A los dieciocho años arrancó el conservatorio y, a la par, con teatro callejero. Con un grupo de casi veinte personas del Teatro de la Ribera, salió a la esquina del Caminito. “Me acuerdo que la gente me seguía y me felicitaba. Yo nunca había ido al teatro y me preguntaba: ‘¿Qué genera en el otro este mundo de actuar?’.”

Hoy con cuarenta años, Osqui Guzmán dice que sigue siendo el mismo de aquel que arrancó en La Boca: “Empecé a actuar y no entendía nada, hoy tampoco entiendo. Mi vida se parece al cuento del sueño americano. Para mí yo hice siempre lo mismo y solamente pasó el tiempo”.

–¿Cómo se explica eso?

–Es como el cuento chino: un tipo quiere aprender a tocar la flauta y va con un viejo flautista que le enseña una melodía. El tipo, un virtuoso, la aprende, pero el viejo le dice que le falta algo. El tipo ensaya y ensaya pero siempre le falta algo. Al tiempo, se cansa y se vuelve un pordiosero. Una noche otro tipo, en un bar, para burlarse le dice: “Toca esta flauta para nosotros, viejo pordiosero”. El tipo agarra la flauta y la toca. Todos lloran y se maravillan.

–Ahora estás trabajando en tres obras muy distintas.

–Por un lado El centésimo mono, que la escribí y dirigí. Veo a los chicos tan felices que pienso que por ahí puedo compartir eso que me pasa a mí y generar más, profundizar. También estoy con Robin Hood, de Héctor Presa. La otra es Bululú, que hasta hoy, fue el proyecto de mi vida.

–¿Por qué?

–Hace veinte años que guardaba todos estos textos en mi cabeza, que los sabía de memoria. Un día llegué a casa y Leticia, mi mujer, había pasado todos los textos a papel y me dijo que lo presentara en el Cervantes. Y lo hice. Después lo llevamos a Mar del Plata, donde habían visto a José María Vílchez, donde muchos compañeros decidieron actuar inspirados por él. En el estreno, una señora, mientras todo el mundo estaba de pie y llorando, me gritó: “Que te den el premio Vílchez”, y después me lo dieron.

–¿Fue un año de varios premios?

–Nunca se espera un premio, uno está más acostumbrado a esperar castigos, por no hacer lo que todo el mundo hace. Estoy muy contento con mi profesión y mi vida. Cuando apareció el premio Konex, fue demasiado, actor de la década, es demasiado. Pero también cumplí 40 años y capaz se enteraron, es un buen regalo.

–¿Qué significa el “no hacer lo que todo el mundo hace”?

–Porque la vida continúa hacia un progreso casi autodestructivo. Y entonces generás en tu propia cabeza una estructura, de ver los secretos de las cosas, de ver lo que nadie ve, de decir lo que nadie dice. Pero, si nadie quiere verlo o decirlo, ¿¡para qué lo hacés!? Sos un anormal y entonces los otros tienen razón. Cada vez que viajo a un lugar me planteo: me quedo acá con mi negrita en un paraíso. Pero sigo por anormal, por deforme mental. La sociedad necesita al artista para reflexionar.

–¿Cómo se trabaja eso como artista?

–Con Leticia tenemos nuestro grupo de improvisación que se llama “Qué rompimos”. Trabajamos mucho esto. Una cosa es mirar sólo un punto, nosotros miramos como las moscas, difíciles de atrapar y siempre en la mierda, estando donde nadie quiere estar, que es donde está la incomodidad más sabrosa del teatro.

–También estás haciendo Teatro por la Identidad. ¿Cómo llegaste ahí?

–Me llamaron, vi la obra, lloré y dije que sí. Después hicimos “Impro por la identidad”. Es una lucha justa, buscando a los nietos, un objetivo que no se va en vaguedades ni en intereses mezquinos. Y ahí estoy, cuando quieran, como quieran, donde quieran.

Trabaja en tres obras, recibió el premio Konex al actor de la década y habla de su militancia en el Teatro por la Identidad. Un  hombre con éxito que no olvida su origen. Se llama Oski Guzmán. Un actor argentino y comprometido.

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