo muy cerca del poder durante la última dictadura?
Marta Lynch es el caso más incómodo. Representa esa suerte de abandono, de cómo se les soltó la mano a los escritores de esa órbita de derecha, de esa derecha cultural, y sobre todo de una suerte de elite, donde el único contraejemplo es Villordo. Naturalmente, les llega una suerte de crepúsculo con la apertura democrática. Por otra parte, son los años en que mueren Cortázar y Borges, unos años después muere Silvina Ocampo, también Eduardo Mallea que era una especie de prócer, en esos pocos años empieza a desaparecer físicamente la gran literatura argentina, y estos escritores que estaban alrededor de todo eso empiezan a caer en un abandono de parte de lo que sería el campo intelectual. En el caso de Marta Lynch es complejo, por dos motivos: su suicidio y su presunta relación con el almirante Massera.

Cuando uno piensa en la literatura, la obra se independiza del autor. Pero en estos casos parecería que el escritor se llevó la obra.
Fijate lo que ocurrió con Sabato. Con su muerte física la obra encontró su lugar de autonomía total. En estos casos en que no se pudo producir esa instancia, con la desaparición física de los autores y su consiguiente olvido, los libros son arrastrados por esa misma corriente… Me refiero a la corriente de lo que podría denominarse fama. Para mí eso lleva a discutir no tanto el tema de la autonomía de la literatura sino qué pasa con los libros de un mercado literario. Existió el boom de la novela argentina, y esos libros que entraron dentro de esa zona fueron arrastrados y no pudieron ser retenidos por nuevos lectores o por la crítica. El caso de Silvina Bullrich es el más paradigmático, sus libros tenían una primera tirada de veinte mil, treinta mil ejemplares.

En el caso de autores como Silvina Bullrich, ¿se puede hablar de una literatura que envejece?
Tiendo a pensar que los libros se ven beneficiados por un cierto clima de época y una cierta sensibilidad. Las novelas de Silvina Bullrich, haciendo un recorte, porque estamos hablando de cincuenta títulos, muchas han envejecido, otras son un disparate propio de una producción industrial, y hay una cierta cantidad de libros que se pueden leer con los cánones de la literatura ligera. Yo no creo que la literatura se torne anacrónica por el paso del tiempo. La materia fundamental de la literatura es el tiempo, el paso del tiempo: el pasado. Sería condenarla por sus propios materiales, ¿no?

También en algunos se puede ver cuál era la sensiblidad de la época.
Cuando uno toma el ejemplo de Eduardo Mallea, comprende rápidamente que hubo un cambio que lo dejó de costado, muy interesante teniendo en cuenta que su figura de escritor es una suerte de síntesis contradictoria entre Sur y Contorno. Y en cuanto a la sensibilidad, estoy pensando ahora en Beatriz Guido que quería hacer lo que David Viñas, y cuando lo hacía se convertía en un best seller que procesaba, como en una especie de licuadora, el gorilismo y los militares. El caso más paradigmático es Beatriz Guido porque su antiperonismo la convierte en una escritora demasiado áspera, sin comprensión, sin un mínimo de ternura hacia sus personajes. El hoy tan citado Arturo Jauretche, en su libro El medio pelo argentino, le dedica un capítulo entero a Beatriz Guido.

De algún modo usted consigue reconstruir lo que estos escritores quisieron ser.
Me gusta pensar que El paraíso argentino es el libro de un escritor que se está mirando en un espejo desordenado. La literatura proviene de esa tensión que surge del orden de lo literario y la experiencia de vida. La vida de un escritor es un relato en sí mismo. Esa tensión uno la puede seguir en los escritores. Seguramente Silvina Bullrich quiso ser primero una gran escritora del siglo diecinueve, después quiso ser Simone de Beauvoir y terminó siendo Silvina Bullrich, lo cual no es poco. Güiraldes quiso ser Flaubert, quizá José Hernández y terminó siendo Ricardo Güiraldes.

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