Un hijo concebido para propia satisfacción de los instintos. Un eterno adolescente tratando de conseguir que su paternidad le sea restituida. En El viento en un violín, los personajes buscan ser felices, amar y ser amados; viven como pueden y les dejan o manipulan a los otros para poseerlos mejor. Tras La omisión de la Familia Coleman (2005) y Tercer Cuerpo (2008), el tema que reaparece en esta tercera comedia dramática de Claudio Tolcachir sigue siendo la disfunción familiar, en especial la materno-filial y las anomalías en la vida de relación. Lo que queda del viejo orden de vínculos una vez estallados sus seculares límites, también las mutuas contenciones emocionales. Es una experiencia especial la de presenciar un producto dramático donde el autor literal sigue “escribiendo”, corrigiendo sobre la dramaturgia de escena y la dirección de actores. Tolcachir agiliza la ronda de situaciones que son en realidad una sola historia de rechazos y aceptaciones, precarias asociaciones de convivencia. Domina un ritmo quebrado que une o separa los movimientos de esta atrapante, vigorosa e intrincada anécdota bien contada, en la que aceptamos aun la convención de que todo suceda entre pocos personajes nucleares atrapados en la misma ficción. La luz de Omar Possemato disuelve los límites de los diferentes espacios a gusto y voluntad de su funcionalidad, como pasa en los juegos infantiles, todo definido por la utilería. Drama y ridículo hacen humor zumbón con situaciones “desacostumbradas” o poco ortodoxas aunque reconocibles en los dislates de la vida de relación interpersonal. El colectivo Timbre 4 ha crecido en expresividad sin traicionar el estilo descontracturado, por momentos girando en transiciones abruptas, entrecortadas, estridentes, sin miedo al ridículo o la torsión exagerada de personajes. Todos trazan su propio perfil evitando caer en los clichés de cómo componer su criatura. La nueva mirada de Tolcachir es tal vez ahora más honda, contemporizadora. Cede paso a aceptar con menos ira algún tipo de amor, cualquiera sea, que suture la convivencia posible.

(Por Luis Mazas, revista “Veintitrés”, Buenos Aires, julio de 2011).

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