Los actores somos especialistas en paro. Detrás de las contadas excepciones que se conocen, está el día a día de un gremio poco conocido. Un actor, en realidad, es un parado que a veces trabaja. Un tipo que logra resistir al paro toda su vida. Es una cuestión de resistencia económica basada en gestionar los ingresos con talento de hormiga. Y sobre todo es una cuestión de resistencia emocional. No se trata de quejarse, vivir otras vidas es fabuloso. Pero como expertos en desempleo sabemos lo que cuesta levantarse de la cama si no trabajas. Con el paso de los meses, te cambia el carácter. Dices cosas que no piensas. Te peinas como siempre pero el pelo te queda raro, como aceitoso. Te caen mal los compañeros que te cuentan sus proyectos. Luego te sientes culpable, y piensas que ya te avisó tu madre. Te cae mal tu madre y sientes remordimientos por las noches. Pero lo peligroso es que estás dispuesto a casi todo por trabajar. El síndrome de abstinencia te ataca. Otras gentes dedicadas a asuntos artísticos, aunque no trabajen, pueden trabajar; un pintor, pinta, un escritor, escribe. Un actor no resiste mucho tiempo haciendo monólogos en su sofá. Al poco de hacer de Ofelia en la soledad de tu salón, te sientes mal. La lámpara oscila sobre tu cabeza, y estás dispuesta a hacer casi cualquier cosa por trabajar.

Por mi parte, una vez hice de sol. No me pregunten lo que eso significa porque no lo sé. Sucedió que una directora medio rusa quiso hacerme una prueba para el papel de la luna de “Bodas de sangre”, de Lorca. Los actores hacemos pruebas toda la vida, vivimos en una especie de concurso. Sobre todo cuando estamos en el paro, dispuestos a todo. Puedes tener 60 años y verte haciendo una prueba para un director de 32. Quizás sería más lógico que la prueba se la hicieras tú a él, pero eso no se plantea. Cuando estás parado es como si lo olieran, y en lugar de ofrecerte un papel, te ofrecen una prueba. Yo no tenía los 60 pero ya llevaba lo mío cuando me entregué a los experimentos de la directora medio rusa. Para mi asombro, en vez de pedirme que hiciera el papel de la Luna, con el texto que había memorizado, me dijo que sintiera la luna dentro de mí y la manifestara. Yo no sentía la luna dentro de mí ni la sentiré jamás, ni tenía una idea remota de lo que se suponía que debía hacer. Pero necesitaba el papel. Así que me esforcé por buscar mi luna interior entornando los párpados con aire misterioso, como ululando un poco. Cuando, después de varios intentos fallidos, me dijo que probara a hacer de sol, mi autoestima ya estaba por los suelos. Si siy capaz de hacer de sol fulgente, me dije mientras giraba como una peonza y los ojos se me salían de las órbitas, a qué otros atributos humanos seré capaz de renunciar. ¿Cómo cuidaré de mi, digamos, dignidad? ¿Qué condiciones laborales seré capaz de firmar, llegados es este punto? Por supuesto, no me dio el papel.

Ahora el miedo al paro se extiende por nuestros mapas. Las calles están llenas de ciudadanos temerosos. Según el último barómetro del CIS, el 84% de la población teme ser despedida. Eso son millones de personas pululando con el susto por detrás de la oreja. La competencia se vuelve más atroz. El miedo a perder el empleo puede llevarnos a entregar el alma al empleo. Aferrados con los dientes al puesto de trabajo, nos comportamos de una forma rara, como histérica. La idea del trabajo de desfigura, y quizás nosotros con ella. Sabemos que esta crisis triplica la fuerza de los grandes poderes que la han creado. Si no fuera por este tufo a chapuza colosal que desprende el mundo financiero, parecería que estamos sufriendo el acoso de una estrategia perversa. ¿Algún día sabremos lo que pasa? De momento, el miedo reblandece los ánimos. Sería peligroso que, como un actor en paro, estuviéramos dispuestos a hacer casi cualquier cosa por trabajar.

Por Clara Sanchiz Mira. “La Vanguardia”, 24 de junio de 2011.

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