La verdad, no termino de creer en la convención de tener que regirme por un número. Desde chica, llevé la vida de una persona más grande. Y las veces que intenté pensar ‘hay una cosa para cada edad’, no lo pude sostener”, asegura Mercedes Morán (55) desde la intimidad de su hogar y ante la atenta mirada de su hija María (34) y su nieta Emma, de 1 año y cuatro meses. Quizá porque nunca se dejó guiar por la convención de un número, Mercedes se casó por primera vez a los 17 años sin que sus padres estuvieran del todo de acuerdo, a los 20 tuvo a Mercedes, y cuando rozaba los 40 dio a luz a su tercera hija, Manuela. Desde hace cinco años, está en pareja con el artista plástico uruguayo Fidel Sclavo y acaba de estrenar El hombre de tu vida, el nuevo unitario éxito de Telefe, junto a Guillermo Francella.


–¿Cómo fue cuando supiste que ibas a ser abuela?

–Era una noticia que estaba esperando, pero con Fidel nos callábamos para no generar ningún tipo de presión. Yo estaba deseando que alguna de mis hijas mayores me dijera que iba a ser abuela. Recuerdo que María y su marido Guido vinieron a cenar a casa y, cuando estábamos por el postre, nos dieron la gran noticia.
–Y a partir de ese momento…
–Empecé a disfrutar de su embarazo, fue una experiencia alucinante ver cómo crecía Emma en su panza y, por supuesto, el día que nació, fue una felicidad indescriptible. Con el “abuelazgo”, reciclé automáticamente mi proyecto de futuro. Jamás imaginé que ser abuela fuera una fuente de energía tan grande. Lo que más me impresionó fue el entusiasmo que me inyectó la llegada de Emma.
–¿Cómo te definirías como abuela?
–A mí me gustaría ser una de esas abuelas adoradas, ocupadas, comprometidas y amigas de sus nietos. Una vez mi hija Manuela me contó que estaban organizando una fiesta con sus amigas y que iban a hacerla en la casa de la abuela de una de ellas. “¡La abuela es genial y no sabés lo que es su casa!”, me dijo. Aspiro a eso, a ser una abuela divertida, con un vínculo diferente, una relación que no encuentren en otro ámbito.
–¿Recordás cómo fue la primera vez que te pidieron que cuidaras a Emma?
–Los chicos tenían un casamiento y nos la dejaron en casa. Por suerte, nos dieron todos los permisos, hasta dejaron que durmiera en mi cama. Me acuerdo de que a la mañana siguiente estábamos con Fidel delante del espejo del baño y nos miramos y dijimos: “¡Estamos más jóvenes!”. Estar en contacto con esa energía tan pura es como un spa. Mucha alegría, mucha intensidad. ¡Qué buena oportunidad me da la vida para estar en contacto con lo más real y lo más auténtico!
–¿Te emociona ver a María en su papel de madre?
–Totalmente. María siempre fue una chica encantadora, amorosa y delicada y me imaginé que podía ser una madre fantástica. Me sorprende ver que nunca esté sobrepasada, lo cual sería entendible por tratarse de su primera hija, además de llevar adelante sus cosas. Algo que pasamos todas las mujeres que tenemos que conciliar la maternidad, la pareja, el trabajo… Muchas veces intento generarle un espacio por si está cansada y quiere quejarse, pero no lo hace nunca porque está feliz.
–María, ¿cómo es Mercedes como abuela?
–¡Una genia! Es muy copada, porque si bien ella tiene una vida muy activa y ocupada, siempre está dispuesta y con buena onda. Es un gran sostén para mí. Todos los jueves le dejo a Emma en su casa porque, además de que me es muy práctico, me parece buenísimo que estén juntas todo un día y puedan armar un vínculo más allá de mí.
–¿Y como mamá?
–También es la mejor, muy compañera. Es muy fácil comunicarse con ella porque es una mujer muy abierta. Ni siquiera en mi adolescencia nos llevamos mal, y eso ya es muchísimo, ¿no? Sin duda, Mercedes es el modelo de mamá que me gustaría ser.
–Mercedes, ¿por qué creés que las mujeres tienen tanta empatía con vos?
–Creo que es una devolución amorosa de la observación desprejuiciada que yo hago de los diferentes comportamientos femeninos. Además, tengo tres hijas de diferentes edades con las que me importa tener y mantener una relación interesante y sana, más allá de haber podido construir o no una familia típica. Yo me separé más de una vez y tengo hijas de distintos matrimonios, pero sin embargo quise que el espíritu de familia siempre impregnase mi vínculo con ellas. Creo que todo eso hace que las mujeres me vean como a un par.
–Esos comportamientos de los que hablás, ¿también te ayudan para conocerte?
–¡Seguro! En la medida que yo no juzgo a mis personajes y me animo a interpretar a una madre opresora, por ejemplo, también me estoy animando a explorar mis zonas más oscuras. Yo creo que todos somos un montón de cosas y elegimos florecer con algunas y tapar otras. Todos somos divinos y horribles y poder explorar mis partes menos divinas es una oportunidad maravillosa que me da la profesión.
–¿Volviste a escribir?
–Sí, durante las últimas vacaciones de verano en Uruguay aparecieron pequeñas historias y recuerdos de diferentes momentos de mi vida. Estoy lejos de publicarlos aún, pero en la intimidad me hace ilusión que esos pequeños cuentos sean ilustrados por Fidel, que es un artista maravilloso.
–¿Fidel es “el hombre de tu vida”?
–Desde hace cinco años, y espero que por mucho tiempo más. Yo he sentido esta sensación más de una vez en mi vida y tuve la fortuna de estar acompañada por hombres a los que les podría haber puesto el título de “el hombre de mi vida”, pero hoy, el hombre que amo es Fidel.
–¿Cuál es el mayor aprendizaje de estos últimos años?
–La edad me ha hecho muy consciente de que mañana todo puede cambiar, para bien o para mal. Algo así como que nada está garantizado y que mañana puede suceder algo que convierta mi vida en algo maravilloso o en una desdicha. Basta de lo que “debería haber hecho” y de lo que “voy a hacer”, porque en esa preocupación nos perdemos el encanto del ahora.
–¿Qué creés que la gente piensa erróneamente acerca de vos?
–Lo más desacertado es creer que soy muy madura, porque aún me sigo diciendo: “¿Cómo puede ser que a esta edad hagas tal cosa? ¿Cuántos años tenés, tonta? ¡¿Quince?!”. Me castigo bastante. Estoy segura de que soy una buena oyente y, cuando alguien me pide un consejo, puedo no transmitirle mi optimismo o mi pesadez, pero conmigo misma mi oído está distorsionado y algunas veces me traiciona. Yo he tenido que trabajar mucho con mi autocrítica y, aun después de muchos años, todavía me cuesta mucho verme trabajar. Me sigue asombrando que el público se ría o se emocione con las cosas que hago. Soy muy insegura.
–Y eso que fuiste distinguida con el premio Konex como Mejor Actriz de la Década…
–Y por segunda vez consecutiva…, una evidencia de que estoy mayor. Lo próximo es el premio a la trayectoria, después el homenaje en vida y ¡fin! [Se ríe.]

(Por Sebastián Fernández Zini, revista “HOLA”, edición argentina, julio de 2011).

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