El gran Enrique Pinti estrena

“EL BURGUÉS GENTILHOMBRE”

en el Teatro San Martín

de Buenos Aires.

 

Pasaron décadas desde que el actor Enrique Pinti dio vida al maestro de filosofía de El burgués gentilhombre hasta su actual composición de Monsieur Jourdain, pero aquel inicio no quedó en el olvido. A propósito de esta pieza de Molière, que posee la sencillez de los clásicos y abarca temas que no envejecen de forma estrepitosa, Pinti dialoga con Página/12 y enlaza circunstancias no sólo referidas a su historia personal con El burgués…, que se estrena mañana en la Sala Martín Coronado del Teatro General San Martín. “Fue un encargo hecho a Molière por Luis XIV, a quien no le había caído bien la llegada a su reino del embajador turco y pidió que lo ridiculizara”, señala el actor. “En esa época, Molière se había copado con la comedia-ballet, género que aparece en esta versión del director Willy Landin. Los burgueses enriquecidos pagaban impuestos infernales y presionaban. Ya que la corona les sacaba dinero para mantener el reino y a unos cuantos nobles arruinados, ¿por qué no acceder a los títulos de duque o marqués? Molière le dio el gusto al rey, y como le encantaba la sátira, creó esta comedia burbujeante, que mantiene una línea satírica, pero es más suave si la comparamos con Tartufo o El avaro.”

–¿Será porque la hipocresía y la avaricia son más criticables que la compra de un título de nobleza?

–El burgués… es superficial, pero encantadora. A los 18 años participé de un montaje que hicieron la actriz y directora Alejandra Boero y el director Pedro Asquini. Esta comedia, con tanto juego, era ideal para los que salíamos de los cursos. No es la obra del Molière morrocotudo, intenso. Para los protagónicos llamaron a gente de la Escuela de Morón, que dirigía Pedro Escudero, donde se estudiaban obras de repertorio. Estaban Rodolfo Bebán, Ernesto Bianco y otros actores y actrices que después fueron ilustres. Algunos siguieron en la profesión, otros no, pero todos mostraban solidez. El espectáculo se presentó en Nuevo Teatro, que entonces funcionaba en Corrientes y Junín.

–¿Qué significó aquella aparición suya de fines de la década del ’50?

–Para el chico que era yo, el papel de maestro de filosofía era extraordinario. Todavía no tenía claro quién era Molière, aunque había visto una versión de El avaro. En Nuevo Teatro estudiábamos la época –allí teníamos biblioteca propia–, y cuando leí El burgués gentilhombre supe que me venía bien esa línea. Siendo más joven, me divertía tomándole el pelo a la realidad. Después, con Boero y Asquini, y con todo lo que me hacían leer, me di cuenta de que eso era lo que me gustaba. Leía obras de Carlo Goldoni, del inglés Ben Jonson… Me fascinaban Volpone y El alquimista, las dos de Jonson.

–¿Y cómo le fue en el rol de maestro de filosofía?

–Recibimos críticas desdeñosas y perdonavidas, pero una fue fatal. La publicó el diario Correo de la tarde. La titularon “Niños, el 14 de marzo comienzan las clases”. El crítico se preguntaba cómo era que Boero había dado esa obra a unos actores bisoños que creían que hacer Molière era hablar a toda velocidad y pegar saltitos. La había escrito Kive Staiff (ex director del Complejo Teatral de Buenos Aires). Por eso, cuando Kive me llamó preguntándome si quería trabajar en el San Martín, le respondí que sí, y en El burgués gentilhombre, de Molière. Ahí supe que él no recordaba su crítica. Yo, en cambio, nunca la olvidé.

–Era la época de las críticas-castigo… ¿Puso alguna condición?

–Que el director se jugara. En las conversaciones que tuve con Landin –quien había hecho una puesta magnífica de Las mujeres sabias, también de Molière–, supe que él tenía la intención de avanzar un poco más en la concepción visual y en los anacronismos, que utilizaría elementos de la ópera, y el elenco actuaría simultáneamente para una cámara y el público. Esto es interesante, porque valoriza los primeros planos y uno no tiene que exagerar tanto, físicamente, para que lo vean desde la fila 25. Produce una dualidad excitante. Parte de la escenografía es proyectada, y se ven balaustradas, bosques… Entramos en otra dimensión de época y en un clima de ensueño. Ese componente onírico permite a mi personaje “volar” de época. El burgués Jourdain quiere ser noble y dejar atrás un pasado de comerciante de telas enriquecido, pero en el sueño se le aparecen imágenes que lo desesperan. Para mí esta obra es un placer. Me reencontré con Molière y con el San Martín, donde sólo había trabajado en 1970, en Ultimo match, de Eduardo “Tato” Pavlovsky, donde estaban Rodolfo Bebán, Elena Tasisto, Julio De Grazia… Yo formaba parte de la masa en contra del ídolo, junto con Alberto Segado, Lucrecia Capello y muchos más. Este es también mi reencuentro con Capello (ahora la señora Jourdain). Ella fue compañera de actuación en Nuevo Teatro, desde 1962 hasta 1970, y el reencuentro con el Pacha Rosso, que pertenece a los Prepu, de los que fui padrino cuando vinieron a Buenos Aires.

–¿Por qué se demoró el estreno de El burgués…?

–Un inconveniente para nosotros fue el ciclo de coproducciones Tándem Cultural París Buenos Aires. Hubo que reprogramar estrenos. Habíamos empezado a ensayar el 1º de abril. Pensando en positivo, nos quedó más tiempo para mejorar.

–¿Es obsesivo en su trabajo?

–No sé si tanto, a veces uno no se da cuenta de los errores. Cree que está divino, y no por complacer el ego, sino porque está tan comprometido con el personaje que cuesta saber en qué se equivoca. Landin es un excelente director, nos explica todo, mide los tiempos y el lenguaje. Nos cuida para que no se nos escapen modismos ni repeticiones. Uno necesita un cable a tierra, como en la obra lo necesita mi personaje de Jourdain. Ahí, el cable es la señora Jourdain, una Sisebuta espectacular, una mandona.

–¿Cómo vive la experiencia de actuar dentro de un elenco y en una obra de otro autor?

–Que no es la primera. En Los productores, Guillermo Francella me ayudó mucho en esto de la emisión rápida de la voz. Estas obras son para mí un descanso. Me gusta preparar monólogos, escribir algún artículo, hacer una salida por radio, pero no sé armar una dramaturgia para un elenco.

–¿Está despegándose del Pinti de Salsa Criolla?

–No. Estas son pausas. La realidad agota con tanta gente enojada. A mí me interesan las posiciones intermedias. Reconozco que he tenido fijaciones negativas con algunos gobiernos, como el de Carlos Menem y, por supuesto, con la dictadura, pero en este momento siento que camino sobre un tembladeral. Veo fallas que se repiten, enfrentamientos inútiles… Abundan los insultos, los encasillamientos… Si uno está de acuerdo con algo que se hace desde el gobierno, enseguida te tildan de oficialista, y si criticás, te convierten en facho, gorila o lo que se les ocurra. No debiera ser así. Hay una serie de grises entre el blanco y el negro que no hay por qué despreciar. Si tuviera que dar un ejemplo universal de blanco, diría la Madre Teresa de Calcuta y Mahatma Gandhi, y de negro, Hitler, Stalin y Mussolini.

–Claro que ellos, cada uno en lo suyo, son indiscutibles…

–Sí, pero entre esos polos hay muchas personas sinceras y con ideales. Personas que no transan y respetan al otro.

–Una constante en sus monólogos es la crítica a la actitud autodestructiva de los argentinos. ¿Es así, realmente?

–El mundo está en llamas, y lo sabemos, pero minimizamos lo que pasa afuera, y hasta nos damos el lujo de aconsejar. Por otro lado, desvalorizamos el hecho de que, mal o bien, Argentina pudo salir de la crisis de 2001. Es cierto que no estamos ni medianamente bien, pero en otros países tampoco se está bien. Ese es el contexto. Parece que los robos y las violaciones fueran problemas exclusivos de la Argentina. Y no digo esto para que los aceptemos. Al revés de lo que ocurre ahora, en los años de dictadura, el 70 por ciento de la clase media decía que no pasaba nada.

–Era otra época, podía ser ceguera, pero había miedo.

–Admito el miedo, pero cómo se explica que en democracia, en Italia, algunos sigan reivindicando a Benito Mussolini a través del mensaje subliminal del primer ministro Silvio Berlusconi. En su gobierno sigue habiendo funcionarios que glorifican a Mussolini. Cuando yo era chico, se decía que esas ideologías habían muerto.

–¿Qué es lo que no aprendemos?

–Hago mis viajes al exterior desde los 35 años, porque antes no pude, y lo que veo, lo cuento desde el escenario; lo positivo y lo negativo, lo que deberíamos aprender y lo que sería mejor no aprender nunca. Digo estas cosas desde Historias recogidas II, de 1978, el año del Mundial, cuando yo admiraba el respeto que se tenía afuera por la opinión ajena, respeto que, por supuesto, acá no existía. En aquellos espectáculos, contaba cuánto me satisfacía ver que se podía hablar mal de la reina o de cualquier político o funcionario, subiéndose a una tribuna del Hyde Park, de Londres. Algo que me parece pelotudo, pero ¡bueno! se hacía. Elogiaba la libertad política que había alcanzado España, pero no el destape, un desmadre que se pretendía artístico. Y sigo viajando, y veo el deterioro en Estados Unidos y en algunos países de Europa, y nosotros, aquí, diciendo siempre lo mismo, que estamos peor.

–¿Cuál es su conclusión?

–Tengo amigos afuera que quieren radicarse acá. Algunos se habían comprado departamentos como inversión y ahora quieren instalarse. Esto no es el paraíso, porque muchos lo están pasando mal, pero hay gente que piensa que acá se puede vivir. Y nosotros seguimos con nuestro complejo, sin saber si somos mejores o peores.

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