Greta Garbo protagonizó “La Reina Cristina de Suecia”, una película que en su momento resultó escandalosa por su lesbianismo explícito. Al principio del film, Cristina era un marimacho vestido de hombre que se besaba en la boca con su dama favorita. Pero luego aparecía un apuesto noble español (John Gilbert, el gran amor de Greta Garbo en la vida real) que le hacía descubrir su sexualidad femenina y de quien se enamoraba apasionadamente.

Como la realidad siempre supera a la ficción, el escándalo que pudiese provocar Greta Garbo en 1933 no fue nada comparado con el que causó en Suecia la reina Cristina al convertirse al catolicismo en 1654.

El reino escandinavo era un país tan radical y combativo en su luteranismo como España en el campo católico. Había enviado a su ejército nacional (sin mercenarios, algo insólito en su tiempo) a una cruzada protestante, la Guerra de los Treinta Años en Alemania, de la que fue el principal protagonista. Precisamente el padre de Cristina, el gran Gustavo Adolfo, el rey más admirado y querido por los suecos, se había convertido en mártir de la causa luterana, pues murió luchando contra los católicos en la batalla de Lützen. ¿Cómo encajar que su hija se pasara al campo papista? Y lo peor de todo es que lo hizo bajo la protección del rey de España, en una opoeración montada por los servicios secretos españoles.

La vida de Cristina siempre había estado impregnada por la extravagancia, eso es cierto. Como Gustavo Adolfo no tuvo hijos varones, decidió darle a su única hija y heredera la formación de un príncipe. Esto no se quedaba en los aspectos más superficiales -equitación, esgrima, hábitos masculinos- sino sobre todo consistía en la educación humanista y política necesaria para ser un buen gobernante, para ser rey. Huérfana a los seis años, con una regencia controlada por el canciller Oxens, hábil estadista, Cristina demostró desde los 14 años su inteligencia política y su fuerte carácter, que no se amilanaba ni ante el poderoso regente. Enfrentándose al canciller apoyó la Paz de Westfalia, que puso fin a la sangría de la Guerra de los Treinta Años y despidió a Oxens.

Aparte de su independencia política, Cristina era una persona con inquietudes intelectuales raras en una mujer de su época. Se levantaba a las cinco de la mañana para leer y llamó a Suecia a Descartes para que la instruyese en filosofía. Su corte se llenó de artistas, escritores y sabios de toda Europa, y pronto los círculos ilustrados del continente la apodaron la “minerva del norte”. Pero en la propia Suecia preocupaba mucho su capacidad para dilapidar los bienes de la corona, su amor por el lujo y el dorroche.

Pero peor aún para los puritanos suecos, era su evidente lesbianismo y su negativa rotunda a casarse. “No tiene nada de mujer sino el sexo. Su voz parece de hombre, como también el gesto”, opinaba de ella el jesuita Manderscheydt. Y cuando la propia Cristina decía: “Me encantan los hombres, no porque sean hombres, sino porque no son mujeres”, quería decir que le gustaban los hombres como camaradas, como iguales, no como parejas, novios o maridos. “De Venus y el Amor el bando yugo desprecia”, escribió de ella Calderón en “Afectos de odio y amor”, donde recogía la desoncertante aversión de Cristina al matrimonio.

Con la cita de Calderón de la Barca aparece ya en esta historia la conexión española, que sería tan determinante en la realidad como en la película de Greta Garbo, aunque de otra manera. El personaje principal de esa conexión española fue don Bernardino de Rebolledo, el agente de Felipe IV en Escandinavia durante dos décadas.

Rebolledo era un noble leonés que, tras una brillante carrera militar frente a turcos y protestantes, fue enviado como embajador de España a Copenhague. Desde Dinamarca Rebolledo movía una trama clandestina en Suecia, el enemigo declarado de España por su intervención en la Guerra de los Treinta Años. Además de las misiones políticas que le encomendaba Felipe IV, Rebolledo trabajaba para la Iglesia de Roma, intentando reorganizar el catolicismo en los países escandinavos. De hecho, logró que el rey de Dinamarca autorizase el culto católico en su país.

El embajador español sabía aprovechar perfectamente la rivalidad entre las dos potencias escandinavas, Dinamarca y Suecia. Llegó a combatir contra los suecos defendiendo Copenhague, y luego intervino muy activamente en las conversaciones de paz entre ambos países. Viajó de incógnito a Suecia para entrevistarse en secreto con la reina Cristina, y enseguida surgió un buen entendimiento entre ambas personalidades. Rebolledo, aparte de militar y diplomático, era un gran escritor -figura en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia-, poeta y traductor de la Biblia, y se cree que sus discusiones de temas filosóficos y morales con Cristina pusieron el germen de la conversión de ésta.

La perspicacia política de Rebolledo no podía desaprovechar la situación que se presentaba. Envió agentes secretos jesuitas para trabajar las dudas doctrinales de la reina y, sobre todo, logró establecer relaciones diplomáticas entre España y Suecia. Para ocupar el cargo de embajador en Estocolmo eligió además a la persona adecuada: su sobrino, Antonio Pimentel.

Pimentel era un “español de Italia”, pues había nacido en Palermo y tenía un atractivo muy mediterráneo, según sabemos por sus retratos. Había seguido la carrera militar y ésta era su primera misión diplomática, pero la desempeñó a la perfección, pues se ganó enseguida el afecto de Cristina. No hay ninguna evidencia de que mantuviese relaciones sexuales con ella, como hace John Gilbert (el Pimentel versión Hollywood) con Greta Garbo en la película, pero desde luego hubo una relación de afecto y confianza que duró 20 años.

El caso es que los dos breves años de embajada dee Pimentel (1652-54) supusieron el empujón definitivo para Cristina. En este último año tuvo lugar su abdicación, primer paso para su cambio de religión, que se mantenía en absoluto secreto. Antes se produjo un hecho significativo. Cristina le envió a Felipe IV, a través de Pimentel, lo que se llamaba un “regalo diplomático”. Era un retrato realizado por el pintor francés Sébastien Bourdon, que de la colección Real pasaría al Prado, donde hoy se puede contemplar.

El envío de retratos entre familias reales respondía muchas veces a maniobras matrimoniales, pero en este caso Cristina no se estaba postulando para casarse con un príncipe español. El retrato era muy extraño, porque se trataba de un retrato ecuestre de gran formato, y, según Mateo Mancini, erauna especie de homenaje o secuela de “Carlos V en la Batalla de Mühlberg”, la famosa pintura de Tiziano. Cristina conocía y admiraba esta obra, de la que tuvo una copia en su colección, y, en el complejo lenguaje alegórico que se empleaba en la época, lo que quería decir es que ella era la émula de Carlos V, porque les iba a ganar una batalla a los protestantes, como había hecho el emperador en Mühlberg.

Tras abdicar en su primo Carlos X Gustavo, Cristina abandonó Suecia por mar, desembarcando en Hamburgo. Allí se hizo cargo de ella Rebolledo, que la escondió en un palacio de su amigo don Diego Teixeira, un sefardita portugués apodado “el judío rico”. Era como las operaciones de deserción de espías rusos o americanos en la Guerra Fría. Finalmente Cristina apareció en Flandes, territorio español donde estaba a salvo de cualquier maniobra. Permaneció varios meses entre Amberes y Bruselas, bajo la protección del rey católico Felipe IV, para desolación del campo protestante, y finalmente anunció su conversión al catolicismo en la víspera de Navidad de 1654.

La conversión se confirmaría de forma pública un año después, en Roma, donde el 23 de diciembre hizo su entrada oficial a caballo, como en el cuadro que le había regalado a Felipe IV. El propio papa Alejandro VII le daría la comunión y la confirmación en la basílica de San Pedro el día de Navidad.

Fuente: “Historias de la Historia”, Luis Reyes, revista “Tiempo”. Diciembre de 2010.

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