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Fabio Posca volvió con un unipersonal al Paseo La Plaza. Su matrimonio de 24 años con una psicóloga, los comienzos en el under, y cómo salió del estancamiento creativo.

Por Denise TemponeFavio Posca es el último bastión de un modelo de artista que logra mezclar excentricismo, incomprensión y contenido. Posca puede gustar o no, pero tiene un punto. Nació hace 45 años en Mar del Plata, pero gran parte de su infancia la pasó en la ciudad cordobesa de La Falda, y si bien volvió a su ciudad natal buscando desarrollar su incontenible histrionismo, pronto entendió que esos escenarios le quedaban chicos. A los 21 años, acompañado de quien es aún su mujer, la actriz y psicóloga María Luisa Callau, se mudó a Buenos Aires y comenzó a estudiar danza, clown, acrobacia y teatro. “Teníamos 21 años. Luisa acababa de terminar de hacer la residencia en el Borda. Nos conocimos estudiando francés. Ella es marplatense como yo. Y nos vinimos para acá de cero. Teníamos sólo una heladera y un perro, ‘Caruzo’, que vivió 17 años”. Durante años “pateó” el under con personajes extraños y shows complejos. De la mano de creaciones marginales, deformes y de mundos nocturnos y turbios, supo ganarse un lugar en un circuito que pronto le quedó chico también. Entonces, el salto hacia la televisión llegó como un paso natural, orgánico. Después de algunas colaboraciones con Alfredo Casero, la popularidad fuerte, ésa que no permite caminar por la calle, le llegó de la mano de Nicolás Repetto. Él presentó “El Perro” al público que define los “mainstream” por excelencia, el que mira tele de lunes a viernes, al mediodía, en canales líderes. De repente, un poquito de esa marginalidad y talento se colaron por el discurso luminoso y familiar, y a partir de ese entonces, Posca comenzó a jugar un nuevo juego, completamente desafiante para la linealidad de los medios masivos. El desafío no siempre fue bienvenido. De hecho, fue expulsado especialmente una vez, con gran repercusión. Sucedió cuando Posca interpretó a “Pitito”, un psicópata, en el programa de Susana Giménez. Aunque se puede cuestionar si el personaje era el indicado o no para el familiar y conservador living, no se puede dudar de la efectividad de su creación. “Un psicótico les resultó ofensivo, fuerte, triste. Mi pregunta es: ¿les ofende ver un psicótico en un programa? Si alguien tiene un pariente parecido a ‘Pitito’… ¿Lo oculta? ¿Qué pasa si yo ahora te confieso algo: que ‘Pitito’ es el verdadero Favio y yo soy una actuación que inventé para que no me discrimine la sociedad? ¿Qué saben de mi historia? ¿Qué saben de lo que a mí me pasó? ¿No será que a la hora de irme a dormir yo soy ‘Pitito’ y ahora me siento discriminado, porque no me permiten ser como realmente soy?”. Cuestionó entonces ya no sólo al programa sino a la sociedad, y usó el golpe para ejercitar su cintura mediática. Hoy planea por el firmamento artístico local con total soltura, haciendo televisión –interpreta a Ronco Milevich en “Los únicos”– y teatro –”Bad time good face” es su nuevo show en el Paseo La Plaza–. Pero soltura a un lado, su mayor virtud es probablemente haber aprendido a lidiar con su propia energía creativa, a veces en combustión, a veces, en simple piloto automático.

-“Bad time good face” (algo así como “al mal tiempo buena cara”) parecería ser un título de tiempos de crisis. ¿Está viviendo algo por el estilo?

-Abordé el título desde el comportamiento humano, desde un lugar, si se quiere, de observador de lo que somos como personas y como nos comportamos. Tuvo que ver con una lobotomización, una parálisis creativa que yo estaba atravesando. Tuvo que ver con una mirada alrededor mío de lo que consumimos y lo que hacemos. Lo que pasó fue que en un momento me sentí muy estancado, hará hace dos años. Sentía que nada nuevo pasaba. Nada nuevo pasaba dentro de mí y necesitaba encontrar nuevos paisajes, nuevos recursos. A mi mal tiempo tuve que ponerle una buena cara.

-¿Cómo fue el proceso de creación?

-Dije: “o me dejo lobotomizar o acciono”. Siempre es más fácil hablar, sentarse a criticar que accionar, y eso es muy tramposo. En lo que tiene que ver con creatividad vos podés ir por colectora o por Panamericana, y yo quería dejar la colectora. Me refiero a que a veces uno puede sublimar creatividad de otras maneras y ser feliz igual, no sé, a través del psicoanálisis, por ejemplo, pero a mí me interesaba accionar, mover, sacar algo puntual de este estado. Tenía que superar esa parálisis creativa.

-¿Cuándo te diste cuenta que realmente la habías superado?

-Cuando me puse a escribir me di cuenta que tenía algo nuevo que estaba copado. Descubrí algo que no sabía que podía dar. Este show tiene un nivel de emoción conmovedora que no es común en mis propuestas. Tiene otra sensibilidad. Digamos que paso por las zonas clásicas de Posca, pero después termino sacándolos a otro lugar. Es otro viaje, menos predecible, los otros eran más directos. Y sé que tiene que ver con que encontré lo que todo artista busca, nuevos caminos internos, cosas nuevas de mí mismo, nuevas puertas.

-¿Que tanto tuvo que ver su relación con su mujer con esta percepción del proceso creativo?

-Mucho. Ella trabajó en todos los shows que hice hasta ahora, es mi compañera pero yo no creo tanto en la sanación del psicoanálisis, siento que tenemos que unir el espíritu a la risa y actuar, crear, sacar para afuera. Siempre voy a preferir la acción.

Revista “7Días”, Buenos Aires, julio de 2011.
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