Pep Gatell, director artístico de la Fura, habla en esta nota de su particular

puesta en escena de “DEGUSTACIÓN DE TITUS ANDRÓNICUS”, de Shakespeare.

 

Si se jugara a que es posible describir con una sola palabra las exquisitas obras de William Shakespeare –y se obviara por un rato que eso no alcanza para transmitir las múltiples sensaciones que logró perpetuar en cada una de ellas–, podría decirse sin dudas que la ambición reina en Macbeth, la venganza en Hamlet, la pasión en Romeo y Julieta y el honor en Otelo. También que el adjetivo que le va perfecto a Tito Andrónico, su primera y más oscura tragedia, es el horror. Y no es extraño, si se tiene en cuenta el gusto isabelino por lo macabro y lo terrible, patrones que gobernaban el teatro por aquellos días.

En Tito Andrónico, su protagonista homónimo transita los más diversos estados hasta convertirse en un ser miserable: de un gran general romano que sale victorioso de una guerra contra los godos y regresa a Roma como un gran héroe, se transforma en un hombre indeseable, solo y enfermo de odio, capaz de matar hasta a sus propios hijos con tal de vengar la deshonra que sufre su nombre. En el medio, traiciones, venganzas y muertes espantosas inundan el devenir dramático y hacen de ésta una tragedia cruel pero determinante, de la que Shakespeare tomará elementos para escribir sus próximas obras.

La Fura dels Baus, la prestigiosa compañía española que se caracteriza por hacer uso de un lenguaje basado en la acción, la imagen, la música y el espacio escénico compartido con el público, quiso rendir homenaje al gran dramaturgo inglés y con su último espectáculo, Degustación de Titus Andronicus, pretende revivir el horror de esas páginas con una puesta impactante por donde se la mire. Así, en plena gira, el grupo que sirvió de fuente de inspiración a grupos locales como La Organización Negra, De la Guarda o Fuerza Bruta, vuelve a la Argentina para lucir su trabajo, que llevan adelante once intérpretes en escena y ocho técnicos de cada ciudad, que ayudarán a mover las escenografías. Las presentaciones comenzarán el próximo miércoles 3 de agosto en el Club GEBA y seguirán en Córdoba, Mendoza, Rosario y Neuquén.

La puesta combina todos los elementos ya explorados –una escenografía física que incluye plataformas móviles, pantallas gigantes, trabajos de curado de video, luces y sonido– y agrega a dos cocineros que interactúan con el drama mientras preparan el banquete final. Así, La Fura incorpora a la gastronomía en su lenguaje, que se convierte en la puerta de entrada del gusto y el olfato, los sentidos que le faltaba explorar a la compañía. También se suma, por primera vez en sus espectáculos de lenguaje furero, el texto hablado, que enriquece la escena hasta volverla un drama completo de sensaciones. “Cuando trabajamos con el traductor de Shakespeare, nos daba mucho miedo decirle que queríamos cortar bastante el texto. Pero la verdad es que necesitábamos un ritmo diferente al que tiene la obra, teníamos que adaptarlo a nuestro lenguaje”, cuenta Pep Gatell, director artístico de la compañía, a Página/12.

–¿Por qué eligieron esta tragedia de Shakespeare?

–Porque nos permitía explorar los cinco sentidos del hombre, incluyendo el del gusto, que nunca habíamos trabajado. También porque esta obra la escribió un Shakespeare muy joven, y eso se nota en la medida en que quiere que todo pase muy rápido, lo que nos hace reflexionar sobre el hombre y su bondad y maldad, que era algo que nos interesaba. Y porque esta obra crea un patrón que después se verá en toda su obra, sobre todo en las tragedias, donde primero hay todo un sistema perfecto de valores y a medida que se va desarrollando la acción se desmorona este mundo de la lealtad, se da vuelta hasta las máximas consecuencias, hasta transformarse en una bestia. Y como el protagonista de todas las tragedias siguientes sufre el mismo desarrollo dramático, creemos que esta obra representa lo que es para nosotros Shakespeare.

–¿Cómo hacen para versionar un clásico, cuya belleza radica en lo poético del lenguaje textual, con el lenguaje furero, rico en elementos de las artes visuales?

–Todas las disciplinas que utilizamos, y que están presentes en todo el espacio escénico durante la hora y media que dura el espectáculo, nos permitían de alguna manera la sustitución de toda la parte retórica. Podíamos cambiar de ambiente mediante las imágenes en pantalla, pasar de una plaza pública romana a unas catacumbas y luego a un bosque apretando sólo un botón. Y en cambio Shakespeare necesitaba tres versos para transportar a su público a otro estado anímico y a otro espacio. Por eso no necesitábamos toda la retórica poética. Podíamos construir la obra con una dinámica mucho más rápida, por lo cual nos hemos quedado con los versos que conducen el relato, que es lo que nos interesaba: el relato de Shakespeare, no ya su poética textual.

–De todos modos, es la primera vez que utilizan la palabra declamada en lugar de los gritos…

–Es que para relatar esta tragedia necesitábamos parte del texto, sobre todo para explicar por qué se odian y se matan unos a otros. Era muy complicado que el público entendiera las tensiones sin un texto. Y también porque los versos de Shakespeare son muy bonitos y nos interesaba ver qué pasaba con el lenguaje furero y el texto, dos lenguajes que en principio no están pensados para convivir. Pero creo que a los cinco minutos el público ya está dentro de la dinámica, porque el texto es un elemento más en la puesta. Siempre nos preocupamos porque ninguna disciplina supere a la otra, que todo esté en su justo nivel, como en una buena receta de cocina.

–¿Qué papel juega la gastronomía en esta puesta?

–Hemos descubierto que llevar una cocina en vivo y en directo durante una hora y media nos proponía algo muy interesante, porque a la hora de cocinar el banquete se desprendían una serie de olores que podíamos adaptar y con los cuales podíamos contaminar la escena dramática, y ése era un factor que jugaba a favor del espectáculo y que a la vez creaba una confusión en el público. Hasta ahora nuestra búsqueda había sido romper el espacio físico del público, por eso empujábamos a los espectadores, los mojábamos. Ahora queremos romper su espacio interior y la confusión que les da el olor ayuda a lograrlo, porque por un lado huelen cosas dulces que los llevan con la memoria a situaciones agradables y por otro están viendo el momento más crucial de la tragedia. Eso crea una contradicción, pero ya no en el espacio, sino una contradicción interna de los espectadores, y eso es lo que nos ha gustado mucho descubrir. Además, más allá de esto, queríamos que el público compartiera el lenguaje sagrado de la cena con los actores. Y que pudiera comer de nuestra mano, que hasta ahora, por el currículum que teníamos, era impensable.

–Los personajes se comen entre sí, metafóricamente, durante toda la obra. ¿Podría decirse que, más que una ficción renacentista, se trata de una mirada entrelíneas de la condición humana actual?

–Sí. En realidad la reflexión de todo el espectáculo es la misma que perseguía Shakespeare: ¿son todos los malos tan malos y los buenos tan buenos? Tito parece el bueno de la película y de a poco se transforma en una bestia. Y la idea era ponerse en su lugar y pensar qué pasaría si nosotros fuéramos Tito, si hiciéramos todo lo que él hace, si fuéramos tan bestias. No se trata de un discurso político, es una reflexión interna para que cada uno piense en sí mismo.

–Dijo en una entrevista que pretendía con esta pieza ofrecer una puesta “menos atroz”. Sin embargo, la tragedia es revivida a flor de piel, con todo lo que eso implica.

–Sí, porque es una tragedia y en ellas muere gente. Pero digo que es menos atroz porque, adaptada a nuestro lenguaje, es una puesta para todos los públicos porque no rompemos el espacio escénico constantemente. El público comparte el espacio con nosotros, pero no tiene que correr y tampoco se siente atacado. Puede ir cualquier persona, sin importar el físico. Es mucho más tranquila a este nivel, porque la existencia de texto implica un tempo teatral en el que el público tiene que estar relajado para entenderlo. Pero no es algo bonito, es una tragedia dura, una tragedia de nobles.

–¿Por qué vuelven a apostar a la unión espacial del público y los intérpretes?

–Porque es nuestra manera de expresión y porque supone una participación del público, que tiene que decidir cómo quiere ver la obra, si en primer plano o en perspectiva, a la vez que disfruta del público dentro del espectáculo. Sin que sea obligatorio, puede participar activamente de la función y ese rol nos parece interesante. El teatro es en tres dimensiones, pero lo vemos a través de una cuadradito, por lo tanto se transforma en 2D. En nuestros espectáculos, al compartir el espacio escénico con el público, hacemos que sea realmente en 3D, porque uno puede ver las expresiones del actor.

–¿Tuvo oportunidad de ver los trabajos de los grupos argentinos De la Guarda o Fuerzabruta?

–Sí. Creo que ellos encontraron en nosotros, durante una presentación en Córdoba en el ’84, una manera de expresión que es la que estaban buscando. Se dieron cuenta de que por donde iba La Fura era por donde ellos querían ir. Claro que ahora han pasado varios años y cada uno ha seguido su trayectoria. Hoy se nos parecen en la forma, en el intento de explicar las cosas de otra manera, pero cada uno es completamente diferente. Ellos han escogido su camino y son lo que son y nosotros hemos seguido el nuestro.

Por Paula Sabatés, diario “Página/12”, 27 de julio de 2011.

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