“¿Qué tienen en común 
Valdano, Américo Gallego, Saldaña, Llop, Darío Franco, Maxi Rodríguez, Basualdo, Scaloni, Pochettino, Balbo, Marcelo Bielsa, Walter Samuel, Heinze, Gabrich, Bracamonte, Duscher, Batistuta y el Tata Martino? Que todos, en un momento dado, pasaron por el tamiz de Jorge Griffa”. Así empieza una entretenida entrevista, en el diario El País de España, al actual asesor y coordinador de las divisiones inferiores de Boca y durante años descubridor de jugadores en Ñuls.
Griffa fue un conocido defensor que se integró al fútbol europeo en tiempos en que Alfredo Di Stéfano jugaba para el Espanyol, mientras él lo hacía para el Atlético. La entrevista firmada por Luis Martín merece ser leída, porque es un compendio de sabiduría y gracia futboleras. A la intencionada pregunta de cuál había sido su mérito de jugador que llegó a famoso, Griffa contesta: “Digamos que di las patadas necesarias para que se me respetara, básicamente. Y yo no pedía perdón. Decía: ‘Levantate porque la próxima será peor’”.
Ahora me estoy acordando del uruguayo Diego Pérez, el de las patadas voladoras; hace poco, en la Copa América, pegó tantas que aunque hubiera pedido perdón eran imperdonables. Hubo aquí defensores sanguinarios. A Juan Carlos Colman, de Boca, le decían “el Comisario”; a Rubén Navarro, de Independiente, “Hacha brava”.
Por eso Griffa, con pura sinceridad ética, dice: “Nunca pedí perdón por una patada”. Y agrega acerca de Messi: “Le falta decir aquí estoy yo”. ¡Qué interesante! Esas dos letras permiten reflexionar acerca de su importancia en ese vasto género de la vida. Sin “yo” no se llega a nada y menos al otro.
Desde que Dios pronunciara aquel bíblico “Yo soy el que soy”, pasando por el Canto a mí mismo de Walt Whitman y por los distintos y magnificados “yo” de tantos atacados de injustificado narcisismo, el yo es la sílaba más intrínsecamente ligada a nosotros. A uno mismo. Si nos pusiéramos a contar las veces en que decimos “yo” en un solo día, necesitaríamos una calculadora. Sé de un caso de “yo” extraordinario: el de un perro al que su dueño lo llama “Yo”. Bueno, los perros instigan al ridículo a muchos de sus amos. Conozco a un caniche toy del tamaño de una cajita de escarpines para bebé, que es donde duerme y todavía le sobra espacio. Su dueña, periodista, lo llama “Rambo”. Acaso una transferencia de algo que le falta.
Les cuento que por las tardes el dueño de “yo” lo saca a pasear por la Plaza Lavalle. Y si el perro se le adelanta demasiado lo llama reiteradamente. Oír que el dueño se repite a sí mismo “yo” o “sho” en voz alta sin darse cuenta del efecto que causa: hace pensar si llama así al perro o se llama a él. A lo mejor es tan tímido que refuerza su autoestima llamándolo.
“Pienso; luego existo”, dice Descartes. Los filósofos de verdad se la pasan preguntándose y respondiéndose. Muchos se bastaron a sí mismos: no necesitaban interlocutor. Vivían con el yo en la punta del cerebro. Y no solamente los filósofos; ahí está ese tango de Discépolo y Mores que dice: “…yo aprendí filosofía… dados… timba/
y la poesía cruel de no pensar más en mí”. Fatigosa tarea, ya que para no pensar más en sí mismo el tipo del cafetín reconoce que tiene que aprender. La mayor parte de la humanidad no lo consigue. Se narcisiza.
¿Qué son si no esos tuiteos en los cuales cualquiera con tuiteador -no un genio, un notable ni un referente de masas- se arroga decir que acaba de despertarse y espera tener un buen día laboral o que va rumbo al aeroparque si es que el vuelo sale, por las cenizas. ¿A quién le importa que un desconocido comunique a desconocidos acerca de sus movimientos o sus actividades? La tecnología logrará que Twitter -que nació como gorjeo- termine comunicando eructos y flatulencias personales en estado real y no virtual.
Es que el “yo” manda. Uno supone que el de Miguel Del Sel ha estado de fiesta en estos días. El de Susana Giménez también, en calidad de asociada.
“Lleno teatros, levanto ratings, cosecho votos; luego tengo éxito”, podría decirse Del Sel -parodiando a Descartes- y con algo más de fundamento que otros. Aunque más le convendría entibiarse porque el “yo”, que lo justifica en el escenario artístico, en lo político puede serle menos perdurable.
Vuelvo al maestro Griffa en el párrafo que dice que a Messi sólo le falta decir “Aquí estoy yo”. Es sabio. Porque Messi todo lo demás lo tiene. Pero nótese que nadie hubiera dicho eso acerca de Maradona cuando jugaba. Porque el “yo” del que hizo un gol con la mano de Dios es grande como el “Yo” bíblico. Al “Checho” Batista la AFA no le dio tiempo a desarrollarlo. Es que en el fútbol argentino Julio Grondona lo acapara. Y tiene muchos sopladores que se lo soplan y evitan así que se desinfle.
En otro rubro, miren si no lo que le pasó a Cleto Cobos. Fue el “yo” político más grande y más efímero. Otro de la misma época que se desyoizó (disculpen el vocablo) es el chacarero Alfredo De Ángeli. Ambos fundada y justicieramente. El de Jaime Durán Barba es un “yo” que mientras permanecía camuflado detrás de sus contratantes parecía blindado. Pero ahora, obligado a salir por comprobaciones de propaganda vil contra el candidato Daniel Filmus, su “yo” empezó a empequeñecerse. El centro de la escena te agiganta o te enaniza. Pocos consiguen agigantarse. Le pasó a Pino Solanas, y eso que él sabe de “yo” y de arte.
En el antiguo periodismo -antiguo ya es también éste- no estaba permitido que cualquier insuficiente firmara sus notas. Había que ser Roberto Arlt para firmarlas. Actualmente, un periodista profesional o amateur sin “yo” no se concibe. Y es como dejar abierta la puerta de la psiquis sin protección terapéutica y a canilla libre.
Lanzado el “yo” al garete, no tiene retorno. No es fácil contenerlo ni reprimirlo. Los “yo creo”, “yo pienso”, “yo opino”, “yo digo”, etcétera, nos retratan. Los “yo no fui” no se los cree nadie. Ni la mujer a Strauss-Kahn, ni Juliana Awada a Mauricio Macri. También los genios, los artistas, los líderes son propensos al yoísmo, aunque con muchos más fundamentos que la mayoría. Aunque Shakespeare hubiera sido engrupido no habría nada que reprocharle. Tampoco a Pablo Neruda. Ahí está su libro de memorias Confieso que he vivido. ¡Qué confesión unipersonal y egoísta! Vivir como yo -nos quiere decir Neruda- es vivir de veras. No las viditas de morondanga que viven todos ustedes. Neruda confiesa haber “vivido”. No vaya a ser que alguien se quedara sin saberlo. Su poesía, claro, lo absuelve. Y por lo demás un poeta sin “yo” es como un caníbal sin dientes o un periodista sin poder copiarse todo de Google ocultando la fuente.
Pero sobre todo es como un candidato a presidente que no aspire a obtener votos de ninguna fracción del peronismo. Sabe que pierde. Porque el peronismo electoral es como el dólar que es la moneda que más se falsifica y más se difunde. Por eso, advertido de la proliferación del peronismo falso -peornismo, para Vertbitsky- al que le corresponde la parte verdadera es al kirchnerismo. Y la garantía de su autenticidad es que los grandes medios, la gran oposición y el gran gorilismo, lo consideran su enemigo. Por el contrario, a cualesquiera de los otros peronismos truchos los salamean.
En la inauguración en La Rural, el palco coincidente estaba lleno de “peronistas antiperonistas”, aparte de los ya antiperonistas eternos o patológicos que cuando ven un peronista de verdad relinchan y cocean. Por eso Biolcati, en su diatriba ruralista, atacó al kirchnerismo. Para dejar a resguardo a sus aliados del peornismo.
Lo cierto sobre el “yo” es que no hay vacuna antiyó que lo neutralice. Porque nadie va en contra de sí mismo. Ni el suicida, que es la exaltación del “yo” más elocuente. En eso compite con el diván del psicoanalista. Riquelme lo tiene asumido: dice que si la Selección lo necesita, él vuelve. En este caso, el “yo” tiene algún justificativo. Bianchi -sin que nadie lo haya llamado- se ve a sí mismo como el técnico del seleccionado. Alberto Fernández, el ex ministro, dice que él dice la verdad y que la Presidenta miente. Le va a costar convencer al público; más a sí mismo. Su “yo” podría estar “magnettizado”. Cada vez que actúa o se expresa en un medio, delata su fuente y su vocación furtiva. El bonaerense Duhalde se apropia de los votos del PRO en Santa Fe. Dice que él fue quien los consiguió sólo mostrando la jeta.
El político que tiene dudas con su “yo” es Alfonsín hijo. Si yo soy como mi padre -se debe preguntar angustiosamente- mi padre no era como se dice. Y si mi padre no era como soy yo o yo no soy como mi padre, ¿cuál será el “yo” mío?
No debe haber boleros sin yo. Un documento de identidad es nuestro yo legalizado. El juramento se hace con el “yo”; también con el “yo” se lo traiciona. Y no quisiera exceptuarme de la peste: “yo” creo que esta revista sin mí sería menos.

Por Orlando Barone. Revista “DEBATE”, Buenos Aires, 30 de julio de 2011.

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